¿y tú? ¿hueles el peligro?

septiembre 16, 2006

El caso es que subíamos por una calle y nos dirigíamos a nuestra primera cita con el gimnasio en el que trabaja Ch. Y de pronto siento un peso colgando de mi cuello pero grande. No te imaginas como me pesa en este momento el cuarzo -le digo a ella. Es que me sorprendió porque, hasta ahora, eso yendo por la calle no me había sucedido. Aunque sí en un estado alterado de conciencia, vale. Y sí alguna cosa mucho más grave. Pero es que me costaba trabajo hasta andar. Y ella me miró mientras yo lo agarraba en mi mano (eso también lo hago para saber qué trata de comunicarme) y me preguntó: ¿Sí? Pero sólo dijo eso. Y porque le extrañó, porque cuando O. me contó a mí lo que le ocurría a ella misma con el que yo le programé… hasta me costó trabajo creerlo: le pesaba como si llevara una roca colgada del cuello -decía. Pero cuando se lo quitó y me lo regresó para que se lo limpiase… me lo puse y no noté ningún gran peso en él, ningún peso. Y no andaríamos más de 25 metros. Yo por supuesto muy agobiada y pensando casi en que tendría qué sacármelo de encima porque así no podía seguir. Doblamos la esquina, ¿y a quién veo venir? Pues a esa Desequilibrada. A la única mujer de esta ciudad que verdaderamente me asusta, una bruja genuina (individua con muy muy mala leche). Porque no es que yo vaya a dejar que me haga nada. Al contrario, me asusta eso, lo que podría llegar a hacer yo si me pone contra las cuerdas. Perder los papeles, ¿me entendéis? Y la violencia es algo que desprecio profundamente. Pero sé que si me falta a esta tía me la cargo. Y es que no he visto a nadie durante un periodo tan largo de tiempo que sea capaz de almacenar tal cantidad de odio y resentimiento hacia un ser humano que sólo se limita a ignorarla. Porque resulta que este ser humano pasa ampliamente de los malos rollos, y de la gente que los supone. Así que como con toda la gente que me resulta desagradable… me limité a hacer lo propio y eso era sólo hacer como que no existía. Ni siquiera mirarla mal. O sea No mirarla. Pero hay personas que desgraciadamente eso es lo que peor llevan. Y aquellas niñas me querían y ella trataba de utilizarlas para enviarme mensajes inyectados de veneno. Pero ellas gritaban felices y corrían hacía mí en cuanto me veían aparecer y eso como si vieran casi a … yo que sé, pero a alguien muy especial. Y yo sentía que eso que yo tenía con las niñas era lo que más deseaba para ella. Pero no porque ella lo necesitase, sino porque le enfermaba que lo tuviera yo. Y aquello cada día empeoraba. Y bueno, es una historia antigua pero hace cosa de un par de meses intentó detenerme agresivamente por la calle; y así sin más. Y ahí me di cuenta de lo que digo, que bastó aquel gesto para que se me revolviera un asco muy grande dentro. Y recuerdo que levanté las manos para apartarla y que me dejara paso y también que sólo le dije pero mordiéndolo entre los dientes con rabia: ‘Al loro conmigo tía que tú a mí no me conoces todavía, ¿eh?’. Porque yo exteriormente engaño bastante y nadie se imagina lo que hay en mi interior y tras mis modos amables o aspecto frívolo. Y nada, sin más historias seguí hacia adelante dejándola atras con su desvarío. ¿Pero esta tía de qué va? -gritaba en medio de la calle como una loca. ¡Joder, qué número montó! Aunque he de decir que en ese instante me sentí muy satisfecha, triunfante por supuesto. Porque ni se me había ocurrido pensar que algún día y después de tanto tiempo esa individua me iba a poner tan a güevo lo de despreciarla. Pero eso pasa por calibrar mal. Y quiero decir ella a mí, que seguramente si me hubiera conocido de algo no se habría lanzado. Pero eso de dejar tan claro quién era yo y quién era ella fue…. Sólo que luego me di cuenta de que estaba temblando. Cuando la soberbia bajo algún octano en mí. Sólo podía darme cuenta de eso, de que temblaba porque alguien había logrado sacarme de mis casillas con esa facilidad, remover mis entrañas, cuando yo lo que quiero es ser cada día más humana, y más civilizada, y no comportarme como una hiena, que fue como ella se comportó. Y me enfadé conmigo. ¿Comprendes pues O. lo que es el mal para mí? Mal es dejarme llevar por otro que me fuerza a ser como yo ya no quiero ser, a sentirme mal. Mi yo idílico contra mi yo indeseable, te preguntarás. No. Entiéndeme. A mí me gusta, ya que por mi forma de ser o mi pasado lo estoy, estar equipada para la lucha pero lo que no me gusta es dejarme arrastrar a la guerra. Y hay un refrán que siempre me cantaba mi abuela de pequeña: ‘Dos no discuten si uno no quiere’. Y yo a ser posible quiero evitarlo todo. Hablo de enfrentamientos y hablo de reconocer el poder que alguien que no nos gusta tiene para que nosotros dejemos de gustarnos. .

En fin, que con esta individua estoy avisada de que no controlo y de que se me salta el automático. Y cuando enfilamos la recta en la que inevitablemente íbamos a cruzarnos y yo la vi a ella venir hacia nosotras con una amiga suya.. (en realidad la veo casi a diario pero siempre en un lugar en concreto y por eso estoy siempre preparada, no como aquel día, que también me cogió de sorpresa) procuré no hacer ni un gesto; quiero decir no volverme a mi amiga y comentárselo, y con eso propiciar que esa mujer despechada… Se me entiende, ¿no? Así que miré fija hacia al frente pero con la cabeza muy erguida, como si en realidad no pasara nadie (cobarde soy muy poco cobarde aunque imagino que es lo que a ella le gusta pensar) y seguí mi camino. Y entonces O. sí, cuando las dejamos atrás se acercó a mi oído y me comentó: ‘Yo flipo como te mira la tía’. Ya, contesté, es una obsesión. Pero entonces justo ahí en ese instante me di cuenta de que el cuarzo había dejado de pesar, y que yo fluía, volvía a fluir porque el peligro había pasado. Así que una es tan sensible como eso. Captas algo, como una tormenta que se huele en el aire pero no siempre sabes darle nombre o identificarlo.

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