DESDE LA CENTRALITA

febrero 14, 2004

Sábado, 14 de febrero del 2004 (18h10’)

 

Me metí en la cama pasadas las dos y media y me costó dormirme. Me encontraba demasiado excitada. Debería afirmar nuevamente que los deseos se cumplen. ¿Ilusionada? Ahora sí, pero con  motivos, aunque Alma ha puesto el grito en el cielo. ‘¡Dios mío! -dice- ¿no te das cuenta hacia dónde te encaminas? No debiste hacerlo’. Sí, pero Alma yo también lo deseaba. Y se lo susurro con una voz entrecortada por un grito. Y ha sido mi propio miedo que se ha sumado a sus miedos quien ha elevado mi voz.

– Antes no eras así. Antes te desagradaban todas esas cosas. Él te ha pervertido.

– No digas eso. Es verdad que antes detestaba el sexo pero es que no quería; así era imposible que me gustase…

– ¿No entiendes que te degradas a ti misma?

– ¿Degradarme? No me vengas ahora con monsergas de vieja. Que tú no te hayas dejado disfrutar en tu vida de un orgasmo o del placer sólo significa que te has reprimido y eso no es nada bueno. No eres mejor que yo por haberte negado a sentir. Sólo que tú te lo perdiste

Cuando la dejé era la una y cuarto de la madrugada y se quedó tranquila. En el fondo lo único que a ella le preocupa es que puedan vernos… no hacia donde nos precipitamos. Sé que por ese otro lado se alegra por mí. ‘¿Pensabas que no te quería? Ya te dije yo que le importaste desde un principio’

¿Cuánto dormiría? No lo sé pero pocas horas. Tengo la impresión de que me desperté muy pronto aunque no miré el reloj. Aún no había luz de día. Me quedé arrebujada entre las sábanas y el calor del cuerpo que respiraba relajadamente a mi lado a escasos centímetros. ‘Si tenías frío por qué no te pegaste a mí’ -me preguntó Coga. No sé -le contesté. No quise decirle que porque quería estar a solas con mis pensamientos. No podía dejar de pensar en él. Ni un miserable día he podido dejar de hacerlo desde que le conocí. Y  eso es algo que no me gusta confesarme ni a mi misma: aún pensando en otros y hasta el paroxismo, he tenido siempre una oquedad para él, donde esconderle, donde dejarle subsistir.

Serían como las nueve y media cuando nos levantamos. Coga hizo el café. Siempre lo hace él cuando nos levantamos a la misma hora. Bueno, yo unos minutos más tarde. Cuando el café sale de la cafetera él entra otra vez en el cuarto y me avisa. Y es él quien apaga las luces y levanta la persiana. Si en un futuro llegara a vivir con Guernika tendría que ir despidiéndome de todos esos pequeños hábitos que hemos ido adquiriendo con el paso de los años y de las comodidades de una vida prácticamente sin ataduras domésticas.

A las diez sonó el teléfono. Un número desde una centralita.

– ¿Sí?

– Buenos días. Sólo quería decirte que me he dejado el teléfono móvil en casa por si ibas a llamarme.

Ya me lo había advertido ayer… ‘… y querré llamarte a todas horas con cualquier excusa sólo para comprobar dónde estás y te amargaré  la vida y me la amargaré a mí, y…’.

Le conozco hace muchos años, los mismos que hace que le quiero pero ésta ha sido su primera llamada en el día de los enamorados, aunque eso no me importa; creo que sólo es una coincidencia. Lo que me importa es que ha sido la primera desde que sé que él también me necesita. ¿Cuántas veces le habré recitado en silencio el poema de Mario Benedetti Táctica y estrategia?

ROSAS

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