El hedor de los estorninos – ii –

enero 24, 2006

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estorninos

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– i – Los estorninos ocupaban sólo una palmera solitaria del centro de esta villa de hábitos metódicos y poco prominentes. Es más, podría decirse que aquellos estorninos se constituían por derecho propio, con su ruido de jungla vocinglera, en las notas vandálicas que sobresalían como vapores etílicos de entre el asfalto urbano.

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estorninos

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No regresé a oler el hedor de la acera de los estorninos.

La última vez fue el martes después de que me alejase por ella con aquella rama de María.Y me fue imposible no acordarme entonces de lady M y del olor nausebundo con el que ella respiraba París después de Diego y España y el Amor. Las mismas nauseas.

La rama me la regaló Rubén envuelta en un periódico. Dijo que lo haría. También me puso entre las manos un cogollo al que todavía le falta algún tiempo para secar. Lo he probado pero tenía el mismo sabor que esa acera y ninguna otra particularidad. No me resultó alucinante ni alucinógeno y todo en mi estómago daba vueltas mientras no me zafé de aquel sabor. Tal vez porque luego Rubén no dejó de enviarme absurdos mensajes, animados con gifts risueños acerca del sufrimiento del alma y en los que se confesaba ’Henamorado’. Sí, con ’h’ de hematoma o de como me harta este tipo de historieta. Aunque pensándolo mejor debería de escribirlo con la ’r’ de rompecojones, porque ese es el único efecto que sus infantiles sms tuvieron en mí.

A Stanislaw lo vi otras cuatro veces después de aquella tarde del viernes de la semana pasada. En ninguna de esas ocasiones me quedé. No sentía deseos de hacerlo. Pasé a advertirle la madrugada del sábado para que no fuera a buscarme más tarde porque Lola no abriría el bar. Él ahí pensó que me quedaría. Estoy segura. No habíamos follado a solas desde julio. ¿Qué te pongo? -me dijo casi sin darme tiempo a pensar. Un Nestea -le contesté como un resorte gastado. La bodega estaba abarrotada y en la esquina en la que me conseguí un hueco, un viejo verde me tocó las narices mientras bebía su último vino de a cincuenta céntimos el vaso. El otro, su amigo, luego me pidió disculpas pero ya había sido todo demasiado desagradable, demasiado burdo y soez. Detesto a la gente que invade tu espacio y te empuja al hablar. Este daba manotazos y sin esos manotazos puede que me hubiera quedado unos minutos más pero no creo que demasiados. A Stanislaw le faltaban aún un par de horas para el cierre de la caja. Luego regresé allí el sábado con R.Luis. Habíamos estado en la residencia juntos. A su madre la vi muriéndose. Tan cetrina y desgastada como si la muerte misma la estuviera sujetando por las clavículas para arrastrarla consigo. A fecha de hoy no sé si ha muerto. De todas formas yo siempre me ausento en los entierros. Luego la hermana de R.Luis, ya en el coche, me dijo que si podía preguntarme algo: ¿Es verdad que le echaste las cartas a R. Luis y le vaticinaste que mi madre iba a morirse? Ella piensa que él no viene a visitarla porque tú le dijiste eso. Pero bueno, ¿cómo puedes pensar algo así? Tu madre delira. Esto es lo mismo que lo de la tortilla. La noche anterior las enfermeras habían tenido que atarla a los barrotes de la cama. Se quería escapar por un hueco entre las rejas a buscar una tortilla que decía que le había preparado a su hijo… Eso estoy segura de que era la muerte tirando de ella. La habría convencido para que se rindiese y dejase de luchar en la gelidez desangelada del pasillo. Decidí entonces que no regresaría más. Malditas superticiones e ignorancia de la gente que es como mi madre. A tomar por el culo tanta tiniebla y tanta puta oscuridad. Después de eso tomamos un caldo de pescado al que él me invitó y yo pagué. luego R. Luis condujo hasta un alto en el acantilado. Fumamos allí mientras paseábamos bajo un cielo nocturno y constelado, y un plenilunio que a media tarde había sido rojo e inmenso como el de una leyenda de los indios navajos. Era un camino de piedra que recorría una senda casi olvidada y desde el que las luces de la ciudad dormitorio tililaban diminutas. Hablábamos del mal y del bien y de la presencia de las sombras que nos cercaban. Me escalofrié y quise irme. R. Luis lo había querido ya primero. El juego de gallina el que primero se aparte. Minutos más tarde él conducía completamente pedo mientras la voz de Ana Torroja poblaba de encanto dulce y conocido la noche.

