– ISADORA DUNCAN –

marzo 4, 2007

isadora duncan

” Quién contiene a la diversidad y es la Naturaleza
quién es la amplitud de la tierra y la rudeza y sexualidad de la tierra
y la gran caridad de la tierra, y también el equilibrio
quién no ha dirigido en vano su mirada por las ventanas de los ojos
o cuyo cerebro no ha dado en vano audiencia a sus mensajeros
quién contiene a los creyentes y a los incrédulos
quién es el amante más majestuoso
quién, hombre o mujer, posee debidamente su trinidad de realismo
de espiritualidad y de lo estético o intelectual
quién después de haber considerado su cuerpo
encuentra que todos sus órganos y sus partes son buenos
quién, hombre o mujer, con la teoría de la tierra y de su cuerpo
comprende por sutiles analogías todas las otras teorías
la teoría de una ciudad, de un poema
y de la vasta política de los Estados
quién cree no sólo en nuestro globo con su sol y su luna
sino en los otros globos con sus soles y sus lunas
quién hombre o mujer, al construir su casa
no para un día sino para la eternidad
ve a las razas, épocas, efemérides, generaciones.
El pasado, el futuro, morar allí, como el espacio
indisolublemente juntos. “

Walt Whitman, ‘Cosmos’

Isadora… cuanto te he soñado de niña, y que inspiradora con tus senos de oropéndola, desde aquel día en que Vanessa Redgrave se rasgó, con tu furia de bacante, las vestiduras ante mí … Esto es Arte, míralo, me gritaste indignada… Tú que te hermanas conmigo en aquello de lo cual nunca deberíamos avergonzarnos: el culto y el rito a la naturaleza del cuerpo.

” yo había venido a traer a Europa un renacimiento de la religión por medio de la danza, para elevar al público al conocimiento de la Belleza y de la Santidad del cuerpo humano, mediante la expresión de sus movimientos.[…]”

“Me dedicaba a leer todo lo que se había escrito en el mundo sobre el arte de la danza, desde los primeros egipcios hasta el día, y tomaba nota especial de todo lo que iba leyendo; pero cuando hube terminado esta tarea colosal, comprobé que los únicos maestros de baile que yo podía tener eran Juan Jacobo Rousseau -Emilio-, Walt Whitman y Nietzsche.”

Mi Vida. Isadora Duncan.

Libertaria y valerosa tanto en tu vida, como en tu trabajo y tus relaciones. Tachada de libertina, fuiste una mujer muy avanzada para tu época; nunca te dejaste encasillar, ni sucumbiste al engreído costumbrismo de la burguesía ni a ningún patrón de las rígidas conductas establecidas por tu Sociedad.

“mi pasión me permitía todas las audacias, todas las imprudencias. Quería provocar una revolución en los hábitos, en la vida cotidiana, mostrar la naturaleza en libertad, liberarla de las viejas teorías y del clasicismo.”

Mi Vida. Isadora Duncan.

Acerca de ti, la enemiga del ballet con sus recogidos, zapatillas y cosméticos, y porque según tú, separaba el alma del cuerpo, un día me contaron una anécdota por la que me resultaste fascinante y divertida y que de nuevo, cómo no, te iluminó. A la luz mortecina que acaudalaba las madrugadas incesantes en las que te pensé inspiradora, leve, mientras esa bailarina que pocos reconocieron en mí, se atrevía a danzar tu danza extática y dionisiaca, en la penumbra de las soledades de mi habitación…

Estabas en aquella fiesta y le viste a él, cualquier hombre que te atrajese, y no dudaste ni un segundo. Altiva y desafiante te acercaste a su esposa y fuiste franca como pocas han sabido serlo: ‘Señora -le dijiste- me gustaría pedirle prestado a su marido por esta noche. Se lo devolveré mañana, y estoy segura de que todos nos beneficiaremos con la experiencia’. Tras lo cual te fuiste tranquilamente con él. Yo me imagino que por ser tú te lo habría prestado y le habría envidiado aunque no sin la pátina del pavor. O secretamente habría deseado que me dejaras contemplarte. Saberte como quise saber la técnica amatoria de aquella que parecía una experta loba hambrienta que luego no me descuartizó. En eso que llamamos Amor pero que no es Amor, que es Sólo Sexo, diabólico y divino. Dos bazos desmembrados de toda su cordura durante prófugas horas; bazos que poseen mentes que en esos instantes no se concentran en nada más que en los créditos y los descréditos de los cuerpos y los sentidos.

“Usted lo verá. Antes de muchos años, todas sus bacantes y vírgenes floridas vestirán como yo”

Mi Vida. Isadora Duncan.

