– HOTEL ESPERANZA –

marzo 20, 2005

Fecha: domingo, 20 de marzo de 2005 22:38Asunto: Esto pretende ser un post pero quiero escribirlo para ti

Documento adjunto: posando desnuda (II)

De la lista de hoteles a los que él había llamado elegí el hotel Esperanza porque a su lado había anotado el precio, y era el más barato.  Además  el otro que tenía precio, era uno de los que había pensado para nosotros, y a esos yo no quería ir con él.  Y cuando atravesamos las puertas es un patio de bar (te hablo de mi cita con Fernando, aquella tras la cual te envié un mensaje que decía que mi cuerpo había estado con un hombre pero mi alma sólo contigo)  y hay una niña  morena de unos dos años  vestida con un poncho y moñitos. Juega con un aro. Y te juro que era para comérsela a besos, una ricura de rasgos dulces como una manzana de caramelo y  mofletes delicados; así que me agacho junto a ella y le digo: ‘¿Me dejas darte un beso cosa guapa?’  Y la niña no habla pero me deja besarla y Fernando que dice que le gustan tanto los niños ni siquiera ha reparado en ella y ha cruzado las puertas, las que conducen al interior del hotel propiamente,  con el hombre viejo que resulta ser el abuelo de Lola. Y es él quién me dice que se llama así cuando le pregunto y yo empujo la puerta para dejarle paso a la pequeña, que quiere entrar y me lo dice con los ojos, de esa misma manera en que te piden que les abras una puerta, los animales. Y luego  yo digo: ‘¡Ah, lola!, como la de la canción’. Y él hace un extraño con la cara que tal vez pretende ser un interrogante y yo se lo canto: ‘No me llames Dolores. Llámame Lola’. Y sigo cantando pero más bajito, agachándome otra vez cerca de la niña para casi susurrarle al oído: la que siempre va sola por Barcelona buscando follón’. ¿Vas a ser tú como ella preciosa?’. ¿Entonces es verdad que te llaman la atención los niños? -me dice Fernando mientras subimos por las escaleras de madera hasta el primer piso por una escalera muy antigua pero  quizás por eso mismo con cierta clase, ese rancio abolengo que conservan  algunos caserones de la zona (ya he estado en  otra). No, no exactamente los niños en general, -le aclaro, más bien las niñas. Me gustan mucho las niñas. A ver, no se vaya a pensar que lo quiero es conquistarle, que  igual  le digo que sí y en dos días pretender llevarme por ahí con sus niños y tal… y eso como que no; a eso ya  quiso jugar una vez conmigo alguien y no me gustó. Aunque quizás fue porque estaba casado y declaraba que muy enamorado de su mujer pero precisamente por eso no me gustó, por la incoherencia que me demostró con su comportamiento. Yo alejo a Coga por completo de mis relaciones. Bueno, quizás tú lo comprobaste, y si me presto a hablar quiero hacerlo  de la misma manera en que tú lo hiciste conmigo. Y opino casi cercanamente a ti: entre dos personas, ‘los Otros’ son  avatares, lo ajeno a ”nuestra relación”,  y se puede hablar de ellos pero como avatares, como si fueran circunstancias, tus circunstancias y mis circunstancias, las que nos rodean… Y no cuento, desde luego, que tú le hables de mí a tu pareja como ninguna otra cosa, porque yo no voy a hablarle de ti a mi pareja como de ninguna otra cosa. No te presento como algo amenazante sino como alguien que está ahí, aunque alguien que es  importante para mí, pero formando parte del mundo que es sólo mío y que es ajeno al ”nuestro”.  Así que no entiendo que manía tiene la gente cuando está contigo (y te habrá pasado me imagino), aunque estés follando con ellos o hayas terminado de hacerlo, de creer que sólo por eso pueden entrometerse en tu mundo, en mi mundo, en este caso. Y Fernando se sorprende cuando le digo: ‘Mira no me gusta hablar de él. Coga se queda al margen, ¿de acuerdo? Él forma parte de mi vida privada’. ¿Qué ocurre? ¿No estamos acostumbrados a esta necesidad de no quejarse?; si uno está con alguien, es porque le reporta cosas o le conviene, pero es ‘un aparte’ de mi vida, un aparte que no soy yo pero que es mío y es como si este tipo de repente me preguntase si puede verme cagar; ¡jo-der! pues es evidente, claro que no, y en su caso mear tampoco, porque no nos conocemos de nada y yo no siento necesidad de mantener ningún de intimidad íntima con él, de implicarle en ella, en mi intimidad. Para que me comprendas: ‘no dormiría con él’. Pero Fernando  dice: ‘Sí, hay bañera, y si te parece bien luego podríamos darnos un baño juntos’. Y me escucho contestar con ese sí reticente que parece un sí pero que yo sé que será un no porque es más de lo mismo, y que no, que no, que yo soy muy mía para mis ritos y no quiero ni siento la necesidad de ducharme con todo el mundo, que el agua forma parte de mi tranquilidad, de mis espacios, y en cuanto yo empiezo a fantasear con el agua, fijo que ha empezado a conjugarse el verbo amar de alguna manera, aunque no sea un imperativo, aunque sea en las formas menos personales del verbo y la puerta que cruzamos para acceder al interior de la habitación era de madera blanca, de esas viejísimas que parece que tienen más de medio siglo y  que están tan repintadas que hasta te recuerdan los surcos de un árbol y  prácticamente idéntica a la del baño que él abre y en el que da la luz.  Estoy en el hotel Esperanza, nada menos. ¡y qué tiempos aquellos en que yo me imaginaba lo que sería encontrarme en su interior! Entonces íbamos a la playa en autobús: casi siempre con mi abuela y teníamos que esperar en una cola muy larga hasta que nos tocaba el turno de montarnos en uno que siempre olía a sudor de sobaco, porque era verano, julio y agosto y hasta primeros de septiembre, y antes no se usaban tantos desodorantes como ahora y yo era una niña y miraba al hotel cuando el autobús se ponía en marcha y me inventaba no sé bien qué historias y ahora estoy allí dentro y él me dice: ‘Mira, si hay hasta televisión!. Pero a mí lo que me maravillan  son esas cortinas  de las ventanas (ventanas con contraventanas también de madera vieja y repintada) y tengo que buscar un cuadro de Degas dónde vi unas que me las recuerdan, aunque en el cuadro son un dosel sobre una cama en la que una mujer desnuda va a vestirse unas enaguas blancas y yo todavía no me he desnudado y me paseo por la habitación, dónde también hay una mesa camilla con tres sillas y cojines que hacen juego con esas cortinas y dos camas, una de 1’20 y la de la pared de las de una plaza y también un cómoda con un espejo grande  y ‘oh maravilla’ un buró al que me dirijo y que abro y que en cuanto descubro me hace cobrar una simpatía espacial por ese cuarto. Seguro que allí, sobre esa madera de castaño (creo que era castaño) una mujer como esa del cuadro de Degas que no te remito, deseó bajo su pluma y sobre la angustia del vacío de un folio blanco, en blanco, a un hombre tal vez como tú y como yo te deseaba sólo a ti aquella tarde…

DEGAS

DEGAS‘Le Viol’ -1868-69

Un beso

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