El día que fui una mujer en el salón de un hombre que era como un cuadro de Matisse

febrero 27, 2007

nico

Desde hace un par de días no hago más que hablar con ese hombre y soprenderme.
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Me sorprendo porque me río y más aún porque tropiezo y caigo en silencios cercanos a la tristeza y él puede presentirlos.
Puede presentir hasta cuando se aproxima a esas preguntas que no deseo contestar… y entonces se detiene o me lo dice.
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Pero la tónica es que me río, no que me sonrío solamente, no, más grave, que me río y estoy sola aquí frente a esta pantalla, con él y cuando ‘en las nubes’ me llama, he vuelto a cogerle el teléfono y hacemos como que entre nosotras no existe ningún problema de comunicación, las dos nos reímos mucho, pero a grandes carcajadas, yo contándole lo que experimento y lo que me ‘ocurre’ y ella sorprendida y entonces, ella como me encuentra relajada me habla de sus cosas, cosas personales que hace días no me habrían hecho ninguna gracia y que ella ha dejado de contarme hace semanas sin miedo y entonces ya es que no puedo parar porque me dan auténticos ataques de risa y no recordaba haberme reído tanto con adultos o sobria, en mucho tiempo. Aunque con mi madre, antes, en la época en que las dos perseguíamos a ‘M’, solía reirme así, exactamente así, y eso era lo mejor que teníamos.
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Y él, que viste de negro, no hace más que ponerse y quitarse las gafas de sol.
Y yo para mí digo que he conocido un mirlo blanco y en realidad no sé si me gusta más o menos con las gafas de sol pero aunque las fotos sean sólo instantes de una persona la tónica es que todo lo que hablamos me gusta. Y luego me entero de que a él también le encantó nuestra primera conversación y que por eso se la ha guardado, aunque dice que tiene una teoría con respecto a mí. Dice que le da la sensación de que eso de mi obsesión por las niñas de un parque y de mi vértigo por un amor imposible le parece que son ideas de un libro que estoy escribiendo y que dejo caer para ver que tal encajan por el mundo. O sea que se piensa que le miento y que no soy de carne y hueso, que no soy más que un personaje virtual que juega con el medio. Y me dice que hace dos días que no dejo de marearle la cabeza con encuentros en museos, en cafeterías donde se exponen cuadros, en centros comerciales, en bancos que ahora sé que piensa ficticios, en su casa…

… Y qué es eso de las gafas de sol, opinará alguno. Y sin embargo las gafas de sol son un elemento relevante en uno de los últimos libros que más he disfrutado leyendo: ‘La Inmortalidad’ de Kundera. Yo adoro a Kundera y quizá el ‘realismo mágico’. Y este hombre que tiene un salón que es como un cuadro de Matisse, en algún momento me habla de una mujer y un libro. Ella se lo ha regalado o ha insistido en que lo leyera, no recuerdo bien: ‘El libro de los amores ridículos’. Y él no lo ha comprendido. A él no le pareció tan bueno y yo le digo que son frases, por ejemplo estas:

“El erotismo no es sólo un deseo del cuerpo, sino también, en la misma un deseo del honor. La pareja que hemos logrado, la persona a la que le importamos y que nos ama, es nuestro espejo, la medida de lo que somos y lo que significamos. En el erotismo buscamos la imagen de nuestro propio significado e importancia”.
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“…el encuentro erótico se manifiesta más en la deformación que en la regularidad, más en la exageración que en la proporcionalidad, más en el original que en lo que está hecho en serie, por bonito que quede…”
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“La penetró. Ella se alegró de pensar que al menos ahora se acabaría aquel desgraciado juego y que volverían a ser ellos mismos, tal como eran, tal como se querían. Trató de unir su boca a la de él. Pero el joven se lo impidió y le repitió que sólo besaba a una mujer cuando la quería. Se echó a llorar. Pero ni siquiera el llanto pudo disfrutar, porque el furioso apasionamiento del joven iba ganando gradualmente su cuerpo, que hizo callar a los lamentos de su alma. Pronto hubo en la cama dos cuerpos perfectamente fundidos, sensuales y ajenos. Aquello era precisamente lo que toda su vida la había espantado y lo que había tratado cuidadosamente de evitar: acostarse con alguien sin sentimientos y sin amor. Sabía que había atravesado la frontera prohibida, pero ahora, después de cruzarla, ya se movía sin protestar y con plena participación; sólo en algún rincón lejano de su conciencia se horrorizaba al comprobar que nunca había sentido tal placer y tanto placer como precisamente esta vez -más allá de aquella frontera”.
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“Luego todo terminó. El joven se levantó de encima de la chica y llevó la mano al largo cable que colgaba sobre la cama; apagó la luz. No deseaba ver la cara de la chica. Sabía que el juego había terminado, pero no tenía ganas de volver a la relación habitual con ella, le daba miedo aquel regreso. Estaba ahora acostado en la oscuridad junto a ella, acostado de modo que sus cuerpos no se tocaran.”
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“Cuanto más se alejaba la chica de él psíquicamente, más la deseaba físicamente; la extrañeza del alma particularizaba el cuerpo de la chica; incluso era ella la que lo convertía de verdad en cuerpo; era como si hasta entonces aquél cuerpo no hubiera existido para el joven más que en el limbo de la compasión, la ternura, los cuidados, el amor y la emoción; como si hubiese estado perdido en aquél limbo (¡Sí, como si el cuerpo hubiese estado perdido!). El joven tenía la sensación de ver hoy por primera vez el cuerpo de la chica.”

“cada persona recibe al nacer uno de los millones de cuerpos que estaban preparados, como si le adjudicasen uno de los millones de habitaciones de un inmenso hotel; que aquel cuerpo era, por tanto casual e impersonal, que era una cosa prestada y hecha en serie”

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Y otras que no he logrado encontrar y que a mí me impactaron pero yo en algún otro momento recuerdo un pasaje del mismo y entreveo un cuello de mujer al que los años le han esquilmado todo el valor… Él mismo me informa de que aquella mujer que le insiste en que lea el libro es algunos años mayor que él, años que de aquella no, pero que hoy tal vez supondrían un abismo, según me dice… Y en ‘el libro de los amores ridículos’ duerme una historia así, una historia que sólo se comprende con el paso de los años. LOS MUERTOS VIEJOS DEJEN SITIO A LOS MUERTOS JOVENES. Tal vez aquella mujer quiso mostrarle sólo el color de su miedos, ya que de ningún modo podía pintárselos de colores.

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Y ahora sintiéndolo mucho tengo que irme.
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Un beso.

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