Le dices a Cosima Wagner, a quien consideras una de las mujeres más inteligentes y sensibles que has conocido…

Estudié entonces tu mapa del cielo y sus designios desde mi estupor. Había algo muy dominante, marcados aspectos inferiores, desequilibrios planetarios tan grandes en tu orientación que era de esperar que entorno a ello se manifestara algo excepcional. Bailaste para mí aquella noche como una inmaculada ramera nacida en plena época victoriana, aquel período tan represivo para las mujeres, y sin embargo sabemos que tú te las arreglaste para desapegarte de toda esa represión y vivir y plasmarlo de una forma sublime. Podría decirse de ti que fuiste la excepción a la regla de tu época y alguien que no se resignó a no dejar esa constancia bastarda incluso desde su lecho y su propio útero. Tú, la pionera de la danza moderna, con tus movimientos fluidos y la expresión de tus salvajes y volcánicas emociones, estabas convencida de que lo que bailaba era tu esencia, la de tu alma misma

”…pude, al fin, descubrir el resorte central de todo movimiento, el cráter de la potencia creadora, la Unidad de donde nace toda clase de movimientos, el espejo de visión para la creación de la danza. De este descubrimiento nació la teoría en la que fundé mi escuela. Las escuelas de baile enseñaban a sus alumnos que ese resorte se hallaba en el centro de la espalda, en la base de la espina dorsal. “de esta base-decían los maestros de baile- brazos, piernas y tronco brotan en libre movimiento” El resultado era una impresión de muñecas articuladas. Este método producía un movimiento mecánico, artificial, indigno del alma. Yo por el contrario, busqué el manantial de la expresión espiritual para encauzarlo en los canales del cuerpo, inundándolo de una luz vibrante; la fuerza centrífuga que reflejaba la visión del espíritu. Al cabo de muchos meses, cuando había aprendido ya a reunir todas mis fuerzas en ese centro, me di cuenta de que, según escuchaba yo la música las vibraciones de esta música afluían al manantial único de luz que había dentro de mí, y que en este manantial se reflejaban en una visión espiritual. No era un espejo del cerebro, sino del alma, y según fuera la visión reflejada podía yo expresar en forma de baile las vibraciones musicales.”

Mi Vida. Isadora Duncan.

Cuando bailabas sobre un escenario, solías ponerte una especie de túnica griega transparente, sin nada bajo ella y que en ocasiones se trocó roja, con los pies y los brazos y las piernas desnudos y libres y tu cabello suelto. Y la luz acudía a alojarse impúdica entre las transparencias de tus concavidades femeninas acariciando tus formas. Así que tu cuerpo podía percibirse palpitando, desbordando sangre de meretriz divina, entre todos aquellos aristócratas y burgueses con venas surcadas por un aguado añil a los que en sus asientos, yo los sospecho con sus penes erectos, hacías estremecer.

La primera noche que bailaste en Boston, la mayor parte del público te abucheó y los críticos se lanzaron heridos por tu bello desafío a despedazarte las meninges. Te tildaron de exhibicionista y te gritaron para sofocarte que dejaras de desvirtuar al arte. Pero Europa te adoraba. Estados Unidos entonces recaía en una de esas cíclicas rachas de puritanismo tan suyo.

De todas maneras a la noche siguiente reapareciste en el mismo escenario y alguien del público se atrevió a gritarte que las partes privadas de las gentes nada tenían de artístico. Tu reacción ante esto fue rabiosa, la que yo conocía gracias a la Redgrave. Avanzaste por el escenario hacia las butacas, te soltaste la parte superior de la túnica, tomaste con ambas manos tus pechos desnudos y proclamaste dirigiéndote al público: ‘¡Esto Boston, es arte!’. Querida mía… la ovación a la soberbia de tu gesto fue clamorosa y seguiste bailando, como lo sentías: pagana y orgullosa. Mientras fanáticos de un bando y del otro tiraban de la soga, con la que imaginariamente te asemejé, a favor y en contra de ti… aunque más tarde dudé abiertamente de los suicidios con los que se te emparejó. ¿Qué culpa tendrías tú de la debilidad de otro yo?

Muchos de los hombres más famosos de la época fueron tus amantes y algunas de las mujeres también más famosas se contaron entre tus más íntimas amigas: Ivan Miroski, Mercedes De Acosta, Oscar Berege, Eleonora Duse y Heinrich Thode.

