ESCALERAS

febrero 13, 2004

El mismo viernes, anotación de sobremesa (16h45’)

Tuve suerte. Alma tenía cita con su A.T.S para las diez. Tenían que tomarle la glucosa en ayunas. Yo iba a retrasarme unos minutos pero convencí a mi madre de que no la dejara bajar sola y que la acompañase ella. Primer indicio: es difícil encontrarse a mi madre de buen humor y cooperativa. Luego todos los semáforos decidieron estarse en rojo, en algunos me detuve y en otros no; más que elecciones aleatorias eran imperativos internos. Si el cuerpo siente deseos de cruzar a toda prisa por un paso peatonal yo no lo refreno. En el último coincidí con dos compañeras de trabajo de Primo. Las adelanté y las oí murmurar entre risas. Una reunión de dos mujeres y ya se sabe… de qué sirve la cultura. Pero estupendo mi madre abandonaba el lugar cuando yo entraba. Nos cruzamos y nos hablamos sin detenernos Ahí te la dejo.

– Llego muy tarde, ¿eh?.

Existía un motivo para ‘mis aires’… No eran absurdos era prisa. Así que debió darles un poco de vergüenza de ser tan arpías y sus risas se apagaron.

Subo como un cometa las escaleras. En la antigüedad eran un presagio de aniquilación. Ya he tenido tiempo a pensar demasiado y me siento tan fría y puntiaguda como un carámbano de hielo, como una lanza, como un bloque erizado de mármol.

Y no me lo puedo creer, justo asoma él por el pasillo que va a dar a su consulta y me mira avanzando como si hubiera visto una aparición grata, el fantasma amable de una vieja conocida en cuyo castillo se vive. No sé que me dice. Tal vez, ‘Hola, ¿qué haces por aquí?’. Se ha pensado que lo tiene todo controlado y hecho conmigo. Ayer me mostré tan dócil… Pero no pude ser más gélida en mi saludo. Iba envuelta en penumbras y así llamé a aquella puerta sin importarme que alguien me advirtiera a mis espaldas:

– Hay alguien dentro.

– ¿Está aquí mi abuela?.

– Sí, pasa

Al minuto sentí haberle lastimado. Lo vi por la claraboya con los ojos bajos, semicerrados, hablando con su ayudante y sabiendo que yo estaba allí y le observaba. Pero no varié un ápice mi comportamiento.

Decidida a seguir manteniendo mi peto, mi coraza y mi postura pensé que debería quedarse encerrado en su torre de marfil. Sólo le retiré la escalera de mi sonrisa.

No había confiado en él. Yo no, y no sé si seré capaz algún día de volver a hacerlo. Aceptar sus juegos es invitarle a repetir el pasado y no hay nada en él por lo que yo crea que merece la pena regresar.

Alma sólo dijo:

– Parece que hoy se siente cohibido.

ESCALERAS

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