– Sueños y un Consolador –

enero 22, 2004

 

– DESDE NAMIBIA LA TIERRA DE NADIE – xliv –

 

Esta noche soñé con el gerente. Mientras escribía una carta en el ‘libro de reclamaciones’ nos besábamos, y él decía: ‘Me da la sensación de que tengo mucho que hablar contigo’.

El sueño era angustioso pero no por esa parte sino porque escribir era una tarea muy dificultosa. Tenía que contarlo todo como había sido y era incapaz: el bolígrafo no obedecía, el papel estaba húmedo, las hojas se rompían. Así que luego mientras me citaba con Guernika, porque iba a llover y nos iríamos juntos, ”pegaba” con violencia a una jovencita que se burlaba de nuestra relación (que se hacía muy evidente, casi como ayer en la realidad) mientras Guernika le aseguraba a ella (con cierta admiración) que conmigo había que andarse con ojo porque no le permitía ni el mínimo desacato a nadie.

No sé por qué, acababa apareciendo por el entramado del sueño Stanislaw O’Toño, su bar, y el sobre que le entregué… Esperaba la oportunidad de regresarme el dinero que yo le dejé en él con un mensaje escrito en una servilleta de papel y de una sola capa:

‘El círculo al que pertenezco no permite aceptar dinero en servilletas sin doble capa’.

Se refería a un ‘círculo hermético’ (como pueden ser los masones) pero lo que no lograba captar era el sentido al completo del mensaje. Eso sí, Stanislaw O’Toño no quería que me fuera de allí, quería que me quedara con él. Su enfado conmigo (el que le supongo) se había evaporado.

La que aparecía muy transformada y aquejada por una espantosa fealdad era  su empleada. Era como si ‘el mal’ (moral, no sólo el tumor) del que me dio noticias se hubiera extendido y exteriorizado y al final le hubiera ganado la carrera a su corazón.

Creo que este sueño resume bien como han sido los últimos meses de mi vida

La noche anterior soñé con Pésimo (era el único que no aparecía en el sueño de hoy) yo estaba en su casa no sé bien por qué y luego él venía a la mía, lo cual me producía mucha vergüenza: todo estaba sucio, desvencijado, daba asco… el cazo de la leche (no existe, se utiliza el microondas) tenía leche requemada de varios usos y yo no lo había fregado… Él lo agarraba en su mano para servirse y luego me miraba con ironía.

Lo había visto con Serengueti (Laura) esa tarde.

-¿Quieres una porra? -le dije a ella.

Acababa de comprarlas; cincuenta céntimos cada una porque eran sin azúcar. Menuda estafa…

– ¡Ah! ¿Que si quiere una porra? Había entendido que la mandabas a la porra y claro no es lo mismo

Estaba a mis espaldas pero muy cerca de mi oído, otra vez, y no me quedó más remedio (es sólo un decir) que mirarle y contestarle desafiante:

– A ver… ¿qué me hizo ella para que la mande a la porra? Que yo sepa ella (recalcándolo) no me hizo nada malo. No tendría motivo.

Pero también le tendí una a él. Eso sí, sin abandonar mi seriedad

– ¡Oh, gracias! Sin azúcar. Tiene que estar muy buena.

Para colmo de males, en esa, había un 50 ctms escrito a rotulador grueso y negro que ocupaba por completo el envoltorio de plástico. ¿No eran 50 céntimos la cantidad mínima que significaban para Stanislaw la mayoría de las personas? Recordé eso.

Serengueti venía de comprarse en Zara un anorak y un chaleco (antibalas, dijo su padre) y unos zapatos que le entregarían el jueves… Parece que no pasa un día sin que él le compre algo. ¿Su cariño?

Quizás a ella no le gustó el tono que empleé con su progenitor porque ayer cuando salió del bar que hay frente al parque no corrió hacia mí. Él la esperaba fuera. Paseando con timidez, como si mi presencia le intimidase tanto como en mí logra el efecto de la suya. Yo me refugié en la excusa de mi teléfono móvil y no di señales de vida.

