- La magia sexual en un fragmento de la novela ‘El Druida’ – Llywelyn Morgan -
noviembre 18, 2007
- ¿Tengo ese aspecto?
–Así eres ahora. No podemos saber qué aspecto tienes realmente hasta que tu espíritu haya dispuesto de muchos años para tallar en tu rostro una representación de sí mismo. Tal vez será muy similar a tu cara de ahora, tal vez no. Ahora deja de mirarte y ponte manos a la obra, prepárate el cabello como te he instruido. Tienes que realizar pronto la magia sexual.
Menua me entregó un peine de bronce, pero por alguna razón me resultó imposible trazar separaciones rectas en mi pelo. Los dedos, nerviosos, se equivocaban. La magia sexual, me decía una y otra vez.

Cuando salimos del fuerte y nos encaminamos al bosque del cerro, se nos unieron otros varios miembros de la Orden de los Sabios. Aunque se habían alzado las capuchas, reconocí a Sulis, la curandera, Grannus, el juez Dian Cet, Keryth la vidente y Narlos el exhortador. Agradecí que Aberth no estuviera entre ellos. Los dones del sacrificador eran esenciales para el bienestar de la tribu, pero su presencia hacía que me sintiera incómodo.
Sulis también me producía incomodidad, aunque de una manera diferente. Era agradable mirarla, tenía la cara fuerte y bonita y, como Tarvos había observado, una curva tentadora en las caderas.
Vi que Menua, que caminaba a mi lado, miraba a la curandera.
–¿Te gusta? –me preguntó afablemente.
Uno nunca podía estar seguro de los significados ocultos que acechaban en sus palabras. Asentí, pero mi única réplica fue un vago sonido gutural que Menua podría interpretar como quisiera.
–Es nuestra iniciada más joven –observó–. Procede de una familia con talento. Su hermano, a quien llamamos el Goban Saor, tiene unas notables dotes como artesano. Puede hacer cualquier cosa con las manos, desde joyas hasta una pared de piedra. Las manos de Sulis también están dotadas y su contactó alivia el dolor. Es una sanadora excelente…, una mujer excelente en muchos aspectos –añadió pensativamente.
Entonces se volvió hacia mí:
–¿Tienes mucha experiencia con las mujeres, Ainvar? Quiero decir aparte de los juegos infantiles.
El recuerdo de algunos de esos juegos retornó vívidamente. Debí de ruborizarme, pues el jefe druida se echó a reír.
–Bueno, bueno, queremos que los chicos y las chicas exploren mutuamente sus cuerpos, es la mejor manera de aprender. Así, más adelante, cuando seáis lo bastante mayores para aparearos, podréis sentiros cómodos cuando estéis juntos. El sexo requiere práctica, Ainvar, y apreciación. Es como el canal de un río y dirige la fuerza vital que fluye desde la Fuente de Todos los Seres. Piensa en ello. Un hombre y una mujer juntan sus cuerpos, la vida fluye a través de ellos y nace un hijo. ¿Hay una magia mayor que ésa?
Su voz tenía un tono de temor reverencial, un temor que no se había disipado con el paso de los años.
–Nuestros guerreros, cansados del invierno, van a necesitar la fuerza que no tienen, algo que los griegos llaman «energía». La energía de los toros cuando se pelean, de los carneros en celo, de los jóvenes llenos de pasión. La energía es la fuerza de la vida y fluye a través de todo lo creado por la Fuente, incluso a través de la piedra. Los árboles, que siempre son nuestros maestros, hunden sus raíces en el suelo y extraen energía. Es la vida. Quítate las botas y, mientras andamos, siente la tierra en tus pies descalzos. Siente, como has aprendido a oír.
Hice lo que me ordenaba y me quité las botas de suave cuero que cubrían mis pies y estaban atadas a las espinillas con unas correas. Cuando apliqué los pies al suelo, al principio, sólo noté los guijarros y la tierra apelmazada. Luego sentí… un aleteo, como un susurro que recorriera la tierra. Sólo un leve aleteo, pero su percepción bastó para que me sobresaltara e
interrumpí mis pasos. Menua también se detuvo.
