CALMA DESPUÉS DEL TORMENTOSO MAR

febrero 19, 2004

  Jueves, 19 de febrero del 2004

Aunque por la tarde llovía, antes de irme a la actividad, regresé a por mis patines. No quería decepcionar a Serengueti, aunque después de cómo  de abrupto había sido el final de mi conversación con Primo el martes, no sabía bien qué podría ocurrir. Porque lo que terminó por suceder el martes tras dejar a Contradicción fue eso, que su padre y yo estuvimos hablando largo rato y discutimos acerca de ella.

La cosa fue que me senté en mi banco de siempre y abrí mi libro por la página 188. Serían como las siete menos cuarto pero no pasaron ni unos minutos cuando vi que él asomaba. Miré abiertamente en su dirección y venía solo, así que sin saludarle siquiera porque aún me sentía enfadada con él por cómo había manipulado nuestro encuentro del jueves pasado, retiré con frialdad estudiada mis ojos de los suyos y los inserté entre las letras, decidida a mantenerme centrada en la lectura. Caminaba sin duda hacia la cafetería…

– La percepción interna de nuestro existir es un fenómeno discontinuo. La sensación de estar aquí y ahora, leyendo un libro la tenemos de vez en cuando. Esto mismo sucede con la conciencia del mundo. ¿Por qué?. El volumen de información sensorial que nos rodea es muy superior al que somos capaces de asimilar. Al menor movimiento de cabeza cambia la perspectiva… (‘La escala de los mapas’. Pág. 188. B. Gopegui)

  

Caminaba sin duda hacia la cafetería pero no sé porqué presentí un movimiento de aproximación y levanté la cabeza: era él que había cambiado de perspectiva y ahora venía hacia mí.

– No estoy esperando por nadie -dije con mucha seriedad para evitar que siguiera acercándoseme.

– ¿No estás esperando por Serengueti? -me preguntó conciliador y dispuesto a vencer mi actitud hostil

– No. Hoy no hemos quedado. Lo dejamos para el jueves porque ella me dijo que tenía un control el miércoles y yo por la tarde trabajaba. Así que…

– Vaya. Pues yo creía que habíais quedado, y el caso es que a las siete y media tengo una reunión y …

– Pues no. -repetí cortante como queriendo decirle: ‘Bueno, vale, no me des más explicaciones que  ya ves que no son necesarias…’ 

Pero él me sorprendió con su necesidad de hablar y mi enfado se fue dispersando. Entonces lo vi claro o eso me pareció. En aquel momento me estaba buscando a mí y cualquier excusa le valía porque se sentía solo. Y además Serengueti le preocupaba mucho, con certeza. Me decía que no había querido venir porque … No le entendí muy bien; por instantes miraba hacia otro lado y trataba de  proseguir con un guión poblado de incongruencias. Y su madre…  Ahí casi giró por completo la cabeza hacia atrás. Era una crítica entreverada que él dejaba caer  como un pañuelo pero que yo no recogí del suelo

No me apetecía en absoluto entrar en el juego de adjudicar culpas de supuestas incomprensiones aunque yo misma, para mis adentros, pujara por esa realidad alternativa en la subasta. ¿Quiso decirme que su madre no entendía a Serengueti o que no había querido traerla al parque?

– Fíjate, -continuó- como yo tengo que irme, la niña no quiso venir y podía haberse estado aquí hablando  un rato contigo para despejar la cabeza. Y todo porque tiene fijación con eso de patinar

Lo que yo decía… un guión incongruente.  Hasta que él dijo:

– Es que tú no conoces a Serengueti.

– ¿Qué quieres decir?

Quería decir que no era razonable con ellos y que les ponía una y otra vez contra las cuerdas hasta conseguir salirse con la suya.

– Ella es muy inteligente. Es una niña excepcional

– Pero nosotros no queremos que sea excepcional. Queremos que sea normal.

¿Normal? ¿Nosotros? ¿Nosotros queremos? Bien, por lo menos ya sabía en que estaban de acuerdo ellos.

