Carta a Manuel – ii –

marzo 17, 2007

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Querido Manuel,

hoy regreso al pasado. Pero debes de saber que parto de un hecho falso (siempre falso) o que podría hacerlo..

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Puede que ande abismando cosas, sucesos, que no ocurrieron en la misma época

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Era una a veces. Y a veces soy otra. Tú lo sabes mejor que nadie. Tú que follaste conmigo como nadie. Carnal carne de mi sangre. Incluso ahora pienso si haber sido tan jodidamente sincera con esa historia, la mía y la de esas hermanas, me perjudicó

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di Cori Modigliani

 

– ¿Pero que historia podría nacer a partir de un hombre de bigote y gafas sentado en una mesa? Lee un libro..

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Ese es el hecho tergiversado. No es hoy. No es mañana. Tampoco ayer o la semana pasada. Soy más vieja

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Tú quizás le conozcas. Cualquiera podría conocerlo en este península de Nortes en los que sopla el frío nordeste y llueve (para mi desolación cada vez menos) y Levantes de naranjo y sol. Si eso, leerme y enterarse así de quien hablo. A veces el hombre de bigote y gafas aparece en la televisión pero yo sólo le vi dos veces. Las unicas en que él me avisó porque yo hace años que no me siento delante de la tele. Pero la segunda en que lo hizo no me emocioné, así como suena de bonito emocionarse, emoción, emocionante, emocional; es más, sentí angustia. Me dio la sensación de que un botón de la camisa le apretaba demasiado el cuello. Yo se lo habría desabrochado. Y el siguiente. Sí, también el siguiente. Pero no, eso no podíamos hacerlo. Porque eso es de macarras o de proxenetas. Y además yo no me angustié por eso. Era otra cosa. El día después de esa angustia nos vimos, ese hombre y yo. Y él traía el mismo traje con el que le había sonreído al entrevistador. Fue en otro tiempo. Y yo era la segunda vez que me encontraba con él y me preocupaba el hecho de no saber si iba a poder quererlo. Pero menos de 24 horas con alguien que piensa pasan pronto. Y por eso no había sido yo la que había viajado tampoco en esa ocasión

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Cuando se bajó de aquel autóbus me sonrió casi igual que al entrevistador de la segunda cadena, tan nervioso… pero la camisa le aromaba ya a saín de perro, aunque el botón se lo desabroché entonces y el siguiente. ¡Mira tú! Seguro que él había querido repetirla para impresionarme. Es decir, no sales por televisión si te llaman para una entrevista si no es con tu camisa favorita. Esa era del color de la mencía y una mancha oscura, como de habérsele derramado algo de café con leche, quizás incluso durante el trayecto, resaltaba en el centro del pecho pero no sé por qué me dio por pensar que eso ya había sucedido el día anterior. ¡Esta cabeza mía! Cerca de los ojales. Algo oscuro y descuidado. Posesa metáfora de lo que estaba por venir. Imaginate yo, que me lo imaginaba con un traje claro e inmaculado y hasta con sombrero… sentadito con un libro en alguno de aquellos bancos. Esperando por mí como un novio tranquilo. Y la culpa de esa expectativa la tuvo un mensaje que el mismo me envió. Ya te hablaré de sus mensajes. Deberíamos tener mucho cuidado con las esperanzas que insertamos en la pantalla del teléfono desde eso tan escabroso que es la distancia y la fabulación

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Entonces damos un salto atroz de meses, ¿de acuerdo?. Yo aún no te conozco y por eso tú no das señales de vida. Pero ya te he escrito y tú me has visitado. Esto ocurre al día siguiente de esas 22h 59′ 32” en que tu ordenador se pasa conectado a mi página. Se te olvidaría desconectarlo al irte del despacho, me figuré. Pero me dio igual. Entonces las estadísticas demostraban que habías estado dejando tus huellas de animal feroz por todas partes de mi universo angosto. Pero que no eran pezuñas, no, no. No te vayas a pensar, que yo a ti no he podido hacer otra cosa que no fuera la de experimentarte ‘brillante-mente’

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Y ahora, querido mío, ese salto que te anunciaba… Ese hombre de bigote y gafas lee un libro. Yo le observo desde una mesa distante. Hay una viejecita a mi lado. Es una viejecita que parece un pájaro. Tiene ojos de pájaro y pelo de pájaro. La viejecita no sabe cambiar la alarma de su teléfono

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– Yo la ayudo señora

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Me gusta ayudar a las viejecitas. Casi siempre lo hago por placer. Me gusta ayudarlas siempre que tienen algún problema. Y siempre pienso en mi viejecita querida en esos momentos..

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Espera, dame un minuto. Ahora soy yo la que va a insertar algo aquí. Unas páginas de aquel cuaderno, algo más modesto que un Moleskine, con el que por aquel entonces me paseaba por el mundo y donde cuento de esa viejecita pelo y ojos de pájaro. ¡Que extraño! Cuanto la recuerdo todavía

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– la mañana del 18 de agosto del 2006

One Response to “Carta a Manuel – ii –”

  1. elegia Says:

    A esto le sigue una anotación del diario de María el 19 de marzo/ 07

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