BAJO EL VOLCÁN: UN ENSAYO DE OTRO SOBRE EL PATETISMO

noviembre 3, 2004

Y a la noche leo a Rachel. Ahora, aparte de estar convirtiéndose en una costumbre, es como un juego. Y esta noche el título de su post ‘Firmin’ y la mención del volcán Popocatepetl me conducen directamente a Lowry y una obra suya llamada ‘Bajo el volcán’. Y sonrío cuando me encuentro en esas líneas con Yvonne, un personaje, otro personaje…

El Cónsul
Hernando Valencia Goelkel
Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, es la novela más rica y más total de los últimos veinte o veinticinco años, es decir, en el transcurso casi de una generación. Me refiero al libro aislado; esos mismos años han visto la aparición y la desaparición (Camus, Pavese) de escritores cuya obra, en conjunto, seguramente sea más influyente y complicada que la de Lowry. Mas no la novela singular, no el título concreto. Supongo que la culpa la tendrán Joyce y Ulises, o que éstos sean, al menos, los culpables más cercanos en el tiempo; el hecho es que el novelista contemporáneo parece haber prescindido de la pretensión misma de escribir una “gran novela” y parece también, por tanto, haber aceptado una situación que le impone el diseminarse —avara o morosamente— en una serie de cautos aciertos parciales. “Mientras más libros leemos, más nos damos cuenta de que la verdadera función del escritor es producir una obra maestra, y que todas las demás tareas carecen de importancia. ¡Por más obvio que esto nos parezca, pocos son los escritores dispuestos a reconocerlo o, si lo reconocen, a dejar a un lado la obra de iridiscente mediocridad en que se hallan embarcados!”. La observación de Palinuro1 es letal pero irrefutable.
BAJO EL VOLCÁN
Ahora bien: ¿al hablar de Bajo el volcán podemos hablar también de “gran novela” o de “obra maestra”? No sé; no sé siquiera si hay un modo de saberlo. Pero de dos cosas estoy seguro. Primero, de que Lowry tuvo la ambición y el esfuerzo de escribir un libro perdurable. Segundo, que en él hay elementos
—como la tensión, la organización estructural, la concreción del tiempo y la del espacio, el espesor de algún personaje— que muy rara vez se encuentran reunidos en una sola obra. Lowry quiso hacer algo semejante, o algo equivalente, al Infierno, o al Quijote, o a Fausto. Evidentemente, pues, un caso de hybris; un desafuero castigado con el fracaso y la muerte; pero una desmesura respetable, conmovedora y también trágica, porque a veces sentimos cómo, desde el “pozo insondable”, las manos de Lowry, las yemas de sus dedos arañan, rozan, manchan esas alturas fuera de su alcance, para las que no había nacido, y de las que su tiempo
—la historia, y también su biografía— lo iba separando más y más.

La biografía:

nace en Inglaterra (Merseyside) en 1909. Estudios en Cambridge, interrumpidos por unos meses en que se enrola de marino, (un fragmento de Bajo el volcán, que por cierto es impertinente dentro de la economía del libro, representa una especie de feroz autocrítica de este episodio). Regresa a Cambridge. Viajes: a México, a los Estados Unidos, a Canadá. Con su segunda esposa se había establecido (es un decir) en un pueblo de Sussex, donde murió en 1957. “Malcolm murió en la noche del 28 al 29 de junio: fue enterrado en el cementerio de la aldea. La víspera y la antevíspera había trabajado hasta muy tarde. Para no despertarme se había ido a dormir al otro cuarto. Allí lo encontré por la mañana, muerto mientras dormía. No puede usted imaginarse cómo había estado de feliz todo este año; nunca lo había visto en mejor forma”2. Publicó dos novelas: Ultramarine, en 1932; Under the volcano, en 1943. En 1962 apareció Hear us O Lord from Heaven thy Dweling Place, una colección de relatos.
La vida de Lowry fue incierta, movida, inquieta, difícil. Clarisse Francillon4 relata una permanencia de Lowry en París, y hace ver cómo en él se sucedían y se alternaban períodos de alcoholismo con otros de trabajo y de total (o relativa) sobriedad. Es decir, que el universo del cónsul Geoffrey Firmin, el protagonista de Bajo el volcán, distaba de ser algo ajeno o desconocido para Lowry. Creo que estos datos —en el caso de que no sean superfluos del todo— son suficientes. Lo que nos interesa es una obra; Lowry descansa en paz; no así el Cónsul, ni nosotros.

