DE MI TESTAMENTO EMOCIONAL: UNAMUNO

diciembre 11, 2006

 

miguel de unamuno

 

A Manuel M., profesor mío de grafología en algún lugar y tiempo: Perdona por engañarte. Pero muchas gracias por este regalo tuyo que conseguí al hacerlo, tantas…

la Roja.

Así como la exacerbación de ciertos tumores parece depende del estado atmosférico, así parece que del estado del ambiente espiritual de la sociedad que nos rodea depende la exacerbación del misterio dentro del misterio de nuestra alma

El misterio es para cada uno de nosotros un secreto.

Dios planta un secreto en el alma de cada uno de los hombres, y tanto más hondamente cuanto más quiera cada hombre; es decir, cuanto más hombre le haga. Y para plantarlo nos labra el alma con la afilada laya de la tribulación. Los poco atribulados tienen el secreto de su vida muy a flor de tierra, y corre riesgo de no prender bien en ella y no echar raíces, y por no haber echado raíces no dar ni flores ni frutos. Sé que al llegar a esto se te vendrá a las mientes, como a las mías se viene, la primera parábola del evangelio según Mateo, la del capítulo XIII, la del sembrador que salió a sembrar, y parte de la semilla cayó junto al camino, y vinieron las aves y se la comieron; parte cayó en pedregales, donde había poca tierra, y nació; mas como tenía poca tierra, al salir el sol la quemó y secó por faltarle raíces; parte cayó en espinas que crecieron y la ahogaron, y parte cayó en buena tierra y dio fruto, ya a ciento, ya a sesenta, ya a treinta por uno. Y así sucede con el secreto de la vida a cada cual. Hay hombre a quien el secreto de su vida cae por fuera, al camino de ella, y se lo devoran las aves; a otro le cae en corazón pedregoso y no tribulado ni arado por el dolor, y le brota, pero el sol se lo quema; a otro se le ahoga en mil divertimientos y expansiones, y sólo a muy pocos se les adentra y echa raíces; Y las raíces tallo, y el tallo hojas, flores y, por fin, fruto.

Y ten en cuenta que esa semilla es el secreto de la vida, encerrado en alma, no le ve nadie ni llega el Sol a él. Nosotros vemos la planta, nos restregamos y refrescamos la vista con la verdura de su follaje, nos regalamos el olfato con el aroma de sus flores, y gustamos el paladar con la fragancia de sus frutos, a la vez que con ellos nos alimentamos; pero ni vemos, ni olemos, ni gustamos la semilla de esa planta que fue enterrada bajo tierra.

Cuando hemos hablado del deber de la sinceridad, me han replicado siempre que hay en nosotros pensamientos y sentimientos que no debemos revelar, sino guardar con cuidado y celo. Y yo te lo rebatía, y con cierta agresiva vehemencia oponía a tus reservas lo de la necesidad de andar con el alma desnuda y de la confesión pública. Pero he meditado después en ello y he venido a la conclusión de que, en efecto, estabas en lo firme, de que es precisamente el deber de la sinceridad el que nos manda velar las entrañas de nuestra alma. Y es el deber de la sinceridad el que nos manda velar y recatar las entrañas de nuestra alma, porque si las pusiésemos al descubierto las verían los demás como no son ellas, y así mentiríamos.

El que dice sí sabiendo le han de entender no, miente, aunque el sí sea la verdad. Hay que llevar, sí, el alma desnuda; pero el llevarla desnuda no es llevarla desgarrada y abierta en canal. Cuanto más sincera es un alma, tanto más celosamente resguarda y abriga los misterios de su vida.

Sí, en los momentos de ahogo y congoja cordiales, cuando nos falta aire espiritual para respirar, nos desgarramos el corazón para que el aire penetre en sus senos; pero a la vez que el aire llega el sol a esas profundidades, su lumbre seca y mata a las semillas en él depositadas, y no echan ya raíces, y se mueren sin dar flores ni frutos.

Las raíces de nuestros sentimientos y pensamientos no necesitan luz, sino agua, agua subterránea, agua oscura y silenciosa, agua que cala y empapa y no corre, agua de quietud. Lo que necesita aire y luz es el follaje de nuestros sentimientos y pensamientos, es lo que de ellos arrojamos al mundo, y al darlo al mundo del mundo es.

