El paciente que se adentra en las consultas externas… (hiperlaxitud)

enero 16, 2006

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Manos alzadas

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El viernes es el día de esa cita con el reumatólogo de la residencia. El día anterior hay una llamada. La recibe mi madre. Luego me deja un mensaje en el contestador:

’Dicen que procures estarte como media hora antes. Y haz el favor de dejar tu teléfono para que se pongan en contacto contigo. No sé por qué cojones tienen que llamar aquí preguntando por ti’

En la residencia la normativa y el sistema de Consultas Externas ha cambiado pero todos parecen conocerlo. Ahora la gente se sienta pacientemente y con la vista fija frente a un marcador electrónico. Y lo miran con la misma tensión controlada que les supongo a los jugadores de Bingo cuando están a la espera de cantar línea. Hay que pasar la banda magnética de la tarjeta sanitaria por una máquina que te facilita, en un papel fino y satinado, una cifra de cuatro dígitos con una letra al frente. Cuando éste aparece en el marcador electrónico el número de la consulta figura al lado. Entonces abres una única puerta de cristal y te adentras en el pasillo de lo desconocido. Hay mucho más orden y más silencio que con el sistema antiguo pero yo percibo el tripe de frialdad entre nosotros los sujetos pacientes. Y trato de imaginarme lo que debe ser para los más viejos esa sensación de desamparo cuando a mí, que soy un producto de estos tiempos, me provoca tanto desconcierto. Por un instante me parece que incluso ellos, los más ancianos de las aldeas apoyados en sus bastones rudos de castaño, se han adaptado mejor que yo al Sistema, que son más sabios, y más inteligentes, o más conscientes de lo que significa adaptarse. En la mayoría de los rostros indescifrables la única nota común es la resignación. Cuando llego allí nadie se mueve. Yo llego haciendo preguntas. Me siento inclinada a no detenerme obligadamente frente a ese marcador, a mirarlo desde el otro lado para comprobar si es un espejo, desde otros ángulos, desde varias perspectivas… a explicarme porque todas esas personas permanecen quietas e impávidas ante esa pantalla que juega algorítmicamente con su destino, y ni siquiera pestañean. Una vez que aprendemos somos como autómatas. Me doy cuenta de que mi inquietud a algunos les resulta molesta. Otros conservan una postura más comprensiva y empática. La primera vez todos han debido sentirse un poco perdidos allí. Después de eso, yo misma busco el mejor lugar posible para quedarme quieta pero no doy con ninguno y me canso de mi conformidad. Sucede al cabo de unos minutos. Hematología y reumatología se dan cita en esa ala en una proporción de quince contra uno. Es pronto. Todavía queda media hora por delante. Desciendo otra vez por las escaleras mecánicas no sin advertir como sesgadamente más de una mirada de reprobación deja resbalar sobre mí un deje de desprecio, y busco de nuevo el mostrador de información, luego, ya cerciorada, la calle. Hay una puerta giratoria que es como una cárcel de metacrilato y vidrio y en cuyo interior gira con su centro una especie de artefacto sobre una de esas mesas de acero sobre las que se deposita el instrumental quirúrgico. El artefacto tiene un cuerpo estrecho y alargado que te apunta como si fuera un arma del futuro, un láser. Es como si estuvieran esperando la visita de un terrorista de esos con explosivos pegados a su cuerpo y se prepararan para inmovilizarlo. Me pregunto inquieta por el efecto del disparo, y también por qué motivo se lo habrán dejado allí abandonado. Nadie más parece verlo o nadie lo mira con la desconfianza con la que yo lo hago. Parecen ignorarlo. No lo tocan. Yo también procuro hacerlo. Es como si una vez que atravesamos esas puertas nos lavaran la cabeza y en el nuevo programa informático nos insertaran la orden de no cuestionarnos ni un solo interrogante sobre las tecnologías desconocidas porque ellas son más esenciales que nosotros. Todos los pacientes parecemos robots. Incluso nosotros somos tecnología defectuosa. Sólo el personal es diferente. Sólo ellos siguen deambulando por los pasillos asépticos de la misma manera despreocupada en la que lo harían por sus casas. Hay barrigas relajadas. Pies que se arrastran sobre zuecos de skay blanco y empujan camillas. Rostros maquillados suavemente bajo flequillos perfectos de peluquería. También algunas sonrisas en un mundo de efigies y sosegada contención. Nunca me han gustado los hospitales. Me provocan claustrofobia pero el lunes acepto subir a visitar a la madre de R. Luis con él a una habitación de la sexta planta. Hace tres meses que le dieron dos de vida. Su corazón dicen que está apunto de detenerse. Es un corazón con dos válvulas pero ese día la muerte no aparece inevitable o está sentada sobre la cama de al lado. Sujetando en su regazo el rostro de una anciana. Él la saluda sin apenas cariño, con la costumbre de hacerlo, ella sigue muriéndose por él, como la recordaba, luego él pregunta por su hermana, la hermana siempre es la mala, la que paga el pato, aquella cabeza loca, nosotras intercambiamos algunas palabras, C. hace que me tolera pero me teme, siempre lo ha hecho. Para ella soy sólo la bruja, y luego abre la cartera y le da a su hijo algún dinero para que coma. Tienes que comer bien y cuidarte -le dice y después de eso nos vamos. Luego él me dice que si no se ha muerto ya es por él, porque sus hermanos sólo esperan por eso para arrebatarle el piso