Eras morena y no demasiado delgada pero te transformabas en un ser realmente magnífico y mágico cuando empezabas a bailar. Con frecuencia en las fiestas privadas se retiraban los platos de las mesas y la incomparable Duncan se izaba a ellas como un viento hereje. Entonces todo el mundo se sentaba para admirarte y contemplaban extasiados tus pies que ejecutaban sus pasos con tal rapidez que parecían no rozar ni las mantelerías. Dicen que literalmente dabas la impresión de estar suspendida en el aire. .. Era algo mágico de verdad.

Fuiste una auténtica seductora de hombres. Y cuando te preguntaron por qué no sentabas la cabeza y hacías esas cosas típicas que cabía esperar de una mujer… tu respuesta fue otra pregunta: ¿las abejas se casan con las flores? Ahí cercenaste cualquier interrogatorio posible. Pero no fuiste sólo bailarina. Te convertiste en profesora de danza, escribiste y viajaste mucho e incluso apoyaste la revolución comunista en Rusia.

“La noche aquella de la revolución rusa bailé con júbilo feroz. Mi corazón estallaba adentro de mi pecho al sentir la liberación de todos aquellos que habían padecido, que habían sido torturados y que habían muerto por causa de la Humanidad.”

Mi Vida. Isadora Duncan.

De todas formas había una insoslayable inflacción en ti. La constelación del carnero sobre tu Ascendente te hacía prepotente. Y tu mutabilidad, esa que tanto tiene que ver con la comunicación y su expresión… hacía que no pudieses evitarte lo que tu misma llamabas ‘tu fiebre aftosa’. Aquello que se apoderaba de ti cuando, con una voz desagradablemente alta y ronca, te empeñabas en pontificar ante tu público sobre temas sociales. Tus funciones inferiores iban del consciente al inconsciente y se te veía presa o impulsada por la fuerza de un daimón o bien actuando como un bufón que periódicamente tiraba de la alfombra sobre la que estaban todos y les hacía trastabillear; algo tremendo, que a los demás podía asustarles o hacer que se sintieran mal y que sin embargo iba contigo y había que aceptar en ti.

Tu madre, y esto lo dicen algunos, fue ese tipo de madre ”especial’ para hijas con dotes artísticas. Te subió a empujones al escenario y te acompañó en todos esos viajes por Europa. O sea que me imagino que tuviste que tener un problema enorme para romper tu vínculo umbibical con ella, una mujer muy competitiva y colérica, que vivió sus propios deseos de atención y de aplauso por mediación de tu talento. Amores y odios entre vosotras. La bestia quizás en el cubíl de lo nutricio peleando contigo, contra ti y quien nunca dejó de censurar tus aventuras; por otro lado algo muy humano. Pero eso sólo acabó con su muerte. E imagino que la malaleche materna que mamaste desde el pecho te hizo competitiva en las relaciones y también preferir a los hombres para la amistad. Ellas notables y de gran sensibilidd también tenían sus propios imperios y para tanto imperio tú no tenías cabida.

En otras versiones que he leído tu madre fue lo que vertebró tu educación y quien te introdujo a muy corta edad en las obras de Beethoven, Schubert, Schumann, Mozart y Chopin, y en las lecturas de Shakespeare, Shelley, Keats, y Withman; además en el clasicismo griego y en el feminismo. Tu madre que tuvo que sosteneros a ti y a tus tres hermanos dando clases de piano. Y de ella fue de quien muy posiblemente heredaste tu sentido de la independencia; puesto que a pesar de las penurias y privaciones económicas por las que pasasteis después… insistió en divorciarse de tu padre

Pero regresemos a los hombres por un momento. Tema tan tuyo y tan mío… Solías decir que te gustaban los hombres guapos, porque tú ya eras bastante fea por los dos. También decías que tus dones estaban en tus pies, y no en el rostro. Pero en realidad eras una mujer de indudable atractivo y en tu autobiografía escribiste que Afrodita recibió tu nacimiento con una sonrisa. Los querías apuestos y fogosos, como yo, pero con ellos siempre se planteaba la lucha acerca de quién debía asumir el papel dominante en la relación. Decías que tu sueño, tan semejante al mío, era encontrar un hombre que fuera capaz de domarte y controlarte. Pero evidentemente tú jamás lo encontraste, porque en realidad no era eso lo que querías. ¿Cómo podrías haberlo querido, cuando te defendías como una tigresa para asegurarte de que no perdías el poder ni el control en tus relaciones intimas? Y sin embargo yo sé contigo, íntimamente, que si lo querías… Aunque alguna vez te encaprichaste e insististe y cuando él cedió a eso de proponerte matrimonio… te bastó cualquier excusa para sentirte ofendida y abandonarlo a su fin… No sé, tampoco esto lo sé; tanto no he leído acerca de ti pero pienso que todas éstas, vamos a llamarlas extravagancias tuyas, pudieron exagerarse y no hayas sido juzgada demasiado bien. Sin embargo si creo que tú tendías, ciertamente, a peder los estribos, si se hacía algo que te molestara, y que eras sensible pero en principio a tus propias ciclotímias. Y es probable que te faltase objetividad y empatía y que por eso mismo no estuvieras muy cualificada para entender por qué ciertas cosas tuyas herían tanto a los demás… o por qué a veces eran los demás los que perdían los estribos contigo. Montabas en cólera de un modo explosivo, incluso atacando físicamente a la persona que te estaba en desacuerdo. Y dicen también que no dudaste en liarte a puñetazos con la mayoría de los hombres con los que la vida te relacionó.

