UN PERFUME DE DIOR

agosto 28, 2004

Nadie. Nada ( -segunda parte -)

Aquella vez él se fue como escribí, después de que nos vistiéramos y nos pusiéramos las mascaras sin las que nos habíamos conocido. Fue el siete de mayo del 2002, aunque yo hubiera jurado que era junio pero he caminado hacia una de las estanterías y he buscado la dedicatoria del libro que le hice firmarme (formaba parte del ‘juego’ y desconocía que él traería consigo su propio regalo)‘Ada o el ardor’ de Nabokov:

‘Toda la fuerza, Todos los matices que uno puede desear. Te deseo’
‘Pedro O.’ 07-05-02

¿Y qué importancia tendría un mes más arriba o abajo del calendario cuando todo lo que ha significado para ti ha sido eso? Y supongo que por eso mismo él se hizo a la idea equivocada de que yo asesinaba los sentimientos…

De todas formas nos vimos una segunda vez. Él y ‘K’ se empeñaron. Y la tarde ya se había empañado mucho antes de que me encontrara con ellos. Creo que eso sucedió en julio.

Me recogieron frente al hotel. Yo iba vestida en ropa deportiva, con un mono de la marca Nike muy provocativo que dejaba entrever un pecho turgente al aire. De ahí es dónde se ha sacado esa faceta mía de ponérsela dura a los hombres (aunque antes de lo que él hablaba era de mi trabajo con discapacitados intelectuales), de una impresión errónea, la que yo quise provocar en él. No me apeteció vestirme para una ocasión que de ningún modo deseaba. ¿Querían verme? Pues me verían como era, cómo lo que querían ver. En el fondo los dos andaban buscando un poco de esa emoción circense que ofrecen los fakires, los domadores de tigres, y los trapecistas en sus saltos. Ella había sido psiquiatra pero abandonó su profesión para convertirse en una bailarina exótica. Enseñaba danzas orientales en su academia, por ejemplo la del vientre y tenía un cuerpo proporcionado y primoroso, sobre todo para su edad, 45 años y él le había vendado los ojos como ambas en nuestras conversaciones habíamos ideado. ‘Confía en mí’ -me suplicó. Y yo la guié con cuidado a través del camino de maderos que iba a dar a la playa. A veces se me olvidaba que tenía un antifaz sobre los ojos y ella con aquellas inapropiadas sandalias para un día en que la lluvia convertía el mundo en barro, daba un ligero traspies. El primer beso nos lo dimos delante de la caseta del puesto de salvamento, y ya no recordaba cómo era besar a una mujer… Sin embargo para aquellos chicos debía ser la primera vez; quiero decir la primera vez que presenciaban algo así, algo que sólo era un juego que unas mentes aburridas se habían inventado. Y mientras él nos esperaba en el coche. Nos dejó reconocernos a solas, saborearnos. Eso hicimos a la vista del puesto de salvamento y sobre la orilla. La mujer sabía bien, y olía bien, a abismo y limones. Luego me dijo que el perfume que utilizaba era ‘Dolce Vita’ de Dior pero la brisa marina ayudó…

dolce vita

28/08/2004. tema: … de Sombras y amor…. #

One Response to “UN PERFUME DE DIOR”

  1. lasalamandra Says:

    Ada o el ardor
    Aunque no estoy completamente segura, sí me atrevería a afirmar que la crítica ha ido comprendiendo a Nabokov y devolviendo su obra al lugar que se merece con el paso de los años, cuando ya los escándalos de Lolita o, en menor medida, Ada o el ardor, parecen asuntos de poca importancia.

    Así, pues, felizmente, Nabokov ya no es aquel vicioso que escribía para relatar sus perversiones y carecía de elegancia y estilo precisamente por ello. Al contrario, a medida que pasa el tiempo desde la primera publicación de las novelas del escritor ruso, vemos con mayor claridad que su figura es una de las pocas que supieron aplicar con inteligencia las exigentes teorías formalistas y vanguardistas de principios del siglo XX a las necesidades de la novela contemporánea. Esto es, Nabokov no olvidó ni por un momento que el novelista es, por encima de todo, un contador de historias, un creador que no parte de lo observado sino de lo imaginado, y que sólo alcanza su verdadera grandeza cuando logra que ese mundo inventado por él conmocione al lector más que lo cotidiano.

    Con estas premisas, Nabokov creó una obra narrativa, primero en ruso y luego en inglés, cuya magnitud está aún lejos de poder calibrarse. A la etapa inglesa pertenecen su mayor éxito de ventas, Lolita, y la menos conocida Ada o el ardor, publicada en 1969, que narra una historia de amor incestuoso a lo largo de las vidas de sus protagonistas, Ada y Van. En medio de una tierra imaginaria, mezcla imposible de Europa y América y emulación del Paraíso, los dos hermanos se entregan desde muy jóvenes al descubrimiento del deseo y el sexo. Ambos son personajes perfectamente delimitados y desarrollados desde el inicio de la historia, por lo cual sus personalidades, que huyen en todo momento de la banalidad y lo demuestran claramente (ellos están por encima de todo lo que los rodea: son demasiado inteligentes, agudos, visionarios y tremendamente egoístas, además de poseer una belleza suprasensorial), no evolucionan con los años, lo mismo que la esencia de su relación. Lo que cambia es el mundo exterior, los otros, y Ada y Van deben adaptarse a estos cambios y lo hacen con más o menos acierto: Van abandona el Paraíso, Ada se casa, ambos apartan cuidadosamente de su conciencia el suicidio de Lucette, la hermana pequeña… pero la mirada del Van narrador, que utiliza un magnífico juego estratégico de voces para contar la historia desde el punto de vista más conveniente, está siempre muy por encima de la cotidianeidad y la mera sucesión de acontecimientos. De ahí el romanticismo tan frío de la novela, que es quizá el aspecto más atractivo para el lector, sin olvidar las otras muchas constantes que introduce Nabokov hasta crear la compleja estructura dispuesta en la novela: el erotismo, la crónica familiar, la locura, el mito… todos estos elementos están perfectamente ensamblados a expensas del que, a mi juicio, convierte Ada o el ardor en una obra magistral: el tratamiento del tiempo. La distancia y la imposibilidad por parte del lector de identificarse con los personajes hacen que el sentido del transcurso del tiempo sea más agudo, ya que avanza en consonancia con la historia. Así, percibimos la infancia como un período eterno, colmado de veranos interminables bajo el sol, y luego de repente el paso acelerado de los años que se deshacen en las manos, y el poder evocador y nostálgico de la memoria, y la tiranía caprichosa de los recuerdos que determinan, a nuestro pesar, lo que somos y lo que hacemos… ahí está el verdadero poder de la novela, y la grandeza de Nabokov, a quien muchos deben más de lo que creen

    http://palabrablanca.blogspot.com/2006/09/ada-o-el-ardor.html

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