El día viernes 23 de …

febrero 25, 2007

nico

… hasta cuando y donde tú quieras

Me llama Nora, y me dice que le gustaría que nos viéramos. He decidido que no volveré a llamarla ‘en las nubes’ .
Y le digo que sí, que es posible pero antes de salir de casa le escribo al hombre de la botella de ron un correo corto, explicándole dónde voy a estar y con quién y asegurándole que si a él en algún momento le apetece unírsenos… será muy bien recibido, que posiblemente siempre lo será en mi vida. Es sólo una sensación. No tengo pruebas y por eso entreparéntesis añado un ‘creo’ para matizar el mensaje, la presencia del constante equívoco que le ofrezco. Luego le hablo a Nora de lo que eso significa: yo, como todos, tengo un mundo al que nunca he invitado a nadie. Bueno, aunque en eso quizás sea un poco distinta a la inmensa mayoría. Me he obstinado en vivir toda mi vida abriendo y cerrando puertas que yo atravieso sola, o ya no recuerdo cuándo comencé a atravesar sola. Y tal vez la única excepción la haya constituido Alma, la única persona en la que confío. Incluso a pesar de sus fallos. Yo no dudo del amor incondicional de Alma. ¿Eso lo explica?

Y paseamos por una playa surcada por olas dantescas. El cantábrico se nos muestra furioso y ofendido como un mar gutural y apabullante, y en la arena continúan las obras dilatadas entre el viento desnudo. Están remodelando las estructuras y figuran tuberías de enormes dimensiones que parecen arterias y un supuesto cemento armado de color gris diseminado por todas partes, que hoy es un gris muy próximo al color gris marengo del mar enojosamente gris, y es cuando me llega su primer mensaje y Nora es la primera vez que está conmigo y presencia el hecho y se ríe de mí a carcajadas porque no se lo puede creer, y entonces me dice que ya no necesita más palabras porque mi cara, la que dice que he puesto, se lo explica todo, incluso lo que yo me niego a reconocer. Dice que por una vez me ha visto verdaderamente vulnerable. Y nos encerramos en el abrigo de un bar en el que una vez conocí a un hombre que tenía unos ojos acerados como gritos de gaviota, aunque no tan grises como ese gris plomizo y pulverizado del día. Uno de esos hombres que aunque te atraen, al mismo tiempo te asustan, y mientras esperamos por el café yo vuelvo a hablarle a ella de otro hombre, del amigo del hombre de la botella de ron, que a lo mejor es un hombre de esos que te atraen y al mismo tiempo te asustan, y que sólo por eso precisamente te atraen: hombres en los que sabes de sobra que nunca debes confiar, los hombres que son como ‘M’, y ella luego me cuenta sus cosas. La han invitado a una comida y se siente muy excitada. Su jefe indirecto, el de un departamento del hospital en el que trabajó y habrá un regalo para cada miembro y Nora dice que eso significa algo muy especial para ella y yo le digo que puede contar conmigo para que vaya a rescatarla porque no le preocupa la hora de llegada, sino lo difícil que le puede resultar irse en un momento así… y yo lo entiendo y entonces, otra vez suena la música de una melodía polifónica y es un nuevo mensaje y esta vez ese hombre me dice algo tan pavoroso, que quisiera creerlo. Es un mensaje que habla de las grandes diferencias que existen y yo no puedo evitarme que lo que me dice me haga mella porque aunque no quiera me está calando. Y eso es lo que te ocurre con los hombres y mujeres de la lluvia.

Y Nora opina que le parece increíble pero que es casi como si él estuviera allí, conmigo, aunque en realidad, dónde está es aquí, conmigo. Esto es ahora.

Y hay un tercero, más inesperado que los anteriores, porque sucede después de un intervalo de tiempo y ocurre que él sigue aquí, leyendo, aunque dijo que se iría a dormir y hay cosas con las que se encuentra y que yo no ignoro que va a disgustarle encontrarse. Esas versiones sin revestimientos decorativos, de adobe, sin aspavientos, que a veces nos damos sólo a nosotros mismos y no solemos confiar a nadie, que no son mármol de Carrara, que no constituyen ningún templo, que no nos resultan hermosos como columnas de estilo jónico o dórico, o enigmáticos como cariatides, los malos pensamientos a secas, los enjutos, los pensamientos poco solidarios, tan carentes de esa solidaridad al uso de la que tanto nos gusta presumir a casi todos, a nosotros los tolerantes, los individuos con principios y no es más que una falacia, otra terrible falacia. Los sentimientos oscuros, los tajantes, los rigurosos, los dogmáticos. Esa verdad tan desnuda y gris que no es más que hormigón de cemento armado y tan desagradable como el viento de hace unos minutos en la playa, el viento plomizo y pesado que circuncidaba sin piedad las olas del mar furioso, y las tuberías y las obras dilatas de la playa, y los mechones de mi pelo y que las gentes escondemos por miedo y porque lo que más parece gustarnos es resultarles a los otros rutilantes e inmaculados, aunque sea mentira que lo seamos, y que aquí están expuestos como si fueran las entrañas de un animal al que le han rajado el vientre en una matanza para luego comérselo y se secan al sol, como tripas y al viento. Y eso con este desagradable viento que se ha levantado esta tarde… y este anuncio de lluvias.

Y ahora tú, viviendo aquí, conmigo…

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