Y ahora estoy sentada en un banco frente a una parada de taxis y fumando un cigarrillo cuando de pronto de la puerta giratoria surgen mi cuñada y su madre. Hace unos ocho años que no veo a la segunda y la última vez me la tropecé de camino a un teatro y salí corriendo pero cuando ella mira hacia mí no sé por qué levanto la mano como una niña temorosa que se siente pillada en falta y las detengo con una voz. Mi cuñada se sorprende pero camina hacia mí y ya no hay forma de evitar el encuentro. Les doy un beso a ambas y me comporto como si nos hubiéramos visto el día anterior o la semana pasada. ¡Desde luego que morro tengo! Entonces la madre de Coga dice: ¿Quién eres, porque no te conozco? Creo que le está pareciendo imposible que sea yo y que esté hablando con ellas con esa naturalidad. Me lo dice no sé si con estupor ante mi desfachatez, o con rabia por todos estos años de privación gratuita a los que la he sometido inmerecidamente; ya digo que no sé, lo que se le pasa por la cabeza, esa mujer siempre me ha resultado un misterio, o puede que sea cierto eso tan absurdo de que no me recuerda. Yo jamás hice por conocerla. Pero sé que cuando se lo digo se pone muy roja, como si fuera a darle un ataque de ira y luego se lanza hacia mí con un abrazo feroz. ¡Hija! -me dice entonces. El cerebro humano es extraño. Y hablamos de mis síntomas y de lo que me ha llevado esta mañana hasta allí… Ellas van a la cafetería a tomarse algo porque mi cuñada se siente desfallecida. Son muy amables y quieren que las acompañe. Pero yo me disculpo y las tranquilizo diciendo que si termino pronto me reuniré luego con ellas. Es mentira. No tengo ni la menor intención. En todo caso procuraría buscar cualquier salida para evitarlas. A Coga le hará mucha gracia el asunto después, cuando se lo cuente… Jajaja -se ríe y dice: ’yo por haberle visto la cara a mi madre’.

Cuando llego arriba descubro que ya me han llamado. Me interno por el pasillo en busca de la consulta número 129. Doy unos golpes con los nudillos y espero. Se abre la puerta. Una enfermera dice que incluso salió a buscarme y que no me encontró, que ahora hay otra mujer dentro, que tengo que esperar. Me doy media vuelta y noto más de un mirada de reprobación en la sala. Transcurren unos quince minutos, y entonces sí, entonces es mi turno.

El doctor A. es joven. Tiene el cabello y los ojos claros. Acostumbra a practicar por sistema cierto aislamiento del paciente. También es escéptico. Yo meto por dos veces seguidas la pata pero la primera le hace levantar la cabeza del papel, abrir bien los ojos y mirarme con asombro e incredulidad. Acabo de decirle que estoy allí porque si sigo así me quiero morir. Entonces me presta atención. Lo segundo que le explico es acerca de un hombre que me escribe. Le explico que él se siente empático conmigo porque me lee desde hace algún tiempo y dice que se reconoce en mis síntomas… Nombro su enfermedad y las consecuencias que esta tuvo en su vida hasta que fue dictaminado. En la red todo el mundo se siente empático -dice en un tono seco y hasta hostil. Como no me espabile la he cagado -pienso. Entonces pasa a reconocerme. Me indica que me desnude detrás de unas cortinas y que me quite las botas. Ahí ocurre algo que lo cambia todo. Ahí sólo somos él y yo, una mujer y un hombre que presta atención a un cuerpo. La auxiliar se ha quedado sentada trás de la mesa mientras él palpa mi espalda y mis brazos y me interroga. Hablamos más en profundidad del dolor. Mi hiperlaxitud se hace evidente en ese instante. Él me indica que ya sé lo que eso significa. Sí, es lo más probable. Estoy de acuerdo pero aún así logro que el doctor A. comience a tomar cierto interés en mi caso. No va a repetirme la radiografía para no radiarme dos veces pero va a pedirme una resonancia magnética. Eso puede tardar mucho tiempo. Aún así me cita en su consulta para dentro de un par de meses. Me tiende el papel a mí. La auxiliar protesta. Una burbuja excluyente se ha formado. Me gusta especialmente su visión del sufrimiento.

