LA CANTINA

diciembre 14, 2006

la cantina

En el viaje a la Meseta de la Roja todo fueron abrazos, sonrisas y estremecimientos de calor, oleadas de calor y afable Compañía.. pero no sólo del extraño de ojos azules, sino desde el expectante antes, que algunos observaron no sin cierto estupor, como Verona... y desde el renovador y entrañable después en el que se enarboló, como una bandera en un mástil pirata, aquel mediodía urbano del día cinco de diciembre, como … porque con qué ansia, con qué ansia… Da igual, ya lo contaré…

La Roja abrió el outlook aquella mañana del cuatro y comprobó que no había ninguna mala noticia esperándola.

En vistas de que eso no ocurre, escribió, me calzo mis botas de siete leguas, y parto a tu encuentro con dos horas de adelanto. Mi autobús no sale hasta la una pero de aquí… ya me voy.

Vulnerable, como es habitual en él, el marido de la Zurda la esperaba cerca del garaje. La acompañó al supermercado, y mientras él se quedó fuera con su bolsa de viaje y ella se hizo, previsora, con unos pastelillos, algo de chocolate, picatostes, mantequilla y pates para el camino y la noche, la Roja también compró dos refrescos y luego los dos se metieron en la cantina de la estación a hacer tiempo y a casi emocionarse juntos. El marido de la Zurda suele intentar mostrarse empático. No siempre convence pero a veces llega a serlo de verdad. A hacerse de sentir como cuando te oprime un brazo porque se te acaba de encharcar el alma y él lo siente por ti. Puro espejo del desvalimiento. Y Ella pidió un te con limón y él la especialidad de la casa, un vermout oscuro y muy dulce del que la Roja probó un sorbo. Estaba delicioso y dudo por unos instantes si … pero no, no era prudente. El mareo, ya sabes. ¿No te has tomado nada? -le preguntó él, opaco. En esto el teléfono. La Roja no podía llamar pero si recibir llamadas. Era su antiguo médico de cabecera. Pongamos que el doctor Ramón algo. ¿Dónde estás? -le preguntó. A punto de coger un autobús para Madrid. ¡Ah! ¿por fin te vas? Sí… en unos minutos. Bueno, tono más pesaroso aún que el de la última vez, y como le jodía a la Roja eso, yo sólo quería decirte que me lo he estado pensando y que no quiero que me sanes pero sí que seas mi amiga. Lo necesito el doble, más, mucho más. Y sobre todo que me hables. Ya sabes, para crecer… La Roja no emitió ningún dictamen ante esa politeísta esperanza. Santiago la observaba. ¿Puede ser? Supongo que sí -respondió vacilante. A la vuelta lo hablamos, ¿de acuerdo? El hombre acababa de perderlo casi todo, la estabilidad de su trabajo en el que llevaba anclado una burrada de años, los últimos corchetes de aquella incomprensible relación que sostenía con su pareja después de que ella hacía ya dos años le hubiera largado de casa por causa de sus lobeznos, problemas de identidad, a una amiga del alma que se le había ido a las Canarias… y a la Roja le daba un poco de pena de esa en líneas generales pero … para la Roja la amistad es y será siempre un asunto, serio, muy muy serio, sagrado. Un compromiso de los que le da tanta alergia contraer. Más que una enfermedad. Compromisos los menos posibles, los inevitables. Contigo y poco más -me dice. Más fácil tratar de ayudarlo o ladrarle como su perra, que se asusta por la más nimia de las tormentas, que ser su amiga pero a cambio, eso tan difícil, tan imposible, el enjuto hombre, la liberaba de la obligación de tener que tocarlo. Había sido especialmente grave con él al respecto. Si te confundes conmigo… Entonces la Roja había aprovechado para espetarle lo mucho que le había molestado a Ella que él equivocase su temblor cuando la auscultaba. No me gusta que se me acerquen y tampoco que me toquen. Eso es todo. Y asunto zanjado. ¿That’ s the question? Ya ni siquiera era su médico y había dejado de serlo todo para Ella. Eso sí, no le quedó una cosa por decirle que no tuviera guardada y luego, tal vez disfrazada por un rato de mujer adulta y comprensiva, le escuchó… Malo cuando no habla la Roja y se limita a hacerte hablar. Anda midiéndolo todo. Hilvanando y tomando calibres y hechuras para sus azules e infuturas sepulturas.

¿Qué me quieres, Amor? -un día le dijeron sobre una colcha arrugada que se quedó arrugada como el festín que se dieron con sus ropas y la noche laudano, a horcajadas, que fue como un devocionario… un verso de aquel renacentista Esquio. Algo que se toma prestado una madrugada cualquiera y que nada significa, y que se devuelve alguna otra como inmanente propina. La Roja sabía de eso. De aguardar, estoica, por esa única hora que mata cuando todas las otras hieren, con calma chicha… de lo que valen los envites y las monedas para la mar vieja… joder, un órdago a la chica. Te quiero lo que te quise. Ahora, segador de palabras… Aquello que tú me querías… tilonorrinco, iris, sapo, espiritrompa. Como te quise por ese final del maestro republicano en la lengua de las mariposas, Manuel… Rivas pero Manuel.

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