SU HIJO

marzo 5, 2004

viernes, 05 de marzo del año 2004(16h30’)

No sé por qué ayer de madrugada me empeñé en escribir síntesis con ‘x’ de sintaxis. Supongo que por el orden, por el temible orden, la imperiosa necesidad de procesar todos los hechos acontecidos respetando su orden ”real”.

Resulta que por la noche, inmediatamente después de abandonar las instalaciones deportivas, alguien me llamó por la espalda. Me giré sorprendida porque no reconocía la voz y me encontré con un individuo que no me era desconocido pero así de buenas a primeras no sabía de qué… Dudé unos instantes porque iba pensando en mis cosas. Guernika acababa de decirme que había recibido una llamada avisándole de que su hijo había llegado a la ciudad enfermo y con 42 grados de fiebre y que por eso tenía que irse. Y yo iba pensando en las consecuencias que podrían derivar de ese hecho.

Vamos a ver: llevamos tres meses de relación más o menos estable. Y ésta es la vez de todos nuestros intentos  en que mayor nivel de estabilidad hemos alcanzado. También la vez de mayor duración en el tiempo. Nunca habíamos superado el mes o como mucho el mes y medio de común acuerdo… En diciembre él me confesó que la vida en su hogar durante el último año se le había hecho insoportable. Todo eran silencios. No podía hablar, no podía quejarse. Nadie le contaba nada; a no ser la madre de la pequeña Abril, la sobrina de su mujer… Su esperanza era que su hijo había tomado la decisión de ingresar en el ejercito,  y eso era, supuestamente, lo que iba a restablecer el equilibrio; y aunque él, por un lado, declarase que no quería ese futuro para León, por otro, egoístamente… eso le ayudaría de manera parcial a recobrar parte del dominio sobre el territorio perdido en su hogar. Y de repente lo tenía todo de nuevo, la tranquilidad de la cómoda rutina familiar (aún a costa de facturas de teléfono con sumas astronómicas porque la madre del chico hablaba hasta varias veces al día con su hijo) y la paz y la pasión conmigo. Y a una semana vista de como mínimo tres futuros años de certezas, porque en cuanto León jurase bandera estaría bien sujeto por ese intervalo a un contrato inquebrantable con el ejercito, la noche del martes el chico va  y se pone sospechosamente (eso lo digo yo) enfermo y… se acabó el sosiego.

Yo le dije:

– Escúchame. Es demasiada coincidencia.  Más bien parece una señal para que él  no cometa un grave error…

Pero  Guernika hizo un gesto de duda

– ¿Y ahora qué?, ¿a volver a lo mismo?. A las noches sin dormir, a las preocupaciones, a darle disgustos a su madre.

– Bueno, tranquilo. Si tiene que ser… tendrá otra oportunidad de repetir el curso.

– NO. Eso se acabó. Ya firmó los papeles.

–  ¿Sabes lo que creo?  -continué entonces- que en el fondo él no quería quedarse allí y…

– Decía que le gustaba.

– Puede que esté demasiado enganchado con esa chica.

Pero hablábamos cuando no era el momento oportuno. Estábamos en  la mitad de una clase y…

– A lo mejor este tiempo le ha servido para cambiar -añadí sin mucha convicción.

– A ver si es verdad pero… dijo él acompañando ese ‘pero’ sólo de un gesto de descreimiento que ejecutó con unos hombros que de repente parecía que le pesaban horrores.

En ese diálogo iba pensando yo cuando me ‘asaltó’ ( y utilizo esa expresión porque tengo mis dudas razonables de que fuera sólo por casualidad, aunque bien podría serlo) aquel tipo de bigote, ayer noche.

– ¿Es que no me reconocías? -dijo

Claro era un cliente de Enate, uno de los habituales. Uno con el que los primeros días tuve un enfrentamiento. Luego fue cuando me moderé porque me interesaba quedarme por allí y no era cuestión de ir estando en guerra con todo el mundo pero…

– Sí, sí pero es que te confundía con otra persona. ¿Recuerdas que a mi amiga le pasó lo mismo?

Puso cara de no acordarse  pero yo continué…

– Pues era cierto. Sois idénticos menos en el color de los ojos. ¿Nadie te comentó nunca nada?. Tienes un doble pero los ojos de él son de color azul.

Le dije eso sólo por quitármelo de en medio porque aunque el parecido es grande, las diferencias son más; por ejemplo la estatura… la voz…

– Yo voy a entrar aquí -dijo señalando a la cafetería que hay a unos diez pasos del punto en que nos habíamos encontrado-. ¿Te apetece tomar algo?.

– No gracias -decliné yo con educación-. Me están esperando.

Para él siempre me estarían esperando…

– Bueno, que te sea leve -añadió.

Supongo que esbocé  algo parecido a una sonrisa antes de dejarle atrás y callé. ¿Leve?. ¿De verdad me sería leve?. ¿Pero entonces por qué presentía que lo que había ocurrido podría complicarnos en un futuro próximo mucho las cosas a mí y a Guernika?

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