EL CUMPLEAÑOS DE NORA

agosto 26, 2004

La sombra del viento

Ayer el día estaba desabrido así que me vestí con una falda negra, de corte recto y por debajo de la rodilla, que tiene dos aberturas laterales y una camiseta de manga larga también con fondo negro pero delineada con franjas estrechas de colores fosforecentes y las ya acostumbradas y coloristas alpargatas de cuña con lazos.

Cuando me asomé a la esquina me pareció ver a Primo de pie junto a la terraza que yacía desolada. No había ni un alma ocupando las mesas de madera. Luego el que creí que era Primo me pareció que arrastraba un perro, así que lo más seguro es que me hubiera equivocado. Si yo fuera él y conociéndome, evitaría encontrarme, al menos esta tarde… Pero esa mujer no me conoce y me esperaba. Supe que me esperaba porque se sentó desafiante en un banco al verme. Creyó que me dirigía al parque como cada tarde y no, no con ella esperándome y con esa rabia desatada a flor de piel. La cosa acabaría muy mal. Seguro que en un enfrentamiento físico con todas sus consecuencias… Tenía que templarme. No puedo permitirme un juicio aunque me encantaría dejarme llevar por lo que siento y qué se yo, a lo mejor es ella quién me mata pero me tengo miedo, porque ya me he imaginado arrancándole las entrañas a dentelladas por lo que pretende hacerle a mi vida. La violencia es oscura, es siniestra y me duele reconocer que en el fondo, a poco que se me presione, me convierto en eso, en un ser violento e irracional, lo que se me enseñó a ser desde que nací.

Así que sobre la marcha he optado por un plan alternativo y he atravesado el parque por la parte exterior, he cruzado la calle y me he encaminado a una librería que a veces frecuento y que regenta un tipo muy ligado a las letras de mi ciudad; también se dedica a la edición de algunas obras… Él estaba a la puerta de su negocio y cuándo me ha visto me ha saludado pero no se esperaba el que entrara dentro. Le ha sorprendido de una manera grata y me atiende solícito:

– ¿Tendrás ‘La Inmortalidad’ de Kundera?

Quería regalársela a ‘en las nubes’ pero ha rebuscado entre los pocos libros de la ‘colección andanzas’ de Tusquets y no la ha encontrado.

– Creo recordar que el último ejemplar se vendió en la feria del libro -me dice-. Es ya un libro antiguo.

– Sí, si que lo es pero verás… Era para hacer un regalo. Es que a mí sólo me gusta regalar los libros que me han gustado especialmente.

– Lo mismo me ocurre a mí pero mira… hace poco fui de vacaciones y hacía mucho que no me ocurría eso de dar con un libro que me enganchase desde la primera página y eso es lo que me ha pasado con éste. Es buenísimo.

Entonces toma un ejemplar de los expositores horizontales: ‘La sombra del viento’ de Carlos Ruiz Zafón y yo recuerdo que he leído muy buenas críticas de él y se lo comento y le digo que sí, que me parece una idea estupenda.

la sombra del viento zafón

Entra otro cliente y le permita que lo atienda. No tengo prisa. Me gusta ese lugar, su olor, el comportamiento tranquilizador del hombre. Desde muy pequeña me siento atraída por las librerías y hasta guardo una historia truculenta, de cuando era muy niña, relacionada con una que se llamaba ‘Enzo’ y que hoy por hoy está casi derruida. Todavía hace un par de horas pasé por delante de la puerta y ‘S’, el hijo de ‘en las nubes’, señalando la casa dijo: ‘Mira. Esta rota’

‘C’, el librero, me toma nota de un pedido. Encargo para mí ‘La Identidad’ de Kundera. Un tipo hace unas semanas me recomendó que lo leyera en la corta conversación que sostuvimos por el messenger. Desde entonces no he vuelto a conectarle. En realidad de todos mis contactos sólo figuraba como admitido ‘Sergio’ y eso explicaría lo de mis largos títulos… Es la única manera que tengo de comunicarme con él desde que no coincidimos en la actividad en la que nos encontrábamos y que desarrollábamos juntos. Pero hoy he abierto mi ventana para otro individuo, un tal Steve B. con el que creo que será difícil hablar puesto que su nombre parece indicar un origen extranjero y yo sólo hablo con cierta soltura este decadente español en el que me envuelvo.

