– Del día que el ACOSADOR DEL PARQUE se insertó en mi vida –

febrero 1, 2004

 

– DESDE NAMIBIA LA TIERRA DE NADIE – liv –

 

Son las tres de la tarde y hace un día precioso. Es domingo. Por la mañana había pensado acercarme hasta la playa. En el club que frecuenta Guernika tenía que estar celebrándose la maratón aplazada por las lluvias el fin de semana pasado  pero no me apetecía verle, ¿para qué?, ¿para que me ponga esa cara hosca de los últimos días? ¡Qué curioso! Coga quiere pagarle a una puta por lo que yo hago con tanto gusto con ese hombre.

  

El último día también fue así. Me tragué todo su semen como si fuera la encarnación líquida de su cariño. Tampoco hay aspavientos en ese acto, no es como en las películas porno que vemos en el video, es  tierno, muy tierno, mi boca es dulce con él, buena, acogedora, de mar pacífica… en ese momento le amo, soy amable, sigue siendo un intercambio de buenos sentimientos.

Lo probé con Enate pero no fue lo mismo, yo quería que lo fuera pero no fue lo mismo, e incluso pienso que  porque él no estaba dispuesto a que lo fuera. Creería lo mismo que Coga, que era preferible pagar a una puta por ello. Ironías, pagar por el amor, ¿es posible?  

Así pretende tratarme ahora Guernika como si fuera una puta que hubiese recogido en la carretera. ‘No te hablaré, no necesitaré de ti, actuaré como si fueras un estorbo que me dificulta el disfrute del paisaje cuando choco mi visión contigo’. Es duro, es durísimo aunque una ya sepa que eso es a lo que obliga la dictadura del miedo. Tiene temor a necesitarme pero él ya sabe que me necesita; a lo que tiene pavor es a que yo descubra cuánto me necesita…

  

Mi vida se repite, parece que eternamente se repite. No solucionaría nada huyendo de este problema. Lo que sea tengo que arreglarlo aquí porque aunque me vaya sé que acabaré encontrándome lo mismo en cualquier parte.

El viernes estuve en la piscina con Contradicción y hablamos mucho. Me fijé otra vez que el socorrista no se queda impávido cuando entramos nosotras. A la hora que vamos no hay nadie allí; una o dos personas más, a lo sumo. Y tiene que ser por ella. Yo volví a decírselo:

– Mira, me da la sensación de que a este tío le gustas, porque en cuanto entramos…

– ¡Anda, que va! ¿Qué dices? -me contesta.

– Oye, que por mí no puede ser, que a mí me conoce de sobra y sé que le caigo fatal (bueno, o eso pensaba).

Pero no, como es guapo, por ella tampoco puede ser. Eso me argumenta, lo de siempre: ¿Cómo se va a fijar en ella alguien así? Porque ella, eso lo digo yo, ni le ha mirado; al menos conscientemente y a lo mejor fue eso lo que le atrajo a él: un hombre atlético y atractivo no está acostumbrado a no despertar un cierto interés.

Ella se fue primero. Había quedado  con Stephen ‘el lobo’ para hacer unas compras. Yo me tropecé  por el camino con un chico que conocí trabajando de camarero este verano. El venía de recoger a su hijo a la salida del colegio

– ¿Vienes de la piscina?

– ¿Lo dices por la marca de las gafas, eh?

– No, y por la bolsa. Yo iba a veces y quiero empezar a ir otra vez.

– ¡Papa! Tengo un flato.

Eso decía el niño pequeño que venía quejándose detrás de nosotros a las carreras, porque yo había visto a Guernika al fondo de la calle, paseando a su perro, y quería ser vista antes de que se fuera. Pero Enrique, así se llamaba el padre, ni caso. Cuando fui consciente de que Guernika me había visto entonces aflojé un poco más el paso y estuve dispuesta a mostrarme más amable. Enrique, a lo lejos, podía confundirse fácilmente con Máximo, y él no dejaba de estar mirando a las ventanas de su antigua amante. Resulta que ahora todo sucede en unos metros, desde que Guernika se mudó de piso  Máximo y él viven muy cerca y deben verse con asiduidad.