Para expresar un sentimiento o un pensamiento que nos brota desde las raíces del alma, tenemos que expresarlo con el lenguaje del mundo, revistiéndolo del follaje del mundo, tomando del mundo, de la sociedad que nos rodea, los elementos que dan consistencia, cuerpo y verdura a ese follaje, lo mismo que la planta toma aire de los elementos con que reviste su follaje. Pero la fuente interna, la sustancia íntima e invisible, le vienen de las raíces.
El lenguaje del que me sirvo para vestir mis sentimientos y mis ideas es el lenguaje de la sociedad en que vivo, es el lenguaje de aquellos a quien me dirijo; las imágenes mismas, los conceptos en que vierto su savia, son las imágenes y los conceptos de los que me oyen; pero la savia, esa savia vivificante, que desde las raíces sube a mis frutos, otra savia que no se ve, ésa es la mía. Y es la que da a mis frutos, la que da a tus frutos, la que da a los frutos de todo hombre, el sabor que tengan.

Hay frutos desabridos que a nada saben, que no dejan dejo de los que repiten, que parecen sosos productos de estufa; y es que esos frutos no provienen de semilla, sino de gajo, de injerto tal vez. Son frutos espirituales que no proceden de secreto alguno de vida, de misterio alguno de tribulación.

Hay almas que tienen las raíces al aire: ¡desdichadas! Las hay que no tienen raíces: ¡más desdichadas! Hay por debajo del mundo visible y ruidoso en que nos agitamos, por debajo del mundo de que se habla, otro mundo invisible y silencioso en que reposamos, otro mundo del que no se habla. Y si fuera posible dar la vuelta al mundo y volverlo de arriba abajo, y sacar a la luz lo tenebroso metiendo en tinieblas lo que luce, y sacar a sonido lo silencioso, metiendo en silencio lo que habla, habríamos todo de comprender y sentir entonces cuán pobre y miserable cosa es esto que llamamos ley, y dónde está la libertad y cuán lejos de donde la buscamos. La libertad está en el misterio; la libertad está enterrada y crece hacia dentro, y no hacia fuera.

Se dice, y acaso se piensa, que la libertad consiste en dejar crecer libre a la planta, en no ponerle rodrigones, ni guías, ni obstáculos; en no podarla, obligándola a que tome esta o la otra forma; en dejarla que arroje por sí, y sin coacción alguna, sus brotes, y sus hojas, y sus flores. Y la libertad no está en el follaje, sino en las raíces, y de nada sirve dejarle al árbol libre la copa y abiertos de par en par los caminos del cielo, si sus raíces se encuentran, al poco de crecer, con dura roca impenetrable, seca y árida, o con tierra de muerte. Aunque si las raíces son poderosas y vivaces, si tienen hambre de vida, si proceden de semilla vigorosa, quebrantarán y penetrarán las rocas más duras y sorberán agua del más compacto granito.

Arbol espiritual de muchas y hondas raíces dará regalado fruto, por áspero y hostil que el ambiente le sea. Y las raíces son el secreto del alma

A lo mejor se asombran los hombres de la singular fuerza que se revela en una obra al parecer de pura inteligencia, de la plenitud de pensamiento que estalla por todas partes en un tratado de Algebra, o de fisiología, o de Gramática comparada, o de otra cosa así. Hay libros de ciencia que, aun conteniendo principios nuevos, nuevas verdades, leyes que descubrió su autor, decimos todos que envejecerán en cuanto esas verdades, leyes y principios se incorporen a la ciencia y entren en su caudal y aparezcan expuestos en los manuales didácticos en que es expuesta Un libro de ciencia puede aportar mucho caudal nuevo a ella, y ser, sin embargo, perfectamente impersonal. Pero hay otras obras también de exposición científica, y no más de exposición científica, en las que, aparte de la novedad y verdad de los principios en ellas revelados, hay en su trama, en su tono, en el espíritu oculto que las anima, un quid mirificum, un algo misterioso que las hace duraderas y fuente de enseñanzas hasta cuando los principios en ellas expuestos son de común dominio o han sido acaso rectificados, o rechazados tal vez. Y estas obras de ciencia inmortales, inmortales por que su vida no depende de la vida de la ciencia a que sirvieron, son obras que proceden del secreto de vida, tienen su raíz en algún misterio de tribulación

