Desde la oscuridad: PORQUE LA DUEÑA DE ESTO SOY YO.

noviembre 24, 2006

 

 

 

redon

  

Es cierto que yo había escuchado decir que hay personas que atraen la negatividad.
Es cierto que también alguna vez he leído que es peligroso llevar cristales que estén cargados con las malas vibraciones de esta energía
Pero …
No sé cuándo o desde cuándo mi vida se ha transformado en algo sencillo. Por aquí sí, por aquí no. Esto sí, esto no. Y tú tranquila. Relájate, respira hondo y sigue … y si dudo me detengo y no avanzo hasta que Sé.
Es cierto que actuando de esta forma casi todo se ha simplificado mucho. Lo cual no quiere decir que yo no tenga mis días malos como todo el mundo. Mis estados de ánimo decaídos, mis tristezas pero…
Ayer día radiante. No se ha llegado a leer porque aún no he transformado la voz y el caos en palabras organizadas que copulando unas con otras aunen un relato más o menos ”inteligente” pero la cosa terminó con que Verona y yo intercambiamos nuestros cuarzos.
Yo le entregué el mío, el que había estrenado y que me había regalado César la tarde anterior… y sólo Utilizado esa tarde… en una esquina en penumbra de una cafetería y él ya en el coche me entregó el suyo.
La amatista que lleva Verona era un regalo mío. Y uno muy especial (para aquella yo). Pero desde últimos de julio le perdí la pista. Ni siquiera sabía que él lo utilizaba hasta el martes cuando trataba de explicarle mi esquema del estúpido ser humano que somos en aquella mesa. ¡Anda! -le dije. Si lo llevas. Claro -dijo él. No me lo quito. ¿Puedo tocarlo? Yo creí que iba a estar cargado de angustia o algo peor pero no percibí eso: calor, comodidad, somnolencia… quizás sí. A lo que él me ha acostumbrado pero nada negativo o que yo identificase como tal. Así que cuando él me ayudó a cerrar mi broche me quede tranquila y no le di más vueltas. Nos dimos un abrazo de despedida y confié en él. Luego antes de irme a la cama lo guardé en una cajita de madera y creí que se quedaría ahí quieto hasta que algo me hiciera moverlo. Pero a la sobremesa él se conectó y estuvimos ”discrepando”. Yo no le doy la razón o ya parece que hago poco por entenderle y él dice que soy contradictoria y eso … me dio que pensar. Así que cuando me dijo que se iba a la ducha… yo hice lo mismo (tenía que hacerlo) pero agarré su cuarzo, lo colgué de un cordón de cuero y me duché con él. Creí que con eso bastaría. Como confío tanto en mí y en mi energía … Craso error.
Pero voy caminando por la calle y voy pensando en una solución posible. No me gusta sentirme limitada así que quiero proponerle algo pionero entre nosotros. Es una idea. De momento sólo una idea… una especie de experimento.
Y es la hora de mi cita con César. Quiero darle ”mi regalo-trabajo”: una melancólica playa en la que ardieron algunas hogueras… hay caracolas. Hay una formación coralina. Hay un árbol que sobrevivió a un naufragio. Hay olas que lamieron la orilla. Hay una roca erosionada por los elementos. Hubo agua y una explosión de llamas. Y también una noche. Y todo ello encerrado en una pecera. Y en el fondo… bueno, eso es un secreto y fue lo que hicimos juntos la tarde del miércoles. Y ya en principio cuando abro la puerta la chica que está con él ( a su lado … ambos miran algo en la pantalla del ordenador) se sobresalta como si alguien la hubiera pillado en un renuncio. Es una cliente-paciente con la que sé que ha ido a jugar algunas veces a eso que tanto le gusta a él jugar. Yo nada, me siento en la silla, le doy tranquilidad a la cosa, les confirmo que los juegos violentos o de poder me aburren y me saco de la manga una pieza de bollería que acabo de comprarme en una pastelería próxima y … pronto ella se va. Apago las luces y … seguimos con lo nuestro. Pero mientras estamos a oscuras un cliente trata de abrir la puerta. Eso rompe el encantamiento. Hay una vela negra. Ya sé que parece tétrico. Pero si estoy yo… nadie está jugando con nada malo. Ese ejemplar es útil en las ”limpiezas del ambiente” y le estoy tratando de enseñar a generar esa energía o a dejarse absorber por ella… No sé bien qué es. Pero en torno a la llama, yo sí me concentro, puedo percibirla. Una bola a cada instante más expresiva… Y en aquel momento era estupenda.
