EL VESTÍBULO

mayo 11, 2004

 

martes día once de mayo del 2004

 

”…La acompañé entre la algarabía de niños hasta el vehículo escolar y nos dimos un beso y nos dijimos adiós. A Marcos no llegué a conocerle…”’

Ahora leída esa última frase dejada en esta bitácora me asustan esas palabras  y cómo fueron escritas porque no he vuelto a verles desde entonces.

Bueno sí, a Laura a lo lejos saltando por el colegio a la hora del recreo aquella misma mañana, minutos más tarde y cuando yo caminaba en dirección al centro de salud pero a él no, a pesar de ir a verle.

Me situé en la balaustrada pero en la del pasillo de enfrente. Aquello tiene forma de cuadrado. Tengo que tomar fotos del lugar para que  os sea más fácil imaginarlo porque no es lo mismo visitarle desde un lugar que desde otros… Allí, donde me coloqué, me sentía a salvo y no quería mirarle, sólo escuchar su voz para presentir el estado de su ánimo; entonces me aterrorizaba lo que pudiera encontrarme en él porque yo ya había sufrido una reacción provocada por el pudor. Yo misma había estado leyéndome mientras imprimía el nuevo material y me costaba trabajo creer las cosas que llegaba a confesarle y sobre todo el cómo de la entrega.

Tuve la sensación de que no llevaba la bata de médico puesta y eso me extrañó. No despegué los ojos del libro. Luego cerró la puerta un minuto para salir por ella y cruzar el pasillo en mi dirección pero a parte de sentir un sobresalto en el pecho no puedo contar nada más porque mantuve obstinada los ojos fijos en la lectura. ¿Y era capaz de leer en un momento de tensión así? Sí. Luego vi a un hombre abajo en el vestíbulo. Era un visitador médico que creí reconocer del día en que acompañé a mi madre a urgencias; un tío muy guapo pero no al uso, me recordaba a aquel que hizo lo de ‘la mosca’ (The fly). No recuerdo como se llamaba pero voy a ver si lo localizo… ya, Jeff Goldblum

 

Y me bajé… El tono de Primo se hizo inaudible y no era capaz por él de captar nada; imagino que porque él lo quería así. No sé si quería hacerme mirarlo o … pero lo que yo decidí hacer fue irme con sutileza aunque directa al encuentro del tipo del vestíbulo y cuando asomé por las escaleras que dan acceso a la planta baja le vi reunido con otros cuatro  (visitadores médicos también) y salí al exterior sin mirarle.

Él no tardó mucho en secundarme y aunque llovía se dirigió al maletero de su coche (uno bueno, gris plateado) para dejar unos papeles. Estoy segura de que si hubiera sido un utilitario cualquiera no habría necesitado que lo viera con él pero el suyo le vestía… claro, pero él no podía saber que a mí esas cosas me dejan más bien indiferente; aunque con esto no digo que lo hiciera sólo por mostrármelo. Pero el caso fue que dejó allí aquellos papeles, unos folios solamente (y en ese momento os juro que llovía con verdadera intención), en el maletero y regresó sin nada y se dispuso a mantener una larga conversación telefónica a mi lado. ¿Y yo?

Yo no tengo remedio porque me hice la interesante aunque percibía como él me miraba. Sé de sobra que de ‘niña guapa’ no puedo permitirme ya el lujo de ir por la vida; así que a quién le guste le tendré que gustar por otras cosas. Hay que evolucionar con los tiempos y con las edades. Por fin, se dio por vencido y regresó al interior, a la charla con sus compañeros y yo, no hay que perdérselo, me puse allí de pie, a leer mi libro cómo si estuviera esperando por alguien; claro, hasta que por la puerta vi que aparecía ‘el tipo de los boleros’… y entonces ni me lo pensé: puse pies en polvorosa y me presenté en casa de mi madre a darle la murga a mi abuela. Pero también es cierto que en el fondo si estaba esperando por alguien. Es como si algo en mí hubiera detenido el reloj (‘¿A ti que has detenido con un beso el reloj?’. J. Sabina) y nos estuviera concediendo una tregua a él y a mí al margen del resto del mundo… No sé, en otra circunstancias quizás me hubiera mirado con ese hombre pero después de la mirada casual del vestíbulo, cuando él levantó la vista, no hubo otra.

Luego también rehuí a Guernika por la tarde. Había subido en coche y llovería… y en el parque no apareció nadie, y el viernes tampoco aunque ahí no me preocupé porque recordaba que algo me había comentado Laura del cumpleaños de María aunque, ¿no me dijo que sería en sábado?

Ayer sí, ayer ya sí. No habían faltado ningún lunes y que apareciera por allí Pura, la madre de Primo y tampoco los encontrase… tampoco terminó de tranquilizarme; así que he decidido hacerle frente esta mañana a lo que sea. Ya os contaré

Olga dice que no debo preocuparme y que debo darle tiempo a él a masticarlo todo. La visité ayer por la noche. La llamé desde la pista y me invitó a cenar, y no esperé ni a que Guernika terminara la clase porque me sentía muy agobiada y él de nuevo había traído su coche y miraba al cielo cada dos minutos preguntándose cuándo comenzaría a llover y a mí no me apetecía, no me apetecía nada tener que estar con él.

van gogh

Van Gogh, ‘vestíbulo del hospital de Arles’

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