– Elegía –

marzo 21, 2007

  

La elegía es un subgénero de la lírica que designa por lo general a un poema triste o poema en el que se expresan sentimientos de tristeza. Algo que se lamenta.

Elegía por tanto es un Lamento, mi lamento…

Entre los griegos y romanos composición poética formada por hexámetros o pentámetros alternados; o eso dice el diccionario.

Pero Elegía también podría ser la historia de una Mujer o de una niña, que era lo único que sabía y lograba hacer: Elegir por si misma… o no Elegir nada.

  

¿Y qué importan, después de todo, las definiciones políticamente o impolíticamente correctas? Este es sólo un nombre que se elige entre muchos otros para liberar mediante el proceso creativo a las criaturas imaginarias. Y que tal vez mañana mute …

Eleg�a

Elegia
watercolor, tempera, paper
35 x 50 cm, 2003


13 Responses to “– Elegía –”

  1. lasalamandra Says:

    ELEGIA A RAMÓN SIJÉ
    .
    (En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha
    muerto como del rayo Ramón Sijé, a quien
    tanto quería.)
    .
    Yo quiero ser llorando el hortelano
    de la tierra que ocupas y estercolas,
    compañero del alma, tan temprano.
    .
    Alimentando lluvias, caracoles
    Y órganos mi dolor sin instrumento,
    a las desalentadas amapolas
    .
    daré tu corazón por alimento.
    Tanto dolor se agrupa en mi costado,
    que por doler me duele hasta el aliento.
    .
    Un manotazo duro, un golpe helado,
    un hachazo invisible y homicida,
    un empujón brutal te ha derribado.
    .
    No hay extensión más grande que mi herida,
    lloro mi desventura y sus conjuntos
    y siento más tu muerte que mi vida.
    .
    Ando sobre rastrojos de difuntos,
    y sin calor de nadie y sin consuelo
    voy de mi corazón a mis asuntos.
    .
    .Temprano levantó la muerte el vuelo,
    temprano madrugó la madrugada,
    temprano estás rodando por el suelo.
    .
    No perdono a la muerte enamorada,
    no perdono a la vida desatenta,
    no perdono a la tierra ni a la nada.
    .
    En mis manos levanto una tormenta
    de piedras, rayos y hachas estridentes
    sedienta de catástrofe y hambrienta
    .
    Quiero escarbar la tierra con los dientes,
    quiero apartar la tierra parte
    a parte a dentelladas secas y calientes.
    .
    Quiero minar la tierra hasta encontrarte
    y besarte la noble calavera
    y desamordazarte y regresarte
    .
    Volverás a mi huerto y a mi higuera:
    por los altos andamios de mis flores
    pajareará tu alma colmenera
    .
    de angelicales ceras y labores.
    Volverás al arrullo de las rejas
    de los enamorados labradores.
    .
    Alegrarás la sombra de mis cejas,
    y tu sangre se irá a cada lado
    disputando tu novia y las abejas.
    .
    Tu corazón, ya terciopelo ajado,
    llama a un campo de almendras espumosas
    mi avariciosa voz de enamorado.
    .
    A las aladas almas de las rosas…
    de almendro de nata te requiero,:
    que tenemos que hablar de muchas cosas,
    compañero del alma, compañero.
    .
    (1 0 de enero de 1936)

    http://www.tinet.org/~elebro/poe/mher/elegia.html

  2. lasalamandra Says:

    Como un incensario lleno de deseos,
    pasas en la tarde luminosa y clara
    con la carne oscura de nardo marchito
    y el sexo potente sobre tu mirada.

    Llevas en la boca tu melancolía
    de pureza muerta, y en la dionisíaca
    copa de tu vientre la araña que teje
    el velo infecundo que cubre la entraña
    nunca florecida con las vivas rosas
    fruto de los besos.

    En tus manos blancas
    llevas la madeja de tus ilusiones,
    muertas para siempre, y sobre tu alma
    la pasión hambrienta de besos de fuego
    y tu amor de madre que sueña lejanas
    visiones de cunas en ambientes quietos,
    hilando en los labios lo azul de la nana.

    Como Ceres dieras tus espigas de oro
    si el amor dormido tu cuerpo tocara,
    y como la virgen María pudieras brotar
    de tus senos otra vía láctea.

    Te marchitarás como la magnolia.
    Nadie besará tus muslos de brasa.
    Ni a tu cabellera llegarán los dedos
    que la pulsen como
    las cuerdas de un arpa.

    ¡Oh mujer potente de ébano y de nardo!
    cuyo aliento tiene blancor de biznagas.
    Venus del mantón de Manila que sabe
    del vino de Málaga y de la guitarra.

    ¡Oh cisne moreno! cuyo lago tiene
    lotos de saetas, olas de naranjas
    y espumas de rojos claveles que aroman
    los niños marchitos que hay bajo sus alas.

    Nadie te fecunda. Mártir andaluza,
    tus besos debieron ser bajo una parra
    plenos del silencio que tiene la noche
    y del ritmo turbio del agua estancada.

    Pero tus ojeras se van agrandando
    y tu pelo negro va siendo de plata;
    tus senos resbalan escanciando aromas
    y empieza a curvarse tu espléndida espalda.

    ¡Oh mujer esbelta, maternal y ardiente!
    Virgen dolorosa que tiene clavadas
    todas las estrellas del cielo profundo
    en su corazón ya sin esperanza.