I

“De golpe las vio, las botellas de aguardiente, anís, jerez, Highland Queen, los vasos, una babel de vasos —hacia arriba, como ese día el humo del tren— subidos hasta el cielo y cayendo luego, los vasos quebrados, los vasos volcados cuesta abajo por los jardines del Generalife, las botellas rotas, botellas de oporto, tinto, blanco, botellas de Pernod, Oxygenée, ajenjo, botellas destrozadas, botellas descartadas que caen sordamente en parques, debajo de bancos, de camas, de sillas de teatro, escondidas en los escritorios de los consulados, botellas de calvados soltadas y quebradas, o vueltas trizas, arrojadas en los basureros, lanzadas al mar, al Mediterráneo, al Caspio, al Caribe, botellas flotando en el océano, escoceses muertos en las colinas del Atlántico
—y ahora las veía todas, las olía todas, desde el comienzo mismo—, botellas, botellas, botellas y vasos, vasos, vasos, de bitter, Dubonnet, Falstaff, rye, Johnny Walker, Vieux Whiskey Blanc Canadien, los aperitivos, los digestivos, los medios, los dobles, el noch ein Herr Obers, el et Glas Araks, las botellas, las botellas, las hermosas botellas de tequila y las calabazas, calabazas, los millones de calabazas de hermoso mescal…”.
Esta modesta enumeración sugiere muy bien las actividades extraprofesionales de Geoffrey Firmin, Cónsul de la Gran Bretaña en Quauhnahuac (Guanajato). Ex cónsul, mejor dicho; en noviembre de 1938 hace ya unos meses que Firmin renunció a su cargo y a la carrera; además, las relaciones de México e Inglaterra están suspendidas porque Lázaro Cárdenas ha nacionalizado los petróleos. Está concluyendo la guerra civil española; va a comenzar la guerra mundial. Los dos hechos impregnan la novela e inciden, finalmente, en el propio Cónsul, pese a que son otros los negocios de éste, y a que siempre se empeñara en ignorarlos.
Los episodios principales de Bajo el volcán transcurren en menos de veinticuatro horas, en el día de difuntos de 1938. Firmin prolonga, en el bar del Hotel Bella Vista, el sólito ejercicio a que se dedicara la noche anterior, con motivo del “Gran Baile a Beneficio de la Cruz Roja”. Su mujer, Yvonne, llega al hotel desde el aeropuerto; al verlo en el bar los dos deciden ir más bien a la casa del Cónsul. Meses antes, Yvonne lo había abandonado y había pedido el divorcio; ahora vuelve, a tratar de recuperarlo, o de rescatarlo. Geoffrey tiene de huésped a su hermano Hugh; horas más tarde a los tres se añade Jacques Laruelle, el cónsul de Francia. Tras la visita de Laruelle, el paseo a un pueblo cercano, para asistir a una novillada; al caer de la tarde Firmin ya soporta mal las variadas libaciones del día. Hace una escena en un restaurante y se marcha. Anochece; Yvonne y Hugh salen a buscarlo por las cantinas y los bares de la carretera. Hay una tempestad eléctrica; en un mal paso del camino un caballo espantado se precipita sobre Yvonne y la mata a coces. El Cónsul se había encaminado a El Farolito, una de sus cantinas predilectas; allí, un burócrata politiquero, católico y fascista, lo provoca; luego, junto a un árbol situado frente a la cantina, le descarga tres tiros. En noviembre de 1939, Laruelle, próximo a regresar a Europa, evoca, en una larga caminata por Guanajuato, algunos de esos hechos; pero su relación corresponde al capítulo primero del libro.