– Pero ella nunca será ‘normal’. Fíjate lo que me dijo ayer mismo. Me dijo: <<Quiero que me enseñes a estar preparada para cuando llegue.  Quiero aprenderlo…>>

– ¿Enseñes? ¿Qué era eso que quería que le enseñases?

– Bueno, eso no puedo decírtelo. Yo sólo voy al hecho de su forma de hilar las cosas, a sus inquietudes… Piensa que lo mismo que preparáis los controles de inglés para que ninguna pregunta la coja desprevenida y saber que es lo que debe de contestar en cada caso, puede prepararse así para afrontar cualquier circunstancia. ¿No entiendes que eso es lo extraordinario en una niña de nueve años? Para todo lo demás es sólo una niña de nueve años… No tienes porqué preocuparte.

Pero él ya se había alterado por completo y había perdido su capacidad objetiva. Le expliqué que no podía traicionar a Serengueti repitiendo nuestras conversaciones pero él me acusaba de misticismo y llegó a decirme con evidente sarcasmo que ‘enseñar sólo enseñaban los maestros’. Ante lo cual yo reaccionando calmada y sobre todo sin complejo alguno le repliqué que ignoraba que  la Vida concediese títulos y acreditaciones

– Vaya, ¿ahora se dan diplomas para eso? ¿Y dónde? porque yo no me había enterado.

– No. No se dan.

¿Cómo iba a explicarle que todo era normal en su desarrollo?, ¿qué es lógico que comience a fijarse en los chicos y a experimentar sentimientos o emociones de carácter erótico-amoroso? Tendría  que haberle hablado de cuando a los ocho años yo le pregunté a mi tía que cómo se hacían amigos (de sexo masculino) y se llegaba a tener novio o a salir en pandilla como hacía ella.  Pero le hablé de Melancolía y la conversación que acababa de mantener con Contradicción y eso terminó por empeorarlo todo.

– ¿Así que tú ves lógico que una niña de once años lea artículos sobre el sexo anal?

– No, pero sus tiempos no son como fueron nuestros tiempos y es irremediable que crezcan y descubran

– Pues te prometo que yo voy a hacer todo lo posible por retrasar ese momento.

– No podrás y ya te digo que yo no pienso repetirte mis conversaciones con Serengueti.

– No hace falta que las reproduzcas palabra por palabra. Sólo te estoy pidiendo que me hagas una síntesis.

– Lo siento pero mi capacidad de ”síntesis” está unida a mi escritura y a padres no tan….

Y menos mal que no añadí para empeorarlo la palabra ‘histéricos’

 Yo sola me había metido en un callejón sin salida hasta que se me ocurrió como escurrir el bulto tras una línea argumental…

– A ver, ¿no fuiste tú quién le enseñaste que no se debe insultar abiertamente a nadie y que los pensamientos negativos del tipo: ‘eres una negra de mierda o eres subnormal’, debe repetírselos uno mismo para sí y por delante callarse o reír haciendo así gala de superioridad?

Sí -dijo él entonces esbozando una sonrisa con algo semejante al orgullo o a la satisfacción

Pues lo que  quería que yo le enseñara era una cosa similar

– Pero, ¿qué era?

– Pues ya sabes que en la escuela hay una niña de color con la que no se lleva muy bien: Jenny

– Sí. ¿Pero si era eso porqué tuviste que alarmarme? ¿No podías habérmelo dicho sin más?

– Bueno sí -pero esa nueva actitud suya, casi me iba gustando menos que el haber ido a dar en un callejón sin salida y entonces sentándome  de nuevo con tranquilidad en el banco como cuando quiso mermarme con aquello de que enseñar…  sólo enseñaban los maestros le dije: aunque claro, también podría haberte mentido.

– Sí, claro. Esa es también una posibilidad.

A Serengueti le dan una especie de arrebatos y se enfada tanto que asusta. Yo le expliqué que cuando era pequeña  también sufría esas crisis. Me escapaba de casa y bajaba hasta el portal a batir las puertas  gritando presa de una locura tal que nadie era capaz a sujetarme.