Dice que el frío es innecesario porque no es agradable, que siempre hay que buscar lo que nos hace sentir mejor sin que eso suponga ningún sacrificio, que los tratamientos a largo plazo deben resultar placenteros, que siga utilizando la almohada eléctrica por la noche pero que no abuse de ella y que me olvide del hielo hasta el verano, que esos entrenadores de los equipos de fútbol no tienen ni idea de lo que hacen.

Me pregunta también cuando fue que me diagnosticaron por primera vez mi hiperlaxitud. Le digo que en un reconocimiento de medicina deportiva que me hicieron en un polideportivo local a los 21 años. También con qué periodicidad se producen las crisis. Le explico que ese es el problema principal, que las antiguas crisis han desaparecido. Ya no hay crestas y picos agudos de dolor que duran horas o días, sino semanas o meses. Aunque no menciono el aspecto emocional con el que las relaciono. No digo: mejoro mucho si me siento amada. Sé que mi cuerpo está somatizando parte del sufrimiento psíquico que me produce la constancia de mis afectos no correspondidos y el dolor y la inflamación es el precio que pago por tratar de vivir con esa incertidumbre.

La incertidumbre emocional es letal para mi cuerpo. Se convierte en un potente tóxico que lo envenena. Yo puedo haber tomado la decisión de ser un individuo libre y actuar en consecuencia y por tanto creer en el derecho a la libertad del otro pero eso son sólo racionalismos que no logran calmar el estado de necesidad de mis células, de lo más primigenio que existe en mí. El deseo de amar y ser amada.

Ahora esa incertidumbre ha desaparecido y por eso el dolor es mucho más soportable. Y la caligrafía de este hombre es grácil. Escribe durante unos minutos en mi historial con un ritmo dinámico. Apenas he tenido enfermedades relevantes. Una operación de apendicitis a los ocho años y poco más. Esta vez no se me ocurre mencionar el aborto, por ejemplo. Luego nos damos la mano y yo le sonrío con una sonrisa que es plenamente correspondida antes de levantarme e irme y llego al aparcamiento donde busco el coche de Nora con la vista. Lo encuentro en seguida y marco su número de teléfono pero Nora no responde. Lo hace al cabo de un par de minutos y dice que está en el vestuario preparándose para irse pero que aún tiene que subir a visitar a una tía de su marido que han ingresado ayer. Yo que la invito a comer. Sí, me apetece mucho eso. Entonces busco asiento sobre un bordillo del asfalto y me acomodo sobre él mientras espero por ella.

B, el anestesista que nos llama la atención a ambas atina a pasar por mi lado. Tiene el coche aparcado cerca. Es alto, bien formado, canoso… un hombre del tipo de Guernika, incluso guardan cierto parecido, el problema es que yo ya creo que es sólo eso, Nora también, un prisionero del miedo y de su papel social. Así que tiempo perdido y el músculo cardíaco debe saberlo porque no se inmuta ni una diástole. Nos miramos ambos de una forma irrelevante, aunque él no debe de estar pensando todavía eso, y yo lo hago desde el suelo pero eso sí, como si estuviera muy alta, balanceándome sobre su cabeza, en una loma.

Y a Nora tengo que convencerla para que se deje llevar. Quiere ir a casa y cambiarse de ropa porque huele a sudor, aunque yo no comprendo el por qué pero luego ya sí.