Me despedí de Enrique al comenzar la bifurcación de la calle. Jugué con esa ambigüedad. Podía haber venido hablando con él, o no. Y cuando pasé cerca de donde estaba Guernika él hizo un gesto para saludarme pero estaba tan serio y agrio que parecía que padecía una crisis de estreñimiento. Yo le saludé segura de mí y luego miré hacia las ventanas de Máximo emulando el gesto que la había visto hacer a él con las de su antigua amante y me perdí por las escaleras.

Me siento con mi libro en el parque. No sé cuantos minutos transcurren. Estoy de espaldas a la carretera pero cuando me doy la vuelta para espiar el posible paso de Guernika, mis ojos dan con él. Me ha visto allí sentada y me transmite la sensación de que no le ha sentado bien verme  en el banco. ¿Por quién espero? ¿Y qué va hacer él? ¿Va desconfiar ahora de todo? Soy una mujer que gusta a los hombres. Pues claro que podría estar con éste u el otro u aquel, incluso puede que hasta con el que quisiera porque tengo muchas cosas que ofrecer y encima él sabe que me conformo con tan poco… si se supiera, si se supiera como soy realmente … estaría perdido.

  

Lo sencillo que resulta que me sienta contenta con tan solo una mirada. Si eso se supiera…. Me imagino por ello que ya habrá urdido algún plan para despedazarme ante su entorno, para demolerme como si fuera un teatro que necesita una reconstrucción. ¿Qué será esta vez? ¿Seguirá contando que estoy loca?

Se me pone mal cuerpo al recordar y llamo por teléfono a Coga:

– Mira, ¿qué te parece si prescindimos de la comida de mañana y nos vamos esta misma noche a cenar por ahí?

La idea le encanta pero se extraña

– ¿Quieres salir a cenar conmigo, en serio?

– Sí, antes de un par de horas me acerco por casa. ¿Estarás ya?

– Sí, te espero.

Vuelvo al libro, a ‘La escala de los mapas’, a la página en que lo dejé la penúltima vez. A eso de que hay mujeres que resplandecen y mujeres que son como agujeros negros… Hago como si el día anterior no hubiera leído nada. No llevaba el lápiz conmigo y por eso no pude subrayar ni una línea. Esta vez sí, trato de concentrarme en la lectura. Es pronto, son las cinco de la tarde. En el bar que está frente a mí, el que frecuentan Serengueti y Máximo, hay un grupo de chicos jóvenes. Me doy cuenta de que he llamado la atención de uno. Tiene una niña pequeña y sigue su andar incierto por el parque. Los demás me comentan. Son habituales del lugar. Llevo un jersey azul turquesa de escote pronunciado en pico y vaqueros negros.

  

Una mujer de edad indeterminada leyendo solitaria en un banco de un pequeño parque céntrico de ciudad bajo un árbol silvestre deshojado. ¿Soy una mujer que resplandezco o una mujer agujero negro? Me pregunto y entonces observo un anuncio de la primavera… el árbol de la esquina ha florecido. Un ciento de diminutas flores rosadas engalanan sus ramas desnudas y los días crecen. 

Me viene bien la atención de los chicos del bar. Ese individuo mal encarado del banco cercano que no me ha quitado obsesivamente la vista de encima en los últimos  cuarenta minutos, no se atreverá a decirme nada. Yo hago como que no existe y espero a que den más de las seis. Cuando me voy me dice algo al pasar pero le ignoro. No es miedo, es prudencia y cuando doblo la esquina  me cruzo con el fotógrafo, ese del que ya he escrito que creo que es de raza gitana. El encuentro de miradas dura un segundo pero es un segundo significativo porque mi silencio le ha gritado y yo agacho la cabeza. No es sumisión, es misterio.

Los hombres adoran el misterio. Puede que no exista nada que sea más seductor.

