LOS MIRLOS

febrero 12, 2005

Las horas previas al juicio: ‘sucesos sin sentimientos’

Yo pienso que muestro una alta tolerancia a la incertidumbre. Me he adaptado a ella tras el mecanismo de defensa: ‘Sucesos sin sentimientos‘. Eso quiere decir más o menos que en algún momento de mi vida aprendí a hacerlo, a cerrar el grifo de los sentimientos. Creo que fue cuando mi abuelo enfermó de cáncer. En los meses que duró la agonía de aquella crónica anunciada de muerte. Algo muy común, pero no sé si algo demasiado conveniente para una emocional pura (¿alguien puede serlo? yo creo que sí, que entonces no era nada analítica). Un bloqueo en la principal fuente de percepción. Aunque no es sólo esto lo que creo tener alto; me ocurre también con el umbral del dolor y si lo decido así, puedo soportar tan estoicamente como si fuera una inmutable cariátide el más penoso de los sentimientos. Y pienso que eso es porque no me asusta tanto como a otros el sufrimiento emocional pero tengo que tomar yo la decisión. ¿Qué quiere decir esto? Pues más o menos que porque tú te propongas darme una lección o castigarme y aunque creas que eso va a tener algún sentido para mí (¿sólo valoramos lo que nos duele?) porque te parece que me Importas… es muy probable que después de ello tú y yo descubramos que no, que no era así… porque no me gusta nada esa concepto de que quién bien te quiere te hará llorar. A mí me da más la sensación de que quién te quiere bien evitará en todo lo posible tus lágrimas, a no ser que considere que estás son imprescindibles para ti.

Y ahora ya desvarío, aunque la mañana del miércoles día 09 de febrero no es lo que hago. Lo que hago es invertir mucho tiempo en entretenerme y en no pensar, no pensar en sentimientos que no formen parte de un guión que yo ya me he escrito. Ahora te desmaquillas y te olvidas de lo que ha sucedido hace unos minutos en casa de Max, o no, comienzas a escribirlo de acuerdo pero a las seis lo dejas y te pones a repasar tu diario del febrero pasado para encontrar lo que buscas. Y eso hago:

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(01/ Febrero/ 04)

Vuelvo al libro, a ‘La escala de los mapas’, a la página en que lo dejé la penúltima vez. A eso de que hay mujeres que resplandecen y mujeres que son como agujeros negros… Hago como si el día anterior no hubiera leído nada. No llevaba el lápiz conmigo y por eso no pude subrayar ni una línea. Esta vez sí, trato de concentrarme en la lectura. Es pronto, son las cinco de la tarde. En el bar que está frente a mí, el que frecuentan Laura y Pésimoo, hay un grupo de chicos jóvenes. Me doy cuenta de que he llamado la atención de uno. Tiene una niña pequeña y sigue su andar incierto por el parque. Los demás me comentan. Son habituales del lugar. Llevo un jersey azul turquesa de escote pronunciado en pico y vaqueros negros. Una mujer de edad indeterminada leyendo solitaria en un banco de un pequeño parque céntrico de ciudad bajo un árbol silvestre deshojado. ¿Soy una mujer que resplandezco o una mujer agujero negro?. Me pregunto y entonces observo un anuncio de la primavera… el árbol de la esquina ha florecido. Un ciento de diminutas flores rosadas engalanan sus ramas desnudas y los días crecen. Me viene bien la atención de los chicos del bar. Ese individuo mal encarado del banco cercano que no me ha quitado obsesivamente la vista de encima en los últimos cuarenta minutos, no se atreverá a decirme nada. Yo hago como que no existe y espero a que den más de las seis. Cuando me voy me dice algo al pasar pero le ignoro. No es miedo, es prudencia y cuando doblo la esquina me cruzo con…

(04/ Febrero/ 04)

De todas formas creo que ayer encontré algo especial. ‘A’ tomó un libro en sus manos y me dijo:

– Me han hablado muy bien de éste. Es de una escritora de culto

– ¿Culto? ¿Qué quiere decir eso de culto? -le pregunté

Pero no la escuché porque mientras me lo explicaba leía lo escrito en la contraportada

”’La manzana en la oscuridad, cuarta novela de Clarice Lispector, es la crónica, casi como experiencia mística, de la reconstrucción de un yo destruido…”’

– Me lo llevo ‘A’

Y nos despedimos hasta el mes próximo. Luego caminé hasta el parque. En un banco creí ver a Pésimo pero no, me equivocaba: era el socorrista de la piscina; ese que cuando entramos nosotras nos presta atención. Tiene dos niñas pequeñas. Jugaban ayer allí.

