TARTE DE LA CIUDAD DE FALBALÁ -i-

noviembre 29, 2006

Cindy Sherman

Ayer la cita es con la ciudad de Falbalá.

Pero un correo antes de Lisboa…

Y yo que le envío un mensaje a la zurda, el lunes cuatro le digo. 4 = a ”justicia pitagórica”. Y como auriga del carro del alma… ese verso aureo.

Por fin parece que Lisboa y yo nos vamos a reconocer, porque hasta este momento todo han sido imaginaciones por mi parte y respuestas por la suya… Él dice que tiene muuuuchas ganas de verme y yo digo … yo digo tantas cosas para mí. Pero la esencial es que estoy más aterrorizada de lo que nunca lo he estado; y que si interpreto eso al tenor de lo que tantas veces nos ha recomendado Luis Muiño, en su hábitat del unicornio y en sus libros… ‘Hay que viajar en la dirección del Miedo’. Y por lo menos salir así de dudas.

¿Lo que más me tranquiliza? Que Lisboa afirma que tenemos que mantener la magia… No lo sé. Levantar oráculos cuando uno forma parte integrante del fornicio no es cosa sencilla. Y además la madrugada del lunes al martes… mi madre me inquietó. Tres horas que me estuve con ella… Tú pones el vino. Vente báquico, le digo yo.

Y son las tres y media cuando logro coger ese autobús por los pelos. Me eternizo aquí en casa y luego tengo que salir disparada a todas partes corriendo.

Sin embargo en la ciudad de Falbalá la prisa se diluye.

Un café en una chocolatería. Un mensaje a Enol. A las seis y media estaré cerca de ese Centro Comercial.

Ella sonriente a la salida del trabajo. Me sorprende apareciendo por otra puerta. Yo aún ocupo la esquina. Ella viste de marrones. Yo con los mismos vaqueros que la última vez que estuvimos juntas en su ciudad.

La sesión está grabada. Pero Falbalá no es apta para este lugar. La buena suerte es que descubrí que la sesión con Ani también quedó registrada en el reproductor de mp3 y ahora podré comprobar y cotejar esos datos. ¿Ella me dijo aquel nombre por el que le pregunté en algún momento? ¿el que me susurraron las velas y yo no tenía por qué saber? Pronto saldré de dudas. Probablemente me lleve todo ese material atrasado en el viaje a la Meseta castellana…

Yo digo que ya sé que está más arriba. Pero digo que para mí no es subir porque la miro más al Sur. Como si sólo fuera un punto que se dibuja en un mapa. Y luego sea lo que sea ya no será eso en ningún caso. Lo que me da pavor. Y pienso en Gopegui y en Sergio Prym… y en Brezo Varela, cuando quiso que su padre le inventara una barra espaciadora para desaparecer de la vida.

Cuando vuelvo a salir a la calle está anocheciendo y las luces del Centro Comercial me atraen con fiereza. Al frente el megalíto y un hormiguero de viandantes. Esa parte de la ciudad no es la que me conecta con Villon. Porque a mediados de julio un Verona intermitente en el instante más esplendoroso de su ilusionismo me desposeyó de él.

Daría lo que fuera por borrar aquella tarde de mi retina. La tarde en que él no tenía que estar allí a aquella hora pero se materializó y yo le hice una llamada desde la altura. ¿Te sienta bien el rojo? ¿Quién eres? ¿Quién voy a ser? ¿Y cómo sabes que voy de rojo? Porque te estoy mirando…

Verona da vueltas desorientadas alrededor del quiosco de la ONCE y yo le saludo desde la rampa que termina en la segunda planta. Le cuesta verme porque es un túnel con cristales ahumados. Seguimos sin soltar el teléfono mientras yo la desciendo y él camina a mi encuentro. ¡Qué casualidad! -dice. Pero entonces no me lo parece. Estoy demasiado perdida mirando sus labios. Es en la cartografía de la atracción de mi azimut la horizontalidad inexistente. Aunque un par de días más tarde será ya el ocaso y dejarán hasta de existir las coordenadas. Tardo en caer en que todo ha sucedido una hora antes y por tanto en que la coincidencia en el tiempo fue real.

Entonces (ayer) entro su antiguo lugar de trabajo y miro a ese hurón blanco y luego pregunto por el precio de un acuario. Mientras estoy allí dentro le observo sonriéndome desde ese punto como un tumor. Es una mentira, otra ilusión óptica como la de sus pupilas en la barra de la cafetería en la que me sentaré minutos más tarde.

Cuando cruzo ese umbral me dirijo a los mismos taburetes que ocupamos entonces (aquel día) y me pido un café solo. Hay un hombre joven sentado a mi lado con abrigo y traje gris. Y yo apunto en esta libreta que leo ahora, que lee el periódico y que fuma Malboro, y que su mechero es morado.

Morado, como las pupilas moradas de los puentes que escribió en aquel poema tan mío Blanca Andreu. El día tuvo el don de la alta seda, amor mío, amor mío,… por eso te repito el pesado poema… las brujas virgenes prudentes y la plomiza nada milenaria… ¿lo recuerdas?

Creo que a Lisboa no le preocupan en lo más mínimo mis desvaríos líricos. Pero Verona no los entendía. Si hubiera que rescatar la expresión más pronunciada en todas nuestras conversaciones sería ésta: no sé de qué me hablas… y sin embargo … yo, yo, yo… hablaba todo el tiempo de él. Porque a Verona sólo podía hablarle de él.

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