Y hablando de los rastros de la muerte… Mi cuñada le comunicó ella misma la noticia a su madre. La doctora que la operó le informó de su estado y la convenció de la necesidad de que se sometiese a esa operación. Ella lo único que le dijo a su hermano fue:

– He intentado cinco veces quitarme la vida y ninguna me han dejado. Esta es la forma legal. No le tengo miedo a la muerte, sólo al sufrimiento. Al principio del dolor

Y hablando del principio del placer… ayer también trabajé con Santos. Yo llevaba una de esas camisetas con las que parece que vas muy desnuda y que por supuesto no admiten sujetador.

– Mira -me dijo elevando las llaves de unos candados por encima de la altura de su hombro y comparándolas-. Son completamente diferentes pero cualquiera abre la cerradura del otro.

– ¿Ah sí? -le dije yo poniendo toda mi atención en ellas y en su explicación.

– Sí, mira, ves aquí son diferentes: una tiene esto más largo y la otra esos picos que ésta no tiene.

– ¡Anda! qué interesante

Pero claro, lo único que me resultaba a mí interesante del tema es que yo eso se lo susurraba al lado de su oído mientras mis pechos con los pezones muy tiesos rozaban su espalda.

Él en ese momento no pareció turbarse en absoluto pero cuando le contaba minutos más tarde lo de mi cuñada y lo de los viejecitos; eso de que el abuelete hubiese apuñalado a su recién estrenada esposa por celos, sí tuvo una reacción de retraimiento y yo me alejé de su lado casi toda la hora para no incomodarle pero sin poder evitar el sentirme extremadamente atraída por él. Luego, poco a poco, noté que se le pasaba y volvimos a tontear.

No puedo evitar seguir deseando hacer el amor con Santos (o más bien follar; el amor ya lo hace con su novia). Pienso que la química entre él y yo lo convertiría todo en algo salvaje… porque además le tengo mucho cariño y así debe ser estupendo. Eso era lo que le decía cuando le hablaba de mi cuñada: que yo no la quiero, ni nada así, pero que sin entender por qué.. lo suyo me estaba afectando

– No la quieres, no la quieres… ¿cómo no la vas a querer?

– Porque no la quiero. Es cierto. Yo, Santos, quiero muy mal

Y claro, a él ya le he escrito en alguna ocasión que le guardo un profundo afecto, y además no le debe cuadrar eso de que yo diga que ‘quiero muy mal’ por mi carácter. Supongo que no le pega que me reconozca fría y egoísta, conociéndome de la forma en que él me conoce. Pero no ha visto mis otros lados: las esquinas y las aristas de la gelidez

Y luego, a ver a Guernika con la decisión tomada de no dejarme afectar por sus demonios internos, que ayer, al menos, funcionó.

El martes se le cruzaron ya los cables y tenía uno de esos días suyos intratables. Procuré que él no advirtiera que eso me afectaba de manera alguna para tratar de ir rompiendo sus pautas de comportamiento pero es duro no poder permitirse una recaída. Si él comprueba que ‘lo de siempre funciona’ volverá a los antiguos usos y eso no va a beneficiarnos a ninguno. ¿Pero y Diva? ¿No se suponía que era psicóloga? Pues no me lo encuentro yo mucho más mejorado del estado en que se lo dejé.

Un poco me salvó ir después hasta la casa de Alma porque me di de bruces con mi madre en las mismas, de un humor de perros (quiero decir espantoso; no sé porque acostumbramos a rotular con ese genitivo al mal humor)

– ¿Qué te sucede? -le pregunté preocupada

– Nada, ¿Vale? -me contestó con los labios fruncidos y esa mixtura de amarguras y odios a la que se ha pasado la mitad de su vida apegada

– ¿Vale? Por supuesto que vale, ”querida”…

Y me fui. Hace años que he renunciado a que me afecte el chantaje emocional al que nos somete mi madre con sus malos tratos y sus desprecios. Yo no soy mi padre y no dependo de ella. Tampoco soy la mujer de Guernika, es lo único que tengo que recordar.

Ayer hubo algo que no me gustó especialmente en su tono. Fue cuando me preguntó si ya había comprado el consolador y le dije que no… Va a ser una tarea ardua intentar arreglarle por dentro pero si no lo intento yo, que pienso que si estoy capacitada porque él me ha ayudado a hacerme fuerte… ¿quién lo va a intentar?

Guernika se las ingenia para asustar y dominar con sus miedos a todo el mundo que se ha aproximado a él. Le quiero mucho, sí… ¿pero lo necesario?

beso

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