Los grandes pensamientos vienen del corazón, se ha dicho, y esto es, sin duda, verdadero hasta para aquellos pensamientos que nos parecen más ajeno y mas lejanos de las necesidades y los anhelos del corazón. ¿Quién sabe las cordiales que en el alma generosa y grande, en el lama henchida de piedad de Isaac Newton, tuvo el descubrimiento del binomio a que damos su nombre?La ciencia ha sido para muchos espíritus ardientes el refugio en que han ido a abrigarse en grandes tormentas interiores, y muchos de los más grandes y más fecundos descubrimientos se los debemos a misterios del corazón. Y estos elevados y nobles espíritus nos dieron los frutos de su secretosin revelarnos éste, y nos fueron absolutamente sinceros y nos enseñaron la verdad.

A un árbol se le conoce por sus frutos pero sus frutos no son sus raíces, aunque de ellas procedan. Muchas luminosas teorías, muchas sugestivas hipótesis, muchos felices descubrimientos, son hijos de profundas tribulaciones, de entrañables dolores.

Tú te acordarás, mi querido amigo, las veces que hemos hablado de las profundas corrientes de pasión que circulan por debajo de la Ética, de Spinoza, o de la Crítica de la razón práctica, de Kant, y cómo estas dos obras imperecederas son lo que son por haber brotado del corazón de sus autores, no de la cabeza. Pero el que sabe leer y sentir lo que lee, por debajo de las secas fórmulas del judío de Ámsterdam, en el hondón de aquellas proposiciones expuestas al estilo algebraico hay mucha más pasión, mucho más calor de ánimo, mucho más fuego íntimo que en la mayoría de los estallidos flameantes de los que pasan por sentimentales.

No es la llama el único ni el principal signo del fuego; antes bien, los fuegos más duraderos y más intensos no dan llama de ordinario. Cada una de las proposiciones de la Ética spinoziana es como un diamante: dura, esquemáticamente cristalizada, recortada en finas y cortantes aristas, fría. Peor, lo mismo que el diamante, ha debido ser preciso para producirla un intensísimo y muy fuerte fuego. El fuego común enciende en brasa los carbones ordinarios, y, una vez que cesó, quedándose en ceniza; pero para producir un diamante ha sido preciso un fuego tal como hoy no lo tenemos sobre el haz de la tierra, sino acaso en sus entrañas, donde no llega el aire que nos envuelve.. nuestros fuegos exteriores, los que llamean hacia fuera y se avivan con el aire del mundo, alumbran y calientan un momento lo que nos rodea pero no dejan como fruto de su incendio más que pavesas y cenizas. Sólo el fuego interior, oculto, el que no luce hacia fuera ni recibe aire del mundo, es el que puede darnos diamantes duraderos, más duro que cuantos guijarros puedan chocar con ellos.

¿Te acuerdas de aquel nuestro amigo que se fue a lejanas tierras para no volver, y del cual nunca más hemos sabido? A todos nos atraía y nos sorprendía lo singular de su dulzura, su eterna sonrisa misteriosa, la inalterable serenidad de su juicio, la moderación de sus pareceres todos, el perfecto dominio de sus emociones. Cuando discutíamos sus palabras caían sobre un asunto candente como un rocío refrescador; todos los argumentos, resecados y ahornagados por nuestra caliente terquedad, reverdecían, y al reverdecer se enlazaban los unos a los otros. Y cuando entonces le reprochábamos de escéptico, se sonreía misteriosamente y decía: “No, no es que yo dude de todo, es que lo creo todo”. Y aquel “lo creo todo” nos sonaba a la infinita oquedad de la impotencia de creer cosa alguna. Y muchas veces, cuando se nos separaba, nos decíamos: “Pero este hombre, ¿tiene fe en algo?”No nos dijo al marchar sino esto: “Voy a enterrarme en la naturaleza bravía; huyo de mí mismo porque me tengo miedo; huyo de la sociedad porque, sin quererlo, me está dañando de continuo, y me temo mucho que llegue el día en que, sin quererlo también, sea yo quien la dañe.” Y nos dio el adiós con los ojos enjutos, pero con aquella misma voz de cuando protestaba de tomar a diversión la vida, y se fue. Y no hemos vuelto a saber de él. Se fue con su secreto. ¿morirá éste con él? No; yo no creo que muera con un hombre su secreto de vid, el misterio de su corazón, aunque él no nos lo revele durante su vida toda. Un secreto es un sentimiento padre, eterno, fecundo; y esos sentimientos que buscan almas en que encarnar, cuando encarnados en una no han dado en ella fruto, buscan después otra. Para cada alma hay una idea que la corresponde, y que es como su fórmula, y andan las almas y las ideas buscándose las unas a las otras.