‘C’ también promete buscarme algo sobre ‘El paseo de los caracoles’ de Galvez , del que ni siquiera había oído hablar. Yo podría contarle algunas cosas acerca de él pero me he callado. Todas las que he ido leyendo a través de la página de Paz Vega López; por ejemplo que es atractivo, que no cree que lo de publicar sea un asunto sencillo, que guardaba aún una carta en la que una chica muy loca (y eso formaba parte de la nomenclatura de Galvez, no de una opinión mía) de dieciocho años, la citada Paz, le decía algo así como: ‘Ternero mío, ¿no tendrás miedo de que te chupe la polla? Anda que no veas cómo te la voy a dejar cuándo te pille’. Y Galvez se lo recordaba para su sonrojo pero creo que todos nos imaginábamos a una chica insonrojable, a una chica que le lamería el sexo con la destreza de una acróbata sexual con tal de luego poder ponerse a diseccinarlo entre comas y puntos seguidos y suspensivos y sus terroríficas ‘k’. ¿Qué cara me habría puesto ‘C’, tan formal, si yo le hubiera contado todo esto que ahora escribo? Pero me callé y dejé que tomara nota de mi número de teléfono y que con discrección me preguntara mi nombre. Yo no esperaba que lo recordase y lo ha apuntado bajo el nombre de Galvez y entonces le he pedido un rotulador azul pastel y ha llegado su mujer justo para decirle dónde debía mirar los precios de los bolígrafos. Estaban anotados en un papelito pegado al lateral de la estantería y luego ella se ha vuelto y me ha dicho. ‘Ah pero eres tú. No te conocía’. Y yo le contesto amable: ‘Claro, de espaldas es un poco difícil’. El libro lo he pagado con una tarjeta y el rotulador en metálico pero él no ha querido comprobar mi documento de identidad. Es una prueba de confianza. ‘Faltaría más’ -me dice. Pero yo creo que sería un error tremendo confiarles mi vida tal como la he contado. Si fuera capaz de darle la forma de una desconocida…

‘en las nubes’ aún no está preparada cuando llego. Hemos quedado a las seis y media. Además ‘Alma’ camina por su calle y ella me pone sobreaviso. Dice que hace unos minutos desde su noveno piso le pareció que temblaba como una hoja ante un golpe de viento y que estaba a punto de caerse. Así que tomo el ascensor que acabo de abandonar y me lanzo perseguida, por una ya inevitable congoja, a la carretera. Y ‘Alma’ se alegra mucho de verme pero a mí no se me cura con su alegría la preocupación. ¿Qué necesidad tenías de venir hasta aquí? ¡Maldita sea!, ninguna. Ha entrado el supermercado y hemos dado una vuelta sin comprar nada. Yo lo intuía. Alma siempre ha tenido estas cosas; se le mete algo en la cabeza y lo hace aunque sea una locura. Supongo que chochea y a mí me cuesta reconocerlo. No es sólo mi abuela, es mi confidente. ¿Y a quién le importarán los detalles cuándo ella ya no me escuche? Hace tiempo que lo sé y he pretendido acostumbrarme a esta soledad anónima pero la echaré tanto de menos cuando me falte…

He acompañado a ‘Alma’ a casa y he vuelto al hogar de ‘en las nubes’. Ha llegado su hermana y ha decidido unírsenos. A las dos nos gusta Julieta Venegas y ‘P’ incluso me ha dicho: ‘La canción número dos está hecha para ti’. La hemos escuchado y sí, y también me he arrepentido de aquella noche en la que salimos juntas y le conté mi situación sentimental. Aunque me he arrepentido sin sentimiento de arrepentimiento, sin emoción alguna, sólo con una conciencia inconcreta

‘P’ no se despegó de nosotras durante toda la tarde hasta que comenzamos a hablar de pintura y del museo del Prado (el tema lo sacó ella misma me imagino que con la pretensión de lucirse) y ha pretendido ponerse pedante y entonces yo me he puesto más, me he puesto mucho más, tan pedante, tan soberbia y tan vanidosa que hasta me he dado asco pero peor hubiera sido permitírle a ella que ocupara mi lugar. Y eso ha arreglado lo de la cena porque a ‘en las nubes’ no le apetecía que su hermana nos acompañara también al restaurante. A ‘P’ después de ”mi disertación” sobre ‘Las hilanderas’ de Velazquez y todo lo que continuó… ha torcido la nariz y se ha quedado así, con ella arrugada hasta que se ha despedido para alivio tanto de ‘en las nubes’ como de su hija. Aunque a mí me hubiera dado igual que se hubiese quedado.

Cuando le he regalado el libro en la cervecería a mi amiga le ha hecho ilusión porque no se lo esperaba y luego más la dedicatoria. Antes de ayer le dije que me escamaba eso de que ella creyese que se merecía una segunda oportunidad. ¿Y quién no se la merece? Pero no todo el mundo encuentra. ¿Y si se espera y no se encuentra? ¿Entonces qué ocurre?, ¿la desesperación? Así que le dije que si alguien debía de desear ciertas cosas prefería hacerlo yo porque me daba la sensación que en su caso no subyacía el deseo sino las ambiciones. Y he escrito con una caligrafía endiablada algo muy corto en su ejemplar de ‘La sombra del viento’: Te deseo ‘LA OPORTUNIDAD’. Y ella ha sonreído al leerlo y ni su hermana ni su hija comprendieron nada, ni las letras, ni de lo que hablábamos, ni la sonrisa de complicidad. Ha sido especial.

Luego cenamos en el italiano que a ella le gusta con Lambrusco rosado y brindamos por ella, aunque le ha dado vergüenza y el dueño me ha mirado varias veces con una mezcla de interés y recelo. Y yo le he devuelto cada una de esas miradas pero sabiendo que eran sólo eso, expectativas abortadas antes de nacer. Porque yo no quería ‘ese hijo’, como tampoco quería tener aquel… el que no tuve.

