– Los tropiezos de los recuerdos de las calles de Madrid –

julio 22, 2005

roca negra

Creo que Fernando odia a Madrid pero Madrid para mí sólo es una mañana de domingo; más en concreto un rato en el parque de El Retiro, y un regodón enorme, bajo una hoja, que mi abuela tuvo la desgracia de pisar porque no lo vio… luego una bronca monumental de mi padre, de esas con muchos insultos, que si eres subnormal, que si te está bien empleado por no mirar… ¡payasa!, pero dicho con mirada furibunda, la mirada del odio… Bonita manera de tratar a una madre, y sufrimiento por eso y por ver su rodilla ensangrentada y con aquellos guijarros incrustrados en ella, que pronto se le puso de hinchada como un bote, y negra, muy negra, y minutos más tarde una horchata para descansar del sol sofocante. Y miradas de reojo al pañuelo con el que ella se la lavaba mientras contenía las lágrimas, y entre nosotras disimulando las condolencias para que no lloviese de nuevo el chaparrón. ¿Por qué tanto miedo al ridículo? ¿No es humano caerse? Sólo hay que fijarse en las cosas de las que nos avergonzamos para darse de bruces con lo más patético del ser humano. Por ejemplo, el envejecer… aunque yo tenía ocho años entonces. La edad de mi primera y última visita a Madrid.

Habíamos ido a la sierra, a Villalba, aquel fin de semana y ahora que recuerdo también estuvimos en un ático en el que vivían los padres de Matilda, ‘la vecina marroquí’ del superior; un ático en el que había muchas plantas. El hermano era el que vivía en la sierra. Y yo tuve gases como siempre que me sacaban de casa, porque era muy pudorosa y me costaba ir de vientre en los váteres ajenos y recuerdo que a pesar de las molestias, comí por primera vez pastelillos en miniatura, y lo hice con gula, temiendo que se acabaran… y ese fue el viaje más largo que hice con mis padres

‘Una ciudad es un mundo cuando amamos a uno de sus habitantes’

Es una frase de Durrell, de ‘el cuarteto de Alejandría’, que yo no tuve el placer de leer, pero del que me habló allá por marzo el hombre del tatuaje… Y entonces, días antes de eso, yo tenía previsto ir a Madrid, él quería que fuera pero a mí, a pesar de que le dije que sí, que iría, me daba pavor… Tenía la sensación de que si llegaba a presentarme allí, él y yo nunca más nos volveríamos a ver… Pero ahora es distinto. Ahora sé que ese hombre me interesa en el tiempo, y me apetece, me apetece mucho hacer ese viaje… tanto que estoy deseando que él le ponga fecha para ir a sacarme los billetes pero ese hombre es distinto a mí y sé que disfruta de la tranquilidad de pensarse las cosas con calma; así que yo procuro no presionarle y mientras tanto sigo viviendo… hoy por ejemplo he vuelto a la biblioteca y me he dejado atrapar por un nombre: Georgia O’keeffe. Pedro O. dice que eso es vida, vida culta, vida sensible, vida excelente…´y luego después de que lo dice, una pluma de pájaro se posa sobre su mesa.

He saludado a la hermana de T. y se ha sorprendido y no me ha gustado el nuevo carné porque se me asemeja demasiado a la antigua tarjeta sanitaria (azul bandera de Asturias) y además detesto con toda mi alma los códigos de barras. Tengo miedo que un día nos los estampen en el brazo para tenernos así bien controlados y haya que pasar la muñeca por el lector de códigos de barras que pondrán a la altura de cada papelera. Vale sí, reconozco que son útiles pero nuestras manos también lo son y hoy se había caído todo el sistema informático. ¿No hay manera de buscarlo por el manual?, le preguntó aquella mujer, que iba acompañada de su marido, al bibliotecario nuevo. Pero ya no es posible. Se han deshecho de lo antiguo, y he pensado que por fin vivimos en aquel futuro que veíamos al comienzo de los ochenta en las series de televisión: ‘la fuga de logan’, sólo que yo llevo una raqueta a la espalda, en vez de una pistola galáctica en la cintura, y también que no hay nada más absurdo que un bibliotecario calvo con las gafas de sol sobre la cabeza en una tarde completamente nublada. Me he mirado en sus cristales cuando él se agacha para teclear los datos y creo que hago una mueca de disgusto pero también creo que nadie me ve. Luego me siento durante unos veinte minutos en la terraza del primer piso de la casa de la cultura (es estupenda porque da al parque) y me dejo maravillar por el mundo visual de una pintora de sentimientos. O’Keeffe mete la nariz en las cosas y consigue que tú te involucres en ellas. Y dice Brita Benke, a propósito de sus flores:

El romántico inglés William Wodsworth habría podido también describir las flores de O’keeffe con las palabras siguientes: ”’A toda forma natural, a toda roca, a todo fruto o flor,/ incluso a las piedras sueltas que cubren el camino/ les concedí una vida espiritual, las vi sentir,/ asocié con ellas un sentimiento (…)”’

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Amapolas orientales (1928)

”’Una flor es relativamente pequeña.
Todo el mundo hace asociaciones con una flor, con la idea de flor (…)
Entonces, me dije, voy a pintar lo que veo, lo que significa la flor para mí.
Pero voy a pintarla grande para persuadir a la gente de que se tome el tiempo necesario para contemplarla (…)”’

Georgia O’keeffe

 

Pero no todo son flores en O’keeffe. En el libro hay fotos de ella sobre tejados, encaramada a tejados. Y hay cabañas y hay rascacielos… Edificios de New York casi siempre en la noche. Pero también hay días de verano, y símbolos del desierto y hay una imagen de ella formidable, con un cráneo de vacuno, que luego convertirá en un cuadro surrealista llamado ‘Craneo de vacuno con rosas de percal’ (1932), y que creo que vosotros no encontraréis porque cuando yo he buscado antes imagenes en la red y páginas que hablen de ella, sólo he dado con cuatro contadas… colinas, árboles, árboles muertos en colinas rosas, una cascada seca, pequeñas colinas púrpuras, lugares negros, colinas grises, y pelvis, pelvis con pedernal y maravillosas, plasmadas en nacarados, y espectrales verde-bilis y malvas y azules acidulados… y patios, patios con nubes también azules y con puertas negras, y luego llegaron las lineas y estas siguieron siendo azules (azul como el azul de Kalho en el desierto y entre los clavos… aunque hay un cuadro ‘Desde la lejana cercanía’ en el que a mí me ha parecido incluso ver a esa Frida emergiendo ahí) y los otros colores, y esa gran roca oscura en la que dudó… entre pintarla y darse un paseo pero luego pensó que aunque fuera banal, a alguien no le resultaría banal, y que vio la luz justo el año antes de que la pintora perdiese casi toda su visión…

 

 

*Enlace a una ”biografía” de esta pintora

One Response to “– Los tropiezos de los recuerdos de las calles de Madrid –”

  1. Andrés Says:

    Qué manera más dulce de decir tienes niña ………. Por que eres niña ¿Verdad ?.

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