Me senté un rato a hojear mis nuevos libros, cuando sin que hubieran pasado diez minutos veo que se me acerca con decisión el tipo que me tiene preocupada, el que me mira con lo que ya me parece cierta obsesión (el día anterior también estaba allí, esperando en el banco en el que suelo sentarme pero me fui a otro libre con Serengueti y me limité a actuar como si él no existiera)

– ¿Puedo sentarme aquí? – me dijo cuando se encontraba a poco más de un metro. Traía un libro en las manos.

– No -contesté yo muy enfadada sin mirarle

Aunque claro… los bancos del parque son libres. No puedes prohibirle a nadie que se siente, así que inmediatamente me levanté furiosa y agarrando mis bolsas con soberbia, le dije:

– Pensándolo bien, pues sí

– ¿Ya te vas?

Y sin dignarme ni a mirarle, le dejé allí plantado. Me pareció increíble que el individuo no se diera por aludido, porque hay que tener muy pocos dedos de frente, con la ‘señal’ que emito, para no darse cuenta de que la que la que ELIGE soy yo.

(21/ Febrero/ 04)

Cuando llegué al parque Pésimo paseaba por él esperando a Serengueti que patinaba. Yo me quedé en una esquina con el abuelo de Zoe. El tipo malencarado ocupaba con obstinación mi banco. Fue Pésimo quien alentó a Serengueti a que se acercara a mí a saludarme. Ella no quería. Y cuando vino la recibí con cariño. Tenía que borrar la impresión que le había provocado el día anterior. El abuelo de Zoe y yo comentábamos lo de ese individuo y yo le expliqué a Serengueti que si me encontraba extraña el motivo era ese. Había un hombre en el parque que no me dejaba en paz y yo ni me sentía cómoda ni podía relajarme.

Como es lógico ella quiso saber todos los detalles.

– Pero a lo mejor quiere ser tu amigo -me decía.

– Pero yo no quiero que lo sea. No quiero nada de él.

– ¿Por qué?.

– Mira no es que le tenga miedo, pero no me gusta. Me produce algo mucho peor que el miedo.

– ¿Peor que el miedo? ¿Qué puede ser peor que el miedo?

– ¿No te lo imaginas?

– No. Dímelo tú…

– El asco.

– ¿El asco es peor que el miedo?

– Sí. El miedo no es malo ni bueno de por si. Es una emoción viva pero el asco sólo es desagradable.

Y continuamos hablando, ella quería que le explicara más cosas, hasta que llegó mi hora y entonces las dos nos acercamos a Pésimo, que estaba sentado en un banco. Nosotros nos habíamos mirado cuando yo llegué. Luego ella había ido a pedirle permiso para patinar juntas y él dijo que sí, con la condición de poder estar presente. Acordamos ir a la pista de patinaje de la M… Me extrañó que se lo permitiera

– ¿Pero qué haces papá?. ¿Por qué estás cortando la funda del móvil con las tijeras?

– ¡Anda! -dije yo. Pero sí es verdad.

– Porque está rota y me aburría -contestó él

– Bueno, cada cual -continué yo-. ¿Pero quieres explicarle a tu hija que aquel pavo no es sano?

– ¿Pavo? ¿Pavo de Navidad? -y me guiñó el ojo-. ¿Tú sabes lo que es un pavo? -le preguntó a Serengueti

– Sí, un tío -respondió ella.

– ¿Y qué ocurre con el ‘pavo’?

– Pues que desde hace días me acosa y ella piensa que debo permitirle que sea mi amigo, como dejé que ella lo fuera. Yo trato de explicarle que eso es imposible, y que no es porque me de miedo sino porque me produce asco.

