Tarde de recuerdos

noviembre 11, 2006

Sebastian Salgado

”’El dolor llega al corazón a la velocidad de la luz pero la verdad se mueve hacia él tan lenta como un glaciar”‘

Barbara Kingsolver (1955), escritora y activista estadounidense

Ayer en los comentarios, al hablar de la agonía, me acordé de un momento especial de mi infancia. Ese está dibujado al comienzo de la línea de la vida, sólo en la mano derecha y es una isla.

Yo creo recordar que mi madre, cuando por fin desperté de aquella anestesia general, me dijo: ¡Anda! No digas más tonterías que ya dijiste bastantes. Tenía ocho años. Aquel año por supuesto repetí cuarto. Me tocó una monja que se llamaba Santa Delfina que me detestaba, imagino que por como la miraría yo y a la que llegué a detestar profundamente con toda mi alma. Mi mirada ha sido siempre mi manera más primaria de expresar lo que siento y con ella nunca me he callado nada. Recuerdo muchas cosas de aquel año pero sobre todo unas anginas tras otras. Como todo iba tan mal y ya sabían que no iba a sacar el curso ni de coña porque mi padre estuvo de acuerdo en que la monja me había cogido una manía espantosa… acabaron por dejarme ir con mi abuela a vivir unos meses a casa de mis tíos. Recuerdo que aquella cubana se hizo cargo de mi educación como una profesora particular y cómo me obligó a aprender a escribir de nuevo. Mi caligrafía siempre había sido desastrosa. Y recuerdo que yo desee haberla tenido a ella como madre en vez de a la mía. Pero también recuerdo que sólo por eso. Porque Rosario me hacía estudiar. Y hacer estudiar a alguien que no le gusta y que no es disciplinado exige mucha atención. Rosario fue la primera persona que me prestó cuidados a nivel intelectual. Y pienso que mi vida habría sido muy distinta si me hubiera quedado con ella más tiempo. Porque con Rosario habría habido tiempo para todo. Tiempo para cumplir objetivos y tiempo para disfrutar del tiempo. Ella me decía: eres una niña muy buena y muy lista. Lo que sucede es que tus padres no te comprenden y ni saben tratarte ni te dan lo que necesitas.

Luego no sé si recuerdo bien o moralmente quiero recordarlo así … que a mis tíos les fallé. Le robé mil pelas de aquellas del año 75 a Maribel, la vecinita del cuarto. Por aquella época había desarrollado la mala costumbre de robar. Fue un robo planificado. Cuando ya sabía que iba a regresar a mi casa… pero no me extiendo más.

Porque ayer lo que creía era que en esa anestesia general de la que siempre me han contado que se me subió a la cabeza y que estuve más para allá que para acá… yo tuve mi primera experiencia extra corporal o algún tipo de experiencia que activó algo en mi cerebro. Mi monte de la luna está preñado de viajes que jamás he hecho y comienzan a muy temprana edad. Pero esos viajes siempre pueden ser mentales o físicos.

Ayer cuando entré por la puerta después de salir de la casa de O. mi padre me dijo. Tú madre y yo nos vamos de viaje. ¿Te acuerdas que a los catorce años me leíste la mano y me lo dijiste? Pues sí, nos vamos a ir. Yo no me acuerdo de nada. Y él me recriminó que pudiera haberme olvidado de algo así. Como si su mano hubiera sido la única mano que hubiera leído durante aquellos dos años que duró mi affaire con la quiromancia y en la que hacía lecturas de manos como quien ahora juega durante horas y horas con la gameboy.