 

Veo a Guernika por vez tercera. Me quedo quieta en la verja más de media hora. Su vida es una agonía. Esa contención de dique marino que se ha auto impuesto tiene que consumirle demasiada energía. Alimenta la falsa idea de que no siente nada por mí, a costa de inventarse pensamientos que me hagan sentir que ya estamos muertos.

Hay que recorrer cerca de 30 kilómetros para llegar al restaurante chino al que vamos. Es en otra ciudad. La primera vez que estuvimos allí me quedé con ganas de regresar y sentarme en una de las mesas del local. Era la última de un rincón. Mesa para dos en un estrecho pasillo. Una  pequeña mesa en una esquina íntima. Una mesa con un aire indiscutible de controvertido reservado. ¿He hablado ya de lo mucho que me fascinan las esquinas?

Pero como llegamos muy temprano para la cena damos una larga caminata por el paseo de la playa.

– ¿Qué miras con tanta atención en la arena? -me pregunta él

– Nada. Sólo trato de descubrir a una amiga que nunca he visto.

Entonces le hablo de Susana. Le cuento que es una chica a la que leo a diario y que sé que a veces, sobre esa misma hora, tiene relaciones sexuales en la arena que paseamos…  

Luego nos tomamos, yo un par de vinos  y él un par de aguas, para hacer tiempo. El primero fue en una cervecería. Quise tomar un ‘Gran Feudo’ pero no tenían y la camarera me recomendó otro Rosado de Navarra. En ese bar me llamó la atención una mujer. Puede que se acercara a los sesenta años pero era muy atractiva: melena rubia, vestir clásico, ojos rasgados e inteligentes, elegancia. Ocuparon ella y su pareja lo que me pareció el sitio de costumbre… En el otro bar observé algo que hacía tiempo no veía de forma tan clara: un contraste perfecto. El joven que estaba tras la barra era uno de esos individuos de gimnasio, todo físico y sin sentido. No es crueldad, ni elitismo, ni… Su mujer también era joven y estaba sentada en una mesa con sus padres o suegros, y tenían un niño pequeño, como de cuatro años y el instinto depredador de una cliente habitual fue vapuleado delante de mí,  sin piedad, por la soberbia de la juventud del joven que servía tras la barra.

Cuando Coga regresó del baño me preguntó:

– ¿Qué te sucede?. Te has puesto como rara.

– Nada. Sólo que quisiera envejecer con dignidad.

Entonces me fui yo al baño y se hizo un silencio a mi paso. Es verdad lo que dice Contradicción, en aquel instante lo percibí. Cuando volví a la barra había una mujer vieja que antes no estaba. Tendría unos 70 años y pidió queso y pan y vino y luego un cuchillo, y se puso allí mismo a cenar,  de pie en la barra, solitaria y frugalmente. A lo mejor es absurdo esto que voy a decir pero así ceno yo muchos días. Me pareció una especie de profecía.

El joven que nos había servido no me quitaba los ojos de encima (Coga me hizo notar su interés) y yo no podía apartarlos de aquella mujer. Quise averiguar si sufría pero fue algo imposible. Era hermética y tan solitaria y frugal como lo estaba siendo su cena. A ella no le importábamos ninguno, pero si vivir y si la vida no fuese un asunto importante para ella no estaría en aquel lugar. Eso seguro.

La esquina que yo buscaba estaba libre y a él no le importó no ver más que pared. Le ofrecí que se sentase en mi lugar pero dijo que lo único que quería mirar era a mí. Las dos chicas que nos precedían mantenían una conversación alucinante. Estaban hablando de la gente del ‘Gran hermano’ como si vivieran con ellas y fuese todo lo que les importase en el mundo. Coga me dijo que eso hoy en día era lo normal, que con sus compañeros de trabajo le sucedía igual. ¡De locos! Eso pensarían ellas de lo que nosotros hablábamos… de relaciones y personas biunívocas o polivalentes y… porque lo que se llegó a decir en nuestra mesa fue de lo más trasgresor. Nosotros no fuimos nunca biunívocos y yo le ‘prohibí’ a él que se refiriese a mí con el calificativo (no posesivo) de ‘su mujer’.