Hay almas que atraviesan la vida sin haber encontrado su idea propia, y son las más; y hay ideas que, manifestándose en unas y otras almas, no encuentran, sin embargo, sus almas propias, las que las revelarían en toda su perfección.Y aquí se nos presenta otra vez el terrible misterio del tiempo, el más terrible de los misterios todos, el padre de ellos. Y es que esas almas y las ideas llegan al mundo o demasiado pronto, o demasiado tarde y cuando un alma nace, se fue ya su idea, o se muere aquélla sin que ésta baje.Tormento grande fue, sin duda, para un hombre en el siglo XIII haber nacido con el alma del siglo XX; pero no es menor tormento tener que vivir en este nuestro siglo con un alma del siglo XIII. Era entonces la misteriosa y terrible enfermedad de los conventos, la acedía, aquella inapetencia de vida espiritual de que, por otra parte, no se podía prescindir; y quien lea con atención y sentido a los místicos, oirá con el corazón aquel tono profundo que suena a desgarrador sollozo, que no brota del pecho, sino en él queda, y hace llorar hacia dentro. Pero hoy tenemos la acedía de la vida del mundo, la inapetencia de la sociedad y de su civilización, y hay almas que sienten la nostalgia del convento medieval. Del convento medieval digo, y no simplemente del convento, porque el de hoy es tan distinto del que era en el siglo XIII cuanto es distinto del aquel siglo el nuestro. Y tengo para mi que las almas medievales que hoy viven entre nosotros son las que más repugnan los claustros del siglo XX. De aquel hombre de secreto, de aquel misterioso danés que vivió en una continua desesperación íntima, de Kierkegaard, se ha dicho que sentía la nostalgia del claustro de la Edad Media.

Todos llevamos nuestro secreto de vida: los unos, más a flor de alma; los otros, más entrañados, y los más, tan dentro de sí mismos, que jamás llegan a él ni lo descubren. Y si alguna vez lo vislumbran dentro de sí, vuelven hacia fuera la vista, despavoridos, y no quieren pensar en ello y se dan a divertirse, a enajenarse.

“Y ¿aquellos que ni siquiera lo han vislumbrado -me preguntarás-, los que atraviesan la vida sencillos y confiados, inocentes y serenos, llevando al aire y a la luz las entrañas del espíritu?” Para éstos, mi querido amigo, todo es secreto; viven sumergidos y empapados en él; el misterio los envuelve. Son como los niños, que lo ven todo. Porque ¿crees tú que un niño de seis años no tiene también su secreto, aunque él no lo sepa? Sí; tiene su secreto, y su alma duerme en la inconsciencia de él; pero desde allí dentro, desde esa inconsciencia, le vivifica la vida. No recuerdo espectáculo más trágico y más misterioso que el de una pobre niña de muy pocos años que se deshacía en lágrimas junto al cadáver, aún caliente, de un perrito que había sido su más querido juguete, un juguete vivo.