Nunca conociste a tu padre, un banquero. Ya te digo, eras muy niña cuando tu madre se divorció de él. Y te disgustaban intensamente las figuras de autoridad; veías a los padres como algo malo y proyectabas este comprensible complejo tuyo sobre aquellas personas que tenían poder en el Gobierno y sobre la clase dirigente. En otras palabras, tu rebelión contra lo establecido podía ser consecuencia de la cólera que sentías contra tu padre ausente y el empeño de tu madre por organizarte la vida

Ardiente como pocas. Y ellos… personajes importantes, políticos y artistas famosos, creativos y expresivos como tú, que no te conformabas con menos de lo que tu misma en esencia eras… violentos y locos y de temperamento poético. En realidad tu único marido, que no fue el pade de tus hijos, esos que sobrevivieron más de veinte minutos a la vida, Esennin, aquel inspirado poeta ruso, uno de esos poetas locos, apasionados y emocionales, terminó suicidándose, sí, pero yo no creo que fuera por ti. Incluso se rumorea que lo vuestro no pasó de ser una ficción.

“Hasta pronto, amigo mío, sin gestos ni palabras,/ no te entristezcas ni frunzas el ceño / En esta vida el morir no es nuevo/ y el vivir, por supuesto, no lo es”

Versos estos que él le dirigió a su último amante.

Había una buena cantidad de sentimientos tensos y eróticos hirviendo y burbujeando en tu interior. Viviste bajo el emblema de lo tormentoso y la tormenta. Y dicen también que fuiste precoz a la hora de tener amantes quizás en un intento de escapar a ese dominio tiránico de tu madre. Tal vez presas las dos de eso que algunos llaman ‘síndrome de la manzana envenenada’. Cuando empezaste a florecer en tu adolescencia, tu madre comenzó a ejercer la violencia psicológica sobre ti…

Buscabas despertar por mediación del amor, o a la inversa, ser tú quien despertaras a la otra persona. Las cosas mágicas, traslúcidas, relucientes, escandalizadoras, liberadoras, que despiertan y no atan ni limitan, formaban una parte importante de tu mito personal sobre lo que debían suponer el amor y las relaciones. Y de hecho te las arreglaste mucho mejor que la mayoría de la gente para llegar a vivir todo eso, aunque tengo la sensación de que no te colmó. Tu actitud era en gran medida masculina y con frecuencia eras tú quien perseguías y seducías, en vez de dejarte perseguir y seducir. Querida mía, cómo me recuerdas a mí.

Preocupada por tus propias necesidades y placeres dicen también que no fuiste una madre nutricia. Tus hijos ( con el escenógrafo inglés Edward Gordon Craig tuviste a Deirdre, y luego a Patrick, que nació de una relación que sostuviste con el millonario Paris Singer) recibieron el telegrama de que como madre eras diferente, y no los veías demasiado. Los dejabas al cuidado de las niñeras y solías entrar en su habitación deprisa y corriendo, donde les demostrabas gran amor para luego no verlos más durante una semana. Aunque sin duda los amabas, como a todos los niños, y con frecuencia viajaron contigo, hasta que se ahogaron en aquel trágico accidente en el Sena: iban en el coche con su niñera y el vehículo se precipitó desde un puente. Como consecuencia de aquello padeciste una crisis nerviosa y acudiste a Eleonora Duse, gran actriz trágica de tu época, en busca de consuelo. Y durante el largo tiempo de depresión por el que atravesaste la Duse fue la única persona con la que podías estar. Cuando saliste de ese recinto deprimido que desencadenó tu inconsolable pérdida y el alcohol y los excesos y en la que se cuentan algunos intentos de suicidio, te decidiste a abrir una escuela para enseñar danza según tus métodos a niños y jóvenes, y terminaste por fundar academias en Moscú, Paris y Estados Unidos con ese fin.