– Tu amiga tiene razón Serengueti. Es un hombre repelente. ¿Pero y tú porqué tienes esas conversaciones con la niña?

– Porque lo estaba hablando con el abuelo de Zoe cuando llegó ella y tenía que explicarle lo que me ocurría

– Pues si te pregunta dile que no te encuentras bien por lo que sea pero no le cuentes esas cosas. Dile que te hable del cole, de sus amigos, de…

– ¿Quieres que le mienta? (en el tono se percibía que no pensaba hacerlo)

– No, no se trata de eso. Se trata de que es una niña y esas conversaciones no son para ella.

– Bueno, eso es sencillo de arreglar, que no me hable y ya está…

– ¡Hombre! Eso tampoco.

Habíamos llegado al mismo punto al que llegamos hace unos años cuando él me decía que la gente era muy mala y que hablaba… Yo le contesté: ‘Pues no me hables tú y ya está…’

– Vamos a dejarlo -dijo Serengueti-. Vale ya. No discutir.

– No, no vale Serengueti. Las cosas hay que aclararlas -dije. Tú tranquila que sólo estamos dialogándolo.

Pésimo y yo nos mirábamos directamente a los ojos.

– ¡Mira! Está nevando -dijo entonces ella

Y nosotros no le hicimos caso. Seguimos mirándonos porque era imposible.
Hacía calor como en junio y había comenzado a soplar un viento fuerte.
¡Qué extraño se hacía en una atardecer de invierno!
Cuando me alejé de ellos me di cuenta de que atravesaba una lluvia de flores.
No era nieve. Los ciruelos habían florecido a finales de enero.

Al día siguiente, el sábado, regresé. Serengueti estaba con su prima y su abuela y luego llegó él. Fue cuando me dijo que confiaba en mi criterio y que conmigo sabía que las dejaba en buenas manos

Martes, 10 de febrero del 2004 (00h27’)

Serengueti no se presentó y tal vez fue mejor. El sábado me decía que se moría de ganas de que llegase el lunes para patinar conmigo pero… ella y yo no mandamos en su vida. Puede que su padre no pudiera o no quisiera traerla, puede que a su madre el tema no le hiciera ninguna gracia. Lógico. Podría haberse puesto enferma. Hacía un frío intenso y cuando llegué mi banco, el que prefiero, estaba por fin libre pero ese tipo que me merodea se encontraba ya allí, en otro. Me pasé una hora concentrada en la lectura de mi libro y sin girar la cabeza hacia él ni una sola vez, no fuera a ser que él se diese por aludido y se decidiera a intentar un nuevo acercamiento. ¿Qué habría sucedido si hubiésemos coincidido solos y en el banco cercano no hubiera estado aquella pandilla de adolescentes creciditos, con sus pearcing y patinetes?

No sentía miedo pero… no me gusta, no me gusta nada. Cada vez me gusta menos el cariz de ese individuo

Jueves, 12 de febrero del 2004 (10h49’)

Por la tarde ya había decidido que no le vería. Me sorprendió que estuviera en la pista a aquella hora. Pasé de largo vestida de calle. Era una manera de mantener mi decisión. La sorpresa fue que el cambio de hábitos me inclinó a hacer las cosas cotidianas de otra forma. Por ejemplo, el tiempo sobrante lo invertí en la lectura de mi libro en el parque y no mirando hacia la carretera para espiar su paso. Cuando me iba y cruzaba la calle me coincidí en el semáforo con mi ‘acosador’. Daban las seis menos cuarto cuando él se encaminaba con su revista hacia los bancos. No le miré siquiera; no por temor, por supuesto. Lo hice para incrementar su sensación de ser ignorado (de pequeñez) y porque prefiero mostrarme por completo hermética antes del enfrentamiento que se aproxima. Es evidente que se ha obsesionado conmigo y que el rechazo sólo ha provocado un cúmulo mayor de emociones en él. Creo que sé reconocer ese conjunto de síntomas en cualquier ‘enfermo de mal amor’. No en vano yo misma sucumbí a esa patología.

