MCMI

diciembre 12, 2006

iglesia de San Lorenzo en Gijón

Las arcadas del amor sorprendieron a la Roja en el firme del paseo de Begoña. Caminó guiada por el rosetón y las torres de la iglesia y se detuvo sobre los mosaicos de azulejo de la pérgola blanco-azulada… Había hojas de otoño… formando una flecha. La flecha de un arquero, imaginó sostenida como estaba por los símbolos; en las baldosas del pequeño estanque urbano sobre la que ésta se edificaba. La parra inexistente había muerto. Quizás ni siquiera había estado antes allí pero Ella la recordaba. La persistencia de la memoria. Su empecinamiento… se recuerda insignificantemente tantas veces lo que no existió…

La iglesia era la iglesia de San Lorenzo. Una fecha… campanadas… MCMI… Tacones de hembra…

Campanadas… Portón de madera de roble quizá que se empuja. Visagra y chirrido que la cierra. Más pasos. Silencio al que sorprende un área de ópera. La Roja no reconoce ni a la Soprano ni el argumento. Voz de mujer que narra: La Roja estaba sintiendo el desmayo del amor… Apoyada sobre aquel pilar de piedra sentía la debilidad de sus piernas… y algo gritando en la boca del estómago… Su mano acariciaba la pila… los relieves estaban gastados… Más pisadas de hembra…

Un belén triste… unas frutas sobre la gravilla quijotesca del suelo, cuatro ovejas en concilio, un tronco retorcido o herido por un rayo, como una torre, como un mal devaneo, o como algo después de todo benévolo. Un sembrado… un ángel… y una anunciación… una hilera de confesionarios… escenas de la biblia… del N.T. María Magdalena besando sus pies con devoción como la Roja había lamido uno de los del extraño de ojos azules, el que miró hacia el oeste… Un fonema. La Roja… acariciando su lomo… En el siguiente supone que San Pedro. Porque lleva una llave en la mano y señala al cielo. Digamos que las puertas son hipotéticas. Hay una ermita… sobre un altozano escabroso bendecido por algún Eufrates y azotado por los céfiros… los quicios climáticos se antojan desasosegantes. Y en las vidrieras de las ventanas dominan los rojos y los azules, algún amarillo extraviado, algún pan de oro… Caminares nuevos… No, la pila bautismal estaba ahí al frente. A la Roja le gustaría atreverse. A dirigirse hacia ella. Pero sabe que los pocos parroquianos que rezan a esas horas la miraran mal. Hay dos tallas de madera. Gigantes en la pared. Una debe ser una virgen concluye pero bien podría ser una abadesa. Hay algo de hábito en ella. Con las manos en posición de oración. El macho es un homo erectus. Se desajusta de la realidad dominical de los domingos de guardar que la Roja conoció de niña. Más claro, más alto. De otra madera. La Roja lee: Gabino Diaz Merchan, centenario. Un friso, con los apostoles. Y Cristo a la cabeza. Dirigiéndose a ellos. No sabe a qué les exhorta. No sabe lo bastante de nada pero la Roja se atreve. ¡Que la miren si quieren! Pero no hay agua en la pila bautismal. Quizás también aquí los drogadictos acabaron con eso. Un velón enorme con aquel mismo símbolo… La mayúscula de princeps, por ejemplo y una corona de rey de reyes. La Zurda advertiría la señal de estar con Ella. O tal vez no. La paroxetina la tiene idiotizada y se olvida de lo que quiere y también de lo que no quiere. Un pez en el mar, una estrella polar, otro pez en el cielo. No es lo mismo que en el cuento de Vassilikos pero casi -pía la Roja como un gorrionzuelo. Una lengua roja de fuego…

El ruido del taconeo de hembra se hace más seguro, más sonoro, más insolente. Al retablo ni siquiera una ojeada. Pasos que se alejan de la mística del deseo. Área ignota que se apaga. Lejanía de notas ya. Ausencia de soprano. Puede que si la Roja entró allí fuera por él; como aquella primera vez a la salida de la casa de la cultura con aquel Saramago de la mano que los une desde mucho antes que los besos. Una verja de hierro que se resigna. Ruido ensordecedor de la calle y una toma de aliento.

Luego es el sonido de un acordeón rumano al que la Roja poco a poco, voy sintiendo a través de la grabación, se acerca. Pero disimula mirando el calzado que no sabe ni que tango ni a qué estómago alimenta. Después detiene amable a un joven, un viandante cualquiera. Le pregunta por el Bariloche. A él le suena pero no está seguro. Ella nombra la biblioteca. Él dice el Caracol. El caracol si lo conoce. Babas, babas, eso era. Alegría en su pubis terco. La Roja prefiere eso a devanarse los sesos con un callejero. Por lo menos preguntando se aligera un poco de su trastorno espacial. Un taxista la mira con intención desde la parada. Insistentemente. ¿Por qué a mí no? La Roja pasa de largo. Y su paso sólo dice eso: Porque a ti No. Dobla la curva. Está desorientada. Pero al fondo distingue el restaurante chino que de vez en cuando frecuenta. ¿El Caracol? Se da la vuelta. Queda más atrás.

A la Roja le gustaba no detenerse más de lo necesario en lo desconocido. Ir pronto de lo Desconocido a lo Conocido. Aunque una vez ya conocido lo desconocido súbitamente y de común acuerdo con todas sus personalidades dejaba de tener prisa. El Caracol estaba cerrado… Siguió la referencia del marco de la playa.

La oigo suspirar agitada en medio de la calzada. Cruzando como a veces a las carreras. Acaba de comprarse un dietario color vino de burdeos y tiene ganas de estrenarlo. Alcanzó la escalerona número 7 y en ella se encontró una cruz compuesta de clavelinas rosas y margaritas que ya agonizaba. Se preguntó por su significado. Se dijo que algún ahogado en esas fechas. Eso sí, arrebujada con papel de plata y aderezada con verdes de ramitas que aún parecían querer reverdecer. El medio día era frío y en esa misma rampa un día la habían besado. Y también, cómo no, le habían leído unos capítulos concertados de Rayuela pero eso pudo ser mientras el humo del hachis aún le hacía efecto. Klaus, el tercer hombre que atravesó la Meseta para verla, la atormentó toda aquella noche con su polla de corredor de fondo del Retiro. Pero alentado más que nada por unos celos de lo más estúpido que le despertaba Villon; el segundo, aunque no en ese orden de importancia emocional; e insistió en leerle entonces aquellos desveladores fragmentos… Se había puesto tan pesado con sus abrazos de luchador grecorromano que a la Roja cualquier otra cosa le hubiera parecido bien. Pero luego he de reconocer que Ella estuvo sublime cuando le desentrañó a aquel bruto disfrazado de poeta la procedencia de la sal de la Maga. Todo lo que fuera con tal de que dejara de querer confundirla con ella.

El primer Madrid que hubo y el primero que viajo al encuentro de su descubrimiento había sido un parlamentario (y de momento vamos a dejarlo así); aunque a él le gustaba más que ninguna otra cosa que le llamaran Madrid49 y endulzarle el culo y la vanidad a las mujeres. Me romperéis los ovarios con esa puta manía de no entender, les dijo la Roja. Pero ni el primero ni el tercero le habían hecho caso. El segundo fue distinto.  Villon lamentablemente era demasiado… ¿cómodo tal vez? Y sin embargo a ese la Roja le había querido… Mucho. De verdad.

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