Nombres y más nombres de hombres, de mujeres… Nieves

enero 8, 2006

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Nieve en la pista 1

Laura. Ayer salgo del portal de mi casa a las cinco y media y veo su coche. Ella va en él. Conduce su madre. No veo si su padre va dentro pero si a ella que está pendiente de mí y me saluda con alegría desde su asiento. La correspondo de la misma forma y sigo contenta mi camino. Ya no me avergüenzo de que ella sepa dónde vivo y sé que no pasaré por el parque.

Stanislaw. Hace meses que no me detengo en su bar pero ayer sí lo hago. Está solo tras la barra y hay un único matrimonio tomando unas sidras en una mesa. Entro con una sonrisa medio reticente (dudo de como seré recibida por algunas cosas que he escrito aquí a veces sobre mis actuales sentimientos acerca de él) y me siento en el taburete de la esquina y hablamos de mis últimas experiencias con el esquí (y de las suyas de hace tiempo) y como camarera en el bar de Lola. Él dice que no es un lugar para mí, que no me ve allí. También dice que hay otros dos tugurios como el de Lola en nuestra ciudad (aunque Antonio no vive aquí). Lugares dónde la fauna de la noche recala en su afán constante de seguir viviendo. Los estimulantes artificiales como la coca y las pastillas encajan ahí. Dice que el de Lola es uno de los sitios más decadentes que ha frecuentado, que le llevó allí un amigo una madrugada y que estuvo sólo en tres o cuatro ocasiones porque a esas horas no hay ningún sitio abierto a donde ir pero que Lola no le gustó, a pesar de que ella si mostró un cierto interés sexual en él. Hizo un gesto muy significativo cuando me lo contaba. Hablaba de repelerse. Lola le repelía. Y es que Lola y yo somos muy diferentes. Pero me explicó que era una mujer con una mano especial para el negocio, de las que sabe hasta donde debe pasar los dedos y hasta donde tensar la cuerda. Aunque con él no funcionó. Demasiada tristeza y oscuridad en aquel tugurio, demasiada decadencia. Luego dijo que por otro lado yo tenía luz propia y que estaba seguro de que con mi sonrisa lo habría iluminado todo. También que de todas formas no habría durado mucho con ella, que tenía demasiado coco para que a Lola le gustase eso y que un coco que piensa siempre termina por plantear demasiados problemas. Yo le digo que de todas formas no le habría dado tiempo, que con cuatro días aprendí lo necesario de la experiencia. Él lo pone en duda. Yo no. Cuando me fui sabía exactamente lo que hacía. Mi curiosidad había sido satisfecha y también que todo lo que tenía que haber conocido estando allí ya había sucedido. Él me comenta algo acerca de varios amigos que viven en el extranjero y que le han visitado estas navidades. Uno que trabaja de ingeniero para la NASA y otro que es tramoyista en el Opera no sé que de Londres y de lo que éste le contó acerca de Gales y la independencia. Hablamos de M., una chica que Lola tuvo como camarera con ella durante cuatro años, y que trabajó antes con Stanislaw por un plazo de dos. Dijo que M. valía mucho pero que últimamente estaba muy perdida. Yo al contrario le comento que la vi bien y que no parecía irle nada mal en Madrid. Eso lo ignoro. M. dejó esta ciudad porque estaba harta. Y hablamos de una amiga suya. Entra en el café el viernes de la semana anterior con una mujer mucho más rubia que ella (su amiga se parece algo a mí), más baja y no tan guapa ni delgada como su amiga. La chica de la que yo le hablo suele llevar sombrero y viste con mucho glamour pero Stanislaw no la identifica. Le explico que hace dos años fuimos rivales y que en más de una ocasión yo me fui huyendo de su bar a causa de ella. No suelo plantarle cara ’’a las rivales’’. No sé si es un problema o no. Pero si veo que la otra persona está interesada en alguien que no soy yo, y eso se me hace evidente, me retiro y punto. Él me sonríe con ternura. Mis celos hace mucho que quedaron atrás pero con lo que le explico no logra identificar a la mujer de la que le hablo. Y tampoco al tipo del que ella se fue acompañada. Le pregunto por Felipe sin preguntarle. Se lo describo. Moreno, alto, delgado, interesante, con bigote. Un hombre que fuma unos habanos gruesos y malolientes. Quiero saber si es cliente suyo y si existe una manera de localizarle en la bodega. Omito decirle que es el director del banco X. Stanislaw se queda intrigado. Sólo me tomo un café. No estoy más de quince minutos pero en ese tiempo él no ha dejado de hacer cosas. Colocar taburetes. Servir sidra. Limpiar la cafetera y los ceniceros. Todo con tal de estar ocupado y no mostrar nerviosismo. Pero ese movimiento constante le delata. Su madre podría entrar o salir en cualquier momento y ponerle una de esas caras de mártir suyas. Yo no, yo estoy tranquila porque a mí me la suda por completo lo que opine su madre acerca del tema, y cuando tomo mis bolsas y me preparo para irme él me dice que no se me ocurra marcharme sin darle un beso. Dos clientes más, dos hombres han entrado y le espero de pie y cerca de la puerta mientras les sirve. Entonces él viene hacia mí y me pega un abrazo con todo el alma en el que me espachurra entera y que es con lo que menos cuento. Jamás me ha abrazado así. Stanislaw me ha abrazado de muchas maneras: con pasión, con ternura, con dolor, procurando el desapego pero nunca ha sido tan entrañable conmigo como en ese instante que me conmueve. Y he sabido que yo tenía razón, que ese hombre y yo si las cosas hubieran pintado de forma diferente nos habríamos querido mucho y probablemente juntos habríamos emprendido algún que otro vuelo… Después de eso, esta madrugada sé que he volado por primera vez en sueños. No sé cuantos hombres estuvieron presentes en ese sueño. Sé que hubo más de un antiguo rostro amante pero lo que me desconcertó fue que ese alguien que me sujetaba con firmeza era el hombre del hotel Albor, y que ninguno de los dos sentíamos ni sus límites, ni mis dudas, ni el miedo. Y la lástima es que no logro recordar más. Sólo la sensación mágica y vertiginosa de mirarse a los ojos y ser succionada con ese hombre por el vórtice de un agujero negro y sí luego salir disparada hacia el infinito rodeada por el abrazo erótico de su cuerpo. Una sensación casi desconocida por completo y que logró despertar en mí durante el sueño un fuerte anhelo.