– ¿Y eso qué es? -me preguntó

– Son secuestros emocionales.

– ¿Quieres decir que ella es muy emocional? -dijo entonces queriendo reírse de mí porque los dos sabemos que no lo es.

– No, no quiero decir eso.  

Porque sólo quería decir que la habían consentido tanto en su afán de que no les montase números fuera de casa, que cada vez que ella quería conseguir algo dejaba que su rabia lo lograse por ella. Pero la palabra consentir volvió a desencajarlo todo de sitio.

– ¿Así que el problema es que yo la he consentido? Pues sabes lo que te digo, que voy a dejar de ser tolerante..

– Vamos, Primo, no se trata de eso. La tolerancia es otra cosa.

– ¿Ah sí? ¿Y ahora qué vas hacer? ¿Me vas a declinar la palabra ‘consentir’ en latín para ver si le encuentro otro sentido a lo que dijiste?

Serengueti a pesar de ser tan inteligente tiene que ir a clase particular porque su mente es presa de tal actividad que padece trastornos de la atención. Yo trataba de hacerle entender a su padre  lo que el día anterior había comenzado a intentar que ella comprendiese: que no iba a ayudarla a hacerse daño dejándola que se evadiera del momento presente. Le había dicho: ‘quiero que disfrutes intensamente de todo lo que suceda, de todo lo que ha sucedido pero no quiero que te ENSUEÑES con cosas que quizás nunca sucederán’

 ¿Qué quien soy yo para querer o no querer nada de ella?.

Nadie. Es cierto, sólo alguien que la quiere bien.

Y a él le deseé suerte para con sus propósitos. ¿Normal? Serengueti jamás será normal.

– ¿Suerte? -me dijo-. ¿Tan imposible lo consideras?.

– Sí.

Con la rebeldía no se acaba. Lo sé por experiencia.

Era increíble, era capaz de tergiversar todo lo que le contaba. Si había hablado con  las gemelas acerca de su hija, me acusaba injustamente de haberlas sometido a un interrogatorio. ¡Por Dios! No se imagina lo que es situarse a la misma altura de un niño.

– Yo me limito a escucharlas. A  ellas y a cualquier persona. Me pongo al nivel de quien sea si soy capaz. No pretendo que nadie me siga. Me conformo con poder seguirle…

¿Podremos seguir cualquiera de los dos por mucho tiempo a su hija? Lo dudé 

– ¿Y qué no les gusta de Serengueti?

– Pues no les gusta lo que a mí mas me gusta de ella. Eso les dije. Bueno, miento porque a mí de Serengueti me gusta todo. Pero lo que más … su personalidad arrolladora. Lo claro que lo tiene todo. Las niñas sólo sienten que es ‘pija y chula’. La envidia comienza pronto.

– Sí, a ella no le importa lo que digan los demás. Le es indiferente. Si estás de acuerdo bien y si no… Tiene que ser lo que ella piensa y como lo piensa.

– ¿Sabes que coeficiente intelectual tiene?

– No me interesa su C.I. No quiero saberlo. Ya te dije lo que quiero, que sea una niña normal…

– Pero es que las niñas con un C.I. elevado suelen mostrar otro tipo de inquietudes y problemáticas.

Iba a hablarle de lo que me contó Lemprier sobre su hija pero ya callé. Comencé a sentirme extraña y sin querer ya se había cumplido la hora en que debía irme. ¿Tenía que irme? No, Guernika no es ninguna obligación pero ¿y su reunión? ¿No decía que tenía una reunión a las siete y media? Iban a ser. Fue entonces cuando él dijo:

– Lo que tú tienes que hacer es informarte de cuándo tiene controles o que estudiar y …

 Es como un resorte. Siempre me ocurre lo mismo. He ganado en tranquilidad y he trabajado por ser  más ”cerebral” pero en cuanto alguien me dice lo que tengo que hacer se me calienta la sangre. Se me amotina.