    Eres el espejo de una Andalucía
    que sufre pasiones gigantes y calla,
    pasiones mecidas por los abanicos
    y por las mantillas sobre las gargantas
    que tienen temblores de sangre, de nieve,
    y arañazos rojos hechos por miradas.

    Te vas por la niebla del otoño, virgen
    como Inés, Cecilia, y la dulce Clara,
    siendo una bacante que hubiera danzado
    de pámpanos verdes y vid coronada.

    La tristeza inmensa que flota en tus ojos
    nos dice tu vida rota y fracasada,
    la monotonía de tu ambiente pobre
    viendo pasar gente desde tu ventana,
    oyendo la lluvia sobre la amargura
    que tiene la vieja calle provinciana,
    mientras que a lo lejos suenan los clamores
    turbios y confusos de unas campanadas.

    Mas en vano escuchaste los acentos del aire.
    Nunca llegó a tus oídos la dulce serenata.
    Detrás de tus cristales aún miras anhelante.
    ¡Qué tristeza tan honda tendrás dentro del alma
    al sentir en el pecho ya cansado y exhausto
    la pasión de una niña recién enamorada!

    Tu cuerpo irá a la tumba
    intacto de emociones.
    Sobre la oscura tierra
    brotará una alborada.
    De tus ojos saldrán dos claveles sangrientos
    y de tus senos, rosas como la nieve blancas.
    Pero tu gran tristeza se irá con las estrellas,
    como otra estrella digna de herirlas y eclipsarlas.

    Federico García Lorca (1898 – 1936)

    ELEGIA
    Diciembre de 1918
    (Granada)

    http://users.fulladsl.be/spb1667/cultural/lorca/libro_de_poemas/elegia.html

  3. lasalamandra Says:

    DEFENSA DE VIOLETA PARRA

    Dulce vecina de la verde selva
    Huésped eterno del abril florido
    Grande enemiga de la zarzamora
    Violeta Parra.

    Jardinera
    locera
    costurera
    Bailarina del agua transparente
    Árbol lleno de pájaros cantores
    Violeta Parra.

    Has recorrido toda la comarca
    Desenterrando cántaros de greda
    Y liberando pájaros cautivos
    Entre las ramas.

    Preocupada siempre de los otros
    Cuando no del sobrino
    de la tía
    Cuándo vas a acordarte de ti misma
    Viola piadosa.

    Tu dolor es un círculo infinito
    Que no comienza ni termina nunca
    Pero tú te sobrepones a todo
    Viola admirable.

    Cuando se trata de bailar la cueca
    De tu guitarra no se libra nadie
    Hasta los muertos salen a bailar
    Cueca valseada.

    Cueca de la Batalla de Maipú
    Cueca del Hundimiento del Angamos
    Cueca del Terremoto de Chillán
    Todas las cosas.

    Ni bandurria
    ni tenca
    ni zorzal
    Ni codorniza libre ni cautiva

    solamente tú
    tres veces tú
    Ave del paraíso terrenal.

    Charagüilla gaviota de agua dulce
    Todos los adjetivos se hacen pocos
    Todos los sustantivos se hacen pocos
    Para nombrarte.

    Poesía
    pintura
    agricultura
    Todo lo haces a las mil maravillas
    Sin el menor esfuerzo
    Como quien se bebe una copa de vino.

    Pero los secretarios no te quieren
    Y te cierran la puerta de tu casa
    Y te declaran la guerra a muerte
    Viola doliente.

    Porque tú no te vistes de payaso
    Porque tú no te compras ni te vendes
    Porque hablas la lengua de la tierra
    Viola chilensis.

    ¡Porque tú los aclaras en el acto!

    Cómo van a quererte
    me pregunto
    Cuando son unos tristes funcionarios
    Grises como las piedras del desierto
    ¿No te parece?

    En cambio tú
    Violeta de los Andes
    Flor de la cordillera de la costa
    Eres un manantial inagotable
    De vida humana.

    Tu corazón se abre cuando quiere
    Tu voluntad se cierra cuando quiere
    Y tu salud navega cuando quiere
    Aguas arriba!

    Basta que tú los llames por sus nombres
    Para que los colores y las formas
    Se levanten y anden como Lázaro
    En cuerpo y alma.

    ¡Nadie puede quejarse cuando tú
    Cantas a media voz o cuando gritas
    Como si te estuvieran degollando
    Viola volcánica!

    Lo que tiene que hacer el auditor
    Es guardar un silencio religioso
    Porque tu canto sabe adónde va
    Perfectamente.

    Rayos son los que salen de tu voz
    Hacia los cuatro puntos cardinales
    Vendimiadora ardiente de ojos negros
    Violeta Parra.

    Se te acusa de esto y de lo otro
    Yo te conozco y digo quién eres
    ¡Oh corderillo disfrazado de lobo!
    Violeta Parra.

    Yo te conozco bien
    hermana vieja
    Norte y sur del país atormentado
    Valparaíso hundido para arriba
    ¡Isla de Pascua!

    Sacristana cuyaca de Andacollo
    Tejedora a palillo y a bolillo
    Arregladora vieja de angelitos
    Violeta Parra.
    Los veteranos del Setenta y nueve
    Lloran cuando te oyen sollozar
    En el abismo de la noche oscura
    ¡Lámpara a sangre!

    Cocinera
    niñera
    lavandera
    Niña de mano
    todos los oficios
    Todos los arreboles del crepúsculo
    Viola funebris.

