EL MAL DE AMOR

febrero 12, 2004

Jueves, 12 de febrero del 2004 (10h49’)

Por la tarde ya había decidido que no le vería. Me sorprendió que estuviera en la pista a aquella hora. Pasé de largo vestida de calle. Era una manera de mantener mi decisión. La sorpresa fue que el cambio de hábitos me inclinó a hacer las cosas cotidianas de otra forma. Por ejemplo, el tiempo sobrante lo invertí en la lectura de mi libro en el parque y no mirando hacia la carretera para espiar su paso. Cuando me iba y cruzaba la calle me coincidí en el semáforo con mi ‘acosador’. Daban las seis menos cuarto cuando él se encaminaba con su revista hacia los bancos. No le miré siquiera; no por temor, por supuesto. Lo hice para incrementar su sensación de ser ignorado (de pequeñez) y porque prefiero mostrarme por completo hermética antes del enfrentamiento que se aproxima. Es evidente que se ha obsesionado conmigo y que el rechazo sólo ha provocado un cúmulo mayor de emociones en él. Creo que sé reconocer ese conjunto de síntomas en cualquier ‘enfermo de mal amor’. No en vano yo misma sucumbí a esa patología. Así que como sabía de sobra que por el trayecto de siempre no me encontraría a Guernika me incliné por tomar la otra calle, y antes de que la finalizase divisé a Pésimo. Apuré un poco el paso para sólo saludarle de lejos pero él también lo hizo e íbamos a coincidir de todas formas en aquel tramo, así que opté por cruzarme con él e irme en la dirección por la que él venía, que era el camino más corto a las instalaciones deportivas pero el asombro sucedió cuando él me detuvo.

– Hola -le dije yo con naturalidad dispuesta a pasar de largo sin ser un incordio.

– Mañana quedaste para patinar con Laura a las seis, ¿no?

– Sí.

– Tardaremos unos minutos. Ella sale a las seis de clase particular.

– Bueno, yo también tardaré unos minutos en llegar al parque. Salgo de trabajar a esa misma hora pero, ¿vas a llevarla a la M…?.

– ¿Por qué tiene que ser en la M….?. ¿Es que quedasteis en ir allí?. Patinar se puede patinar en cualquier lado

– Porque en la M…. hay una pista de patinaje y te deslizas mejor. Ahora, patinamos donde queráis. Lo que yo no pienso hacer es ponerme a dar paseos por delante del bar (e hice el gesto de vaivén con la mano y la cabeza en el momento en que Calabacilla, el colega de Guernika daba la vuelta a la esquina y se topaba de bruces con nosotros)

– ¿Y por qué no piensas ponerte a dar paseos por delante del bar? -preguntó él con sorna imitando el mismo gesto que yo había escenificado-.

– Porque hasta ahí cambié.

– Porque hasta ahí cambiaste -repitió él despacio, como intentando descifrar dentro de sí, verdaderamente, a qué me refería yo.

– ¡Ah!. Y yo le llevo los protectores de muñeca. Creo que aún los tengo pero no sé si le servirán. Bueno, y lo siento pero tengo que irme ya que si no voy a llegar tarde a mi trabajo -dije haciendo un gesto de acercamiento con la mano para tocarle en el antebrazo (que más pareció un salto animal porque yo durante la conversación me había mantenido bastante alejada físicamente de él)

– No te preocupes – me dijo mirándome con una extraña intensidad.

Y yo lo único que sé es que si no llego a encontrármelo la congoja en la que me sumí ayer hubiera sido tan terrible que no quiero pensar en cómo habría sobrevivido a mi primera noche de regreso al ‘infierno’. Sí, porque ayer ya regresé al ‘infierno’. Era inevitable.

El día anterior no terminé de contar, porque la interrupción matinal de Guernika con su llamada no me permitió hacerlo, que Laura y Pésimo si aparecieron el martes con los patines. Ella el domingo se había hecho una torcedura en la mano en una caída aparatosa y llevaba vendada la muñeca. El caso es que no había podido venir el lunes pero allí estaba

– Yo si estuve aquí esperándote aquí hasta las siete -le dije

– Pero y por qué no me esperaste un poco más. Yo iba a venir seguro. Te prometí que vendría.

– ¿Querías que te esperara todo un día en un banco del parque? -razoné riendo.

– No… -contestó ella dubitativa porque en el fondo me pareció que era lo que quería pero comprendiendo la inexorabilidad de la existencia del tiempo-. Pero podías haberlos traído hoy.

banco

Entonces fue a hablar con su padre y acordamos quedar para el jueves. Y luego me dijo:

– ¿Sabes?. Ahora, ese hombre del banco… tampoco me parece a mí normal

Y ese era otro punto controvertido del que todavía no he hablado…

Pésimo se quedó un buen rato sentado en una mesa de la terraza pero me imagino que el fatídico frío lo obligó a buscar refugio en el interior del bar. De todas formas aún conociendo la inexorabilidad del tiempo existente yo también hubiera querido que permaneciese con nosotras a la intemperie.

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