Todos llevamos nuestro secreto, sepámoslo o no, y hay un mundo oculto e interior en que todos ellos se conciertan, desconociéndose como se desconocen en este mundo exterior y manifiesto. Y si no es así, ¿cómo te explicas tantas misteriosas voces de silencio que nos vienen de debajo del alma, del más allá de sus raíces? ¿Te has fijado en el espectáculo de dos personas que discuten, exponiendo cada una de ellas su opinión sobre las cosas, y entre tanto, sólo tratan de sorprenderse mutuamente las almas? Lo que a cada uno de ellos le importa no es cómo piensa el otro, sino cómo es; no cuáles son sus opiniones, sino quién es él. Y es frecuente que entre dos personas que conversan, al parecer con gran intimidad y en el seno de la mayor confianza, hablan de todo menos de aquello que más inquieta y preocupa a ambos. Los preside y anuda su comunión espiritual una idea, un sentimiento, y de todo hablan menos de ese sentimiento, de esa idea común que los une. Los junta un secreto, y ambos se lo callan, porque es la mejor manera de que los junte.
Con frecuencia, cuando asistimos a la conversación de dos amigos íntimos, unidos por lazos fuertes e indestructibles, nos sorprenden cosas que no entendemos o el tono que la conversación toma, y que parece completamente fuera de acuerdo con lo que dicen. Y es que están hablando de una cosa y pensando ambos en otra muy distinta; y es que están discurriendo sobre un tema manifiesto y superficial, y comulgando en un secreto profundo. Es un secreto común que nunca se lo revelaron el uno al otro.

Y hay gentes que parece que todo lo dicen y cuentan, y son los que más callan; y no hablan y se confiesan sino para ocultar más su secreto, pues temen el silencio, que es lo más terriblemente revelador que hay. La sinceridad se ahoga en palabras. El secreto, el verdadero secreto, es inefable, y en cuanto lo revestimos de lenguaje, no es que deje de ser secreto, sino que lo es más aún que antes.

No nos es hacedero de ordinario conocer el secreto especial y propio de nuestro prójimo, su ansia propia, su tribulación suya, la congoja que le atormenta o el gozo oculto que no puede revelar, la pasión que le consume o le acrecienta, el anhelo que persigue en su corazón; pero lo que sí podemos conocer es la raíz común a los secretos todos de los hombres, el secreto de nuestros sendos secretos, el secreto de la Humanidad. Toma distintas formas en cada alma, y estas formas no son secretas, pero su sustancia última y eterna es siempre la misma.

Y el secreto de la vida humana, el general, el secreto raíz de que todo los demás brotan, es el ansia de más vida, es el furioso e insaciable anhelo de ser todo lo demás sin dejar de ser nosotros mismos, de adueñarnos del universo entero sin que el universo se adueñe de nosotros y nos absorba; es el deseo de ser otro sin dejar de ser yo, y seguir siendo yo siendo, a la vez, otro; es, en una palabra, el apetito de divinidad, el hambre de Dios.

La ley nos atribula y aflige, y cuando tratamos de quebrantar la ley, lo hacemos empujados por otra ley más alta o más baja, que nos atribula y aflige aún más que la primera, y la satisfacción de todo anhelo no es más que semilla de un anhelo más grande y más imperioso.

“¡Si yo pudiera llevar tal otra vida y hacer tales o cuales cosas que hoy no puedo hacer!…”, dices. Y si pudieras llevar esa vida y hacer esas cosas que hoy no puedes hacer, como entonces no podrías llevar la vida que llevas ni hacer lo que hoy haces, desearías tu vida y tus hechos actuales.Porque lo que quieres es aquella vida, y ésta y la otra, y todas. Los judíos, al salir de Egipto, ansiaban la tierra de promisión, y una vez en ella, suspiraban por Egipto. Y es que querían las dos tierras a la vez, y el hombre quiere todas las tierras y todos los siglos, y vivir en todo el espacio y en el tiempo todo, en lo infinito y en la eternidad.

El resorte del vivir así es el ansia de sobrevivirse en tiempo y espacio; lo seres empiezan a vivir cuando quieren ser otros que son y seguir siendo los mismos. Y todo lo que no vive, no es sino alimento de lo que vive.

Y ahora queda otra pregunta, y es: el conjunto, el todo, el universo, ¿no vive a su vez y anhela ser más que es, ser más que todo, más que universo? ¿No tiene el universo su secreto?

Miguel de Unamuno
Julio de 1906

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