Tara Entra en el Pub en el que estamos desde hace un par de horas. Yo estoy sola con Yago en la mesa. Su padre está en el baño. Nora habla en la barra con un amigo. ¿Cuántas cervezas se ha tomado mi madre? Tres, le contesto. Luego su mirada cuando Nora se sienta. Una mirada de absoluto desdén y desprecio. La mirada de alguien que se cree mucho mejor que los demás. Entonces no sé lo que siento pero sé que no es nada bueno. Algo como un mal presagio.

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Nieve en la pista 2

Alfonso Es un minuto. Es miércoles. Sobre las dos y cuarto. Y yo avanzo con menos dificultad por la explanada nevada de la escuela. ¿A dónde vas? -me pregunta apareciendo por sorpresa frente a mí. A ver al médico. Nos quedamos mirando muy quietos y a menos de diez centímetros. Casi estamos tan cerca que podemos tocarnos. Y sé que mis labios resbalan inconscientemente de sus ojos a sus labios deseando averiguar a qué saben sus besos. Mi aliento huele a cerveza y tabaco y soy consciente de ello pero aún así la atracción no se rompe. Dice algo. No le escucho o más que escucharle no logro comprenderlo. Me he quedado paralizada por su incomprensible magnetismo. Es el hombre más horrendo del mundo, un hombre más que maduro, viejo y yo no logro articular palabra. Titubeo algo. ¿Por dónde tengo que ir para encontrar al médico? Continúo mirando sus labios. Él más controlado que yo me señala en dirección a las escaleras pero ni aún así logro entenderle. No sé qué me ocurre. Es como si mi cerebro se hubiera desconectado y Alfonso tiene que repetirme lo mismo varias veces. Parece que me he vuelto tonta pero haciendo un esfuerzo me despido y logro ponerme en movimiento y es cuando me sacude una sensación de euforia tremenda. Luego he pensado que si Alfonso me siguió con la vista ha debido de quedarse alucinado de verme subir las escaleras a la carrera y saltándolas como si fuera una cabra montesa. Me ocurre siempre que me espito por dentro.