Después paseamos y estaba siendo muy agradable, aunque sólo me encontré con un hombre joven con el que me hubiera gustado terminar la noche tal vez follando. Nos conocemos de vista desde hace años pero nunca hemos hablado y es atractivo. Tampoco esta noche. Y eso es lo que me hubiera gustado para empezar, prolongar la velada pero … ir con ‘en las nubes’ y sus niños no se presta mucho a entablar ningún tipo de encuentro, ni conversación con extraños, ni… y sin que transcurrieran demasiados metros se ha presentado como un convidado de piedra su marido y le he dicho a mi amiga sin preocuparme de que su hija pudiera oírme: ‘Lo siento pero me voy’. Y él me ha saludado pero yo a él no. Me despedí de ambas y me fuí sin dignarme siquiera a mirarle.

Podía haberme dado la vuelta y … pero soy una orgullosa de mierda, así que no me lancé al encuentro de esa posibilidad que de seguro habría surgido. ¡Vaya!, él sabría que me lo estaba montando de ”buscona” y luego sentiría que no tenía ni derecho a decir qué no y seguro que lo haría y puede que hasta sin preservativo otra vez y … El caso es que el asunto con el conductor no fue muy satisfactorio pero no porque no me lo pasara estupendo con él todo el rato que estuvimos juntos, sino por la reacción que se me vino encima, inminente, en el después… Así que di por hecho que no me perdía nada y que me ahorraba malos tragos y tener además que andarme evitando a otro tipo más y éste de mi entorno cercano. No, prefiero esperar a que llegue el deseo, a que lo barra todo como un tornado, aunque no llegue nunca.

Doblé la esquina y contemplé los barrotes oxidados de la desvencijada librería de ‘Enzo’ y recordé como aquel viejo intentó llevarme a la trastienda, su garra apresando mi pequeño brazo y cómo me escapé y seguí caminando. Escuchaba música. Era un grupo de rock. Me detuve unos minutos delante del escenario y luego llegué hasta aquí, y en este momento son las cuatro y media de la madrugada.

NORA

26/08/2004. tema: … de Amor y de Sombras…. #

4 Responses to “EL CUMPLEAÑOS DE NORA”

  1. lasalamandra Says:

    Barcelona año 1945, en una mañana brumosa, Semper, dueño de una librería de lance en el corazón de la ciudad vieja, lleva a su hijo Daniel al “cementerio de libros olvidados”, un edificio grande, viejo y sombrío, lleno de volúmenes de autores prácticamente desconocidos u olvidados que la gente ha ido llevando allí para preservarlos del abandono, indiferencia o destrucción, según la tradición el que entra aquí por primera vez tiene que adoptar un libro, entre lo miles de títulos que ve, Daniel se siente atraído por “La sombra del viento” de Julián Carax, una novela de misterio, esa noche, ya en su casa lo lee de un tirón.

    Al día siguiente mucha gente desea este libro hasta ahora olvidado, unos lo quieren comprar pagando mas de lo que vale, otros lo quieren quemar…

    En los siguientes años Daniel sé vera envuelto en crímenes, intrigas y correrá peligro por proteger el libro de ciertas personas o al curiosear en la vida de Julián Carax, descubriendo que es tan enigmática o más que sus novelas.

    Aunque en la “La sombra del viento” de Ruiz Zafón prevalece la intriga con el misterio en torno al libro y su autor, también hay otros géneros en esta novela: histórico por su descripción de dos épocas, la Barcelona de posguerra y la de principios del siglo xx, con chispas de humor y sabiduría popular con personajes como Fermín Romero de Torres, el mendigo que rescata Daniel de las calles dándole trabajo en la librería de su padre, de terror con el funesto y brutal inspector Fumero, o de amor con las historias de Julián y Penélope – Daniel y Beatriz.

    Espero que os guste tanto como a mí, es de esas novelas que te atrapa desde la primera hasta la ultima pagina, que crea adicción por la lectura, se le ha comparado a novelas de Dumas, Víctor Hugo o Eduardo Mendoza, densa (son casi 600 paginas, aunque ni una sola línea aburrida) bien narrada y con personajes convincentes.

    \———————————————————–/

    Carlos Ruiz Zafón es catalán, trabajó en publicidad y hace ocho años lo dejó para irse a Los Ángeles donde escribe guiones de cine (aunque según dijo él mismo en una entrevista salva muy pocos), en 1993 gano el premio Edebé de literatura juvenil con “El príncipe de la niebla”, después ha publicado “El palacio de la medianoche”, “Las luces de septiembre” y “Marina”.

