- Las gafas negras –
octubre 29, 2007
Agnes se había aficionado a las gafas negras cuando iba a la escuela. No era tanto porque le protegiesen los ojos del sol como porque se sentía con ellas más guapa y más misteriosa. Las gafas se convirtieron en una de sus aficiones: tal como algunos hombres tienen el armario lleno de corbatas, tal como algunas mujeres se compran docenas de sortijas, Agnes tenía una colección de gafas negras.
En la vida de Laura las gafas negras comenzaron a desempeñar un gran papel después del aborto. Las llevaba entonces casi permanentemente puestas y se disculpaba ante sus amigos: ‘Perdonad lo de las gafas, pero me paso el día llorando y no puedo salir sin ellas’. Las gafas negras se convirtieron para ella desde entonces en el símbolo de la tristeza. No se las ponía para ocultar el llanto, sino para que se supiera que lloraba. Las gafas pasaron a ser un sucedáneo de las lágrimas y en comparación con las lágrimas reales tenían la ventaja de que no perjudicaban los párpados, no los ponían colorados e hinchados y hasta le quedaban bien.
Si Laura se aficionó a las gafas negras fue, como ya tantas otras veces, inspirada por su hermana. Pero la historia de las gafas enseña que la relación entre las hermanas no puede reducirse al hecho de verificar que la más joven imitaba a la mayor. Sí, la imitaba, pero al mismo tiempo la corregía: le otorgaba a las gafas negras un contenido más profundo, un sentido más grave, de modo que, por así decirlo, las gafas negras de Agnes hubieran tenido que ruborizarse por su frivolidad ante las gafas de Laura. Cada vez que Laura aparecía con ellas puestas significaba que sufría y Agnes tenía la sensación de que, por delicadeza y humildad, debía quitarse las suyas.
La historia de las gafas pone de manifiesto algo más: Agnes aparece en ella como aquella a quien el destino favorece, Laura como la que no es amada por el destino. Ambas hermanas creían que no eran iguales en su relación con la Fortuna y Agnes sufría por ello quizás más que Laura. ‘Tengo una hermanita que está enamorada de mí y tiene mala suerte en la vida’, solía decir. Por eso la recibió con alegría en París, por eso se la presentó a Paul y le pidió a éste que quisiese a Laura; por eso ella misma le buscó un apartamento bonito y la invitaba a su casa cada vez que sospechaba que lo estaba pasando mal. Pero hiciera lo que hiciera seguía siendo aquella a quién el destino injustamente favorece y Laura aquella con quién la Fortuna no quiere tener nada que ver… (Pág. 117)
‘La Inmortalidad’
– MILAN KUNDERA -



