En el médico hay cola y una lista de precios. Creo recordar que un rescate son 6.000 euros. Nora está con Yago y con su marido y el trineo. Hemos estado comiéndonos un bocadillo en la cafetería de arriba. Allí también entró Alfonso y lo llenó todo. Le sonrío pero él sólo me mira durante segundos con fijeza hasta que me obliga a bajar la vista. Nos observa con atención.

En la antesala de la consulta del médico hablo con una niña de unos once años que ha sufrido una caída y tiene un fuerte dolor en las caderas. Y también con un joven que decide irse sin que el médico lo vea. Tiene una llaga muy dolorosa que le ha hecho una arruga del calcetín. Nos advierten contra eso. Dicen que es mucho mejor utilizar leotardos. Yo por instinto los llevaba los otros días pero ese en concreto, para facilitárselo al médico, no. El joven es muy divertido. Dice que no le gusta el ambiente pijo de la nieve, y que por eso prefiere el del Surf. Me promete una lección en el verano. Suele frecuentar la misma playa nudista que yo. Me echa unos treinta años. Me río por eso y le saco de dudas. Dice que no puede creérselo, que no los aparento. Yo lo que creo es que la nieve, la niebla y el frío me favorecen mucho más que el sol.

El médico se llama Fernando y es un tipo muy guapo y simpático. Está muy moreno, es de constitución fuerte y tiene el pelo rizado. Me gusta su pearcing, un brillante de un azul intenso que es del mismo color de sus ojos. Le digo lo que necesito. Poder continuar esquiando durante unas horas esa tarde y al día siguiente por la mañana. Me dice que él no puede hacer milagros. Pero cuando me ve la pierna me explica que no debo preocuparme, que la contusión no es un problema, que no me sucederá nada malo por seguir adelante pero que sólo depende de mí cuánto dolor voy a ser capaz de soportar. También dice que no debo esperar que luego se me pase en un día, que la recuperación es lenta, cosa de una semana. Y que a el mismo le sucede eso en la espinilla cada principio de temporada. Es a causa de las botas. Hasta que crías callo, como con la raqueta.

Cuando salgo Nora me espera. Recogemos juntas los esquíes que dejamos apoyados en cualquier parte. Nos han dicho que podemos hacerlo. Tú dejas tus esquíes abandonados a su suerte durante dos o tres horas y cuando regresas allí los encuentras. Nos dijeron que en la nieve nadie roba nada y nosotras seguimos el ejemplo. Su marido y Yago se despiden y nos reunimos con nuestras compañeras en el telesilla. Ahí quedamos en encontrarnos con Alfonso que cuando se presenta nos comunica que no subiremos porque en la cumbre está lloviendo. Otra ventisca. Yo me muestro decepcionada. Había estado intentando convencer a Amor, la novia de Miguel, para que no abandonase pero Amor decide quedarse en la explanada que a estas alturas de la aventura ya es un aburrimiento y no sé que fue lo que dije pero entonces Alfonso cambia de idea y dice que vamos a subir. Las demás protestan y le gritan: ’Pero qué fácil te dejas convencer’. Luego a mí en un aparte él. ¿Qué? El médico estaba bien, ¿no? ¿Cómo? -le pregunto sin dar crédito ante lo que parece una pequeña escena de celos. ¿Qué si estás mejor ya? Sí, me dijo que podía seguir y me aplicó una pomada que parece que me está haciendo algún efecto. Pero ya no se me olvida eso. Su forma de interrogarme. Es cuando me doy cuenta de que no estoy nada acostumbrada a los hombres posesivos y el suplicio que puede suponer para ambas partes algo así.