Fuera como fuese te superaste a ti misma y a tu destino, ingeniosa y extraordinaria, polémica e irreverente, atea confesa querías liberar su mente. Tenías la idea de que la danza podía curar al alma y al cuerpo y solías enfrentarte con la gente para criticarles, aunque no supiste sustraerte por ello, tampoco tú a las prédicas, su corrupta moral convencional, porque creías que la sexualidad y el cuerpo eran cosas buenas, y que el puritanismo y cualquier clase de dogma represivo eran nocivos y lo único que lograban era crear más problemas al ser humano. Por ello te expulsaron de algún país; literalmente te llevaron hasta la frontera y te dijeron que te fueras. No te fue demasiado bien en Suiza. Pero Francia y Rusia sabes que te adoraban. De hecho los rusos te consideraron una revolucionaria en un país revolucionario. Tomabas partido por los revolucionarios e incluso los estimulabas.

En el camino hacia Rusia, experimenté la sensación de que mi alma se despegaba de mi cuerpo, como después de la muerte; sensación que estaba justificada por la índole del viaje. Iba hacia otra esfera. Detrás de mí dejaba para siempre todas las formas de vida europea. Creía yo efectivamente, que el Estado ideal, soñado por Platón, Carlos Marx y Lenin, había sido, por milagro, implantado en la tierra. Con toda la energía de mi ser, decepcionado en sus tentativas de realizar sus visiones artísticas en Europa, me hallaba dispuesta a ingresar en el dominio ideal del comunismo. No llevaba ropa. Me figuraba que iba a pasar el resto de la vida con una blusa de franela roja, entre camaradas igualmente vestidos con sencillez y llenos de amor fraternal.

Mi Vida. Isadora Duncan.

Cuando empezabas a sentirte limitada dentro de una relación no había manera de que siguieras en ella, despertándote cada mañana junto a tu compañero. Y en ese momento todo acababa: tú te ibas. Individuada sí pero también perturbada, quizás como yo. Eras básicamente una Afrodita en el terreno sexual. Decías: Tú me gustas, te deseo, y quiero que hagas cosas que me den placer. Y luego en algún momento terminabas por decir: Te lo agradezco mucho pero ya no me interesas. El siguiente por favor…

Un 14 de septiembre de 1927 subiste a tu descapotable, no sé si conducías tú o no pero sí que llevabas un foulard largo que lanzaste en un gesto drámatico que conozco bien hacia atrás mientras pronunciabas las siguientes palabras proféticas: ‘¡Adieu, amigos míos! ¡Parto hacia la gloria!. Cuando el coche se puso en marcha el pañuelo se atascó en los radios de la rueda y te estranguló. Desde entonces tu cuerpo permanece enterrado en el cementerio Pére Lachaise de París. Y tu espíritu sobrevuela hoy por aquí.

Muchos besos Isadora y a ver si un día de estos en los que prendo mis inciensos y mis velas y convoco a aparecérseme a vuestros históricos espíritus… tengo suerte y te me presentas tú. Es que tienes que contarme tantas cosas que ignoro de ti… Pero que si no coincidimos … te deseo allá donde te halles… que reposes en Paz, hermana.

 

6 Responses to “– ISADORA DUNCAN –”


  1. […] 17/07/07 – ISADORA DUNCAN – […]


  2. […] y por si estabas casado… Hay una anécdota que se le atribuye a la gran Isadora Duncan. Pues bien, estaba en una fiesta y vio un hombre que le encantó pero éste estaba casado. ¿Ello […]


  3. […] <<Como Isadora, Zelda era una mujer muy fuerte. Su lado yang se puede ver en la forma en que tomó la iniciativa en la elección de sus amigos masculinos (algo que vimos también en la vida de Isadora). Cuando conoció a Scott, Zelda decidió que ese era su hombre, y tomó la determinación de casarse con él. Siempre había tenido la fantasía de casarse con un hombre importante, y el apuesto triunfador que era F. Scott Fitzgerald, reconocido ya entonces como un escritor de renombre , satisfacía sus expectativas. […]

  4. lidia Berumen Says:

    UNA VIDA ABASALLADORA,PLENA, SALVAJE, INDESCRIPTIBLE.

    VIVIO COMO MURIO, DRAMATICAMENTE.
    ¡VIVA ISADORA DUNCAN !.
    BUSCAR EL EQUILIBRIO A TRAVES DE SU HISTORIA ES LA PERMANENCIA EN LA ARMONIA.

  5. barbara barretto Says:

    que pena a perdemos muito cedo o mundo necessitava mais da sua energia resplendorosa onde esta seu tumulo na FRANÇA?VALEU BEIJOS

  6. susana moo Says:

    Me ha interesado mucho este artículo, Gracias.

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