Pues nada, teléfono, otra interrupción y yo que me voy. Guardo todo, estoy segura de eso y llueve. Quiero llegar al gimnasio preferiblemente a esa hora. Pero pienso que ando escasa de suministros y me meto en un chino. Miro los cactus y me compro uno con tres cabezas para sustituir al que se secó (ignoro por qué) y ponerlo entre la fuente con la esfera y la pecera. Me interesa observar su comportamiento. Entonces me doy cuenta de que no llevo el teléfono. Regreso sobre mis pies corriendo. Sobre la mesa de César no está. Él me llama y suena en mi bolsa. El hombre de la filatelia me ”maltrata” cuando siempre es muy especial conmigo para él que es tan especial… No me decido a ir por ningún camino. No sé cual es el más corto. Elijo el peor y pienso en quedarme en la biblioteca y hacer tiempo mientras busco a Yalom y le leo pero veo a una mujer que no me gusta sentada en un banco y paso por delante de ella y salgo a un parque donde diluvia un aguacero. Todo es muy intranquilizador y escaso de luz y elijo el peor sendero y el más largo, es como si hubiera perdido el sentido de la orientación. Lo conozco todo y no reconozco nada. Ni las distancias. Así que otra vez me demoro y miro dentro del gimnasio y veo a esa mujer agazapada, amarga y tan desagradable, con la cabeza casi oculta por el mostrador imagino que en alguna revista boba y eso me puede. Así que me doy media vuelta y entonces pienso que me vendré a casa pero en eso recuerdo una cafetería a no muchos pasos en la que hay una parte trasera donde si no encienden las luces se puede disfrutar de una penumbra solitaria mientras hago tiempo a la hora siguiente. Lo sé, porque una mañana estuve allí y la camarera me dijo que por mí sóla no las iba a encender. Perfecto, recordé eso y quería eso: un lugar con algo de intimidad. Miro por el escaparate y allí no hay nadie, salvo unas cestas de navidad. Dejo el paraguas en el paraguero. Voy al baño. Luego me pido un café y me siento sintiéndome entre la luz ideal mientras tecleo en el teléfono móvil algo como: ‘A partir de hoy no quiero conocerte… ‘ Estaba siendo un mensaje para Nacho. Iba a proponerle que partamos de cero, que no demos por sentado nada uno del otro, que nos tratemos como dos desconocidos. Yo ahora que he recobrado la distancia emocional podría hacerlo. No suponer, no preconcebir… más escuchar, más interesarse por el otro real. Y esa chica tan amable (no es la misma de la otra vez, esa está tras el mostrador y no me lo parece) deja el café en mi mesa y le pregunto cuánto es… ochenta y cinco céntimos -responde y enciende las luces. Me giro, la miro y le digo con una sonrisa que por mí mejor que no. Ella sonríe y las apaga. Entonces otra mujer sale de esa cocina u oficce o lo que sea y las enciende con algo que me pareció mala uva. La he visto por un ángulo de la mirada pero no se me ocurre pensar que lo hace a propósito porque ha escuchado nuestras conversación. Entonces regresa la chica con el cambio y vuelvo a pedirle que las apague. Si para ellas yo entendí el primer día que era mejor economizar. Y siento una voz elevar el tono tras la barra. Se lo está explicando a la rubia más adulta