A la Soledad…

febrero 13, 2007

Nico

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A la Soledad me la encontré en uno de sus proverbiales atolones en la redoma de una tarde con aroma tormentoso. Sentada en un banco de un parque, pequeñas islas conmovedoras de belleza, como luego supe que las llamaba Ella con sus por qué sentimentales, incrustrados fieramente en los andamiajes del alma y tan semejantes a los míos. Otro parque más centrífugo que aquellos solitarios y anteriores en los que la había observado, puede que liviana, durante años; no sé cuántos, porque renuncié, por mis propias debilidades en algún punto, a la cuenta a rajatabla y por eso a la fatiga de tantos; un parque que era un hervidero de niños, un parque adocenado de bicicletas de colores y de algarabías y peleas infantiles; un parque que era alegre en sus embozos pero sólo como una alegre comadre. Y otro banco, no aquel mismo de siempre, ni en la misma calle que yo transitaba como una penitente a ciertas horas del día pero sólo en días laborables. Y bien podría haber sido la nieta de aquella mujer, de aquella anciana de dientes de amarillo calavera y ropa miserable; sólo que ésta también era otra anciana; tampoco era la anciana de siempre y con ese detalle, que pronto pasó a ser efímero, se acrecentó a pasos agigantados aún más el misterio que la Soledad aguardaba ser para mí, desde la primera vez que reparé en Ella y desde aquel preciso instante.

La otra anciana, la de siempre, con la que la había visto centenares de veces, perdida y reencontrada y hasta, en depende que épocas, como apareciendo de improviso rebotada de todo y por todos lados, albergando y buscando oquedades, haciéndose caso omiso, como eco a Ella misma de tanta soledad que me hacía presentir que arrastraba la Soledad, era pulcra y vestía primero con luto riguroso y luego en gamas que fueron mudando, como escamas de serpiente, desde un alivio malva pero también con un esmero de muchacha renacida en ofrendas de alcanfores e incluso en promesas, escritas en sus ojillos de curiosa escrutadora, de nuevos maridajes. Y a la que, por añadir algo que imprima carácter de destino, sólo menospreciaba un cabello pobre por lo raído e indomable, tal vez como el vestigio del que tuvo la misma Soledad, su nieta, y con el que me daba la sensación de que la buena o peligrosa mujer, según se mire, porque luego cuando fui intimando con la Soledad y me fue contando y así conociéndole yo los arremeteres, se sentía reñida.

La Soledad te asaltaba a la vista de lo extraña que te resultaba, como apareciendo serpenteante y sinuosa o despavorida por entre los dobleces de los adoquines y las esquinas urbanas. Podría haber sido eso, una nieta amante, o el fruto futuro de un espejismo mismo o la misma Soledad… dama de Compañía, lectora empedernida desde niña de novelas con ínfulas literarias; especialmente eso, con sus mismas ínfulas literarias, que también más tarde me lo confirmaría, y vanas temeridades. Pero entablé conversación con Ella por primera vez aquel día, el día en que me atreví a ocupar el otro extremo del banco que la Soledad ocupaba con un libro de Carmen Rigalt, que yo quiera recordar, entre las manos y aquella otra viejecita desvencijada.

Manolita -la llamó al tiempo que agarraba esas otras manos, huesos y pellejos apenas que la anciana se sujetaba entre temblores al regazo, con la suya de largos dedos de agorera reumática, y la acarició de un modo que no sé por qué razón me resultó entrañable y me hizo latir, hasta puede que dos sístoles. el músculo cardíaco más acelerado- ¿Quiere que le siga leyendo o ya está cansada? ¿o quiere mejor que nos vayamos a tomar ese café?

Era febrero pero hacia un calor propio de una primavera en estado de gestación avanzado y pronto los ciruelos del parque enloquecerían a causa de un viento sahariano y derramarían una lluvia de flores sobre nuestros cabellos y labios
– No hija, continúa. Que se me hace paz dentro… del Continente… ya tú sabes…

No lo podía creer. Ninguna autora en busca del alma de un Personaje podría haber sido tentada hasta ese punto de la sospecha como yo. La Soledad era guapa. Definitivamente sí. Y tenía algo exótico y aniñado en el rostro y en la voz. Nadie hubiera podido pensar que no era guapa ni se sentía guapa en ese momento. Postrada en sonrisas, reposada y ardiente, oximoron cercano, porque yo la percibía ardiente y solícita. No sé qué tenía aquella Mujer pero me traía con el carbunclo ígneo de los centelleantes llameares de las velas y las puestas de sol y me sentí mariposa a su lado. Lo reconozco, sí, ¿y por qué habría de negarlo? Me sentí mariposa entre velos y desvelos. Yo no importa quien soy pero me llamo María… María Angul y lo único que deseo es escribir un cuento para cambiarle el nombre a la Soledad. Así que le dije lo primero que se me vino a la cabeza porque no podía permitirme desaprovechar la ocasión:

– ¿Te estás enamorando de Ventura como me sucedió a mí?

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