Esta vez son ellos los que se irán a vivir con mis tíos, a Inglaterra. Sólo que no a casa de aquella cubana, que duró quizás algún año más para mi tío pero a la que terminó abandonando cuando esa otra mujer se cruzó en su camino. Y que menuda elementa. Aunque hay que dejar claro que mi tío es capaz de ser feliz y de montárselo a su manera… sea en las condiciones que sea, incluso con una estafadora internacional. Es que desde que han abandonado Spain…

Lo pintoresco del caso fue que mi padre me lo decía mientras procuraba entenderme al teléfono con un técnico del servicio de Internet para tratar de reparar la anomalía en su conexión. Y allí estaba él metiéndome su palma abierta por delante de los morros, entre el teclado, las instrucciones orales y yo. Como si fuera un chiquillo. Siempre me recuerdo más madura emocionalmente que mis padres. Ellos me hicieron crecer demasiado deprisa. Aunque madura no es lo mismo que responsable.

Creo que fue a los once (pero no estoy segura de si fue también a los ocho) cuando él se sentó una mañana de verano conmigo en el salón y me dijo: ¿No crees que ya estás muy mayor para jugar con muñecas? ¿No es mejor que se las regales a Azucenita? (Azucenita era la vecina del primero y era tres años más pequeña que yo). En realidad no sé si la idea de regalárselas a ella no fue una idea mía para salvarlas de la quema. Y esto último es literal. Tanto mi padre, como mi abuela, como la vecina del segundo, aquella Señora Ana, que era andaluza y Juan, el marroquí del cuarto tenían una especie de fijación con el tema de las hogueras, que encendían en el prado trasero al que miraba nuestro edificio. Porque antes en las pequeñas ciudades todavía existían los espacios abiertos, los descampados y los barrancos que nos servían a los niños de espacios celestiales de juegos. Allí también había un jardín que ellos mismos cultivaban y donde yo podía pasarme horas extasiada contemplando la labor con el azadón (cesoria, que decimos en mi tierra). También me fascinaban las madreñas a las que se subía Alma. Era como si no me cogiera en la cabeza que uno pudiera mantener el equilibrio de un calzado dentro de otro calzado de madera. Yo que sé.

Cuando estoy triste como hoy me gusta recurrir a los recuerdos felices del pasado.

Aquella mañana me sentí muy orgullosa. Porque asentí con la cabeza aunque con lágrimas en los ojos por lo que me decía mi padre y entendía como un reproeche y me fui a la habitación de Alma (mi lugar celestial de juegos) a meter en bolsas mis Nancys y todos sus vestidos que eran mi mayor tesoro. Los vestidos que yo ansiaba para mí y con los que vestía a esas muñecas a las que me encantaba ponerles deberes en pequeñas libretas para que los hicieran. Claro, que yo era la que lo hacía todo. Confeccionar las pequeñas libretas. Buscar preguntas que hacerles y redactarlas y dar con los resultados adecuados. Me gustaba que mis muñecas pensaran. Y me valían las respuestas al uso pero me gustaba especialmente cuando ellas se ponían ocurrentes y me daban una respuesta que a mí me parecía que por interesante merecía más nota. Pero de eso, a pasar a tener relaciones sexuales con ellas… podían mediar minutos. Vamos, que las Nancys para mí suponían un mundo multiplural.

– ¿A dónde vas? -me preguntó mi padre cuando me vio con las bolsas abriendo la puerta

– A bajárselas a Azucenita.

– Pero si no hace falta que lo hagas ahora. Lo que te pido es que vayas pensando que tienes que dejar de jugar con ellas.

– No. Ya lo he pensado. Se las doy ahora.

– ¡Hostias! -dijo él más o menos y de ese instante no sé por qué me acuerdo con esa precisión

Ya cuando cuando subía de vuelta las escaleras sentí una congoja dentro que hoy sé que fue congoja pero que en aquel entonces no supe precisar que era. Fue la primera vez que me despedí para siempre de algo que era yo.

Después de que el técnico del servicio de Internet y la mujer que escuchaba a su padre, de tiempo que pasamos colgados al teléfono, casi nos hiciéramos novios… le pedí a él que me hablara de mi operación. Se entiende que a mi padre, ¿no?