– ¿Y cómo quieres que te llame?

– Pues llámame amiga. ¿No era así cómo me presentabas a todo el mundo durante el tiempo  que salimos juntos? Entonces me dolía… pues ahora igual… Me enferma eso de ‘mi mujer’. Yo no soy ni tu mujer, ni la de nadie. No me siento tal.

Había una chinita preciosa, de unos tres o cuatro años, mesas más adelante que miraba encantada hacía mí y yo le sonreía. Su madre permanecía sobria y triste pero dejaba estar en paz a la pequeña con su alegría.

Cuando nos íbamos pasamos por el lado de una chica que cenaba sola. Tenía el cabello corto y castaño claro. Me llamó la atención que leyese en la mesa mientras comía.

– ¡Perdona!. ¿Puedo preguntarte qué lees? – parecía  tan entusiasmada…

– Un libro de Amy Tan.

No recuerdo si me dijo ‘La dama de la luna’, o ‘Los cien sentidos secretos’.

  

Chinos,  quizá emigrantes, que van a cenar a un restaurante chino para sentirse tal vez, más como en casa: la tristeza de la madre de la niña pesaba, quizá se tratase de una enfermedad como la nostalgia, el dolor por la tierra que se ha perdido. Y occidentales con afección literaria que se llevan a cenar fuera de casa literatura escrita por mujeres de origen chino.

Puede que en el libro de ‘los cien sentidos secretos’ se hablara de platos típicos y… o  puede que aquella jovencita tratase de fingir con aquel derroche de entusiasmo  que no le importaba nada el peso de su obligada soledad

– ¿Qué hacemos?

– Vamos hasta tu pueblo

– ¿De verdad?

– Claro, ¿por qué no?

– Hace años que te niegas a ir conmigo allí.

– Ya, pero el domingo pasado, durante la carrera, me di cuenta de que había superado eso también.

Nosotros vivimos durante muchos años en ese pueblo. Yo los pasé escondida.

Allí fueron dos carajillos y él siguió bebiendo agua. La botella de vino de la cena me la había bebido yo casi íntegra, menos una copa que se tomó él. Fue donde me contó que estaba realmente harto de su vida laboral y que necesitaba un cambio, y yo… yo le alenté. Me imagino que el alcohol tuvo mucho que ver en ello. Con Coga no existió nunca el vértigo, la borrachera de la debilidad, pero el alcohol corrió a raudales entre nosotros.

Y terminamos por recalar en nuestra ciudad, y le llevé a los sitios a los que sólo voy con Contradicción. Creo que él lo experimentó como una prueba de confianza. Hace años que le desterré de esa parcela privada de mi vida. Él tuvo gran parte de la culpa. Y comencé con el Bayles y a olvidar lo que no debía, aunque estuvo bien, porque así pude recordar el porqué de nuestro hoy.

Sobre las dos y media de la mañana nos internamos en una discoteca. Él va allí a veces con unos amigos suyos. Yo nunca había entrado a pesar de que ya hace años que lo pienso, y terminé por  beber de lo que él bebía… ginebra con limón. ¿Cuánto? Pues no sé pero debió de ser mucho y hasta bailé como una posesa. ¡Qué vergüenza! Él me miraba encantado pero no sé si a mí, o a la que miraban los otros hombres, a aquella desconocida.

  

El problema de Coga es que siempre le gustó ser el acompañante de esa mujer que los demás hombres admiran; le excitaba eso, que yo despertara el deseo ajeno. Nunca le entendí o no fui capaz a respetárselo.

Ahora ya sí porque ya no es quien para ejercer ningún derecho de pertenencia sobre mí. No supo hacerme sentir suya, ni requerida, ni siquiera mujer. Me sentía como el hombre de la relación teniendo que inventarme yo todas las barreras. Había sido educada con otro tipo de valores. Bien, ahora estoy digamos que ‘descondicionada’ o ‘desadaptada’ socialmente de esos ademanes hipócritas con los que se vertebra la sociedad pero hay cosas por las que sigo sin pasar y que siguen pareciéndome lo mismo. ¿Es lógico que  él consienta?. No joder, no es lógico. Por no ser, no es ni humano. Y así fue por lo que me perdió, porque no supo defenderme. Somos seres incompatibles, desiguales por completo, diga él lo que diga.

