- LA DAMA AZUL -
By: evasiva
tags: Candela, Corot, Cunqueiro, i
Category: .K.A.O.T.I.C.A.-∑-., Pinturas, Poético y Literario
«Pensativa de azul, Umbría melodiosa:
Alvaro Cunqueiro http://www.valledeesmelle.com/textos/cunqueiro.html
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Apuntes biográficos de Camille Corot (1796-1875) Nacido en el seno de una familia de acomodados comerciantes parisienses, Jean - Baptiste - Camille Corot manifiesta tempranamente la vocación por el arte. Su formación es neoclásica: sus maestros lo inician en el paisaje histórico, género de jerarquía por sus resonancias moralizantes. Viaja por primera vez a Italia en 1825 y reside allí hasta 1828. Toma apuntes de la campiña italiana en Roma, Nápoles y Venecia y de la francesa en Normandía. De regreso a París, se dedica a pintar paisajes en los bosques de Fontainebleau y, especialmente, en Ville d’Avray. El reconocimiento público le llega luego de años de lucha contra el academicismo del arte oficial. Como ocurriera con John Constable en Inglaterra, Corot tiene una doble producción: la obra íntima, en la que vuelca una poesía personal, y otra en la que no están ausentes las ninfas y los idilios del paisaje clásico francés. En la obra de Jean - Baptiste - Camille Corot fraguan el rigor estructural del clasicismo, la reproducción escrupulosa cara al realismo y el amor hacia la Naturaleza, propio del romanticismo. Desechado por la ausencia de tema moralizante o considerado mera transcripción, el paisaje naturalista, como lo interpreta Corot, debió pelearle un espacio al gusto clásico del arte oficial de su época. Ville d’Avray, pintado hacia 1870, es parte de una serie de obras que el artista dedicara a la localidad donde sus padres poseyeran una casa de verano. Corot elige objetos distantes como protagonistas de sus paisajes, efecto que le permite un dibujo sumario. Su pintura se rige por el equilibrio de los valores, con ellos estructura las formas. La captación de la atmósfera propia del aire libre y el estudio de la luz, lo ubican dentro de la genealogía del Impresionismo. Conviene considerar en Corot dos extremos difícilmente compenetrables, los de su aprendizaje tardío y su rápido dominio de la pintura, que bastarían para calificarle de genial si no se hubieran interpuesto entre ambos términos otras extrañas limitaciones. Una, p. ej.: no le gustaba hacer retratos, bien porque desconfiase de sus dotes, bien porque juzgase este género inferior al del paisaje. Consiguientemente, desconfiaba de la figura. Fue todo un vasto error, porque si bien varias de las efigies de niños que se conservan de su mano no merecen otro calificativo que el de torpes, hay otras femeninas que valen tanto o más que su obra de paisajista. Son las de La mujer en azul y La Mujer de la perla (ambas en el Louvre, y la segunda con algo y mucho de rafaelesca) o La italiana Agostina, en la National Gallery, de Washington. Y se trata de algunas de las más depuradas mujeres que nos haya legado el retratismo decimonónico. Poco más pudiera ampliarse la lista en términos de similar elogio, quizá porque C., sin ser precisamente un misógino, temía a la mujer. Tampoco gustó de auto retratarse, aunque sean piezas magníficas del género sus dos autorretratos, uno en el Louvre, otro en los Uffizi de Florencia. |

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