Llueven mandarinas…

diciembre 1, 2005

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No puedo dejar de escuchar a Norah JonesDon’t know why‘ mientras escribo y miro de vez en cuando el pecado de esa belleza sublime de Ana, y ya no me refiero solamente, con eso de sublime, a en la fotografía, mientras lee a Benedetti… ¡Jo-der! y nada menos que el ‘No te salves… No te quedes inmóvil al borde del camino… no te duermas sin sueño, no te pienses sin sangre’, y eso se lo has dado tú, y me dices que ella te resulta guapísima, ¿y Ana qué hace? Levanta esos ojos de prostituta uruguaya y te Mira. Y te ve. Te ve porque te Mira. Y yo lo sé porque también te he mirado así. Y ya sé lo que eso significa y por eso he pensado en lo que tengo que hacer. Tengo que inventarme una expresión que sirva para diseccionar estos momentos. Es que no sé si hay una autopsia. No sé si ya soy un cadáver. Puede que apretases el botón de al lado de la mesilla, y no haya descubierto todavía que la otra noche me arrojaste al abismo. Y he pensado en ‘llueven mandarinas’. ¿Qué te parece? No puedo pasarme la vida escribiendo: lloro, o tengo ganas de llorar, o pronto sentiré que no logro más, reprimir el llanto… Y fíjate que yo no soy de llorar. Pero hoy, hace ocho días, bueno, nueve ya, que no sé de ti y llueven mandarinas. ¿Ves? Es más dulce. Más entremetido de gajo tierno y zumo azucarado. Menos lastimoso, y no se parece de ningún modo a una recriminación. Es lo que menos quisiera. También detesto eso. Y además sería un tremendo error porque no lo experimento así. No sé cómo lo experimento pero así no… no es Amargura. La amargura es siempre un mal sentimiento, y yo no tengo ningún otro que declarar, aparte de esta pena. Ya te lo dije, desde que te fuiste: estoy desolada. Pero con los días sé que llegará a ser una desolación más profunda, más honda. Hubo un terremoto y se han formado plegamientos en el terreno que antes no estaban, aunque no sé si son fallas. Fíjate qué desorientación. De pronto desconozco mi orogénesis. Irlanda, Japón y Oceanía miran al fondo del mar para descubrir el abismo. Quizás estés ahí. Quizás me haya corrido como una dorsal oceánica. No sé cuánto. Sigo hablando de profundidad. Creo que es la primera vez que voy a pasar por ello, y procuro ser positiva y reduccionista, como aquel hombre que sabe que una retinosis (nombró una enfermedad de esa raíz pero no recuerdo con exactitud cuál), va a dejarle ciego en un espacio de tiempo, relativamente reducido, y te lo explica con aquel talante de: ‘por lo menos será divertido mientras te acostumbras a lo que es no ver… algo nuevo… estoy hasta expectante’. Algo que Aprender. Porque esta vez no me puedo engañar. Las otras pude. ¡Y que narices! Si hasta yo estaba dividida. Nunca, nunca he dejado que un hombre se acercase a mi yo Íntimo en todos los planos. Alguien podía estar conmigo en forma física y yo encoñada física y emocionalmente con esa persona, pero con la mente en el exterior, en otro planeta, desnutrida como una rosa sin su pequeño príncipe, invisible o sepultada por las raíces de los baobab… él no podía rozarla siquiera, no la veía, quería, lo deseaba, dominarme también de aquella forma, más que nada pero intelectualmente yo era un ser libre. Algo ridículo. Y luego viví lo contrario. Me sentí cautivada por una ”Mente”… mente y emociones desbocadas por un hombre pero mi cuerpo… que insolente y detestable es a veces el cuerpo. No sé por qué mi cuerpo era el que imponía las distancias. Se tensaba cuando él se acercaba, como un arco preparado para disparar una flecha apuntando al centro de una diana . Reaccionaba como si estuviera frente a un peligro… y luego estaba lo del olor personal. Esa pequeña cuestión tan exasperante. La nariz actúa como un detector de mentiras. Soportas a alguien, hasta que lo soportas y luego un día ya no lo puedes soportar más. También eso me ha sucedido. ¿Te está sucediendo a ti ahora? Y había un olor en aquel hombre, el que me hacía tensarme, y era un olor que me repetía , muy de vez en cuando, que aquello no era posible… Pero no pretendía hablar de eso, de la posibilidad de plantearte que hayas amado, que conozcas el Amor, y después de todo pueda ser que no… No sé siquiera porque llegué divagando hasta ahí… En realidad sólo sé que esta noche llueven mandarinas. Y menudas mandarinas llueven… como chuzos caen las mandarinas, tanto que las arterias se estremecen. Me temo lo peor. Me temo que pueda desbordarme. Ese es el Miedo ahora. Un temor meramente metereológico .)

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