Dijo: ‘¡Meca! Lo llamaste de todo, al médico: hijo de puta, cabrón, gocho, cerdo, marrano. Déjame en paz -decías. Y te levantabas y abrías los brazos llorando desconsolada para que te abrazase: ¡Papaaá! ¡Papaaá! que me quiere matar. No dejes que me mate’. Pero eso sería después de que me operaran, ¿no? No, no -dijo mi padre-. Eso ya fue antes. En cuanto te clavaron la aguja y te pidieron que empezaras a contar hacia atrás. Cuando llegaste a seis no pudiste aguantarte más y ahí fue. ¡Que vergüenza pasamos! Porque después cuando despertaste seguías igual. Insultándolo e insultando a cualquiera que vistiera de uniforme. Sólo que yo lo único que logro recordar es haber contado hasta seis para luego indignada comunicarles que no era tonta y que sabía perfectamente que lo que trataban de hacer conmigo era distraerme.

Aunque sé que eso pasó con los días de ingreso, porque luego ya estuvo aquella enfermera tan simpática que se llamaba Covadonga y mi pesadilla, un capullo medio jorobado, como el jorobado de Notredame, que cada vez que me pinchaba sobre la cadera yo sentía que lo hacía con saña. Es que siempre fui muy mía para mis gustos y disgustos…

Así que de momento he sido incapaz de averiguar si viajé o no viaje al más allá; en principio porque no fue mi padre quién pasó conmigo aquella madrugada pero en una ocasión anterior, unos cuatro años antes, rocé la muerte. Y esto que voy a contar si que tiene que ver mucho con eso a lo que yo llamo casualidad o coincidencia y que la gente suele decir que no existe o suele banalizar hasta que en cierto sentido todos tendamos a concluir por eso que no existe.

Mi madre había dado a luz en el paritorio y esta vez sin incidencias. Hacía unos días que había vuelto a casa con mi hermano. Dicen que yo tenía pelusa. No sé, puede ser que sí. ¿Conocéis a algún niño que se pueda sustraer del todo a ella? Entonces tenía cuatro años y medio. Y no sé por qué razón mi abuelo aquel mediodía decidió no llevarme con él (siempre lo hacía); aún así, desobedeciendo como era habitual en mí, me escapé y crucé la que aún hoy es una peligrosa carretera a toda velocidad para seguirle corriendo. Mi madre me gritó desde la ventana que volviera pero no le hice ningún caso. Te voy a matar cuando vuelvas. Fíjate bien -la escuché decir. Llegué a su altura y él me ordenó muy enfadado que me diera la vuelta. Probablemente ya se habría ido enfadado por algún problema, tal vez a beber y por eso yo no podía ir con él. Pero como no estaba acostumbrada a que él me tratara así empecé a llorar como una amapola y volví a cruzar ciega por las lágrimas y sin mirar, por supuesto. Lo siguiente que recuerdo es el grito de mi madre clavándoseme en la cerebro pero ni siquiera el chirrido de los frenos y a aquel hombre de bigote que se me desdibuja en el abrazo de mi abuelo comiéndome a besos.

El hombre era el médico que había hecho nacer a mi hermano unos días antes. Dijo que me crucé delante de él justo en la curva y que me había visto muerta debajo de sus ruedas, que no podía entender como me había salvado milagrosamente porque él tuvo la viva impresión de que me había atropellado.

Desde entonces me ponen muy nerviosa las carreteras y me enferma la gente como mi madre o como O. que no respetan los pasos de cebra. Yo, aunque sea por una esquinita tengo que pisarlos para sentirme tranquila. Y en eso soy religiosa.

Escuchando toda la tarde Mercan Dedé.

Y pensando en los Ojos de esas ”pequeñas” que Sebastián Salgado inmortalizó en Brasil el día de su comunión. En ellas siento verdad y siento dolor. Veo luz y veo glaciar. Desde que me las presentaron por primera vez … no sé por qué motivo no me es fácil olvidarlas. ¿Y a ti qué te dicen Ellas?

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