COMO JOVENES

febrero 20, 2004

 viernes, 20 de febrero del 2004

 ¡Ay Dios mío!. ¿Cuántas veces habré repetido aquello del ‘ten cuidado con lo que deseas porque se puede cumplir’?

Hace tiempo, casi al principio de penetrar yo en este mundo de ellos, una matrona me contó que en la vida de Guernika hubo una chica. Fue antes de lo de lo de la madre de Dalila; esa ‘persona’ de la que él siempre me habla y que yo tuve el dudoso placer de conocer. Pues bien ‘C’, la mujer que me lo contó, decía que Felicidad era preciosa y que estaba loca, por completo, por Guernika; que por aquel entonces debía de tener cerca de treinta años y no tenía ni coche, ni futuro; aunque estaba casado y su hijo ya había nacido. Así que Felicidad y él andaban por los montes de los alrededores en busca de cualquier resquicio íntimo donde expresarse su deseo.

Luego ella me dijo:

– ¡Pobre Feli!. Dando por ahí que hablar y sólo por unos magreos. Porque eso y poco más era lo que podía hacer con ella. ¿Qué otra cosa iban a hacer?

Pues es estúpido pero  se me quedó adentro aquello. No la envidia evidente de ‘C’, porque fui descubriendo que en cada historia que me contaba acerca de él lo único que se ocultaba era un despecho profundo… Lo que se me quedó enquistado fue mi propia envidia y despecho por no haber llegado a conocer a aquel Guernika que era capaz de perder tanto la cabeza,  por causa de una mujer, que dejaba de importarle lo que pudiera pensar el resto del mundo. Desde luego ese que me describían no parecía el hombre que yo había conocido y en secreto lo que más deseaba era poder llegarle a conocer… Pero eso era tan imposible… Los cuarenta y seis no son los treinta, ni siquiera  los cuarenta. No me podía imaginar que ese hombre aún existiera oculto en alguna parte pero desde hace una semana vengo viendo que sí, hasta ayer…

Ahora mismo, al escribir esas últimas líneas sobre el tiempo, se me ha venido a la cabeza un párrafo que leí en el primer capítulo de ‘La inmortalidad’ de Kundera. Lo transcribo íntegro aquí:

Aquella sonrisa y aquel gesto tenían encanto y elegancia, mientras que el rostro y el cuerpo ya no tenían encanto alguno. Era el encanto del gesto ahogado en la falta de encanto del cuerpo. Pero aquella mujer, aunque naturalmente tenía que saber que ya no era hermosa, lo había olvidado por el momento. Con cierta parte de nuestro ser vivimos   todos fuera del tiempo. Puede que sólo en circunstancias excepcionales seamos conscientes de nuestra edad y que la mayor parte del tiempo carezcamos de edad. En cualquier caso, cuando se volvió, sonrió y le hizo un gesto de despedida al joven instructor (que no pudo contenerse y se echó a reír), no sabía su edad.

  

 ¿Y ahora cómo le explico yo a Alma lo de ayer? ¡Va a matarme!. Aunque podría empezar por aquello de que los sentimientos no tienen edad

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