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Ana Torroja Duele el amor

Algún chiste estúpido. ¿Qué es un zulú? -me pregunta. ¡Joder! ¿Qué va a ser? Un negro de África -digo estremeciéndome entre carcajadas. ¿Pero por qué te ríes por eso? Más risas sin sentido por cosas que no tienen ninguna gracia. Y algún temor más que justificado, a que nos estrellásemos por ejemplo y hasta que nos detuvimos en doble fila frente al bar de Rubén. Allí tomamos tres vinos. Bueno yo no, porque cuando él terminaba el suyo continúaba con el mío. Yo me limitaba a charlar mientras depredaba sin pausa los cacahuetes de la barra y luego la emprendía con mi bolsa de pipas. Menudo saque que tenía el tío. Después de eso fuimos a ver a Stanislaw. Yo seguía insistiendo en ello y R. Luis quiso cenar en su bodega al rato de llegar. Otros dos vinos más y entonces me sentí enferma y tuve que ir de nuevo al baño. Esta vez vomité y me las arreglé para limpiar el aseo como pude. Todo era de un rojo brillante. Habíamos estado bebiendo rioja, y los cacahuetes a medio dirigir flotaban por todas partes en aquella sangría repulsiva. Tuve la impresión de que también había vomitado sangre. Luego regresé a la mesa pero fui incapaz de comer apenas más que un par de champiñones rellenos de tortilla de jamón. Una de las especialidades de la casa. También de artícular palabra. Entonces llegaron los potarros con patatas fritas y negruzcas, manchadas por la tinta del calamar, y a R. Luis se le hizo la boca agua. Menudas mezclas. Tan absurdas como él que empezó a meterse conmigo y a sacar a colación al diablo. ¿No dijiste que lo querías conocer? Pues ya te lo estoy presentando. Intuí entonces que en una de esas dos veces que dejé mi vaso a su cargo, él había puesto algo en mi bebida que en ese instante me mantenía inmovilizada. Él ya me había hablado de algo así. Malas jugadas que le había jugado últimamente quien menos se pensaba y que a mí se me había ocurrido poner en duda. ¿Entonces para qué nos sirve la Voluntad? Y de repente comenzó a decirme que luego iríamos a su casa, cogeríamos un dinero y me llevaría a un prostíbulo de prostitutas caras para que conociera aquello. No menciono el nombre porque a nivel de Santander es bastante conocido. Allí decía tener algunas buenas amigas. Bueno, aunque no suyas, sino del material con el que suele traficar. Dijo que nos darían algo de beber y que nos meteríamos una pastilla, y luego yo sería feliz abrazándole. Dijo algo así y luego comenzó una especie de discurso de esos como los que me imagino que en las sectas utilizan para lavarte el cerebro, mientras yo seguía sin poder hablar. Ya sólo esperaba a sentirme un poco mejor para levantarme e irme pero me daba miedo caerme redonda por el suelo. Fue cuando me llamó con aquel desprecio ’pitufa vanidosa’. Entonces supongo que ya tuve suficiente y mientras mascullaba entre dientes un ’Pero qué gilipollas eres’, cogí mi abrigo y me levanté de la silla sin decir ni una palabra más. Me despedí de Stanislaw al pasar por la barra haciéndole un gesto. ¿Te vas? Stanislaw estuvo todo el rato raro mientras estuvimos allí. No le entiendo. Se supone que entre nosotros no hay nada pero siempre que yo aparezco con un hombre cambia su actitud para conmigo. Se vuelve estúpidamente sarcástico y entonces reconozco que me cae muy gordo. Tomé su mano para despedirme y me limité a asentir, ni siquiera pude avisarle de que mi vómito había rebasado el borde del asiento de su váter y coloreaba sus laterales. Lo vi justo cuando iba a irme pero ya no tuve fuerzas ni para retirarlo. Salí a la calle y caminé en dirección hacia la fuente y los arcos. Temía que si elegía la acera de los estorninos lo más probable era que terminase desmayándome allí mismo, sobre los excrementos. Elegí, por tanto, la ruta más larga pero la menos solitaria. Me costaba poner un pie delante de otro en línea recta y en ese momento entendí a Nora, cuando bebe demasiadas Grimbergen tostadas y luego me cuenta como se avergüenza de ello. Pero yo no había bebido tanto y no comprendía lo que podía estar alterando el equilibrio de mi cuerpo de esa extraña forma aunque la cabeza, por fortuna, continuaba respondiendo bien. Creo que con eso no contó R. Luis, con mi tendencia a sobreponerme y a escapar del peligro, e imagino que esa noche habría sido la que él habría elegido para lograr introducir la cocaína en mi interior por primera vez. Me había confesado que en ese viaje a Galicia, en el que quería que yo le acompañara, iba a proveerse con un cargamento de farlopa. Él la llama así y esta gente lo basa todo en los enganches. Como ellos están enganchados hasta el jodido hipotálamo no pueden ni ver delante que otro no lo esté. ¡Joder! ¡Qué mierda! Pero yo sigo adorando la Luz. Paradojas. Detesto el sol pero me muevo infinitamente hacia la luz. Y continúo teniendo alas de madera pero alma de lepidóptero.

One Response to “El hedor de los estorninos – ii –”

  1. candelaarias Says:

    Autor: Anónimo
    Luz y sombras…sombras y luz mezclandose en una línea recta que embriaga los sentidos, pero siempre hay luz…siempre hay sombra, siempre se alza vuelo al horizonte.

    (palabras de alguien anoche, en un sitio que ya no recuerdo, debio ser un sueño).

    Bikiños suavitos niña Sabbat.

    Fecha: 24/01/2006 03:11.

    Autor: Azul
    esa fui yo…:/ la falta de sueño…

    Fecha: 24/01/2006 03:13.

    Autor: LAPRADERA
    A mi las drogas me dan pánico…

    cuidate , un besito :)

    Fecha: 24/01/2006 08:44.

    Autor: Javier (El Puñalón)
    Drogas…
    Y que no es droga…
    Gravedad de la misma es lo que importa…o al menos eso dicen.

    Fecha: 24/01/2006 14:14.

    Autor: sabbat
    Borrar esta imagen

    Fecha: 14/02/2006 10:00.

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