- un fragmento del erotismo de Bataille -
diciembre 8, 2007
‘El punto de encuentro de los amantes es el delirio de desgarrar y ser desgarrado. Ninguna comunicación es más violenta’
- Georges Bataille -
” En medio de un enjambre de muchachas, desnuda Madame Edwarda sacaba la lengua. Ella era, para mi gusto, encantadora. La elegí: ella se sentó cerca de mí. Apenas tuve tiempo de responder al mozo: tomé a Edwarda que se abandonó: nuestras bocas se juntaron en un beso enfermo. La sala estaba abarrotada de hombres y de mujeres y tal fue el desierto donde el juego se prolongó. Un instante su mano se deslizó, y yo me quebré de pronto como un vidrio, y temblé en mis pantalones; sentí a Madame Edwarda, de quien mis manos contenían las nalgas, ella misma al mismo tiempo desgarrada; y en sus ojos más grandes, dados vueltas, el terror, en su garganta un largo estrangulamiento. Me acordé que había deseado ser infame o, más bien, que hubiera sido necesario, de toda fuerza, que eso ocurriera. Adivinaba risas a través del tumulto de las voces, las luces, el humo. Pero nada contaba ya. Apreté a Edwarda en mis brazos, ella me sonrió: enseguida, transido, volví a sentir en mí un nuevo choque, una suerte de silencio cayó sobre mí de lo alto y me heló. Era elevado en un vuelo de ángeles, que no tenían cuerpos ni cabezas, hechos de deslizamientos de alas, pero era simple: me volví desgraciado y me sentí abandonado como lo estás en presencia de Dios. Era peor y más loco que la embriaguez. Y ante todo sentí una tristeza ante la idea de que esta grandeza, que caía sobre mí, me robaba los placeres que yo contaba con Edwarda. Me encontré absurdo: Edwarda y yo habíamos cambiado dos palabras. Experimenté un instante de gran malestar. No hubiera podido decir nada de mi estado: ¡en el tumulto y las luces, la noche caía sobre mí! Quise atropellar la mesa, tirarlo todo: la mesa estaba empotrada, fijada en el suelo. Un hombre no pudo soportar nada más cómico. Todo había desaparecido, la sala y Madame Edwarda. Sólo la noche…
(…)

La segundona tomó mi dinero, me levanté y seguí a Madame Edwarda cuya desnudez tranquila atravesó la sala. Pero el simple pasaje de en medio de las mesas abarrotadas de muchachas y clientes, ese rito grosero de la “dama que sube”, seguida por el hombre que le hará el amor, no fue en ese momento para mi más que una alucinante solemnidad: los talones de Madame Edwarda sobre el suelo embaldosado, el contoneo de ese largo cuerpo obsceno, el acre olor de mujer que goza, humeando para mí, de ese cuerpo blanco… madame Edwarda iba delante de mí… en nubes. La indiferencia tumultuosa de la sala a su felicidad, a la gravedad mesurada de sus pasos, era consagración real y fiesta florida: la muerte misma era de la fiesta, en eso de que la desnudez del burdel llama al cuchillo del carnicero. “
Madame Edwarda, 1937
(bajo el pseudónimo de Pierre Angélique).





























diciembre 10, 2007 at 12:25 pm
Pues Edwarda me parece una mujer repleta de tristeza y resginación ignorante de su propia belleza.
Muy buena la historia.
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diciembre 11, 2007 at 10:15 am
No no conocia el libro, el conjunto, tanto los cuadros como el texto me han provocado la reflexión.
Si, sé que hay trabajadoras del sexo a las que les encanta serlo. Pero no quita que no sean mujeres tristes por otros motivos. Como a la repostera que le encanta hacer pasteles y es triste igualmente.
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diciembre 11, 2007 at 1:08 pm
No creo que caiga esa breva, tengo una larga lista pendiente y muy poco tiempo!!!!!qué estrés!
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octubre 12, 2008 at 7:44 pm
las frustraciones en el amor implican una posibilidad mas para hacer de este una portentosa lujuria.
marzo 20, 2011 at 11:24 pm
[...] Madame Edwarda, 1937 [...]
abril 13, 2011 at 7:59 pm
cual es mi numero
y encontrare trabajo pronto