  

Nuestros conceptos de lo que realmente importa van en sentido contrario. Somos dos individuos racionales que quizás formamos un buen equipo pero no una pareja, nunca lo fuimos.

Un hombre se me acercó. Era un buen amigo de Contradicción. Lo habíamos visto juntas estas  navidades y yo le advertí medio en broma, medio en serio que no debía enamorarse de mí. Fue otro de mis presentimientos. Estuvimos hablando de mi amiga y de la última vez que se habían visto. Me preocupaba su mirada. Estaba fija en mí y ni siquiera prestaba atención a mi marido que estaba de pie a nuestro lado. Después de un rato le despedí e hice por no verle, ni coincidir más con él pero a las horas le descubrí mirándome, apoyado en una barandilla cercana, de aquella misma manera.

Hoy Contradicción me ha dicho que en su familia están todos un poco trastornados, que su hermana es esquizofrénica (como mi cuñada) y que no tiene idea del por qué pero que su amigo lleva dos años sin trabajar como funcionario de prisiones (plaza a la que opositó hace tiempo) y ella cree que la baja se la han dado por algo mental pero él no quiso hablar de ello la última vez que se vieron.  

Luego, la madrugada del sábado, vi a más gente conocida que se me acercó sorprendida de encontrarme allí y tan… ¿bailarina o desenfrenada?. Por ejemplo Alfredo. ¿Cuántas veces me habrá preguntado si estoy casada? Y yo  le contesto: ‘Oye, ¿y a ti qué te importa?’ o ‘Mira, de mi vida privada nunca hablo. Sólo la escribo’. ‘Ni que fuera un misterio tan grande’ -me dice o bien ‘A mí no me contestes así’. A lo cual yo le respondo: ‘Faltaría más. Te contestaré como me de la gana’. Es un buen chico. Se droga pero es un buen chico. Tampoco quiero que se interese por mí. Hubo días estando con una pequeña amiga común que al ir a mirarle le he visto sentirse tan atraído hacia mí, que he tenido que advertirle: ‘Ni se te ocurra besarme’. Soy mayor que él y hay cosas que se ven venir. No quiero saber nada ni de corazones rotos ni de problemas. No, sin que exista la reciprocidad.

Así que Alfredo se vino hacia mí y me dijo como si fuera mi padre:

– ¿Tú qué haces aquí a estas horas?

Me parece que lo que menos se pensó que aquel tipo que permanecía tan sonriente a mi lado y tan diferente de un marido, era mi marido.

– ¡Hombre Alfredo!. ¿Quieres que te presente a mi marido?

¡Ay qué gracia! Es que no nos dijo ni adiós. Fue tan sucinto como la expresión de brevedad que le asomó en la cara.

Creo que lo que estoy contando describe con precisión mi forma de vivir y mi mundo. Una vez se lo expliqué a Enate.

  

En tu casa hay una puerta y está abierta.  Para mí todo son puertas cerradas que yo abro y cierro tras de mí. Soy yo la que las traspaso y me muevo de habitación en habitación y de sala en sala pero yo sola.

Iba al baño cuando aquel jovencito me detuvo. No debía de tener más de 23 o 24 años. Una belleza de físico masculino. Moreno, guapísimo. ¡Yo que sé quién era! No le había visto en mi vida y me dijo:

– Hace años que te conozco. Y siempre he pensado que estabas muy buena.

¿Años? Éste debía haberme mirado desde la cuna porque si no, no se entendía.

– Oye, que estoy con mi marido -creo que eso fue lo que le contesté.

– ¿Y eso qué importa para lo que yo te digo?