    Yo no sé qué decir en esta hora
    La cabeza me da vueltas y vueltas
    Como si hubiera bebido cicuta
    Hermana mía.

    Dónde voy a encontrar otra Violeta
    Aunque recorra campos y ciudades
    O me quede sentado en el jardín
    Como un inválido.

    Para verte mejor cierro los ojos
    Y retrocedo a los días felices
    ¿Sabes lo que estoy viendo?
    Tu delantal estampado de maqui.

    Tu delantal estampado de maqui
    ¡Río Cautín!
    ¡Lautaro!
    ¡Villa Alegre!
    ¡Año mil novecientos veintisiete
    Violeta Parra!
    Pero yo no confío en las palabras
    ¿Por qué no te levantas de la tumba
    A cantar
    a bailar
    a navegar
    En tu guitarra?

    Cántame una canción inolvidable
    Una canción que no termine nunca
    Una canción no más
    una canción
    Es lo que pido.

    Qué te cuesta mujer árbol florido
    Álzate en cuerpo y alma del sepulcro
    Y haz estallar las piedras con tu voz
    Violeta Parra

    Esto es lo que quería decirte
    Continúa tejiendo tus alambres
    Tus ponchos araucanos
    Tus cantaritos de Quinchamalí
    Continúa puliendo noche y día
    Tus toromiros de madera sagrada
    Sin aflicción
    sin lágrimas inútiles
    O si quieres con lágrimas ardientes
    Y recuerda que eres
    Un corderillo disfrazado de lobo.
    Nicanor Parra

    http://amediavoz.com/parra.htm#DEFENSA%20DE%20VIOLETA%20PARRA

  4. lasalamandra Says:

    Nicanor parra- Defensa de Violeta Parra (fragmento)

  5. lasalamandra Says:

    ODA A FEDERICO GARCÍA LORCA

    SI pudiera llorar de miedo en una casa sola,
    si pudiera sacarme los ojos y comérmelos,
    lo haría por tu voz de naranjo enlutado
    y por tu poesía que sale dando gritos.

    Porque por ti pintan de azul los hospitales
    y crecen las escuelas y los barrios marítimos,
    y se pueblan de plumas los ángeles heridos,
    y se cubren de escamas los pescados nupciales,
    y van volando al cielo los erizos:
    por ti las sastrerías con sus negras membranas
    se llenan de cucharas y de sangre
    y tragan cintas rotas, y se matan a besos,
    y se visten de blanco.

    Cuando vuelas vestido de durazno,
    cuando ríes con risa de arroz huracanado,
    cuando para cantar sacudes las arterias y los dientes,
    la garganta y los dedos,
    me moriría por lo dulce que eres,
    me moriría por los lagos rojos
    en donde en medio del otoño vives
    con un corcel caído y un dios ensangrentado,
    me moriría por los cementerios
    que como cenicientos ríos pasan
    con agua y tumbas,
    de noche, entre campanas ahogadas:
    ríos espesos como dormitorios
    de soldados enfermos, que de súbito crecen
    hacia la muerte en ríos con números de mármol
    y coronas podridas, y aceites funerales:
    me moriría por verte de noche
    mirar pasar las cruces anegadas,
    de pie llorando,
    porque ante el río de la muerte lloras
    abandonadamente, heridamente,
    lloras llorando, con los ojos llenos
    de lágrimas, de lágrimas, de lágrimas.

    Si pudiera de noche, perdidamente solo,
    acumular olvido y sombra y humo
    sobre ferrocarriles y vapores,
    con un embudo negro,
    mordiendo las cenizas,
    lo haría por el árbol en que creces,
    por los nidos de aguas doradas que reúnes,
    y por la enredadera que te cubre los huesos
    comunicándote el secreto de la noche.

    Ciudades con olor a cebolla mojada
    esperan que tú pases cantando roncamente,
    y silenciosos barcos de esperma te persiguen,
    y golondrinas verdes hacen nido en tu pelo,
    y además caracoles y semanas,
    mástiles enrollados y cerezas
    definitivamente circulan cuando asoman
    tu pálida cabeza de quince ojos
    y tu boca de sangre sumergida.

    Si pudiera llenar de hollín las alcaldías
    y, sollozando, derribar relojes,
    sería para ver cuándo a tu casa
    llega el verano con los labios rotos,
    llegan muchas personas de traje agonizante,
    llegan regiones de triste esplendor,
    llegan arados muertos y amapolas,
    llegan enterradores y jinetes,
    llegan planetas y mapas con sangre,
    llegan buzos cubiertos de ceniza,
    llegan enmascarados arrastrando doncellas
    atravesadas por grandes cuchillos,
    llegan raíces, venas, hospitales,
    manantiales, hormigas,
    llega la noche con la cama en donde
    muere entre las arañas un húsar solitario,
    llega una rosa de odio y alfileres,
    llega una embarcación amarillenta,
    llega un día de viento con un niño,
    llego yo con Oliverio, Norah
    Vicente Aleixandre, Delia,
    Maruca, Malva Marina, María Luisa y Larco,
    la Rubia, Rafael Ugarte,
    Cotapos, Rafael Alberti,
    Carlos, Bebé, Manolo Altolaguirre,
    Molinari,
    Rosales, Concha Méndez,
    y otros que se me olvidan.
    Ven a que te corone, joven de la salud
    y de la mariposa, joven puro
    como un negro relámpago perpetuamente libre,
    y conversando entre nosotros,
    ahora, cuando no queda nadie entre las rocas,
    hablemos sencillamente como eres tú y soy yo:
    para qué sirven los versos si no es para el rocío?