3 Responses to “El paciente que se adentra en las consultas externas… (hiperlaxitud)”

  1. nandara Says:

    La incertidumbre emocional es letal para mi cuerpo. Se convierte en un potente tóxico que lo envenena. Yo puedo haber tomado la decisión de ser un individuo libre y actuar en consecuencia y por tanto creer en el derecho a la libertad del otro pero eso son sólo racionalismos que no logran calmar el estado de necesidad de mis células, de lo más primigenio que existe en mí. El deseo de amar y ser amada.
    —————-
    Muy cierto, de principio a fin. Proyectando… Añadiría al final de la frase: por determinada persona, aunque suene a puro egoismo y sepa que, razonándolo en frío, no me lo crea ni yo misma. :)))


  2. […] El Profe Escribio un articulo buenisimo hoyAqui hay un pedazo del articulo… resultar placenteros, que siga utilizando la almohada eléctrica por la noche pero que no abuse de ella y que me olvide del hielo hasta el verano, que esos entrenadores de los equipos de fútbol no tienen ni idea de lo que hacen. … Lea el resto de este fabuloso articulo here Posted in Uncategorized Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post. Post a comment or leave a trackback: Trackback URL. […]

  3. candelaarias Says:

    Autor: LAPRADERA
    “La necesidad de amar y ser amada “…

    que bonito sabbat … Yo tambien soy de las que piensa , que los dolores y las cosas malas referentes a enfermedades , son las respuestas que nos dá nuestro cuerpo , cuando no lo tratamos bien, o cuando alguien externo , nos hace mal …. el cancer por ejemplo , se llevó a mi abuela , despues de sufrir en silencio la muerte de su marido, mujer fuerte , que no fué capaz de pedir ayuda , o exigir , nuestro cariño , como apoyo al menos . tambien se llevo a mi amiga Eli , sin haber cumplido los 30 , despues de descubrir un par de años antes , que su chico , se lo montaba con otra a la vez , que con ella , y la dejó , cuando la tercera se quedó embarazada … un palo muy fuerte . Fué consciente de su muerte , y de porque le vino aquello … Y luego está lo de mi suegra , que tuvo que ver como su hermano y su propio hijo, se sacaban los ojos por dinero, enfrentandose delante de ella … en fín guapa … la mejor medicina el cariñito , y si no hay del ajeno, pues del propio , y nosostras nos queremos la hostía ¿ o no?… un besote :))

    yo tengo gine l viernes y le voy a pedir que me arranque el Diu de cuajo…

    Fecha: 16/01/2006 16:29.

    Autor: sabbat
    Sí, lapradera, nosotras nos queremos la hostia :)

    Suerte con ese dichoso Diu ;)

    Fecha: 16/01/2006 17:48.

    Autor: El otro Max
    Cé, esta entrada es impresionante (esa claridad tuya, esa capacidad que tienes para ver los aspectos emocionales). Al final, todo se reduce a que ese tipo que encuentras después de atravesar el envoltorio de asepsia, sea permeable y sea capaz de VERTE. Espero que así sea. Tus referencias a los aspectos emocionales me parecen excelentes.
    Un beso muy grande para que te sientas más querida.

    Fecha: 16/01/2006 22:59.

    Autor: pau
    Qué es hiperlaxitud?
    Ahora, cuando vaya a la cama, se lo pregunto a Cheli.
    Un día de esos nos van a introducir un chip en la dermis y estaremos fichados y localizados de por vida, nos venderán a crédito con solo acercar la mano a un aparatejo. Entraremos al hospital, acercaremos la mano y saldrá nuestro historial médico… Y será aburrido, tanto, que no sé si valdrá la pena continuar.
    Mi hijo es laxo como su madre, por eso salta y hace cabriolas en el aire cuando encesta, es un prodigio. Como también lo era su madre cuando follaba, hacía las mismas cabriolas, pero imagínate para lo que las utilizaba, la muy condenada.
    A veces, el cuerpo se resiente y padecen dolores musculares muy agudos. Son laxos pero no hiperlaxos.
    Un abrazo.

    Fecha: 16/01/2006 23:50.

    Autor: sabbat
    Gracias Max :)

    Pues Pau… la hiperlaxitud es un síndrome pero desconozco el grado en el que lo tengo. Existe una deficiencia en una proteína del colágeno. Por ejemplo, es imposible colocarme las vértebras como a otra gente porque mis ligamentos ceden y ceden aún un poco más. Como ellos pero quizás a lo bestia. Y sí, para el sexo, esto está muy bien si quieres impresionar a alguien con posturas de contorsionista pero… yo preferiría no padecerlo y ser menos flexible. La hiperlaxitud es un exceso de flexibilidad :)

    Y creo que un poco también afecta a mi cerebro pero eso no termino de verlo del todo mal. Prefiero ser amplia de tarro a estrecha. Aunque no soy yo tampoco quien lo debe decir. Quizás sea muy retrógrada y ni siquiera tenga conciencia de ello

    Un beso :)

    Fecha: 17/01/2006 00:40

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