Viernes, 13 de febrero del 2004 (8h34’)

Así que no me extrañó que a las seis y cuarto nadie se hubiera presentado. El tipo preocupante, eso sí, se mantenía fiel al lugar que nos ocupa (por no decir que ocupamos que sería lo más correcto) pero se había retraído hasta una mesa del bar de la esquina. Aunque continuaba en sus trece, eso era evidente; allí me era menos molesto pero yo no las tenía todas conmigo y comencé a sufrir una especie de ansiedad a medida que avanzaban los minutos. Entonces presentí que aquel adolescente que había cruzado el parterre en línea recta con mi banco se dirigía hacia mí. Le miré. Era un muchacho como de unos catorce años, alto, moreno, franco; un chico obediente y cariñoso para con sus padres

Aquel hombre – sin volverse del todo señaló hacia la mesa que ocupaba el detestable individuo- me ha pedido que le de esto.

Llevaba sus libros bajo el brazo izquierdo y con la mano derecha me tendía un paquete alargado envuelto en una bolsa oscura a una distancia de unos tres o cuatro metros. El jovencito, mejor que el adulto, debió advertir mi crispación o la señal de ‘no quiero que te acerques a mí’ y no se atrevió a dar un paso más. Me dio un poco de pena tener que hablarle como le hablé

– No quiero nada. No quiero absolutamente nada de ese hombre y dile que como no me deje en paz voy a llamar a la policía. ¿Me escuchaste? Avísale en serio, de que voy a llamar a la policía

Estaba realmente furiosa (o agobiada) y en otro momento seguro que me hubiese ido, lo cual no tengo yo muy claro que fuera lo más indicado pero mi compromiso con Serengueti no me permitía obrar así. Cuando pasaron diez minutos más, vi salir a Pésimo del bar de siempre y venir hacia mí. Eso ya estaba más en su línea. Lo sorprendente había sido lo del día anterior. Así que no me extrañó cuando me dijo:

– ¿Estás esperando por Serengueti?.

– Sí, claro

– Es que verás, yo tuve que asistir de improviso a un funeral y ha ido a buscarla su madre a la salida de clase particular. La he llamado pero no han llegado a casa.

– No te preocupes

Era una excusa cualquiera pero no importaba (no emocionalmente). No puede importar aquello que has preveído de antemano sobre el comportamiento de otro. Además le estaba agradeciendo mucho que se estuviese allí hablando conmigo en el centro del parque mientras aquel tipo nos veía. ‘Idiota, ¿no lo ves?. Es por él por quien me has encontrado sola aquí desde el primer día’.

No se trataba de eso, de que yo no me preocupara o él no se preocupase. Me explicó que iba acercarse hasta casa porque Serengueti seguro que tenía lo de los patines en la cabeza y me pidió que le diera diez minutos para llegar y diez para regresar.

– Si pasado ese tiempo no estamos aquí. Eres libre de irte y hacer tu vida.

– Bien, pero de todas formas hay más días. Si no puede ser hoy, ya será…

Yo estaba tan nerviosa por el incidente del ‘presente’ que él quiso quitarle lumbre al hecho de que el tipo quisiera hacerme un regalo.

– Es un souvenir. Míralo así, mujer.

– ¿Qué lo mire así? Ese tipo es un psicópata.

– Bueno, eso de psicópata es algo grave. Él sólo quiso hacerte un regalo.

– ¡Oye!, si alguien quiere algo contigo y tú no quieres nada, eso hay que aceptarlo, joder.

– ¡Joder!. ¡Hostias!. Sí, sí. Ya, ya

Esas palabras eran las que me había escuchado su hija y quizás por las que yo nunca sería una buena compañía para ella. Eso saqué en conclusión. Pero cuando Pésimo se fue, observé como al pasar por delante de la terraza miraba hacia ‘mi perturbado admirador’ durante todo el recorrido. ¿Salía en mi defensa? El caso es que no regresó y yo terminé por patinar sola y Guernika si se encontraba allí

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Y es hasta este día de febrero que imprimo. Luego me voy hacia lo último que he escrito, el cómo ”finaliza” la historia del parque, y que se encuentra en esta misma bitácora:

miércoles, 24 de noviembre del 2004, parte de ese comentario y sobre todo lo que explico en los post scriptum