    Para qué sirven los versos si no es para esa noche
    en que un puñal amargo nos averigua, para ese día,
    para ese crepúsculo, para ese rincón roto
    donde el golpeado corazón del hombre se dispone a morir?

    Sobre todo de noche,
    de noche hay muchas estrellas,
    todas dentro de un río
    como una cinta junto a las ventanas
    de las casas llenas de pobres gentes.

    Alguien se les ha muerto, tal vez
    han perdido sus colocaciones en las oficinas,
    en los hospitales, en los ascensores,
    en las minas,
    sufren los seres tercamente heridos
    y hay propósito y llanto en todas partes:
    mientras las estrellas corren dentro de un río interminable
    hay mucho llanto en las ventanas,
    los umbrales están gastados por el llanto,
    las alcobas están mojadas por el llanto
    que llega en forma de ola a morder las alfombras.

    Federico,
    tú ves el mundo, las calles,
    el vinagre,
    las despedidas en las estaciones
    cuando el humo levanta sus ruedas decisivas
    hacia donde no hay nada sino algunas
    separaciones, piedras, vías férreas.

    Hay tantas gentes haciendo preguntas
    por todas partes.
    Hay el ciego sangriento, y el iracundo, y el
    desanimado,
    y el miserable, el árbol de las uñas,
    el bandolero con la envidia a cuestas.

    Así es la vida, Federico, aquí tienes
    las cosas que te puede ofrecer mi amistad
    de melancólico varón varonil.
    Ya sabes por ti mismo muchas cosas.
    Y otras irás sabiendo lentamente.

    Pablo Neruda

  6. lasalamandra Says:

    Octavio Paz

    Elegía interrumpida

    Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
    Al primer muerto nunca lo olvidamos,
    aunque muera de rayo, tan aprisa
    que no alcance la cama ni los óleos.
    Oigo el bastón que duda en un peldaño,
    el cuerpo que se afianza en un suspiro,
    la puerta que se abre, el muerto que entra.
    De una puerta a morir hay poco espacio
    y apenas queda tiempo de sentarse,
    alzar la cara, ver la hora
    y enterarse: las ocho y cuarto.

    Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
    La que murió noche tras noche
    y era una larga despedida,
    un tren que nunca parte, su agonía.
    Codicia de la boca
    al hilo de un suspiro suspendida,
    ojos que no se cierran y hacen señas
    y vagan de la lámpara a mis ojos,
    fija mirada que se abraza a otra,
    ajena, que se asfixia en el abrazo
    y al fin se escapa y ve desde la orilla
    cómo se hunde y pierde cuerpo el alma
    y no encuentra unos ojos a que asirse…
    ¿Y me invitó a morir esa mirada?
    Quizá morimos sólo porque nadie
    quiere morirse con nosotros, nadie
    quiere mirarnos a los ojos.

    Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
    Al que se fue por unas horas
    y nadie sabe en qué silencio entró.
    De sobremesa, cada noche,
    la pausa sin color que da al vacío
    o la frase sin fin que cuelga a medias
    del hilo de la araña del silencio
    abren un corredor para el que vuelve:
    suenan sus pasos, sube, se detiene…
    Y alguien entre nosotros se levanta
    y cierra bien la puerta.
    Pero él, allá del otro lado, insiste.
    Acecha en cada hueco, en los repliegues,
    vaga entre los bostezos, las afueras.
    Aunque cerremos puertas, él insiste.

    Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
    Rostros perdidos en mi frente, rostros
    sin ojos, ojos fijos, vaciados,
    ¿busco en ellos acaso mi secreto,
    el dios de sangre que mi sangre mueve,
    el dios de yelo, el dios que me devora?
    Su silencio es espejo de mi vida,
    en mi vida su muerte se prolonga:
    soy el error final de sus errores.

    Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
    El pensamiento disipado, el acto
    disipado, los nombres esparcidos
    (lagunas, zonas nulas, hoyos
    que escarba terca la memoria),
    la dispersión de los encuentros,
    el yo, su guiño abstracto, compartido
    siempre por otro (el mismo) yo, las iras,
    el deseo y sus máscaras, la víbora
    enterrada, las lentas erosiones,
    la espera, el miedo, el acto
    y su reverso: en mí se obstinan,
    piden comer el pan, la fruta, el cuerpo,
    beber el agua que les fue negada.
    Pero no hay agua ya, todo está seco,
    no sabe el pan, la fruta amarga,
    amor domesticado, masticado,
    en jaulas de barrotes invisibles
    mono onanista y perra amaestrada,
    lo que devoras te devora,
    tu víctima también es tu verdugo.
    Montón de días muertos, arrugados
    periódicos, y noches descorchadas
    y amaneceres, corbata, nudo corredizo:
    “saluda al sol, araña, no seas rencorosa…”

    Es un desierto circular el mundo,
    el cielo está cerrado y el infierno vacío.

    Poemas de Octavio Paz

  7. lasalamandra Says:

    Federico García Lorca (1898 – 1936)
    1
    LA COGIDA Y LA MUERTE

    A las cinco de la tarde.
    Eran las cinco en punto de la tarde.
    Un niño trajo la blanca sábana
    a las cinco de la tarde.
    Una espuerta de cal ya prevenida
    a las cinco de la tarde.
    Lo demás era muerte y sólo muerte
    a las cinco de la tarde.

