TEMBLORES

febrero 11, 2004

Miércoles, 11 de febrero del 2004 (10:20)

– ¿Qué haces? -me preguntó

– Escribía sobre ti.

– ¿Nos vemos?

– Lo siento. Hoy no puede ser, ¿qué te parece mañana?

– No sé si mañana podré yo. No siempre se puede. Si eso ya te llamo y te lo digo. Bueno anda…

– ¿Oye? Espera no te marches aún.

– ¿Qué…?

– Que es una pena que no me avisases ayer pero que me gustó mucho que me llamaras.

‘Idiota’. ¿Por qué hiciste eso? ¿Tú no habías escrito la noche anterior?:

Quiero vivir con lo puesto,
con la realidad cotidiana del día a día sea ésta cual sea.
Inventándola a cada minuto,
modelándola como si de barro se tratase.

 ‘Idiota’. Me enfadé. ¿No acabas de escribir?

 Quizás en otro momento me hubiera sentido fastidiada por la situación pero con esta nueva manera de afrontar los hechos trato de ver y aprovecharme del lado positivo de cada circunstancia.

 Entonces, ¿dónde encaja en todo ello rechazarle sólo por capricho? ‘Eres una falacia. Eres como todo el mundo: presumes de lo que careces, de la conciencia del momento’. ¿Pero tú deseas estar con él? Pregúntatelo. Pensé en mi sexo. Me concentré en averiguar sin tocarme el estado de humedad entre sus labios. Se había mojado durante los segundos que duró la conversación y yo no me había ni percatado por culpa de mi idea preconcebida de lo que quería hacer. Había un plan a ejecutar: ‘Era más importante demostrarle que no estaba a su disposición siempre que él quisiera, que ser feliz’. Aunque quizás para lo último deba existir el requisito fundamental de lo primero pero formulado bajo la premisa correcta. También acababa de escribir:

 ‘… el último día que estuvimos juntos en el Faro, mientras teníamos sexo me dijo:

– Si sigues portándote así follaremos más veces. Quiero que te portes bien en la Vida y que en el sexo hagas lo que te apetezca.  

Ya, se pensará, que cómo consiento  que me hable así… Bueno, el contexto importa. Primero no era un instante cualquiera: él  era ‘Mi hombre’ en ese momento, y yo su Mujer. Un día cualquiera profundizo más en estos conceptos tan… voy a llamarlos ‘personales’.

 Hace años cuando me habló de ella, de aquella mujer que quiso tanto y me dijo: ‘La modelé. La hice a mí y ya me había acostumbrado a ella  cuando se fue…’, yo no era capaz de comprender como alguien podía estar diciéndome algo así en serio pero le convencí por instinto de que era lo mismo que había hecho conmigo: – Y a mí. Tú me lo has enseñado todo.

La única disculpa que se me ocurre para justificar mi reacción es que  no es sencillo actuar bajo la premisa adecuada, ‘no-emocional’, meditada, fruto de una elección, cuando se está  realizando un análisis interno de esas características.

¿Cuánto tardé en volver a llamarle para decirle que cambiaba de planes, que postergaba yo lo previsto para el día siguiente y corría a él? No más de un par de minutos. ¿Y qué sucedió? Que cuando contestó al teléfono no habló, no dijo nada, me dejó hablar sola. Y se cortó. Volví a intentarlo. La segunda llamada fue una repetición de la primera. ¿Se encontraría en un lugar con pobre cobertura? Me levanté  de la silla y fui a la cocina engañada. Quizás si me pusiese en movimiento mejoraría la recepción pero él ya había desconectado el teléfono y saltó el contestador. No dije nada. No dejé ningún mensaje. Inmediatamente se produjo un cataclismo en mí.  No exagero. Esa y no ninguna otra era la palabra que continuaba la secuencia.

