– GOLPEAR LA RABIA NO ES UN CUENTO –

enero 14, 2004

 

– DESDE NAMIBIA LA TIERRA DE NADIE – xxxiv –

 

Desde lo que sucedió entre Máximo y yo es como si hubiera contraído la rabia.

  

Le odio, le odio, le odio, le odio, le odio, le odio, le odio.

Ayer tarde continuaba muy disgustada. Había estado con Contradicción en la piscina y ella me dijo que lo único era que le había desmontado la manera de acercárseme y que ahora él tendría que buscar otra forma de llegar a mí.

Es que no da una contigo. Todo cuanto hace se lo tomas a mal.

– Mira, lo que no voy a permitirle es que me humille.

– ¿Pero no entiendo por qué tienes esas reacciones tan extremas con él?

– No lo sé. Sólo sé que no lo puedo evitar y que se acabó, por mí podemos estar otros dos años sin hablarnos porque yo no pienso mirar para él.

Y las cosas también se han torcido con Guernika. Después del incidente del teléfono me fui directa a clase y vino Diva. No lo hizo durante toda la semana pasada, aunque si estuvo jugando en la pista. Pero ayer aproveché su regreso para exteriorizar mi tristeza y refugiarme tras la espalda de él. Así no me ve los ojos y a pesar de que intentó animarme y me buscó con la mirada, no respondí… aunque eso fue suficiente para que Diva se molestase. Yo no sufro todavía, sólo me limito a jugar mis cartas. No he vuelto a sentir mariposas lo que quiere decir que mis sentimientos están bajo control.

Ayer le esperé por la calle para darle algunos fragmentos de cosas que fui escribiendo aquí (sólo unos días) y cuando llegó el momento no pude hacerlo. Iba caminando tras él y lo único que podía sentir era mi inmovilidad. La sensación opresiva de que no importa el paso de los años porque nosotros seguimos igual, golpeándonos contra las mismas rejas y me dejé envenenar la sangre por el rencor renqueante y antiguo de la desconfianza.

Luego, como a las siete cuando bajaba a la ciudad por la calle donde vive Laura, me los tropecé a ellos. A él le quité la cara enfadada al instante y sólo iba a decirle a ella ‘adiós’ sin detenerme pero Serengueti se alegró de verme y empezó a contarme que en la libreta que le regalé había escrito un cuento, el de ‘Hansel y Gretel’ que se sabía de memoria de tanto escucharlo. Él me dijo ‘hasta luego’ al pasar a mi lado pero yo no le contesté y mientras hablaba con ella le sentía quieto a mis espaldas aunque no pensé que estaba tan cerca como estaba. ¡Pedazo de cabrón! Su ‘hasta luego’ había sonado de lo más hiriente, pura ironía.

  

 Conocía hasta que punto me había hecho daño y eso le satisfacía. ¿O seré yo que lo malinterpreto y no puedo evitar verlo así?

Quizá pero me acordé del fotógrafo.

El fotógrafo es un chico de unos 30 años y puede que de raza gitana, de aspecto serio y mirada penetrante que vi por primera vez en el torneo de este verano. Desde entonces me lo he tropezado algunas veces y él cada vez ha ido mirándome con más curiosidad o interés. Últimamente siempre ha sido por los alrededores de mi casa y yo no vivo, que se diga, en un sitio céntrico y el lunes cuando bajaba a trabajar me lo encontré a pocos metros golpeando con un martillo el maletero de su coche. Me llamó la atención la violencia con la que lo hacía y más el hecho de que creo que era lo que quería que fuera relevante. Era como decirme:

  

– ¿Ves?. Soy igual que tú. Yo puedo entender esa rabia que llevas dentro y con la que golpeas.

Pero en ese momento no me miró. Sólo quería que lo viera. Y sé que sabe que le vi

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