    El viento se llevó los algodones
    a las cinco de la tarde.
    Y el óxido sembró cristal y níquel
    a las cinco de la tarde.
    Ya luchan la paloma y el leopardo
    a las cinco de la tarde.
    Y un muslo con un asta desolada
    a las cinco de la tarde.
    Comenzaron los sones del bordón
    a las cinco de la tarde.
    Las campanas de arsénico y el humo
    a las cinco de la tarde.
    En las esquinas grupos de silencio
    a las cinco de la tarde.
    ¡Y el toro, solo corazón arriba!
    a las cinco de la tarde.
    Cuando el sudor de nieve fue llegando
    a las cinco de la tarde,
    cuando la plaza se cubrió de yodo
    a las cinco de la tarde,
    la muerte puso huevos en la herida
    a las cinco de la tarde.
    A las cinco de la tarde.
    A las cinco en punto de la tarde.

    Un ataúd con ruedas es la cama
    a las cinco de la tarde.
    Huesos y flautas suenan en su oído
    a las cinco de la tarde.
    El toro ya mugía por su frente
    a las cinco de la tarde.
    El cuarto se irisaba de agonía
    a las cinco de la tarde.
    A lo lejos ya viene la gangrena
    a las cinco de la tarde.
    Trompa de lirio por las verdes ingles
    a las cinco de la tarde.
    Las heridas quemaban como soles
    a las cinco de la tarde,
    y el gentío rompía las ventanas
    a las cinco de la tarde.
    A las cinco de la tarde.
    ¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
    ¡Eran las cinco en todos los relojes!
    ¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

    .
    .

    .
    .

    2
    LA SANGRE DERRAMADA

    ¡Que no quiero verla!

    Dile a la luna que venga,
    que no quiero ver la sangre
    de Ignacio sobre la arena.

    ¡Que no quiero verla!

    La luna de par en par,
    caballo de nubes quietas,
    y la plaza gris del sueño
    con sauces en las barreras

    ¡Que no quiero verla¡
    Que mi recuerdo se quema.
    ¡Avisad a los jazmines
    con su blancura pequeña!

    ¡Que no quiero verla!

    La vaca del viejo mundo
    pasaba su triste lengua
    sobre un hocico de sangres
    derramadas en la arena,
    y los toros de Guisando,
    casi muerte y casi piedra,
    mugieron como dos siglos
    hartos de pisar la tierra.
    No.
    ¡Que no quiero verla!

    Por las gradas sube Ignacio
    con toda su muerte a cuestas.
    Buscaba el amanecer,
    y el amanecer no era.
    Busca su perfil seguro,
    y el sueño lo desorienta.
    Buscaba su hermoso cuerpo
    y encontró su sangre abierta.
    ¡No me digáis que la vea!
    No quiero sentir el chorro
    cada vez con menos fuerza;
    ese chorro que ilumina
    los tendidos y se vuelca
    sobre la pana y el cuero
    de muchedumbre sedienta.
    ¡Quién me grita que me asome!
    ¡No me digáis que la vea!

    No se cerraron sus ojos
    cuando vio los cuernos cerca,
    pero las madres terribles
    levantaron la cabeza.
    Y a través de las ganaderías,
    hubo un aire de voces secretas
    que gritaban a toros celestes,
    mayorales de pálida niebla.
    No hubo príncipe en Sevilla
    que comparársele pueda,
    ni espada como su espada,
    ni corazón tan de veras.
    Como un rio de leones
    su maravillosa fuerza,
    y como un torso de mármol
    su dibujada prudencia.
    Aire de Roma andaluza
    le doraba la cabeza
    donde su risa era un nardo
    de sal y de inteligencia.
    ¡Qué gran torero en la plaza!
    ¡Qué gran serrano en la sierra!
    ¡Qué blando con las espigas!
    ¡Qué duro con las espuelas!
    ¡Qué tierno con el rocío!
    ¡Qué deslumbrante en la feria!
    ¡Qué tremendo con las últimas
    banderillas de tiniebla!

    Pero ya duerme sin fin.
    Ya los musgos y la hierba
    abren con dedos seguros
    la flor de su calavera.
    Y su sangre ya viene cantando:
    cantando por marismas y praderas,
    resbalando por cuernos ateridos
    vacilando sin alma por la niebla,
    tropezando con miles de pezuñas
    como una larga, oscura, triste lengua,
    para formar un charco de agonía
    junto al Guadalquivir de las estrellas.
    ¡Oh blanco muro de España!
    ¡Oh negro toro de pena!
    ¡Oh sangre dura de Ignacio!
    ¡Oh ruiseñor de sus venas!
    No.
    ¡Que no quiero verla!
    Que no hay cáliz que la contenga,
    que no hay golondrinas que se la beban,
    no hay escarcha de luz que la enfríe,
    no hay canto ni diluvio de azucenas,
    no hay cristal que la cubra de plata.
    No.

    ¡¡Yo no quiero verla!!
    .
    .
    .
    .
    .
    .
    .

    3
    CUERPO PRESENTE

    La piedra es una frente donde los sueños gimen
    sin tener agua curva ni cipreses helados.
    La piedra es una espalda para llevar al tiempo
    con árboles de lágrimas y cintas y planetas.

    Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas
    levantando sus tiernos brazos acribillados,
    para no ser cazadas por la piedra tendida
    que desata sus miembros sin empapar la sangre.

    Porque la piedra coge simientes y nublados,
    esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
    pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
    sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.

    Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
    Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
    la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
    y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.

    Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
    El aire como loco deja su pecho hundido,
    y el Amor, empapado con lágrimas de nieve
    se calienta en la cumbre de las ganaderías.

    ¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
    Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
    con una forma clara que tuvo ruiseñores
    y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.

    ¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
    Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
    ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
    aquí no quiero más que los ojos redondos
    para ver ese cuerpo sin posible descanso.

    Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
    Los que doman caballos y dominan los ríos;
    los hombres que les suena el esqueleto y cantan
    con una boca llena de sol y pedernales.

    Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
    Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
    Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
    para este capitán atado por la muerte.

    Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
    que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
    para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
    sin escuchar el doble resuello de los toros.

    Que se pierda en la plaza redonda de la luna
    que finge cuando niña doliente res inmóvil;
    que se pierda en la noche sin canto de los peces
    y en la maleza blanca del humo congelado.

    No quiero que le tapen la cara con pañuelos
    para que se acostumbre con la muerte que lleva.
    Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
    Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!

    ..
    .
    .
    .
    .
    .
    .
    4
    ALMA AUSENTE

    No te conoce el toro ni la higuera,
    ni caballos ni hormigas de tu casa.
    No te conoce el niño ni la tarde
    porque te has muerto para siempre.

    No te conoce el lomo de la piedra,
    ni el raso negro donde te destrozas.
    No te conoce tu recuerdo mudo
    porque te has muerto para siempre.

    El otoño vendrá con caracolas,
    uva de niebla y monjes agrupados,
    pero nadie querrá mirar tus ojos
    porque te has muerto para siempre.

    Porque te has muerto para siempre,
    como todos los muertos de la Tierra,
    como todos los muertos que se olvidan
    en un montón de perros apagados.

    No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
    Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
    La madurez insigne de tu conocimiento.
    Tu apetencia de muerte y el gusto de tu boca.
    La tristeza que tuvo tu valiente alegría.

    Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
    un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
    Yo canto su elegancia con palabras que gimen
    y recuerdo una brisa triste por los olivos.

    .

    Federico García Lorca (1898 – 1936)

    http://users.fulladsl.be/spb1667/cultural/lorca/llanto_por_ignacio_sanchez_mejias/alma_ausente.html

  8. lasalamandra Says:

    COPLAS DE DON JORGE MANRIQUE POR LA MUERTE DE SU PADRE

    I

    Recuerde el alma dormida,
    avive el seso e despierte
    contemplando
    cómo se passa la vida,
    cómo se viene la muerte
    tan callando;
    cuán presto se va el plazer,
    cómo, después de acordado,
    da dolor;
    cómo, a nuestro parescer,
    cualquiere tiempo passado
    fue mejor.

    II

    Pues si vemos lo presente
    cómo en un punto s’es ido
    e acabado,
    si juzgamos sabiamente,
    daremos lo non venido
    por passado.
    Non se engañe nadi, no,
    pensando que ha de durar
    lo que espera
    más que duró lo que vio,
    pues que todo ha de passar
    por tal manera.

    III

    Nuestras vidas son los ríos
    que van a dar en la mar,
    qu’es el morir;
    allí van los señoríos
    derechos a se acabar
    e consumir;
    allí los ríos caudales,
    allí los otros medianos
    e más chicos,
    allegados, son iguales
    los que viven por sus manos
    e los ricos.

    INVOCACIÓN

    IV

    Dexo las invocaciones
    de los famosos poetas
    y oradores;
    non curo de sus ficciones,
    que traen yerbas secretas
    sus sabores.
    Aquél sólo m’encomiendo,
    Aquél sólo invoco yo
    de verdad,
    que en este mundo viviendo,
    el mundo non conoció
    su deidad.

    V

    Este mundo es el camino
    para el otro, qu’es morada
    sin pesar;
    mas cumple tener buen tino
    para andar esta jornada
    sin errar.
    Partimos cuando nascemos,
    andamos mientra vivimos,
    e llegamos
    al tiempo que feneçemos;
    assí que cuando morimos,
    descansamos.

    VI

    Este mundo bueno fue
    si bien usásemos dél
    como debemos,
    porque, segund nuestra fe,
    es para ganar aquél
    que atendemos.
    Aun aquel fijo de Dios
    para sobirnos al cielo
    descendió
    a nescer acá entre nos,
    y a vivir en este suelo
    do murió.

    VII

    Si fuesse en nuestro poder
    hazer la cara hermosa
    corporal,
    como podemos hazer
    el alma tan glorïosa
    angelical,
    ¡qué diligencia tan viva
    toviéramos toda hora
    e tan presta,
    en componer la cativa,
    dexándonos la señora
    descompuesta!

    VIII

    Ved de cuán poco valor
    son las cosas tras que andamos
    y corremos,
    que, en este mundo traidor,
    aun primero que muramos
    las perdemos.
    Dellas deshaze la edad,
    dellas casos desastrados
    que acaeçen,
    dellas, por su calidad,
    en los más altos estados
    desfallescen.

    IX

    Dezidme: La hermosura,
    la gentil frescura y tez
    de la cara,
    la color e la blancura,
    cuando viene la vejez,
    ¿cuál se para?
    Las mañas e ligereza
    e la fuerça corporal
    de juventud,
    todo se torna graveza
    cuando llega el arrabal
    de senectud.