    “La sombra del viento” es su primera novela de adultos y con ella quedó finalista del premio Fernando Lara.

    http://cuantoyporquetanto.com/htm/libros/libros_lasombradelviento.htm

  2. lasalamandra Says:

    SINOPSIS

    Nora es una mujer joven, divertida y de gran coraje que no quiere ser controlada por nadie. Por las noches se viste de hombre y recorre la ciudad de Galway para encontrarse con su amante. Cuando su tío Tommy la amenaza con hacerla ingresar en un convento, Nora huye a Dublín donde empieza a trabajar en un hotel. Cuando un nervioso James Joyce se acerca a Nora en mitad de la calle, ella le sonríe y se da cuenta de que todo lo que ha estado esperando, comienza a hacerse realidad.

    http://www.labutaca.net/films/5/nora.htm

  3. lasalamandra Says:

    Hay 11 comentario/s de este artículo.
    Maryna:
    Pensaba que era la única que estaba aún despierta y me ha alegrado llegar justo cuando has colgado este post.
    El libro que le has comprado me parece una buena elección aunque ese del caracol, no lo conocía. (Ahora me informaré sobre él)
    Dices que eres orgullosa pero yo creo que solamente en tus actos. O al menos, es esa la sensación que me da.
    Te mando un beso muy fuerte, por cierto, te contesté en el jardín sobre el libro de Isabel Allende ;)
    Ni ayer ni hoy he tenido ganas de escribir :( a ver si mañana lo hago y te cuento.
    Un beso muy fuerte!!
    26/08/2004 04:41:44

    sabbat:
    P.S:

    1. Steven B. me ha borró de su messenger después de que me animara a decirle, a pesar, de lo tarde que era: ‘Hola. ¿Hablas español?’

    2. He cambiado el link del artículo para acceder a la lectura del primer capítulo de ‘La sombra del viento’ y ahora puede leerse directamente

    3. Maryna… Te contesté en el jardín…

    Besos.
    26/08/2004 14:01:46

    hermes:
    Un artículo muy bien escrito si señor!, muy descriptivo, (quizás algo largo), pero muy bueno. Veo que tienes una vida exterior e interior muy rica, te envidio por eso. Antes leía mucho, pero desde que soy profe, mi vista se ha cansado y ya no lo hago. Mi libro preferido es: “La Feria de las Vanidades” de Willian Meakepeace Tackeray y mi escritor favorito: Stefan Sweig.
    26/08/2004 14:23:50

    Manuel:
    ¿Y la Falda negra, con dos aberturas, donde se quedo?
    26/08/2004 14:42:37

    sabbat:
    No conozco el libro de Meakepeace pero creo haber leído cuando era muy jóven ‘Impaciencia de corazón’ y seguro que otros porque a ‘Alma’ le encantaba ese autor; aunque cómo me daba verdaderos atracones… ni lo recuerdo. Digo yo que algo me alimentarían pero no gran cosa… Ahora leo mucho menos pero digiero más :)

    Me cuesta resumirme.

    Besos.
    26/08/2004 14:49:50

    sabbat:
    La falda negra con dos aberturas se quedó atrapada en un autobús. Imagino que terminaré por contarlo :)

    ¿Te apetece que la fotografíe Manuel?
    26/08/2004 14:51:09

    hermes:
    Impaciencia del corazón es muy bueno, es de Zweig, me parece recordar que trata sobre una mujer tullida, que ansia ser amada (sexo)por un joven, un libro muy traumático y lleno de sentimientos desgarrantes. Leí muchos mas de el, recuerdo haber leído la mejor Biografía de María Antonieta y de María Estuardo, escrita por este autor.
    26/08/2004 15:44:10

    Fran:
    Realmente me siento impresionado. Perdon, no se si debiera escribir y decirte que me siento en vilo. Que he sentido deseos de salir corriendo hacia alguna parte mientras leia pero no sabia hacia donde. Me siento atrapado, preso de las letras. No se si deberia estar escribiendo esto ….
    27/08/2004 10:19:04

    Manuel:
    Puedes empesar toda una nueva vida alrededor de la falda negra, ¡pero creo que alguien ya nos gano esa idea!
    http://chicaconfaldaroja.blogspot.com/
    27/08/2004 14:18:43

    sabbat:
    No Manuel, mi intención no es hacer un copy paste de la increíble Bo peep… y en todo caso lo mío más bien iría por algo como ‘con pantalones vaqueros gastados y bolso gigante’… el bolso de Mary Popins :)
    27/08/2004 22:11:20

    manuel:
    Algun dia te mandare la foto de mis pantalones consentidos… y veras lo que son vaqueros gastados.
    28/08/2004 14:18:16

  4. lasalamandra Says:

    ‘El cementerio de los libros olvidados’ de Carlos Ruiz Zafón ( -primer capítulo- )
    El cementerio de los libros olvidados
    Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido.
    —Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie —advirtió mi padre—. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.
    —¿Ni siquiera a mamá? —inquirí yo, a media voz.
    Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra por la vida.
    —Claro que sí —respondió cabizbajo—. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo.
    Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se había llevado a mi madre. La enterramos en Montjuïc el día de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo que llovió todo el día y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre si el cielo lloraba le faltó la voz para responderme. Seis años después, la ausencia de mi madre era para mí todavía un espejismo, un silencio a gritos que aún no había aprendido a acallar con palabras. Mi padre y yo vivíamos en un pequeño piso de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia. El piso estaba situado justo encima de la librería especializada en ediciones de coleccionista y libros usados heredada de mi abuelo, un bazar encantado que mi padre confiaba en que algún día pasaría a mis manos. Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos. De niño aprendí a conciliar el sueño mientras le explicaba a mi madre en la penumbra de mi habitación las incidencias de la jornada, mis andanzas en el colegio, lo que había aprendido aquel día… No podía oír su voz o sentir su tacto, pero su luz y su calor ardían en cada rincón de aquella casa y yo, con la fe de los que todavía pueden contar sus años con los dedos de las manos, creía que si cerraba los ojos y le hablaba, ella podría oírme desde donde estuviese. A veces, mi padre me escuchaba desde el comedor y lloraba a escondidas.
    Recuerdo que aquel alba de junio me desperté gritando. El corazón me batía en el pecho como si el alma quisiera abrirse camino y echar a correr escaleras abajo. Mi padre acudió azorado a mi habitación y me sostuvo en sus brazos, intentando calmarme.
    —No puedo acordarme de su cara. No puedo acordarme de la cara de mamá —murmuré sin aliento.
    Mi padre me abrazó con fuerza.
    —No te preocupes, Daniel. Yo me acordaré por los dos.
    Nos miramos en la penumbra, buscando palabras que no existían. Aquélla fue la primera vez en que me di cuenta de que mi padre envejecía y de que sus ojos, ojos de niebla y de pérdida, siempre miraban atrás. Se incorporó y descorrió las cortinas para dejar entrar la tibia luz del alba.
    —Anda, Daniel, vístete. Quiero enseñarte algo —dijo.
    —¿Ahora? ¿A las cinco de la mañana?
    —Hay cosas que sólo pueden verse entre tinieblas —insinuó mi padre blandiendo una sonrisa enigmática que probablemente había tomado prestada de algún tomo de Alejandro Dumas.
    Las calles aún languidecían entre neblinas y serenos cuando salimos al portal. Las farolas de las Ramblas dibujaban una avenida de vapor, parpadeando al tiempo que la ciudad se desperezaba y se desprendía de su disfraz de acuarela. Al llegar a la calle Arco del Teatro nos aventuramos camino del Raval bajo la arcada que prometía una bóveda de bruma azul. Seguí a mi padre a través de aquel camino angosto, más cicatriz que calle, hasta que el reluz de la Rambla se perdió a nuestras espaldas. La claridad del amanecer se filtraba desde balcones y cornisas en soplos de luz sesgada que no llegaban a rozar el suelo. Finalmente, mi padre se detuvo frente a un portón de madera labrada ennegrecido por el tiempo y la humedad. Frente a nosotros se alzaba lo que me pareció el cadáver abandonado de un palacio, o un museo de ecos y sombras.
    —Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.
    Un hombrecillo con rasgos de ave rapaz y cabellera plateada nos abrió la puerta. Su mirada aguileña se posó en mí, impenetrable.
    —Buenos días, Isaac. Éste es mi hijo Daniel —anunció mi padre—. Pronto cumplirá once años, y algún día él se hará cargo de la tienda. Ya tiene edad de conocer este lugar.
    El tal Isaac nos invitó a pasar con un leve asentimiento. Una penumbra azulada lo cubría todo, insinuando apenas trazos de una escalinata de mármol y una galería de frescos poblados con figuras de ángeles y criaturas fabulosas. Seguimos al guardián a través de aquel corredor palaciego y llegamos a una gran sala circular donde una auténtica basílica de tinieblas yacía bajo una cúpula acuchillada por haces de luz que pendían desde lo alto. Un laberinto de corredores y estanterías repletas de libros ascendía desde la base hasta la cúspide, dibujando una colmena tramada de túneles, escalinatas, plataformas y puentes que dejaban adivinar una gigantesca biblioteca de geometría imposible. Miré a mi padre, boquiabierto. Él me sonrió, guiñándome el ojo.
    —Daniel, bien venido al Cementerio de los Libros Olvidados.
    Salpicando los pasillos y plataformas de la biblioteca se perfilaban una docena de figuras. Algunas de ellas se volvieron a saludar desde lejos, y reconocí los rostros de diversos colegas de mi padre en el gremio de libreros de viejo. A mis ojos de diez años, aquellos individuos aparecían como una cofradía secreta de alquimistas conspirando a espaldas del mundo. Mi padre se arrodilló junto a mí y, sosteniéndome la mirada, me habló con esa voz leve de las promesas y las confidencias.