Mas esto no es ni siquiera el esqueleto de la narración. Uno de los factores que hacen difícil la lectura de Bajo el volcán es la convergencia de datos sobre los protagonistas. Exceptuando el primer capítulo, la narración sigue a partir de la llegada de Yvonne y de su encuentro con Geoffrey, un orden lineal: Lowry narra los hechos tal como transcurren, en sucesión, desde la mañana hasta las primeras horas de la noche, y podría trazarse un gráfico, o un plano que indicara la situación de los protagonistas en todos los momentos del día. Su exactitud es, por momentos, irritante: Lowry dice con precisión maniática cómo se distribuyen los pasajeros en un bus, o cuáles variantes ofrece la topografía durante todos los momentos de una caminata campestre. Pero tales acciones, situadas en el presente, se mezclan a alusiones, informaciones, revelaciones sobre el pasado de los personajes. Al Cónsul le tiemblan en tal forma las manos que Hugh, piadosamente, se encarga de afeitarlo. Mientras efectúa esta operación, va recordando fragmentos de su vida de estudiante, va reconstruyendo la época en que se dedicó a tocar la guitarra y pensó convertirse en un músico profesional. Cuando Hugh pasea con Yvonne, lo que se entremezcla a la conversación, y a las descripciones topográficas, y a los gestos, a las acciones que efectúan los dos, es el sumario de la romántica huida de Hugh para alistarse en la marina, o sus más recientes y no menos románticas experiencias como corresponsal en la guerra de España. En un momento dado, el lector tiene una visión, razonablemente completa y coherente, de vastas regiones del pasado de Hugh y de sus inquietudes y propósitos actuales. Pero Lowry, perversamente, se explaya sobre algunos puntos —elegidos por él en forma misteriosa y arbitraria— para callar sobre otros. Con Yvonne ocurre algo semejante. Lowry cuenta, por ejemplo, cómo en su niñez fue actriz de cine, una niña prodigio cuyos éxitos no se renovaron al llegar a la mayoría de edad. Y aprovecha el tema para insertar una parodia feroz de la prosa periodística, al transcribir el texto de un artículo sobre “el retorno de la niña precoz, convertida en floreciente mujer” a Hollywood. Sabemos, pues, dónde nació Yvonne, cómo trancurrió su infancia; sabemos algo de su primer matrimonio, del divorcio, del hijo muerto. En cambio, Lowry calla sobre los pormenores de su vida con el Cónsul; dice que se conocieron y se casaron en Granada, en 1935; que Yvonne salió de Quauhnahuac en diciembre de 1937; mas nada aparece, salvo alguna frase suelta, alguna alusión oblicua, sobre los años en que vivieron juntos. “[Su imaginación] volvió abruptamente a Yvonne. ¿La habría olvidado, realmente?, pensó. Miró de nuevo el cuarto. ¡Ah!, en cuántos cuartos, sobre cuántos divanes, entre cuántos libros encontraron ellos su propio amor, su matrimonio, su vida común, una vida que, pese a sus muchos desastres —más aún: a su total calamidad […]— no estuvo desprovista de victoria. Mas por cuán poco tiempo. Porque demasiado pronto comenzó a parecer demasiado triunfal, a ser algo demasiado bueno, algo horriblemente inimaginable de perder, imposible, en últimas, de soportar; era como si esa vida se hubiera convertido en su propio augurio de que no podía durar, un augurio que era también como una presencia”, etc. Yvonne, se dice el Cónsul, “fue un intermedio”.