    X

    Pues la sangre de los godos,
    y el linaje e la nobleza
    tan crescida,
    ¡por cuántas vías e modos
    se pierde su grand alteza
    en esta vida!
    Unos, por poco valer,
    por cuán baxos e abatidos
    que los tienen;
    otros que, por non tener,
    con oficios non debidos
    se mantienen.

    XI

    Los estados e riqueza,
    que nos dexen a deshora
    ¿quién lo duda?,
    non les pidamos firmeza.
    pues que son d’una señora;
    que se muda,
    que bienes son de Fortuna
    que revuelven con su rueda
    presurosa,
    la cual non puede ser una
    ni estar estable ni queda
    en una cosa.

    XII

    Pero digo c’acompañen
    e lleguen fasta la fuessa
    con su dueño:
    por esso non nos engañen,
    pues se va la vida apriessa
    como sueño,
    e los deleites d’acá
    son, en que nos deleitamos,
    temporales,
    e los tormentos d’allá,
    que por ellos esperamos,
    eternales.

    XIII

    Los plazeres e dulçores
    desta vida trabajada
    que tenemos,
    non son sino corredores,
    e la muerte, la çelada
    en que caemos.
    Non mirando a nuestro daño,
    corremos a rienda suelta
    sin parar;
    desque vemos el engaño
    y queremos dar la vuelta
    no hay lugar.

    XIV

    Esos reyes poderosos
    que vemos por escripturas
    ya passadas
    con casos tristes, llorosos,
    fueron sus buenas venturas
    trastornadas;
    assí, que no hay cosa fuerte,
    que a papas y emperadores
    e perlados,
    assí los trata la muerte
    como a los pobres pastores
    de ganados.

    XV

    Dexemos a los troyanos,
    que sus males non los vimos,
    ni sus glorias;
    dexemos a los romanos,
    aunque oímos e leímos
    sus hestorias;
    non curemos de saber
    lo d’aquel siglo passado
    qué fue d’ello;
    vengamos a lo d’ayer,
    que también es olvidado
    como aquello.

    XVI

    ¿Qué se hizo el rey don Joan?
    Los infantes d’Aragón
    ¿qué se hizieron?
    ¿Qué fue de tanto galán,
    qué de tanta invinción
    como truxeron?
    ¿Fueron sino devaneos,
    qué fueron sino verduras
    de las eras,
    las justas e los torneos,
    paramentos, bordaduras
    e çimeras?

    XVII

    ¿Qué se hizieron las damas,
    sus tocados e vestidos,
    sus olores?
    ¿Qué se hizieron las llamas
    de los fuegos encendidos
    d’amadores?
    ¿Qué se hizo aquel trovar,
    las músicas acordadas
    que tañían?
    ¿Qué se hizo aquel dançar,
    aquellas ropas chapadas
    que traían?

    XVIII

    Pues el otro, su heredero
    don Anrique, ¡qué poderes
    alcançaba!
    ¡Cuánd blando, cuánd halaguero
    el mundo con sus plazeres
    se le daba!
    Mas verás cuánd enemigo,
    cuánd contrario, cuánd cruel
    se le mostró;
    habiéndole sido amigo,
    ¡cuánd poco duró con él
    lo que le dio!

    XIX

    Las dávidas desmedidas,
    los edeficios reales
    llenos d’oro,
    las vaxillas tan fabridas
    los enriques e reales
    del tesoro,
    los jaezes, los caballos
    de sus gentes e atavíos
    tan sobrados
    ¿dónde iremos a buscallos?;
    ¿qué fueron sino rocíos
    de los prados?

    XX

    Pues su hermano el innocente
    qu’en su vida sucesor
    se llamó
    ¡qué corte tan excellente
    tuvo, e cuánto grand señor
    le siguió!
    Mas, como fuesse mortal,
    metióle la Muerte luego
    en su fragua.
    ¡Oh jüicio divinal!,
    cuando más ardía el fuego,
    echaste agua.

    XXI

    Pues aquel grand Condestable,
    maestre que conoscimos
    tan privado,
    non cumple que dél se hable,
    mas sólo como lo vimos
    degollado.
    Sus infinitos tesoros,
    sus villas e sus lugares,
    su mandar,
    ¿qué le fueron sino lloros?,
    ¿qué fueron sino pesares
    al dexar?

    XXII

    E los otros dos hermanos,
    maestres tan prosperados
    como reyes,
    c’a los grandes e medianos
    truxieron tan sojuzgados
    a sus leyes;
    aquella prosperidad
    qu’en tan alto fue subida
    y ensalzada,
    ¿qué fue sino claridad
    que cuando más encendida
    fue amatada?

    XXIII

    Tantos duques excelentes,
    tantos marqueses e condes
    e varones
    como vimos tan potentes,
    dí, Muerte, ¿dó los escondes,
    e traspones?
    E las sus claras hazañas
    que hizieron en las guerras
    y en las pazes,
    cuando tú, cruda, t’ensañas,
    con tu fuerça, las atierras
    e desfazes.

    XXIV

    Las huestes inumerables,
    los pendones, estandartes
    e banderas,
    los castillos impugnables,
    los muros e balüartes
    e barreras,
    la cava honda, chapada,
    o cualquier otro reparo,
    ¿qué aprovecha?
    Cuando tú vienes airada,
    todo lo passas de claro
    con tu flecha.

    XXV

    Aquel de buenos abrigo,
    amado, por virtuoso,
    de la gente,
    el maestre don Rodrigo
    Manrique, tanto famoso
    e tan valiente;
    sus hechos grandes e claros
    non cumple que los alabe,
    pues los vieron;
    ni los quiero hazer caros,
    pues qu’el mundo todo sabe
    cuáles fueron.