Luego en la cumbre casi todas pasamos mucho miedo. A excepción de las que ya habían superado ese nivel A otras veces, que eso se nota; aunque en el diploma que nos dieron… consta que todas hemos superado el nivel B. Es decir, que hemos bajado nuestra primera pista. Cosa que sucede al día siguiente. También nos enseñan a montar y a bajar del telesilla sobre los esquíes (hubo algún que otro accdiente, por ejemplo a Marta una chica de Mieres el telesilla le pasó por encima y le golpeó la cabeza). Eso es muy divertido porque sales disparada pero la primera vez te da pánico de no ir a saber hacerlo. El miedo ha sido una constante. La adrenalina corrió por nuestras venas como un mar enloquecido, hasta el punto que aquella misma tarde que visité al médico yo ya no sentía ni el dolor de la pierna. La tarde del miércoles fue una de las tardes más intensas y emocionantes de mi vida, sino la que más. Llegué a casa rompiendo olas y muy satisfecha por haberle hecho caso a Nora y haber vencido juntas todas las dificultades. Está claro que nos peleamos mucho porque somos muy distintas pero por eso también nos apoyamos justo dónde la otra lo necesita. Creo que formamos un buen equipo. La pena fue el jueves. Pero una pena a medias porque ese día hizo bueno y mientras nos dirigíamos a la cumbre pudimos ver las cumbres nevadas de los Picos de Europa y los valles sombreados por la luz del sol. Una maravilla de paisaje sobre todo porque a mí se me ocurrió fumarme un porro de María, para recibir más estímulos de la experiencia y me dio un ataque de risa que duró unos diez minutos sin interrupción. Nora quería morirse por culpa de mis carcajadas (imagino que de vergüenza) y no entendía absolutamente nada de mi hilaridad, y hasta ahí estuvo muy bien la historia pero luego ponte a bajar por una pista helada (la nieve en polvo se había convertido en hielo) con un solemne pedo. Cerca de la mitad cuando aún el descenso no había separado al grueso del grupo volvió a darme otro. Alfonso miró para atrás y sonrío sospechando el motivo y Lara dijo: ’Joder que risa tan contagiosa’. Y cuando las demás preguntaban de que me reía, contestaba: ’Es que yo cuando tengo mucho miedo me da por reírme’ -contestaba cuando las carcajadas me lo permitían. Algo que en parte era cierto porque recuerdo una madrugada en un hotel bajo el cuerpo de un hombre que me sucedió algo similar. Pero eso sí, la primera vez que se me pusieron los esquíes en paralelo y salí disparada al girar hacia la derecha sin yo pretenderlo se me quito todo el cuento. ¡Hostias! Es que es muy difícil mantenerse en equilibrio sobre unos esquíes bajo los efectos de la marihuana cuando te deslizas a una velocidad de vértigo y sabes que has perdido el control. Eso sí, siempre estaba la solución de dejarse ir contra la contrapendiente y hacer un aterrizaje forzoso sobre el suelo. Cuando logré llegar abajo me temblaban las piernas como a muchas de mis compañeras. Pero el último tercio de la pista era lo más sencillo porque ahí ya veías el final y eso te asustaba menos. Miguel, el novio de Amor, siguió riéndose de mis caídas hacia adelante y creo que el capullo le dijo a Nora en algún momento que ella como me aguantaba siendo tan seria. Pero eso sí me pidió el teléfono para reunirnos alguna que otra vez los cuatro de nuevo. Aunque no creo que lo quisiera para eso por como me guiñaba el ojo y me excuse diciéndole que no me lo sabía, y Nora y yo nos marchamos sin esperarles para tomarnos esas cañas que él quería a toda costa… Para Nora, Miguel era un niño que estaba muy bueno y que se había enrollado con una tía madura como nosotras, Amor. Para mí alguien sólo que ni blanco ni negro, ni frío ni calor. Y Alfonso el jueves fue un espejismo roto. Tal vez la luz solar tuvo la culpa de ello. Por fin nos vimos con claridad. Yo a él creo que le parecí mucho más guapa, y más joven de lo que él pensaba, un imposible. Se lo noté, como fue mirarme tan radiente y como se desinfló. O peor debió pensar que cuando coqueteaba con él le había estado tomando el pelo. Y él a mí… mejor no hablar de ello. Le dije a Nora. ¡Qué decepción! ¿Y hoy por qué no le encuentro el mismo morbo? Y Nora dijo: Le has visto bien, ¿eh?. Pero sigo quedándome con la curiosidad. De todas formas la atracción que surgió entre nosotros, o al menos en mí, me ayudó bastante a motivarme. Sino tal vez no hubiera resistido el dolor. Luego Nora y yo coincidimos con él en el telesilla cuando descendíamos la montaña por última vez y él la subía con un alumno pequeño. Yo le grité un saludo porque iba cabizbajo y él se dio la vuelta entonces y nos dijo que ya nos veríamos por allí de nuevo y también que nos acordásemos de recoger el diploma antes de irnos. Para contratarle como particular hay que sacarse un abono fijo y eso está fuera de mi presupuesto. Y luego estuvo Isabel, de Madrid y su familia. Es bonito eso de ver a una familia que es feliz y que disfruta junta. Un matrimonio con dos hijos y ella una tía majísima de verdad y muy alegre. Me gustó especialmente conocerla. Animaba y era muy positiva. Y los operarios de los telesilla, los que te ayudan todo el tiempo a subir y a bajar sin percances, la mayoría, un encanto de gentes.