Intermedio: ¿qué había antes, qué hubo después? Como es obvio, el catálogo de las botellas. Mas Lowry sólo lo insinúa, y oscurece más la relación de los personajes al decir que Yvonne fue amante de Laruelle y de Hugh, y al no añadir nada sobre las circunstancias de esos episodios. ¿Por qué el rencor de Geoffrey con Yvonne? ¿El abandono? ¿La infidelidad? Es un enigma; y no menos enigmático es el otro factor, el del amor absoluto, total y desesperado que le profesa Yvonne a ese individuo lamentable en que se ha convertido, o que ha sido siempre, el Cónsul.
Y del propio Firmin se sabe menos aún. También la infancia, niñez en Inglaterra, unas vacaciones en Francia donde conoce a Laruelle (y Lowry se complace en establecer vínculos, recurrencias, esquemas, patrones en la trama de las vidas, como esos viejos novelistas que abusaban de las “coincidencias”), la guerra del 14 y un turbio episodio, mezcla de heroísmo y de cobardía, cuando el Cónsul servía en la marina real. Luego un velo total; nombres de ciudades; un libro en estado de vaga ejecución; unas frases de Laruelle: “El oficio del pobre Cónsul era sólo una retirada ya que inicialmente trató de ingresar al Servicio Civil de la India pero, por una u otra razón, entró al Servicio Diplomático, sólo para ser rebajado a consulados cada vez más remotos, y finalmente a la sinecura de Quauhnahuac, un cargo en cuyo ejercicio era poco susceptible de convertirse en un estorbo para el Imperio”.
El cónsul Geoffrey Firmin es, por tanto, muy simple y transparentemente, un alcohólico, y el infierno adonde Lowry tiene el atrevimiento de invitar al lector es un infierno trivial, sin interés y sin grandeza. Los datos personales de su protagonista hacen de él un sujeto para el psicoanálisis o la psiquiatría. Un caso patológico, es decir, patético. Pero el patetismo no es la materia de que están hechos los héroes ni, muchísimo menos, la materia de la literatura. Con excepciones notorias —La cabaña del Tío Tom o la novela “indigenista” latinoamericana— la conmiseración o la lástima no son los sentimientos que debe suscitar una gran literatura. ¿Y qué es el Cónsul, además de lastimoso? Es cómico también, por momentos; pero Lowry se encarga muy bien de controlar esa comicidad y de reducirla a episodios, a incidencias, dentro de una función semejante a la que cumple lo cómico en el drama español o en el drama isabelino.
Por supuesto, hay que tener en cuenta la muerte de Firmin, la insensata gallardía con que golpea al truhán que quiere despojarlo de las cartas (sin abrir) de Yvonne. Mas, ¿no estaría el Cónsul, en ese instante y una vez más, en ese estado de la bocharrera que se denomina amnesia o, más técnicamente, laguna? Firmin no quería morir así, en ese momento, ni por esas razones; Firmin, acaso, nunca supo que iba a morir. De todas formas, había muerto ya muchas veces, en simulacros acaso tan terribles como la terrible muerte verdadera. A Lowry no lo intimidan los lugares comunes y subraya pesadamente el modo de la muerte del Cónsul: como un perro. Pero no hay nada ejemplar ni excepcional ni exaltante en ese momento en que, como dice Sartre, la existencia se transforma en destino. ¿De qué existencia sale Geoffrey Firmin? ¿Para desembocar en qué destino? La primera pregunta es fácil de responder: íntegramente —y exclusivamente— su respuesta se halla en las páginas de Bajo el volcán.