    —Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quiénes lo crearon. Te diré lo que mi padre me dijo a mí. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu. En la tienda nosotros los vendemos y los compramos, pero en realidad los libros no tienen dueño. Cada libro que ves aquí ha sido el mejor amigo de alguien. Ahora sólo nos tienen a nosotros, Daniel. ¿Crees que vas a poder guardar este secreto?
    Mi mirada se perdió en la inmensidad de aquel lugar, en su luz encantada. Asentí y mi padre sonrió.
    —¿Y sabes lo mejor? —preguntó.
    Negué en silencio.
    —La costumbre es que la primera vez que alguien visita este lugar tiene que escoger un libro, el que prefiera, y adoptarlo, asegurándose de que nunca desaparezca, de que siempre permanezca vivo. Es una promesa muy importante. De por vida —explicó mi padre—. Hoy es tu turno.
    Por espacio de casi media hora deambulé entre los entresijos de aquel laberinto que olía a papel viejo, a polvo y a magia. Dejé que mi mano rozase las avenidas de lomos expuestos, tentando mi elección. Atisbé, entre los títulos desdibujados por el tiempo, palabras en lenguas que reconocía y decenas de otras que era incapaz de catalogar. Recorrí pasillos y galerías en espiral pobladas por cientos, miles de tomos que parecían saber más acerca de mí que yo de ellos. Al poco, me asaltó la idea de que tras la cubierta de cada uno de aquellos libros se abría un universo infinito por explorar y de que, más allá de aquellos muros, el mundo dejaba pasar la vida en tardes de fútbol y seriales de radio, satisfecho con ver hasta allí donde alcanza su ombligo y poco más. Quizá fue aquel pensamiento, quizá el azar o su pariente de gala, el destino, pero en aquel mismo instante supe que ya había elegido el libro que iba a adoptar. O quizá debiera decir el libro que me iba a adoptar a mí. Se asomaba tímidamente en el extremo de una estantería, encuadernado en piel de color vino y susurrando su título en letras doradas que ardían a la luz que destilaba la cúpula desde lo alto. Me acerqué hasta él y acaricié las palabras con la yema de los dedos, leyendo en silencio.
    La Sombra del Viento
    Julián Carax
    Jamás había oído mencionar aquel título o a su autor, pero no me importó. La decisión estaba tomada. Por ambas partes. Tomé el libro con sumo cuidado y lo hojeé, dejando aletear sus páginas. Liberado de su celda en el estante, el libro exhaló una nube de polvo dorado. Satisfecho con mi elección, rehíce mis pasos en el laberinto portando mi libro bajo el brazo con una sonrisa impresa en los labios. Tal vez la atmósfera hechicera de aquel lugar había podido conmigo, pero tuve la seguridad de que aquel libro había estado allí esperándome durante años, probablemente desde antes de que yo naciese.
    Aquella tarde, de vuelta en el piso de la calle Santa Ana, me refugié en mi habitación y decidí leer las primeras líneas de mi nuevo amigo. Antes de darme cuenta, me había caído dentro sin remedio. La novela relataba la historia de un hombre en busca de su verdadero padre, al que nunca había llegado a conocer y cuya existencia sólo descubría merced a las últimas palabras que pronunciaba su madre en su lecho de muerte. La historia de aquella búsqueda se transformaba en una odisea fantasmagórica en la que el protagonista luchaba por recuperar una infancia y una juventud perdidas, y en la que, lentamente, descubríamos la sombra de un amor maldito cuya memoria le habría de perseguir hasta el fin de sus días. A me-dida que avanzaba, la estructura del relato empezó a recordarme a una de esas muñecas rusas que contienen innumerables miniaturas de sí mismas en su interior. Paso a paso, la narración se descomponía en mil historias, como si el relato hubiese penetrado en una galería de espejos y su identidad se escindiera en docenas de reflejos diferentes y al tiempo uno solo. Los minutos y las horas se deslizaron como un espejismo. Horas más tarde, atrapado en el relato, apenas advertí las campanadas de medianoche en la catedral repiqueteando a lo lejos. Enterrado en la luz de cobre que proyectaba el flexo, me sumergí en un mundo de imágenes y sensaciones como jamás las había conocido. Personajes que se me antojaron tan reales como el aire que respiraba me arrastraron en un túnel de aventura y misterio del que no quería escapar. Página a página, me dejé envolver por el sortilegio de la historia y su mundo hasta que el aliento del amanecer acarició mi ventana y mis ojos cansados se deslizaron por la última página. Me tendí en la penumbra azulada del alba con el libro sobre el pecho y escuché el rumor de la ciudad dormida goteando sobre los tejados salpicados de púrpura. El sueño y la fatiga llamaban a mi puerta, pero me resistí a rendirme. No quería perder el hechizo de la historia ni todavía decir adiós a sus personajes.
    En una ocasión oí comentar a un cliente habitual en la librería de mi padre que pocas cosas marcan tanto a un lector como el primer libro que realmente se abre camino hasta su corazón. Aquellas primeras imágenes, el eco de esas palabras que creemos haber dejado atrás, nos acompañan toda la vida y esculpen un palacio en nuestra memoria al que, tarde o temprano —no importa cuántos libros leamos, cuántos mundos descubramos, cuánto aprendamos u olvidemos—, vamos a regresar. Para mí, esas páginas embrujadas siempre serán las que encontré entre los pasillos del Cementerio de los Libros Olvidados.