PORTOMARIN

Jueves, 25 de noviembre del 2004 , que si te fijas es el primer día que menciono a Max. Y que sensación estoy teniendo ahora, como de ciclo, el principio de un ciclo y el final de un ciclo… la periodicidad del tiempo. Max no me creyó aquel día o al siguiente cuando le hablé del problema con mi acosador. No le concedió ninguna importancia porque le parecía que exageraba. Luego sí, luego una semana más tarde me ofreció su ayuda pero porque ya tenía algún tipo de plan para mí. Ya me veía como uno de esos objetos decorativos que somos las personas o quizás tan sólo las mujeres, para él. Algo completamente adyacente: como jarrones o floreros o flores en el ojal. ¡Vaya!, esta orquídea está mustia. Necesito rápido otra. E imagino que a él le encantará ver que en estas palabras hay contenido un mundo de despecho pero nada más alejado de la realidad. Sólo un profundo desapasionamiento. Porque, ¿qué se podría esperar de alguien tan profundamente banal como yo?; como explicaba ayer… Y no desapasionamiento, aquí no es sinónimo de despecho, así que coge tu Scatergoris y metételo dónde te quepa, porque yo desde luego no te acepto pulpo como animal de compañía. Yo quiero niños que puedan jugar en mi patio y quieran usar mi barreño como tambor (sigo sin poder recordar si ese ”verso” es de un poema de E.O’neill o de quién)

Viernes, 26 de noviembre del 2004, la idenficación y el comentario que me deja Luis, el psicólogo de ‘El habital del Unicornio’

sábado, 27 de noviembre del 2004, la denuncia y dónde Susana me dice aquello de: ‘Define mirlo blanco’. Pero entonces yo aún no puedo hacerlo, porque sólo era una sensación.

Así que verás Susana, cuando yo tenía 16 años y conocí a aquel ‘poli’ de 36 que terminó por violarme… la única frase que se me quedó grabada de todo aquello fue la que me repitió varias veces mi abuela: ‘Ten cuidado con ese mirlo blanco’ porque Ella si sabía quién era…

12/02/2005 13:11. Tema: Diario. #. .

3 Responses to “LOS MIRLOS”

  1. lasalamandra Says:

    Portomarín (Lugo)

    Hasta Portomarín llegué acompañado de un peregrino madrileño, Dani. Disfrutamos del paisaje comentando en voz alta cada cosa que nos llamaba la atención. Unas veces el propio paisaje o el revoloteo de los mirlos o el de los pequeños petirrojos que merodeaban tranquilos ante nosotros hasta entrar en Portomarín, pueblo anegado por las aguas del embalse de Belesar y construido de nuevo sobre su nivel superior. Después de instalarnos en el albergue salí a pintar esta escalinata que conduce a la capilla de la Virgen de las Nieves y nos deja junto a la calle que conduce a la reconstruida, piedra a piedra, iglesia románica de San Nicolás que salvaron de morir en el fondo del pantano.

    Pintada el 26 de Marzo de 2004
    Tamaño: 18 x 22 cm

    http://www.euskalnet.net/caminandoasantiago/cf-lugo-portomarin.htm

  2. lasalamandra Says:

    Su:
    No creo que valoremos sólo aquello que nos duele, aunque por desgracia creo que hay cosas que valoramos más después de hacernos daño.

    Sabes que valoro muchísimo, por ejemplo, una conversación rica con alguien que aprecie y eso ya ves tú que tiene de doloroso…

    Lo de las mujeres resplandecientes y las agujero negro vuelve a causarme tanta ¿desazón? ¿curiosidad? como la primera vez que leí ese fragmento.

    No tengo muy claro que tipo soy y lo que es peor… no me decanto porqué tipo me gustaría ser. Es que lo de resplandecer todo el tiempo tiene que ser agotador.

    y para terminar ¿podríamos definir mirlo blanco como sujeto aparentemente perfecto del que es mejor no fiarse en un principio?.

    Un beso
    2005.02.12 20:15 email: Campanilla698 (arroba) hotmail.com

    Carmen:
    Eso es susi :'(
    2005.02.12 23:43

  3. candelaarias Says:

    16 visualizaciones

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