- viii -

Septiembre 11, 2000

http://odeo.com/audio/14043393/view
         
A la mañana siguiente me encontré con él, a la misma hora, en la misma calle. ¿Me esperaba?



 A,  12 de agosto…

08h33′… Repetía el trayecto del último viernes con la esperanza de que él hiciese lo mismo. Puede que hubiesen sido unos minutos atrás o adelante, así que me detuve en el escaparate de la perfumería para hacer tiempo y entonces apareció ‘X’. Cruzó despacio la carretera mirando en mi dirección y desapareció en la esquina de la cuesta. Tuve la sensación de que le ocurría lo que a mí: que le apetecía coincidirse conmigo otra vez. Y apuré el paso para no perderle pero no tenía sentido porque él caminaba muy despacio a escasos metros delante de mí. Llevaba la muñeca derecha vendada. Aminoré mi marcha y observé el vendaje de su brazo. Sentí intenciones de decirle, ¿qué te ha sucedido?. Me habría oído porque nos separaban sólo unos mínimos metros. Pero callé. No quería hablarle aún. No quería que las palabras le pusiesen freno al lenguaje de las miradas y los cuerpos. A veces son tan osados los ojos cuando no se amparan en los labios… No quería hablarle aún. Quizás no quisiese hablarle nunca. Temo tanto a los acercamientos. Me parecen peligrosos. Es como ir viajando en un coche Hace días que no llueve. La carretera está sembrada de polvo y entonces comienzan a caer unas gotas. El asfalto se vuelve inseguro, resbaladizo porque el polvo acumulado se ha convertido en unos segundos en un barro incipiente. Es justo en ese momento en el que no ha llovido lo suficiente para mojarlo todo, en el que menos confío. Los pocos y únicos accidentes que he tenido siempre me han sobrevenido así… Pero él se movía tan lentamente que yo casi tenía que ir detenida tras él.

  

¡Estaba haciendo tiempo para que yo le diese alcance!. Y creo que extrañado de que no le sobrepasase se giró para comprobarme… y fue cuando nuestros ojos se coincidieron con aquella intensidad devastadora que tiene la soledad buscando compañía, cuando aceleré el paso como si me prendiesen fuego y ahora mis pies fuesen la estela de un cometa. ¿Por qué estaba haciendo aquello?. Yo no quería alejarme así, sin más, de él. ¿Era por mi atuendo?. ¿Por qué no me sentía segura de mi misma?. Qué importa por lo que fuese: me estaba distanciando de él sin disculparme y seguro que él no se paraba a pensar que mis locas prisas se relacionaban directamente con el vano y superficial motivo de no sentirme ‘linda’… ¡No seas estúpida!. ¡Vas a estropearlo, aquiétate! (eso gritaba mi corazón recomendándome) y me detuve frente al último y amplio escaparate de la calle. Era un local decorado con visillos y cortinas. Bajé los ojos a lo largo de la acera requiriéndole y le encontré ausnte, quieto frente a la clínica de animales, contemplando el escaparate sin pasión… Era uno de esos momentos ‘terribles’ en que descubres que se te rompe otra vez la ‘magia’. Era el mismo hombre desganado del día anterior; el que agarraba de su mano a una niña pequeña, aún a la espera del cambio de color de un semáforo. Y si había seguido con la vista mi apurada marcha, quedaba claro que sin más la había abandonado. Así que…

… Así que cuando vi como él volteaba el cristal y se introducía en el pasadizo dejé desamparado y solitario a mi ’sentido del ridículo’  (ese que todo el tiempo te refrena para que no intentes ser distinta haciendo cosas  diferentes que no hace la gente corriente, educada, sensata y normal) en aquella fría esquina de infelicidad  y me fui corriendo al encuentro de él, a crear un intento de ‘ilusión’ , por el otro lado del pasadizo… ¿qué son los pasadizos sino atajos?… Cuando llegué al otro extremo del pasaje le vi cruzando la calzada para ir a establecerse frente a mí, que iba hacia él, sin él saberlo. Y nuestros ojos se coincidieron en el mismo día por tercera vez y yo vi aparecer en los suyos un apunte de expectante inquietud. Allí estaba de nuevo la ‘magia’. Me giré y eché a correr  con toda mi alma segura de que esta vez al alejarme no volvería a romperse ni a quebrárseme el encanto. Me frené cuando llegué a la altura de la pescadería  que hay donde vive ‘J’. Me subí a un escalón para divisarle y le distinguí. Ya no estaba solo. Un  hombre le acompañaba. Los dos, ahora, esperaban juntos que el supermercado abriera sus puertas. Yo no sé si él podía avistarme desde mi posición en mi atalaya pero casi sentía como todos sus sentidos  estaban pendientes de mí, como lo suelen estar los animales cuando cazan o están alertas ante un peligro inminente…

NOTA: posiblemente mi doctor ‘X’ compre a esas horas, en esa calle, todas las mañanas. ¿No trabajará?. ¿Seguirá haciendo sustituciones?

REFLEXIÓN: Hoy sé que logré sorprenderle con mi anormal actitud y por eso fuí, durante unos secretos minutos, feliz… Se que al menos el dueño de la pescadería observó mi extraño comportamiento con excesiva atención. ¿Me importa?. No… Es decir, sí , pero estoy dispuesta a pagar el precio porque lo pasé estupendamente, y cuando lo que la gente pensase me ‘importaba’ jamás fui feliz.


 

(*fragmento del diario  de Ana o.)

Leave a Reply