Y lo siguiente fue pensar en Lemprier. Lemprier era un orfebre de almas aunque sus palabras, a menudo, sólo evidenciaran su lado más vil y humano. ¿Qué me había dicho aquella noche? Ya recuerdo, algo como esto:

<< La llamaré y si no está dispuesta a verme hoy no volveré a llamarla en semanas. Tampoco responderé a sus llamadas. La próxima vez que la llame se apresurará a decirme que Sí a todo lo que yo le proponga porque habrá aprendido lo que supone decirme a mí que no>>

Y por dentro todo ardía. Se había desatado un incendio en el bosque. Bajé la cabeza  y contemplé con horror  mi cuerpo. No tenía pechos, ni estómago, ni vientre. Había sólo árboles siendo devorados por las llamas, las copas crepitaban y la tierra aún temblaba. ¿Cómo era posible perder la serenidad y la sangre fría y entrar en ese estado incomprensible de secuestro emocional por un motivo tan incongruente como que él se hubiera obstinado absurdamente en castigarme, en hacerme saber que yo me lo había perdido? Cierto, lo hubiéramos pasado bien. Siempre nos lo pasábamos. El cuerpo no había hecho más que reaccionar al deseo frustrado y se calcinaba como en la obra alquímica.  Pero me lo merecía, ¿castigarle (aleccionarle) no había sido lo que intenté hacer  yo primero? Fue el efecto de mi indebida pretensión (porque quién soy yo para eso) la que me había provocado el dolor. Bueno, pues ahí estaba la devastación. Él, posiblemente por intuición, adivinó cual había sido mi propósito y comportándose como un infante pirómano, con la rabia que cursa la injusticia, había prendido con una cerilla la hierba del claro del bosque. Una loba encerrada en el alambique del laboratorio de un alquimista, eso era. Y esa  comprensión inminente de los hechos me tranquilizó lo suficiente como para pensar de nuevo con claridad. 

ordenador

Regresé al ordenador e imprimí el texto que estaba escribiendo justo en el momento de la llamada; entonces me pareció vital que Guernika lo leyera y luego me metí temblando aún en la ducha pero con el teléfono a mano por si él, aunque fuera muy improbable, cambiaba de opinión y decidía llamarme.

Medía hora más tarde había recuperado por completo el control y mientras me maquillaba me repetía una  y otra vez la misma frase: 

‘Y aprendo.
Ya no huyo del dolor. Me enfrento a él y lo afronto’

Eran las doce menos cuarto cuando enfilé la recta. Vestía informal pero seria, vaqueros y un abrigo largo de color camel. Le vi dentro del coche en una calle transversal. ¿Espiaba mi paso o sabía que iría a buscarle?. Tal vez otro día hubiera continuado de largo pero otro día. Doblé la esquina y caminé hacia él. No tenía gana alguna de sonreír pero tampoco de mostrarme enfadada. Él tenía la ventanilla abierta.

– ¿Por qué te enfadaste conmigo?. -le pregunté lo más suavemente que pude.

Le sucedía lo mismo. No tenía gana alguna de sonreír pero tampoco de mostrarse enfadado.

– No me enfadé. Es que no podía contestar porque estaba en casa – dijo él utilizando el mismo tono que yo había empleado.

Era mentira pero tampoco eso me importaba

– Sólo quería decirte que iba a tratar de anular mi cita para poder irme contigo.

– Ahora yo ya no puedo irme. He llamado a ‘D’ y hemos quedado

– No si yo tampoco puedo. Primero tengo que ir al banco y luego a la asociación. Al final no les llamé…

Nos mirábamos. Él también había sufrido.

– Un cataclismo, ¿me oyes? Tu llamada significo eso, un cataclismo en mi interior.

Asintió sin palabras, sólo escuchándome y yo seguí:

– Ya ayer por la noche me lo provocaste. Cuando íbamos caminando y me acariciaste el sexo con tus dedos. Bastan unas caricias para que me lo provoques. ¿No te das cuenta que te quiero? Y mira, no te mentía, esta mañana escribía sobre ti.

– Ten cuidado. No me des nada. Ya te dije ayer que ”tu amiga” no nos quita ojo.