    Días de Ceniza
    1945-1949
    Un secreto vale lo que aquellos de quienes tenemos que guardarlo. Al despertar, mi primer impulso fue hacer partícipe de la existencia del Cementerio de los Libros Olvidados a mi mejor amigo. Tomás Aguilar era un compañero de estudios que dedicaba su tiempo libre y su talento a la invención de artilugios ingeniosísimos pero de escasa aplicación práctica, como el dardo aerostático o la peonza dinamo. Nadie mejor que Tomás para compartir aquel secreto. Soñando despierto me imaginaba a mi amigo Tomás y a mí pertrechados ambos de linternas y brújula prestos a desvelar los secretos de aquella catacumba bibliográfica. Luego, recordando mi promesa, decidí que las circunstancias aconsejaban lo que en las novelas de intriga policial se denominaba otro modus operandi. Al mediodía abordé a mi padre para cuestionarle acerca de aquel libro y de Julián Carax, que en mi entusiasmo había imaginado célebres en todo el mundo. Mi plan era hacerme con todas sus obras y leérmelas de cabo a rabo en menos de una semana. Cuál fue mi sorpresa al descubrir que mi padre, librero de casta y buen conocedor de los catálogos editoriales, jamás había oído hablar de La Sombra del Viento o de Julián Carax. Intrigado, mi padre inspeccionó la página con los datos de la edición. forma
    —Según esto, este ejemplar parte de una edición de dos mil quinientos ejemplares impresa en Barcelona, por Cabestany Editores, en diciembre de 1935.
    —¿Conoces esa editorial?
    —Cerró hace años. Pero la edición original no es ésta, sino otra de noviembre del mismo año, pero impresa en París… La editorial es Galliano & Neuval. No me suena.
    —Entonces, ¿el libro es una traducción? —pregunté, desconcertado.
    —No menciona que lo sea. Por lo que aquí se ve, el texto es original.
    —¿Un libro en castellano, editado primero en Francia?
    —No será la primera vez, con los tiempos que corren —adujo mi padre—. A lo mejor Barceló nos puede ayudar…
    Gustavo Barceló era un viejo colega de mi padre, dueño de una librería cavernosa en la calle Fernando que capitaneaba la flor y nata del gremio de libreros de viejo. Vivía perpetuamente adherido a una pipa apagada que desprendía efluvios de mercado persa y se describía a sí mismo como el último romántico. Barceló sostenía que en su linaje había un lejano parentesco con lord Byron, pese a que él era natural de la localidad de Caldas de Montbuy. Quizá con ánimo de evidenciar esta conexión, Barceló vestía invariablemente al uso de un dandi decimonónico, luciendo fular, zapatos de charol blanco y un monóculo sin graduación que según las malas lenguas no se quitaba ni en la intimidad del retrete. En realidad, el parentesco más significativo en su haber era el de su progenitor, un industrial que se había enriquecido por medios más o menos turbios a finales del siglo xix. Según me explicó mi padre, Gustavo Barceló estaba, técnicamente, forrado, y lo de la librería era más pasión que negocio. Amaba los libros sin reserva y, aunque él lo negaba rotundamente, si alguien entraba en su librería y se enamoraba de un ejemplar cuyo precio no podía costearse, lo rebajaba hasta donde fuese necesario, o incluso lo regalaba si estimaba que el comprador era un lector de casta y no un diletante mariposón. Al margen de estas peculiaridades, Barceló poseía una memoria de elefante y una pedantería que no desmerecía en porte o sonoridad, pero si alguien sabía de libros extraños, era él. Aquella tarde, después de cerrar la tienda, mi padre sugirió que nos acercásemos hasta el café de Els Quatre Gats en la calle Montsió, donde Barceló y sus compinches mantenían una tertulia bibliófila sobre poetas malditos, lenguas muertas y obras maestras abandonadas a merced de la polilla.
    Els Quatre Gats quedaba a tiro de piedra de casa y era uno de mis rincones predilectos de toda Barcelona. Allí se habían conocido mis padres en el año 32, y yo atribuía en parte mi billete de ida por la vida al encanto de aquel viejo café. Dragones de piedra custodiaban la fachada enclavada en un cruce de sombras y sus farolas de gas congelaban el tiempo y los recuerdos. En el interior, las gentes se fundían con los ecos de otras épocas. Contables, soñadores y aprendices de genio compartían mesa con el espejismo de Pablo Picasso, Isaac Albéniz, Federico García Lorca o Salvador Dalí. Allí, cualquier pelagatos podía sentirse por unos instantes figura histórica por el precio de un cortado.
    —Hombre, Sempere —proclamó Barceló al ver entrar a mi padre—, el hijo pródigo. ¿A qué se debe el honor?
    —El honor se lo debe usted a mi hijo Daniel, don Gustavo, que acaba de hacer un descubrimiento.
    —Pues vengan a sentarse con nosotros, que esta efemérides hay que celebrarla —proclamó Barceló.
    —¿Efemérides? —le susurré a mi padre.
    —Barceló se expresa sólo en esdrújulas —respondió mi padre a media voz—. Tú no digas nada, que se envalentona.
    Los contertulios nos hicieron sitio en su círculo y Barceló, que gustaba de mostrarse espléndido en público, insistió en invitarnos.
