– LOS AULLIDOS DE YOCASTA –

diciembre 17, 2006

los silencios de yocasta... para mujeres con culpas

La Roja le contó a Verona esa tarde muchas cosas del Extraño de ojos azules. Pero ya le hablaba sólo desde y de sus sentimientos. No por él. No le contaba Sexo. Si acaso Sensaciones. Más primarias. Menos sospechosas. Quizá porque, en aquel momento, los sentimientos auténticos ni siquiera habían florecido o quizá porque…

Da igual, eran humildes pero germinaban … lo germinaban todo pero no como monstruos; volaban por sus labios de su boca a su pubis, y se volcaban como ázucar de caña a sus entrañas, metabolizándose en su páncreas y sedimentando las arterias del deseo, la sinrazón de la linfa, la acuosa dulzura de esa locura humanidad…

Ellos, la Roja y Verona, también habían follado después del Regreso de Ella del viaje a la Meseta. Al día siguiente o al posterior a ese, en el coche de él. La Roja le convenció y tuvo esa vez los mejores orgasmos que Verona le había dado. Pero a cambio no sintió ni un sola emoción, como las que a Ella tanto le habían enganchado a sentir y a experimentar con él. Y Verona no fue el único. A los pocos días la Roja volvió a follar y a sentir orgasmos con otro hombre de confianza. Ese una Víctima. Le bastaba con cerrar los ojos y gemirle mentalmente dilatada a su Él, al Extraño de los ojos azules. Las pupilas arrebatadas bajo unos párpados, que se fruncían en festones de pestañas con terca tenacidad. Fucsias y naranjas fue todo lo que vió la zurda en esa oscuridad de aquel nuevo éxtasis…

El Amor edípico. Con Verona era algo incestuoso desde la tercera vez…

Y a la Roja le encantaba sentirlo aunque ni siquiera comprendía por qué; porque Verona no se comportaba con Ella como un niño de teta, no era esa su manera de sentirlo así. Y sin embargo con él había sido Yocasta, una tebana demente cualquiera. ¡Hay un cordón umbibical! ¡Hay un cordón umbibical! -le gritaba.

Siento puro incesto, contigo. Es una de las cosas que siento. Pero del incesto de la madre y del hijo. Del padre y de la hija. De los hermanos… pero es algo que fuera de esto me parece imperdonable, que lo sepas. Lo sentiría como una enfermedad. Eso no te lo debe inspirar ningún hijo. El incesto hay que sentirlo como yo lo siento contigo, exactamente así… No sé qué me gusta más si el Amor o la prostitución Sagrada….. le susurró estremecida por el placer, gibosa, como una luna gibosa, a ese extraño en su buzón de voz algunos días después…

Lo del buzón, sí, parecía haberse convertido en una adicción preocupante para algunos pero a la Roja… ‘Eso me trae al pedo’, decía, como le había escuchado decir antes a María cuando ésta le había descubierto aquello último de ‘el loco’.

María y ‘El loco’ habían sostenido una relación insostenible durante casi quince años -me decía. ¿Por qué no podía Ella entonces coquetear con el contestador de teléfono que le diera la gana? A ver…

Habitualmente los hombres no le daban nada de comer a la Roja y Ella se había acostumbrado a montárselo tan ricamente sola. ¡Qué rica eres! – le había escrito el extraño de ojos azules antes de encontrarse con Ella… Rica como quien le habla a una niña o a un tesoro, rica como quien sonríe ante la pureza porque solo ésta puede conmoverle… A los quince días de aquello yo jamás había visto a la Roja tan inmensamente feliz. Decía que era como si una jodida niña se hubiera instalado en su pecho una puta cama elástica y no le parase de dar saltos y gozarla. Yo escuchaba, como ahora, a Mozart en ese momento, aquel andante que el genio brillante compuso a la tierna edad de ocho añitos. ¿Pero qué ha sucedido? Me ha llamado ‘miamor’. ¿Entiendes? Me ha escrito ‘miamor’

La Roja no tenía ni la menor idea de si a ese Mozart, tan sensible, le habrían gustado los bichos o no a la edad en que ella se volvió rematadamente loca por los gatos. Pero estaba segura de que a su Extraño Sí. Estaba convencida de que se Extraño lo que más le gustaba de niño era mirar existir la vida a su alrededor; fascinado por las saliva de los caracoles y su especial entendimiento con la fotosíntesis de las plantas y su ser rizomático. Y ya no podía tampoco evitar imaginarle angustiado por las ratas, cuidando de ellas o sintiéndose semejante. El Extraño y las ratas, a quien sus padres despreciaron tan probablemente como a él. Y era entonces cuando la Roja sentía Amor; o lo que es lo mismo, unas ganas infinitas de llorar y de abrazarle como a un ocho, y otro ocho, y otro más. Hechos un ocho. Cuatro extraños ochos los dos…

Un día de camino al colegio la Roja lo llevaba todo planificado… Estoy hablando de uno de sus crímenes…

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