– ¿Lo has notado?
– Creo que sí. Ha sido como si me llevara los dedos a la garganta y notara el rumor de la sangre en su interior.
– Muy bien, Ainvar, Algunos druidas tienen tal sensibilidad para la fuerza vital que discurre a través de la tierra que son capaces de seguirla como si fuese un sendero. Sus caminos se cruzan en ciertos lugares especiales, donde la fuerza vital se acumula con tanta fuerza que…
–¡El bosque! –le interrumpí con un destello de intuición.
–El bosque. –La voz de Menua resonó profunda en su pecho–. Sí, ahí, más que en cualquier otro lugar de la Galia, se encuentran los caminos de la potencia. El gran bosque de los carnutos es sagrado no sólo para el hombre, sino también para la tierra. Tú lo notas, todos los que van ahí lo notan. Hay otros lugares con unas propiedades parecidas. Algunos son potentes y vigorizantes, otros apacibles y contemplativos. Los hombres se sienten atraídos hacia ellos y los convierten en lugares sagrados. Ciertos lugares excretan fuerzas nocivas de la tierra, de la misma manera que tus intestinos excretan las heces, y es preciso evitarlos. Si escuchas, tu espíritu te advertirá de ellos. En cuanto a este bosque, los druidas descubrimos hace mucho tiempo que la fuerza vital es aquí tan intensa que realza nuestras propias habilidades numerosas veces. Por ello celebramos nuestros más potentes rituales en el bosque…, como la magia sexual en la que participarás esta noche, Ainvar.
Reanudamos el camino. Yo lo hice descalzo; las botas, olvidadas, colgando por las correas de mis dedos. Tenía los ojos fijos en el cerro que se alzaba ante nosotros con su corona de árboles oscuros contra el cielo. Menua siguió diciendo:
–En el bosque añadiremos tu joven energía masculina al poder del lugar sagrado y arrojaremos la fuerza combinada tras nuestros guerreros como una lanza. Cuando llegue a ellos tendrán una fuerza que no creían poseer. Vencerán en su batalla contra los senones y volverán a nosotros como personas libres.
Estábamos subiendo hacia el bosque. Mis pies hallaban su camino a lo largo del sendero de tierra marrón de la que en ocasiones sobresalían piedras afiladas de color pardo rojizo. Mis labios se movían por su propia voluntad, implorando a Aquel Que Vigila para que me hiciera capaz de la tarea que debía llevar a cabo. Los druidas habían traído antorchas y encendieron la que llevaba Sulis.
Los demás aprovecharon esa llamada para encender las suyas y luego se situaron a intervalos alrededor del claro en el corazón del bosque. Más allá de los árboles el sol poniente todavía brillaba, pero entre los árboles reinaba el crepúsculo. Menua quiso que me colocara de pie en el centro del claro. Narlos inició un cántico y los druidas me rodearon, en el sentido del movimiento solar. Se levantó una brisa y cantó con ellos, aumentando la fluidez del movimiento. Vi que Sulis me miraba desde debajo de su capucha. Cesó el cántico. Menua se adelantó y sacó un puñado de tiras de cuero de una
bolsa que llevaba atada a la cintura. Me hizo una seña para que tendiera las manos y me ató cada muñeca por separado con una tira de cuero, tan tensa que mis dedos se enfriaron enseguida. Entonces repitió el procedimiento con mis tobillos. Sulis se separó del círculo y se quitó la túnica, debajo de la cual estaba desnuda. Su piel emitía un aroma como de pan caliente. Había visto antes niñas desnudas, pero Sulis era una mujer.
–Tiéndete –me dijo.