– Verás -le susurré mientras tomaba mi bolsa y comenzaba a caminar a su lado- tú haces uso de tu potestad con tu hija si puedes y si te lo permite pero a mí olvídate de darme ordenes porque yo no obedezco ordenes de nadie.

Esto último ya lo dije arrastrando las palabras entre dientes y dejándole con un palmo de narices tras de mí y sin volverme.

– ¿Ah sí? ¿Con que esas tenemos, eh?

No le contesté.

Contradicción cuando se lo conté dijo que nuestra conversación podía haberle dolido pero que él terminaría por buscarme para seguir hablando. Yo no era nadie con un determinado interés.

– Tú no tienes planes para Serengueti. No eres ni su maestra, ni su psicóloga, ni… Sólo eres alguien que la quiere  y la acepta como es. Él tiene que valorar eso. Sólo le hablaste desde la verdad

– No lo sé. No se nada. Lo único, que todo parece haberse vuelto del revés. Ahora es a Guernika a quien busco para sentirme en paz. Después de dejar a Primo me encontraba mentalmente extenuada y lo que  más me apetecía era mirar a Guernika y no pensar. Mirar a Guernika cuando nos queremos es como detenerse frente a un mar.

Pero después fui a visitar a mi madre y le pedí que me hablara de aquellas crisis mías de mi infancia. Fue especialmente duro por verla a ella y presenciar como cuando afloran esos recuerdos dolorosos… el alma le duele. Ahora no me apetece demasiado describirlo porque estoy ya muy cansada.  

Hoy cuando dieron las seis y media aparecieron Serengueti y Galeno y por fin, según ella, pudimos patinar. ¡Maldición! Fue mala suerte. Había llovido y mis ruedas se resbalaban. Hice un papel pésimo. Aunque en realidad fue muy emocionante. Grité mucho y me reí mucho.

Él llegaba bien. Me miró a los ojos  mientras nos abordaba y ambos sonreímos con la mirada, con complicidad. Le puso a ella los patines  y se fue al bar dejándonos solas pero de vez en cuando se asomaba por la cristalera y nos miraba durante lo que me parecía largos instantes. ¿Como si se hubiera quedado detenido frente a un mar?

Era un hombre guarecido de la galerna que se aproxima o que se aleja tras el ventanal. Los antes y los después se habían mudado imprecisos. Tal vez deseando el estallido de la tormenta repentina, quizá anunciada. Hay tanta belleza indómita en las tormentas… o tal vez sólo esperando que amainara la furia y se respirase la paz del ozono liberado en el aire.

 Creo que recordarle me ha puesto poética. No debería. Se supone que amo a otro hombre, ¿no es cierto? Bueno, me centro:

Serengueti lo primero que hizo al sentarse a mi lado fue mirarme el pecho. Hoy me había puesto una camiseta gris marengo con un escote profundo. No voy a mentir, lo hice por Guernika, por la mañana y luego no me la quité por su padre

– ¿Te has puesto silicona en las tetas?

– No, ¿por qué me preguntas eso?

– Porque parecen globos y se te mueven de arriba abajo todo el tiempo.

– No, son naturales. Es por el deporte.

– También se te mueve así el culo.

– Bueno, guárdame el secreto. Eso es porque uso tanga.

Claro, Serengueti es una niña muy normal, que tiene conversaciones de niña normal de nueve años. ¿Qué si me he puesto silicona en las tetas? ¡Ay que joderse! Y a ver, ¿quién coño le ha enseñado a preguntar eso? 

Hacía mucho frío y quería comenzar a llover. Cuando casi se cumplía la hora, le dije a ella:

– Venga, vámonos para el bar.

Serengueti pensó que yo por fin iba a decidirme a entrar pero no… entonces salió  Primo a recibirla y antes de que me fuese:

– Hace mucho frío, ¿verdad? -afirmó interrogante y suave

– Sí -le contesté dócil yo-.

Otra jornada distinta, otro final…

MAR

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