y gruesa que se lo ha preguntado. Entonces me anodado. La mujer agarra y con agresividad vuelve a cruzar ese umbral para darle al interruptor. Y yo tan amable porque no me estoy enterando de la fiesta, todavía le pido: ¿podría apagarlas, por favor, si no le importa? ¿Por qué motivo? -me instiga a responder altanera. Por los ojos -digo señalándoselos con delicadeza . Y entonces, no va y poniéndose despótica, esa es la palabra, me agrede verbalmente con un: ‘Pues se quedan encendidas PORQUE LA DUEÑA DE ESTO SOY YO’. Y con manotazo orangutaneril incluido en todo su jodido tetero. ¡Aluciné en estentoreo esteréo! Inmediatamente agarro todas mis cosas, y me levanto de la silla con garbo y a la voz de: ‘ Pues ya está, Mujer’ -pero dicho con ese tono que yo me conozco-, las regreso a la bolsa y me pongo en movimiento. La individua cuando me ve hacer esto se nota que se queda sorprendida pero se calla el ‘pero bueno’ en la boca. Y me está esperando con un gesto de satisfacción con los brazos cruzados detrás de la barra como si la sintiera al lograr echarme. Yo ni siquiera había abierto el sobrecillo de azucar para volcarlo en el café sólo. Pero antes miro esos céntimos en el platillo y … cuando paso por delante de ellas se los arrojo soberbia y con absoluto desprecio como si fueran sólo basura para mí por encima de la barra. Pero de la heavy heavy, de la de verdad y me habría encantado que alguien me fotografiara en ese segundo la cara.. Como quien dice: Sí, tú eres la dueña pero toma también la propina por ello hija de puta. Y es que me he quedado de un ancho … Aunque he de decir que si la chica que me sirvió hubiera estado detrás de esa barra, para joderla hasta en el alma se los habría dado en la mano agradeciéndole mucho su amable servicio. Pero hubo que improvisar y cuando he andado veinte metros y he comenzado a mojarme porque ya se han terminado los soportales me he dado cuenta de que me he dejado el paraguas olvidado y ya el orgullo o la prudencia no me ha consentido, afortunadamente, darme la vuelta. Porque si entro otra vez al bar… sé positivamente que la liamos. Porque ahí yo estaba furiosa y ella debió de quedárse con unas Ganas. Y sé que hace años lo hubiera hecho. Porque ya lo hice. Y como si llegamos a las manos. Y no, la lluvia se encargó de bajarme de ”eso” por el trayecto. Y como a los cien metros del asunto ya comencé a sonreírme y a pensar con la cabeza y no con el culo. y me he dicho, pero ostras que mal vive este chico, ¡jo-der! ahora le entiendo. Porque además, desde que agarré el cáctus en los chinos no he hecho más que pincharme salvajemente con él. Como si fuera subnormal. Y eso es lo último que él me dijo, que no hacía más que hacerse daño de manera tonta con todo: golpes, heridas, rasguños … eso que te hace pensar que eres un pequeño desastre y que vas por la vida como un gilipollas, llevando siempre las de perder. Y en este punto sé que volveríamos a ”discrepar”. Pero es que este hombre es el anti-héroe :)
Y sí, he abierto la puerta de casa pero chorreando… así que mi resfriado con tintes de alarmante tos bronquítica, no se me va a curar nunca y he agarrado el paquete de sal, me he arrancado el puto cuarzo del cuello y lo he dejado ahí, en el fondo de esa taza llena de agua. Y luego sí, ¡hala! luz tenue, cuencos tibetanos y agua en las fuentes y mucho relax mientras escribo aquí, eso sí, con el cabello todavía húmedo :-)
Aunque ahora ya con este andante de Mozart se me ha secado y la imagen es una obra de Odilon Redon, ‘El hombre cactus’ (1881) que pertenece a su periodo oscuro, caracterizado por la austera sobriedad y la supresión del color.

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