La obedecí, sintiéndome desmañado. Los druidas y los árboles nos miraban, esperando que participara en algo que no comprendía. Existen muchas clases de temor. Sulis se arrodilló a mi lado y situó mi cuerpo, la cabeza hacia el norte, los brazos extendidos al este y el oeste. Empezó a acariciarme, deslizando sus cálidas manos bajo mi túnica. Esta vez su contacto no era curativo. Dondequiera que me tocaba, ardía. El cántico se reanudó. Las palmas de Sulis recorrieron suavemente mi caja torácica. Me alzó la túnica y me contorsioné para ayudarle a quitármela. El calor de mi piel era insoportable y ansiaba el aire fresco. Cuando volví a tenderme, ella me apretó suavemente la base del cuello con las yemas de sus pulgares. La presión hizo que me latiera el pulso. Sus pulgares se movieron a lo largo de mi cuerpo, presionando en diversos puntos. Toda mi conciencia de mí mismo seguía a aquellos dedos. Apenas podía respirar, sólo sentir. Sentir, sentir, sentir. Sentir la violenta excitación que se acumulaba en mí como el agua detrás de un atasco de troncos, desesperada por liberarse, atrapada por las correas que estrangulaban mis muñecas y tobillos.
Las manos de Sulis recorrieron la línea central de mi cuerpo, sus dedos arrastrando fuego. Sentía como si una multitud de hormigas corretearan sobre mí. Cuando sus manos me llegaron al vientre, mi pene se agitó y alzó como una criatura con
voluntad propia, tan dolorosamente sensible que temí gritar si ella lo tocaba. Sulis me separó las piernas y se arrodilló entre ellas. Usando de nuevo los pulgares, me acarició la cara interna de los muslos. Flexioné los dedos de las manos,
mientras los de los pies se curvaban a pesar de las tensas ataduras. La mujer se inclinó hacia delante y respiró sobre mí. Su cálido aliento agitó el vello de mi entrepierna. Me estremecí. Entonces empezó a cantar. Su canción no tenía palabras. Era pura melodía, una madeja de sonido enrollada a nuestro alrededor, que me convertía en parte del cántico lo mismo que yo y mi pene, la creación entera expresada en un sonido vibrante, oído en mi alma como había oído la música de la noche.
La energía que Menua había descrito pulsaba a través de mí, y Sulis cantaba y me tocaba, hasta que el placer fue excesivo, fue una agonía. Me moriría sin liberar la fuerza que se acumulaba en mí. Reventaría como un fruto demasiado maduro. Pero no se producía la liberación. No había más que Sulis que me acariciaba y cantaba, usando sus uñas y sus dientes para trazar diseños torturantes en mi carne y arrastrando su cabellera suelta sobre mi cuerpo hasta que la fuerza en mí llegó a una intensidad insoportable. Sin el permiso de mi cabeza, mi cuerpo empezó a retorcerse.
Inmediatamente, cuatro druidas me cogieron de las manos y los pies, manteniéndome en mi sitio. Menua me sujetaba la mano izquierda. Cuando me volví para mirarle, vi a la luz de las antorchas que se había echado la capucha hacia atrás y tenía los ojos cerrados, pero movía los labios, cantaba, era parte del poder que ahora fluía a través de mí, que me quemaba, atronando con el ritmo del cántico y las manos maravillosamente insistentes sobre mi cuerpo, el poder que se acumulaba…
… el poder en el bosque, que se acumulaba… y estallaba en grandes y dolorosos espasmos que arqueaban mi espina dorsal y
me hacían gritar mientras Sulis jadeaba, los árboles giraban a nuestro alrededor y la fuerza me abandonaba velozmente, la magia liberada como una lanza para ir cantando invisiblemente a través del aire hasta nuestros lejanos guerreros, para fortalecer sus brazos, aumentar el vigor de sus cuerpos, devolverlos a casa sanos y salvos. Y libres.