Y de estos días pasados quedan todavía algunos nombres más…

Alberto. El padre de las mellizas no se llamaba Alfredo. Nos encontramos al día siguiente a la salida del baño. Él se alegra de verme. Yo todavía no le he cogido el punto así que no tanto. Me dice que tiene los cuadriceps destrozados y que las mellizas el día anterior habían pasado tanto frío que no quisieron regresar. Es ese minuto y luego Nora y yo nos vamos. Ella sin verle.

A la mañana siguiente, otra vez en la cafetería, volvemos a coincidir y desayunamos juntos. Nos reímos bastante compartiendo las peripecias. Alberto dice que para aprender a esquiar bien son necesarios tres años. También que ésta es su segunda temporada y que está con un grupo estupendo. Nos presenta a un valenciano y a un gallego. Los cursillos se forman a partir de grupos. Luego en la explanada al sol, cuando me enciendo el porro sé que ese tipo me gusta por su apertura. Si me hubiera mirado mal inmediatamente la relación se habría acabado ahí pero se echa las manos a la espalda y nos sonríe con más fuerza. Creo que una de las dos le gusta pero es imposible saber con certeza cual. Ya digo que Nora y yo hacemos un buen tándem. Vuelve a recordarnos que estamos invitadas a unas sidras si nos pasamos por ese lugar que él suele frecuentar los viernes al mediodía. Yo le hablo del bar de copas en el que empezaré a trabajar esa noche. Él se interesa. Aún no sé todavía que no regresaré pero sí que Alberto en algún momento se pasará por él y preguntará por mí. Menudo marrón porque Lola va a ponerme verde. Nora y yo no tenemos planes próximos para volver al Puerto pero si a otro puerto más lejano. Una hora más lejano y con un carretera de curvas que quitan el hipo y marean: Leitariegos. Nora dice que esa pista verde la vamos a bajar las dos sin encontrar ningún problema. Y a mí me parece mucho más sentato y positivo dedicarnos a asentar conocimientos que a progresar de forma muy rápida. Yo soy veloz para el aprendizaje pero muy lenta para sedimentar lo aprendido. Además prefiero la lentitud para casi todo lo que tiene que ver con el desarrollo del equilibrio y del cuerpo. Alberto dice que los niños progresan primero porque su centro de gravedad es diferente al nuestro.