II

¿Qué existencia abandona Geoffrey Firmin? Laruelle le recuerda cómo, literalmente, se tumbaba a gemir debajo de las mesas, implorando la vuelta de Yvonne; el señor Bustamante, el dueño del cine, notó compasivamente que el Cónsul usaba zapatos sin medias pero le atribuyó una motivación inexacta a ese hecho; no, no era falta de dinero; era la neuritis alcohólica la que convertía en algo terriblemente doloroso el hecho de ponérselas. Para ese, y para todos los demás hechos, hay una explicación. Yvonne y él han llegado, en la mañana, a la vieja casa, al decadente, bárbaro sitio que una vez fuera un jardín. Mientras Yvonne se baña y se cambia, el Cónsul, consular e irreprochable, va por la Calle Nicaragua en busca de un mescal, cuando, dice Lowry, “de súbito la Calle Nicaragua se levantó a encontrarlo”. Un turista lo ayuda a levantarse, y Firmin luego reconstruye el caso: “No, él no era persona de dejarse ver arrastrándose por las calles. Claro que, en caso de necesidad podía acostarse en la calle, como un caballero; pero arrastrarse, no. ¡Qué mundo éste, que pisotea por igual a la verdad y a los borrachos!”.
Por la tarde, al salir de la novillada en Parián, Yvonne, Geoffrey y Hugh van al Salón Ofelia. Mientras el señor Cervantes, propietario del establecimiento, les lleva la comida, el Cónsul empieza a hablar:
“Hablaba de los jardines Borda en Quauhnahuac, al otro lado del cine de Bustamante y de cómo, por alguna razón, le recordaban siempre la terraza del Nishat Bagh. El Cónsul estaba hablando de los dioses védicos, que no estaban propiamente antropomorfizados, mientras que Popocatepetl e Ixtaccihuatl… ¿O no? De todos modos el Cónsul hablaba, una vez más del fuego sagrado, del fuego de los sacrificios, de la prensa de piedra soma, las ofrendas de viandas y de bueyes y de caballos, el sacerdote que cantaba trozos de los Veda, cómo los ritos libatorios, simples al comienzo, se hicieron cada vez más complicados con el paso del tiempo y el ritual tenía que efectuarse con un cuidado meticuloso ya que el menor descuido podía invalidar el sacrificio. Soma, bang, mescal, ah, sí, mescal, había vuelto a ese tema y lo había abandonado tan astutamente como antes. Hablaba de la inmolación de esposas y del hecho de que, en la época a que se refería, en Taxila, a la entrada del paso de Khyber, la viuda de un hombre sin hijos podía contraer matrimonio con su cuñado. El Cónsul se encontró proclamando una oscura relación, aparte de la puramente verbal, entre Taxila y Tlaxcala: porque cuando el gran discípulo de Aristóteles-Yvonne-Alejandro llegó a Taxila, ¿no había estado ya, igual que Cortés, en comunicación con Ambhi, el rey de Taxila, quien había visto en la alianza con un conquistador extranjero una oportunidad excelente para deshacerse de su rival, no Moctezuma en este caso, sino el monarca Parauve, que dominaba la región entre el Jhelma y el Chenab? Tlaxcala… El Cónsul estaba hablando, como sir Thomas Browne, de Arquímedes, Moisés, Aquiles, Matusalén, Carlos V y Poncio Pilato. El Cónsul hablaba, además de Jesucristo, o más bien de Yus Asaf quien, de acuerdo con la leyenda cachemira, era Cristo: Cristo, que al descender de la cruz caminó hasta Cachemira en busca de las perdidas tribus de Israel y murió allí, en Srinigar…
“Pero había un leve error. El Cónsul no estaba hablando. Aparentemente no. El Cónsul no había emitido una sola palabra”.
Esta última cita nos sitúa en una zona central del estilo de Lowry. He tratado de decir lo evidente: que Geoffrey Firmin, y los otros personajes, y sus situaciones respectivas (o su inter-situación) son ante todo creaciones literarias, y que de la literatura emana su coherencia y su necesidad. Firmin, extraído de la prosa de Lowry, es un personaje irrisorio; demarcado por ésta, encarnado en ésta, su peripecia escapa totalmente a la banalidad. O sea que tenemos que llegar a la verdadera dimensión del asunto: el problema del Cónsul no es un problema de psicoanálisis; es un problema de estilo.
El supuesto monólogo de Firmin, decía, revela los procedimientos de Lowry. Una transcripcion como ésta indica que, contra lo que primero sugieren las apariencias, Lowry no es un innovador. Joyciano, woolfiano o faulkneriano, ciertamente este tipo de monólogo no es un aporte de Lowry a la novela contemporánea. Aquí el escritor aprovecha lo que otros habían puesto a su disposición; pero el procedimiento (stream of consciousness, monólogo interior, o como se llame) nunca se empobrece en manos de Lowry. Por el contrario: Lowry lo templa y lo vuelve vibrante, y todos esos asomos al mundo interior de Firmin son sobrecogedores porque el mundo que muestran está al borde del estallido, de la consumación, del final.
Jorge Luis Borges escribió sobre Gracián: Laberintos, retruécanos, emblemas, / helada y laboriosa nadería, / fue para este jesuita la poesía, / reducida por él a estratagemas. Al morir quizás lloró o quizás la luz de Dios lo dejó ciego. Pero Borges añade:
Sé de otra conclusión. Dado a sus temas
minúsculos, Gracián no vio la gloria
y sigue revolviendo en su memoria
laberintos, retruécanos y emblemas.
(…)
…e imaginó al jinete […] galopando temerariamente a la vuelta de la esquina por la calle Tierra del Fuego, adelante, los ojos furiosos como los de quien pronto va a mirar a la muerte, a través de la ciudad… Y esto también, pensó de súbito, esta visión maníaca de frenesí insensato, pero sujeto, no del todo desbordado, también esto, oscuramente, fue el Cónsul…

 VÍA:

http://www.banrep.gov.co/blaavirtual/letra-e/ensayo/consul.htm

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