No podía pensar. Igual hasta él tenía razón y mi contestación era la que no procedía pero… ¿se ve? Yo quiero estar con un hombre que parezca MI HOMBRE y que eso resulte tan evidente y cristalino, que nadie tenga por qué venir y decirme nada.  A partir de ese momento le besuquee mucho. Pero nada de bocas abiertas, picos como de amigo o hermano que me temo no engañaban a nadie.

Y aquello se llenó. Un chico se cayó a mi lado. Sabe Dios lo que habría tomado. Sus amigos le pusieron de pie y yo le tomé el pulso. No sé porqué hice eso. ¿Desde cuándo tengo idea yo de tomarle las pulsaciones a nadie? Sería un acto reflejo de corte  humanitario. ¿Existen? Y el caso es que me pareció que le latía demasiado acelerado. Le dije a uno de los que le sujetaba:

– Oye, tener cuidado con él que se encuentra alteradísimo.

– Sí, está fatal -me contestó su amigo sonriéndome- pero oye…

– ¿Sí? -le pregunté yo.

Era otro joven muy joven. Éste no tendría más de 25 años. De cabello tirando a claro, con el pelo bastante corto y facciones muy muy agradables y de aspecto sano…

– Tú juegas al …

– Sí.

– Es que te hemos visto en la pista.

– ¿Y cuándo?

– Nosotros vamos a jugar al fútbol allí y un día nos pediste que te tiráramos una pelota que se os había volado

– ¡Ah  sí! Es verdad. El equipo de los jueves…

Hasta recuerdo que un día se pusieron a aplaudirme, una jugada larga, entusiasmados.

– No, el de los martes.

Bueno, me equivocaba de día pero eran ellos y él me gustaba

Media hora más tarde continuábamos coincidiendo los ojos y sonriéndonos, hasta que el chico estuvo a punto de entrarme de nuevo pero yo le detuve a tiempo con un gesto negativo de la mano. Se frenó, sí, pero porque se lo pedía, como emplazándome… No estaba tan borracha para faltarle al respeto mínimo que se le debe a la persona que te acompaña, aunque si llego a encontrarme en otra compañía… En realidad no he dejado de pensar en él, a pesar de que no logro verle con claridad. Me da curiosidad lo que va a suceder el próximo martes o cuando sea. Puede que yo no le reconozca pero él sabe quién soy y dónde me encuentro.

ami

9 Responses to “– Del día que el ACOSADOR DEL PARQUE se insertó en mi vida –”

  1. lasalamandra Says:

    Este fue el DÍA D, en que el Acosador apareció en mi vida.

  2. lasalamandra Says:

    Amy Tan
    De Wikipedia, la enciclopedia libre
    Saltar a navegación, búsqueda

    Amy Tan (chino: 譚恩美; pinyin: Tán Ēnměi) es una escritora de Estados Unidos que explora las relaciones entre madres e hijas y lo que siginifica ser parte de la primera generación de Asiáticos Americanos. En 1993, la adaptación cinematográfica de su trabajo más popular, “El club de la buena estrella”, llegó a ser un éxito comercial.

    Nació en Oakland, California, en el año 1952, dos años y medio antes sus padres emigraron de China a Estados Unidos. Aunque sus padres esperaban que se convirtiera en una neurocirujana de negocios o en una pianista por hobby, se convirtió en una reportera y editora. Visitó China en el año 1987 y sintió verdaderamente sus verdaderas raíces.

    Es conocida por su primera novela El Club de la Buena Estrella publicada en 1989. También escribió La Esposa del Dios del Fuego. En 1995 escribe Los Cien Sentidos Secretos. Su última novela publicada ha sido La Hija del Curandero, aunque su trabajo más reciente es Saving Fish For Drowing que en español salio bajo el titulo de “un lugar llamado nada”, donde relata las experiencias vividas por un grupo de gente cuando se pierde en una expedición a la jungla de Burma. Además, Tan ha escrito dos libros para niño: La Dama en la Luna (1992) y The Chinese Siamese Cat (1994), y también ha aparecido en spots de televisión de la PBS alentando a los niños a la escritura.