Guernika. Se cruza en mi camino el jueves. Yo me dirijo a la consulta de A. para reservar una hora para el sábado. Mi estado físico es deplorable y ahora ya me duele todo el cuerpo. Estoy magullada de la cabeza a los pies. Ese día me habré caído del orden de 20 veces pero sobre el hielo. Le he pedido a Coga que me de un masaje y luego que folle conmigo para que el peso de su esqueleto termine de demolerme. Sé que cuando toque fondo pueden suceder dos cosas: que me quede agotada y dormida sin remedio y que ya no pueda arrastrarme fuera de la cama, o bien que la necesidad de escapar me saque de ella agarrada por los pelos. Coga dice: abrázate a mí unos minutos y ocurre esto último, que prefiero recomponerme en la ducha. He quedado en pasarme por el bar de Lola. Me ha enviado un mensaje el día anterior que he contestado, y en lo posible no me gusta faltar a mi palabra. Y hablo con Guernika unos minutos. Él me cuenta que me llamó el martes por la mañana para darnos una vuelta porque tenía el coche. Yo que si no deja un mensaje en el contestador no veré sus llamadas. Él, que no lo hice porque no sabía si podía hacerlo. Dice que no quiere causar problemas porque a él no le gusta que le dejen mensajes que en un descuido pueda llegar a escuchar su mujer. Yo, que el teléfono es mío y que procuro tenerlo controlado siempre. Así que es libre de dejar en él lo que quiera. Entonces le doy la noticia y parece disgustado. No es como Coga. A Coga le entusiasma que trabaje como camarera en ese local. Pero a Guernika no le hace ninguna ilusión que vaya a trabajar en un bar de copas. Dice que no sé en lo que me meto. Dice que es lo peor que podría hacer, que toda la gente que conoce y que se dedica a la hostelería deja de tener vida propia y que la noche y la nocturnidad acaban por engullirlo todo. Pero en lo que está pensando sólo es en los habitantes de la noche, en esos otros hombres como él que podría conocer. La mayoría individuos plurales lo mismo que él. Sin ninguna singularidad positiva y de género neutro. ’Además tendrías que dejar esto’. Y me imagino que eso es lo que más le duele. A mí también. Estamos muy acostumbrados el uno al otro y a esa rutina cotidiana. Le pregunto que si se pasará a verme. Y él me adelanta que no es de bares. Después yo, que tengo ganas de comerle la polla. No le digo follar. Sólo le hablo de comerle la polla y es cierto. Hace más de un mes que no expreso con mi cuerpo ningún tipo de afectividad y ese acto con Guernika siempre termina por liberar eso: la afectividad reprimida. Yo amé esa polla. Y él amaba mi boca sobre ella. Me dejaba sentirlo. Era un intercambio humanamente animal de sentimientos… Luego el viernes veo una llamada suya a una hora temprana. Se la devuelvo y me explica que se debió equivocar al marcar otro número. Yo a él que me he despedido y que por eso el lunes me verá por el tenis pero ayer domingo se decide a utilizar el contestador. Sólo hay unas palabras. No era importante. No te preocupes. Te llamo mañana para comentarte algo. Aunque no creo que tuviera nada especial que decirme. O se lo inventará. Guernika es como un niño. Sólo quiso comprobar si era cierto que podía dejar un mensaje sin problemas. Ya ocurrió más veces con otros números. Luego se le pasa la fiebre y ni siquiera llama nunca.

Y aún me queda hablar de Lola, del jueves y del viernes. De Alejandro y de Felipe.

One Response to “Nombres y más nombres de hombres, de mujeres… Nieves”

  1. candelaarias Says:

    Autor: Androgen
    Hace mucho que no fuerzo mi cuerpo hasta el agotamiento, hasta el límite físico, hasta sentirme que lo he dado todo corporalmente…
    Recuerdo que a pesar de los dolores, molestías y cansancios infinitos, tenía un poco de extremadamente liberador.

    Un beso

    Fecha: 09/01/2006 12:52.

    Autor: Azul
    Hoy tengo el cuerpo tan helado, que lo siento agotado. Me he bebido los nombres al compas de mi capuccino..todos tienen un aroma,algunos definidos, otros…se me pierden, o al menos a mi me lo ha parecido.

    Un bikiño…

    Fecha: 09/01/2006 23:30.

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