    —¿Qué edad tiene el mozalbete? —inquirió Barceló, mirándome de reojo.
    —Casi once años —declaré.
    Barceló me sonrió, socarrón.
    —O sea, diez. No te pongas años de más, sabandijilla, que ya te los pondrá la vida.
    Varios de los contertulios murmuraron su asentimiento. Barceló hizo señas a un camarero con aspecto inminente de ser declarado monumento histórico para que se acercase a tomar nota.
    —Un coñac para mi amigo Sempere, del bueno, y para el retoño una leche merengada, que tiene que crecer. Ah, y traiga unos taquitos de jamón, pero que no sean como los de antes, ¿eh?, que para caucho ya está la casa Pirelli —rugió el librero.
    El camarero asintió y partió, arrastrando los pies y el alma.
    —Lo que yo digo —comentó el librero—. ¿Cómo va a haber trabajo? Si en este país no se jubila la gente ni después de muerta. Mire usted al Cid. Si es que no hay remedio.
    Barceló saboreó su pipa apagada, su mirada aguileña escrutando con interés el libro que yo sostenía en las manos. Pese a su fachada farandulera y a tanta palabrería, Barceló podía oler una buena presa como un lobo huele la sangre.
    —A ver —dijo Barceló, fingiendo desinterés—. ¿Qué me traen ustedes?
    Le dirigí una mirada a mi padre. Él asintió. Sin más preámbulo, le tendí el libro a Barceló. El librero lo tomó con mano experta. Sus dedos de pianista rápidamente exploraron textura, consistencia y estado. Exhibiendo su sonrisa florentina, Barceló localizó la página de edición y la inspeccionó con intensidad policial por espacio de un minuto. Los demás le observaban en silencio, como si esperasen un milagro o permiso para respirar de nuevo.
    —Carax. Interesante —murmuró con tono impenetrable.
    Tendí de nuevo mi mano para recuperar el libro. Barceló arqueó las cejas, pero me lo devolvió con una sonrisa glacial.
    —¿Dónde lo has encontrado, chavalín?
    —Es un secreto —repliqué, sabiendo que mi padre debía de estar sonriendo por dentro.
    Barceló frunció el ceño y desvió la mirada hacia mi padre.
    —Amigo Sempere, porque es usted y por todo el aprecio que le tengo y en honor a la larga y profunda amistad que nos une como a hermanos, dejémoslo en cuarenta duros y no se hable más.
    —Eso lo va a tener que discutir con mi hijo —adujo mi padre—. El libro es suyo.
    Barceló me ofreció una sonrisa lobuna.
    —¿Qué me dices, muchachete? Cuarenta duros no está mal para una primera venta… Sempere, este chico suyo hará carrera en este negocio.
    Los contertulios le rieron la gracia. Barceló me miró complacido, sacando su billetero de piel. Contó los cuarenta duros, que para aquel entonces eran toda una fortuna, y me los tendió. Yo me limité a negar en silencio. Barceló frunció el ceño.
    —Mira que la codicia es pecado mortal de necesidad, ¿eh? —adujo—. Venga, sesenta duros y te abres una cartilla de ahorro, que a tu edad ya hay que pensar en el futuro.
    Negué de nuevo. Barceló le lanzó una mirada airada a mi padre a través de su monóculo.
    —A mí no me mire —dijo mi padre—. Yo aquí sólo vengo de acompañante.
    Barceló suspiró y me observó detenidamente.
    —A ver, niño, pero ¿tú qué es lo que quieres?
    —Lo que quiero es saber quién es Julián Carax, y dónde puedo encontrar otros libros que haya escrito.
    Barceló rió por lo bajo y enfundó de nuevo su billetera, reconsiderando a su adversario.
    —Vaya, un académico. Sempere, pero ¿qué le da usted de comer a este crío? —bromeó.
    El librero se inclinó hacia mí con tono confidencial y, por un instante, me pareció entrever en su mirada un cierto respeto que no había estado allí momentos atrás.
    —Haremos un trato —me dijo—. Mañana domingo, por la tarde, te pasas por la biblioteca del Ateneo y preguntas por mí. Tú te traes tu libro para que lo pueda examinar bien, y yo te cuento lo que sé de Julián Carax. Quid pro quo.
    —¿Quid pro qué?
    —Latín, chaval. No hay lenguas muertas, sino cerebros aletargados. Parafraseando, significa que no hay duros a cuatro pesetas, pero que me has caído bien y te voy a hacer un favor.
    Aquel hombre destilaba una oratoria capaz de aniquilar las moscas al vuelo, pero sospeché que si quería averiguar algo sobre Julián Carax, más me valdría quedar en buenos términos con él. Le sonreí beatíficamente, mostrando mi deleite con los latinajos y su verbo fácil.
    —Recuerda, mañana, en el Ateneo —sentenció el librero—. Pero trae el libro, o no hay trato.
    —De acuerdo.
    La conversación se desvaneció lentamente en el murmullo de los demás contertulios, derivando hacia la discusión de unos documentos encontrados en los sótanos de El Escorial que sugerían la posibilidad de que don Miguel de Cervantes no había sido sino el seudónimo literario de una velluda mujerona toledana. Barceló, ausente, no participó en el debate bizantino y se limitó a observarme desde su monóculo con una sonrisa velada. O quizá tan sólo miraba el libro que yo sostenía en las manos.
    26/08/2004 13:01. Tema: Literatura. #. .

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