Regresaron victoriosos. Los senones habían sido derrotados y devueltos a sus tierras, al nordeste de las nuestras. Nuestros guerreros abandonaron la persecución y regresaron al fuerte para celebrar su victoria. Tarvos me buscó para contarme la batalla. A pesar de la victoria, él no había evitado el dolor. Una lanza le había atravesado la parte carnosa del brazo y el filo de una espada le había abierto una mejilla desde la ceja a la mandíbula. Utilizando las heridas como una excusa, fui en busca de Sulis para pedirle que cuidara personalmente del Toro. Observé cómo aplicaba una cataplasma de hierbas al brazo herido y luego extraía la membrana de un riñón de oveja, la remojaba en leche y la extendía con mucho
cuidado sobre el enorme tajo en la mejilla del guerrero. Al recordar el contacto de sus dedos, envidié las lesiones de Tarvos.
La magia sexual era maravillosa. Mi primera experiencia había despertado mi avidez, lo cual divertía a Menua. Cuando le sugería la aplicación de la magia sexual para resolver cualquier problema que se presentara, él se reía de mí.
–El ritual debe ser apropiado a la necesidad, Ainvar, y jamás ha de celebrarse para la gratificación del celebrante. Vuelves a dejar que tu cuerpo piense por ti.
Difícilmente podría evitarlo. Mi cuerpo era joven y viril, notaba la tensión que crecía en mí, esperando reventar de nuevo, estallar como una estrella. ¿Podían estallar las estrellas? Tenía que preguntárselo a Menua. Entretanto estaba ocupado con Sulis. Menua me había enviado a ella durante los días cortos y oscuros del invierno para que me instruyera en las artes curativas, las cuales no siempre requerían que estuviéramos en el exterior. Secar hierbas y preparar pociones podía aprenderse en el cálido interior de un alojamiento. Sin embargo, yo no parecía aprender gran cosa.
(…)
Todo en Sulis era maravilloso. Sus manos cuadradas y hábiles, con los dedos de puntas espatuladas que podían tocar una cabeza doliente y aliviarle el dolor enseguida. Podía acariciar miembros rotos…, podía acariciar mis miembros…
–¡Ainvar, no estás prestando atención!
–¡Claro que sí! Estaba pensando en la curación. ¿Podría emplearse la magia sexual para curar a la gente?
–Tal vez es hora de que estudies con otra persona, Ainvar. Podrías memorizar la ley con Dian Cet en vez de hacerme perder el tiempo.
–Pero ¿no podríamos tú y yo juntos emplear la magia sexual para restaurar la fuerza de la tierra?
–Quizá, en primavera. Si Menua lo cree necesario.
–O incluso ahora –insistí–. ¿No podríamos hacer, con la magia sexual, que la lana de las ovejas crezca más densa?
–Ya tienen tanta lana que jadean como perros –señaló Sulis–. ¡Si estás tan deseoso de una mujer, Ainvar, ve en busca de una! Fuera de los muros de este fuerte hay muchas que no son de tu sangre y que te sonreirían.
–Pero ¿habrá magia?
Discerní un rictus de tristeza en la sonrisa de Sulis cuando replicó:
–Ah, Ainvar, la magia no se encuentra tan fácilmente.
Yo era alto, estaba bien desarrollado, y cuando seguí el consejo de la curandera descubrí que, en efecto, había mujeres que me sonreían, mujeres que se lamían los labios cuando nuestros ojos se encontraban y mujeres que los desviaban pero volvían a mirarme. Había hijas de guerreros y mujeres que trabajaban la tierra, muchachas que estaban maduras para el matrimonio y viudas que también estaban maduras. A su debido tiempo probé con cada una que me estimuló hasta la distancia de media jornada a pie del fuerte.
Pero Sulis tenía razón.
La magia no se encontraba fácilmente.
De todos modos disfrutaba y hacía cuanto podía para dar tanto placer como el que recibía. Las mujeres me aseguraban que lo hacía muy bien. No pocas expresaron abiertamente su interés en danzar alrededor del falo simbólico en Beltaine y concebir mis hijos. Hicieron referencia a considerables dotes de matrimonio.
