– TAMARA –

marzo 8, 2005

El hombre camina días enteros entre los árboles y las piedras. Rara vez el ojo se detiene en una cosa, y es cuando la ha reconocido como el signo de otra: una huella en la arena indica el paso del tigre, un pantano anuncia una vena de agua, la flor del hibisco el fin del invierno. Todo el resto es mudo e intercambiable; árboles y piedras son solamente lo que son.

Finalmente el viaje conduce a la ciudad de Tamara. Uno se adentra en ella por calles llenas de enseñas que sobresalen de las paredes. El ojo no ve cosas sino figuras de cosas que significan otras cosas: las tenazas indican la casa del sacamuelas, el jarro la taberna, las alabardas el cuerpo de guardia, la balanza el herborista. Estatuas y escudos representan leones, delfines torres estrellas: signo de algo -quién sabe qué- tiene por signo un león o delfín o torre o estrella. Otras señales indican lo que está prohibido en un lugar -entrar en el callejón con las carretillas, orinar detrás del quiosco, pescar con caña desde el puente- y lo que es lícito -abrevar a las cebras, jugar a las bochas, quemar los cadáveres de los parientes-. Desde las puertas de los templos se ven las estatuas de los dioses, representados cada uno con sus atributos: la cornucopia, la clepsidra, la medusa, por los cuales el fiel puede reconocerlos y dirigirles las palabras justas. Si un edificio no tiene ninguna enseña o figura, su forma misma y el lugar que ocupa en el orden de la ciudad bastan para indicar su función: el palacio real, la prisión, la casa de moneda, la escuela pitagórica, el burdel. Incluso las mercancías que los comerciantes exhiben en los mostradores valen no por sí mismas sino como signo de otras cosas: la banda bordada para la frente quiere decir elegancia, el palanquín dorado poder, los volúmenes de Averroes sapiencia, la ajorca para el tobillo voluptuosidad. La mirada recorre las calles como páginas escritas: la ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso, y mientras crees que visitas Tamara, no haces sino retener los nombres con los cuales se define a sí misma y a todas sus partes.

Cómo es verdaderamente la ciudad bajo esta apretada envoltura de signos, que contiene o esconde, el hombre sale de Tamara sin haberlo sabido. Fuera se extiende la tierra vacía hasta el horizonte, se abre al cielo donde corren las nubes. En la forma que el azar y el viento dan a las nubes el hombre se empeña en reconocer figuras: un velero, una mano, un elefante…

JOAQUIN MIR

 

Tamara es la primera de la serie: las ciudades y los signos y esto un cuadro de Joaquin Mir

 

08/03/2005 14:44. Tema: Las Ciudades y los Signos. #. .

2 Responses to “– TAMARA –”

  1. lasalamandra Says:

    Del libro ‘Las ciudades invisibles’ de Italo Calvino

  2. lasalamandra Says:

    Alabarda: Arma enastada de hierro puntiagudo por un lado y cortante por el otro

    Enastada: que tiene cuernos o astas, que tiene mango
    2005.03.08 14:28
    Sobre la imagen:
    .Es una cuadro de Joaquín Mir, que se titula ‘Camino de la cueva’
    2005.03.08 14:39
    Biografía de Joaquín Mir:
    Influido por el paisajismo de la escuela olotense, cursó estudios oficiales en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona Llotja pero su carácter independiente e impulsivo lo llevó a convertirse en autodidacta. Formó parte de La Colla del Safrà o de Sant Martí (de Provençals), un grupo de jóvenes artistas que se constituyó hacia el año 1893 y que estaba integrado por Isidre Nonell, Ricard Canals, Ramon Pichot, Juli Vallmitjana y Adrià Gual, la característica principal de los cuales era la coloración de tonos rojizos de sus pinturas.

    A principios de siglo, fue a Mallorca en compañía de Santiago Rusiñol, donde descubrió la luz mediterránea y el insólito y salvaje paisaje del Torrent de Pareis y decidió instalarse en la pequeña aldea Sa Calobra. Pocos años más tarde, se trasladó al Camp de Tarragona (Reus) por motivos de salud, donde pintó paisajes de L Aleixar y de Maspujols. En 1913, esta vez por razones familiares, se estableció en Mollet del Vallès y, seis años más tarde, cambió su residencia a Caldes de Montbuí hasta que, en 1921, se casó y se instaló definitivamente en Vilanova i la Geltrú. Mir fue siempre un pintor esencialmente autóctono y, a diferencia de la mayoría de sus contemporáneos, no viajó a París para completar su formación. Su arte evolucionó a lo largo de los años, desde el naturalismo luminoso y testimonial de La Colla del Safrà hasta un estilo personal, basado en una visión libre e intuitiva del paisaje con la utilización de manchas y masas de color que rozaban la abstracción. Este estilo situó a Joaquim Mir al frente del postmodernismo pictórico catalán. Su obra es una total exaltación del paisaje, vehemente y apasionada, y siempre se manifestó, en las evoluciones que siguió en las distintas épocas de la trayectoria del artista, con una gran creatividad y original ejecución, con colorido sorprendente y magistral desenvoltura y espontaneidad. Sus pinturas, presentes en un gran número de museos nacionales y extranjeros, dan muestra de la gloria de este pintor catalán, uno de los más relevantes del siglo XX

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