Era cierto. Ya lo había percibido yo en Teresita, ‘la intrigante’ (la funcionaria). Pero  la advertencia de Guernika llegaba tarde y no pudo frenar que le arrojara un folio muy doblado en trocitos sobre sus piernas.

– Tranquilo. Nadie lo ha visto.

– Pero no puedes seguir ahí, tienes que irte. Seguro que nos observan.

– Sí, ya me voy pero te quiero. ¿Lo entiendes?. Te quiero.

Y por su mirada supe que en aquel instante se reproducía un cataclismo semejante al mío en él.

¿Estamos  seguros de que sea tan  imposible que el dolor se contagie, de que sea intransferible?

Y cuando me alejé lo hice hacia lo que llevaba días postergando. Estaba dispuesta a convertirme en una falla, a romperme como un estrato rocoso. ¿Y por qué?. Pues todo por un detalle miserable que no me gustó.

– Quiero saber cuánto ha costado la tela del disfraz y el precio de la comida. Si no puedo pagármelo yo… no voy a querer  ir.

Era evidente que estaba molesta y tanto Leonor como la Directora entendían que tenía motivos:

– ¡Mira!. Se hizo una reunión y se acordó que te íbamos a invitar a todo. En principio se habló del traje completo y confeccionado por la modista. Fue en lo que se quedó pero…

– Vamos a ver  una cosa , ellas estaban siendo mucho más razonables de lo que yo esperaba y parecían tan disgustadas por la mezquindad ajena como lo estaba yo-, no se trata de lo que hayáis acordado vosotras sino de cómo me he de sentir yo y si no puedo pagármelo todo, entonces no voy a asistir a ninguna celebración. No es ni nada personal. Siempre he sido muy independiente para mis cosas

– Yo la entiendo Leonor -dijo la Directora-. Si las madres la quieren retribuir por su trabajo que acuerden darle un dinero y que se dejen de pamplinas y de hacerle ”regalos”.

Ella se daba cuenta de mi orgullo herido y se ponía en mi lugar.

– Pero es que yo no quiero ningún dinero. Yo ya tengo mi trabajo y no quiero cobrar por algo que significa otra cosa muy distinta para mí. Esa actividad con ‘ellos’ me reintegra más a mí como persona que nada. Yo soy la que salgo favorecida a nivel humano con su trato.

– Opino igual que tú y si  quieres pagarte el traje y el arreglo de la modista… a mí me parece estupendo pero por lo menos acéptales que sean ellas quienes te inviten a la comida ya que quieren tener un detalle contigo. Hazlo por ellas – dijo la Directora

Me pareció un acuerdo  justo y conciliador y le tendí la mano. Era nuestra primera negociación seria y tuve la impresión de que a ella de forma particular le gustaba mi postura. Pronto sería el aniversario de aquel primer enfrentamiento nuestro.

Hubo un momento en que Leonor preocupada por mis ‘sentimientos heridos’, porque por lo que fuera eran evidentes aunque yo tratase  de disimularlo, me dijo: << Pero no te habrás arrepentido de lo de el camino de Santiago, ¿verdad?>>.

– No, no, por supuesto. Eso me apetece muchísimo que llegue.

Luego recapacitando sobre la marcha, hasta entendí que había sido absurdo estar sufriendo calladamente durante una semana por un incidente que ni siquiera tenía que ver conmigo (orogénesis del talante de las personas) y que además  tenía tan fácil remedio. A veces nos torturamos de una manera estúpida e innecesaria. Bastaba con afrontar el dolor y el resultado del movimiento orogénico en vez de ser una fractura del terreno era un pliegue. Montaña, del material de las mismas montañas de Parvati, me sentí en aquel momento.

Después del apretón de manos la Directora regresó a su despacho y Leonor me llevó hasta una habitación del fondo donde había una mesa sobre la que trabajaban unas mujeres. Fue allí donde me encontré con la historia de ‘la ciega’. Temblores de la tierra… nuevos temblores de la tierra, temblores que no descansan,  incesantes, más temblores de la tierra. Fue un día en el que mi alma y la tierra de todo mi cuerpo tembló.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s