No obstante, un druida no tenía que preocuparse por la propiedad de su esposa. La tribu satisfacía sus necesidades tangibles a cambio de sus dones. Si llegaba a casarme, podría hacerlo con una mujer que me gustara, tanto si su padre aportaba una dote de doce vacas como si llegaba a mi alojamiento tan sólo con una aguja y un telar.
Llegó la primavera y repetimos el ritual que se había iniciado con la muerte de Rosmerta para acelerar el proceso. Pero ya no sacrificamos a una persona viva. El anciano elegido para representar al invierno sólo fingió morir, pero el invierno murió de todos modos y le siguió una cálida y brillante primavera que me produjo la sensación de que la sangre corría rápida por mis venas. Me entregué a las mujeres, a su contacto, su sabor y su aroma. Una tenía la piel cremosa, otra áspera, otra era blanda como la pasta y con hoyuelos, pero cada una constituía una nueva experiencia, otra exploración. Sentía
afecto por cada una a su vez.
Pero ninguna tenía el don de la magia.
El matrimonio con Sulis estaba descartado. Yo no tenía parentesco de sangre con su clan de artesanos, por lo que esa prohibición no se interponía entre nosotros. Pero cuando le hice la sugerencia se negó de plano.
–Una mujer se casa para tener hijos, Ainvar, y yo no voy a tenerlos.
–Pero ¿por qué no?
–Trata de comprenderlo, pues he pensado mucho en ello. Mi cuerpo es un instrumento de curación. Me has visto esponjar mi orina sobre la carne quemada y hacer que desaparecieran las ampollas. Mis demás fluidos también son útiles para los preparados curativos. Si llevara a un niño en las entrañas, sus propiedades afectarían a las mías. El sudor, la saliva, hasta las lágrimas cambiarían. Mi don podría verse comprometido y no quiero correr ese riesgo. Cuando participo en la magia sexual tomo ciertas precauciones para no quedar embarazada, pero si me casara debería darle hijos a mi marido si pudiera. Por eso lo que me pides es imposible.
–Otras sanadoras tienen hijos. Una vez me dijiste que tu propia abuela fue sanadora.
–Ella hizo su elección y yo hago la mía. Sigo mi norma y te pido que respetes eso, Ainvar.
Yo era demasiado joven para saber que los climas emocionales cambian y que la independencia que Sulis deseaba algún día podría pesarle mucho. Acepté su postura, pero con pesar en mi corazón.
De vez en cuando Menua nos utilizaba a los dos para la magia sexual, lo cual en cierto modo hacía que la situación fuese más dolorosa para mí. Sin embargo, nunca me negué.
Había aprendido que el sexo, en su aspecto más mágico, es un rito sagrado de tal poder y excitación que todo lo demás me dejaba extrañamente insatisfecho.
(…)
Gentes encerradas en conchas de madera.
El suyo era el tedio ligero de los muros, las tareas, el vivir hacinados, a veces subiéndose unos a otros, oliendo los pedos y padeciendo los ronquidos de los demás. Estaban empotrados en lo ordinario.
Yo no era así. Míos eran el vasto cielo oscuro y los espacios entre las estrellas que me llamaban. Mía era la promesa de la magia.
Pensé que tal vez Sulis tenía razón.
Caminaba soñadoramente bajo las estrellas, y las familias en sus casas no me oían pasar. La rueda de las estaciones giraba y giraba.
Fragmento de ‘El Druida’
- LLYWELYN MORGAN -


































junio 4, 2008 at 9:34 am
[...] Y he seguido leyendo… yo también tengo el cabello bronce oscuro y siempre he sido diferente. [...]
junio 4, 2008 at 10:00 am
Un hombre y una mujer juntan sus cuerpos, la vida FLUYE a través de ellos y nace un hijo. ¿Hay una magia mayor que esa?
—————————–
La palabra fluir se ha convertido en mi favorita, con todas las variaciones posibles. :)
junio 4, 2008 at 11:57 am
Pues no lo sé Nandara… no lo sé. Ahora mismo ni siquiera tengo esa respuesta.