    A la edad de los cuarenta años, Tan formó parde de la banda de rock garage-literaria Rock Bottom Remainders, junto a Dave Barry y Stephen King, quien le dedicó su libro Mientras escribo. Junto a King, Tan apareció en un capítulo de Los Simpson llamado Insane Clown Poppy.

    http://es.wikipedia.org/wiki/Amy_Tan

  3. lasalamandra Says:

    Autor: Amy Tan
    Colección: Best seller
    Encuadernación: Tapa blanda
    Páginas: 448
    Formato: 125 x 190
    Disponibilidad: Bajo pedido.
    Sinopsis:
    Como si la vida de Olivia no tuviera suficientes complicaciones con su inminente divorcio, todo parece empeorar con la inesperada aparición de su medio hermana, Kwan, abandonada en China cuando el padre de ambas, Jack Lee, emigró a Estados Unidos. Kwan es un ser muy especial, con el don de los «ojos yin», que le permiten conectarse con fantasmas del pasado, lo que la hace aparecer a los demás como alguien extraño y fuera de la realidad. Las historias y avatares de Kwan, y sus notorias diferencias con Olivia, asimilada a la vida de Estados Unidos, provocarán bastantes fricciones entre las hermanas. Sin embargo, cuando las circunstancias las lleven a viajar a China, al pueblo natal de Kwan, el acceso de Olivia a la comprensión del mundo de su hermana generará imprevisibles consecuencias, tan relevantes como peligrosas.

    «Verdaderamente mágica, inolvidable.»
    The San Diego Tribune

    «Poderosa. Subyugante. Una gran muestra de imaginación.»
    Chicago Tribune.

    http://www.culturalianet.com/pro/prod.php?codigo=14240

  4. lasalamandra Says:

    Prática de la Visión Celestial (Tian Yan Gong) — B1.2

    Esta práctica activa nuestro tercer ojo y muchos otros ojos “yin” para ver a distancia, para ver el pasado y el futuro. Se universalizan las propias capacidades de percepción (facultades visuales)

    http://www.tiangongesp.com/sp/practice/practice_overview.htm

  5. lasalamandra Says:

    CIEN SENTIDOS SECRETOS
    Autor: AMY TAN

    (ver reseñas)
    Editorial:
    DEBOLSILLO
    Sección:
    Lit. Univ.Narrativa
    ISBN:
    8497598989

    precio de lista:
    $ 129.00
    ahorro:
    $ 19
    precio :
    $ 110.00

    precio en dólares:
    $ 9.73

    Este producto no se puede agregar a la bolsa

    Cuando Jack Lee muere, le pide a su mujer norteamericana que traiga a EEUU a la hija secreta que tiene en China. La llegada de Kwan cambia por siempre la existencia de su hermanastra pequeña, Olivia, con quien Kwan ejercerá de madre. Kwan tiene unos misteriosos “ojos yin”, a través de los cuales puede ver fantasmas reales, comunicarse con los muertos e incluso vivir reencarnaciones, y Olivia se ve al mismo tiempo fascinada e irritada por esas historias y por toda la magia y el misterio que tiene el mundo chino. Olivia se casará con el que cree el amor de su vida, Simon, pero al cabo de unos años, cuando se está divorciando de él, reaparece Kwan en su vida, empeñada en que vuelvan a estar juntos. La oportunidad les llega cuando deben ir a China a realizar un importante reportaje (Olivia es fotógrafa y Simon redactor). Sin saber cómo, Olivia se encuentra rumbo a Changmian, la ciudad natal de Kwan y su padre. En China, las extrañas historias de Kwan (que los acompaña durante el viaje) van tomando otra dimensión, y Olivia y Simon irán acercándose paulatinamente. Sin embargo, después de una fuerte pelea, Simon se interna en unas cuevas y Kwan se adentra a buscarlo mientras Olivia espera fuera. Simon vuelve pero Kwan desaparece en la oscuridad, saldando así una deuda contraída con su hermanastra durante una vida anterior.

    http://www.gandhi.com.mx/Gandhi/Libros/productDetail.cfm?prodId=143087


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