    XXVI

    Amigo de sus amigos,
    ¡qué señor para criados
    e parientes!
    ¡Qué enemigo d’enemigos!
    ¡Qué maestro d’esforçados
    e valientes!
    ¡Qué seso para discretos!
    ¡Qué gracia para donosos!
    ¡Qué razón!
    ¡Qué benino a los sujetos!
    ¡A los bravos e dañosos,
    qué león!

    XXVII

    En ventura, Octavïano;
    Julio César en vencer
    e batallar;
    en la virtud, Africano;
    Aníbal en el saber
    e trabajar;
    en la bondad, un Trajano;
    Tito en liberalidad
    con alegría;
    en su braço, Aureliano;
    Marco Atilio en la verdad
    que prometía.

    XXVIII

    Antoño Pío en clemencia;
    Marco Aurelio en igualdad
    del semblante;
    Adriano en la elocuencia;
    Teodosio en humanidad
    e buen talante.
    Aurelio Alexandre fue
    en desciplina e rigor
    de la guerra;
    un Constantino en la fe,
    Camilo en el grand amor
    de su tierra.

    XXIX

    Non dexó grandes tesoros,
    ni alcançó muchas riquezas
    ni vaxillas;
    mas fizo guerra a los moros
    ganando sus fortalezas
    e sus villas;
    y en las lides que venció,
    cuántos moros e cavallos
    se perdieron;
    y en este oficio ganó
    las rentas e los vasallos
    que le dieron.

    XXX

    Pues por su honra y estado,
    en otros tiempos passados
    ¿cómo s’hubo?
    Quedando desamparado,
    con hermanos e criados
    se sostuvo.
    Después que fechos famosos
    fizo en esta misma guerra
    que hazía,
    fizo tratos tan honrosos
    que le dieron aun más tierra
    que tenía.

    XXXI

    Estas sus viejas hestorias
    que con su braço pintó
    en joventud,
    con otras nuevas victorias
    agora las renovó
    en senectud.
    Por su gran habilidad,
    por méritos e ancianía
    bien gastada,
    alcançó la dignidad
    de la grand Caballería
    dell Espada.

    XXXII

    E sus villas e sus tierras,
    ocupadas de tiranos
    las halló;
    mas por çercos e por guerras
    e por fuerça de sus manos
    las cobró.
    Pues nuestro rey natural,
    si de las obras que obró
    fue servido,
    dígalo el de Portogal,
    y, en Castilla, quien siguió
    su partido.

    XXXIII

    Después de puesta la vida
    tantas vezes por su ley
    al tablero;
    después de tan bien servida
    la corona de su rey
    verdadero;
    después de tanta hazaña
    a que non puede bastar
    cuenta cierta,
    en la su villa d’Ocaña
    vino la Muerte a llamar
    a su puerta,

    XXXIV

    diziendo: “Buen caballero,
    dexad el mundo engañoso
    e su halago;
    vuestro corazón d’azero
    muestre su esfuerço famoso
    en este trago;
    e pues de vida e salud
    fezistes tan poca cuenta
    por la fama;
    esfuércese la virtud
    para sofrir esta afruenta
    que vos llama.”

    XXXV

    “Non se vos haga tan amarga
    la batalla temerosa
    qu’esperáis,
    pues otra vida más larga
    de la fama glorïosa
    acá dexáis.
    Aunqu’esta vida d’honor
    tampoco no es eternal
    ni verdadera;
    mas, con todo, es muy mejor
    que la otra temporal,
    peresçedera.”

    XXXVI

    “El vivir qu’es perdurable
    non se gana con estados
    mundanales,
    ni con vida delectable
    donde moran los pecados
    infernales;
    mas los buenos religiosos
    gánanlo con oraciones
    e con lloros;
    los caballeros famosos,
    con trabajos e aflicciones
    contra moros.”

    XXXVII

    “E pues vos, claro varón,
    tanta sangre derramastes
    de paganos,
    esperad el galardón
    que en este mundo ganastes
    por las manos;
    e con esta confiança
    e con la fe tan entera
    que tenéis,
    partid con buena esperança,
    qu’estotra vida tercera
    ganaréis.”

    [Responde el Maestre:]

    XXXVIII

    “Non tengamos tiempo ya
    en esta vida mesquina
    por tal modo,
    que mi voluntad está
    conforme con la divina
    para todo;
    e consiento en mi morir
    con voluntad plazentera,
    clara e pura,
    que querer hombre vivir
    cuando Dios quiere que muera,
    es locura.”

    [Del maestre a Jesús]

    XXXIX

    “Tú que, por nuestra maldad,
    tomaste forma servil
    e baxo nombre;
    tú, que a tu divinidad
    juntaste cosa tan vil
    como es el hombre;
    tú, que tan grandes tormentos
    sofriste sin resistencia
    en tu persona,
    non por mis merescimientos,
    mas por tu sola clemencia
    me perdona”.

    FIN

    XL

    Assí, con tal entender,
    todos sentidos humanos
    conservados,
    cercado de su mujer
    y de sus hijos e hermanos
    e criados,
    dio el alma a quien gela dio
    (el cual la ponga en el cielo
    en su gloria),
    que aunque la vida perdió,
    dexónos harto consuelo
    su memoria.

    Jorge Manrique, 1477

    http://luis.salas.net/index1.htm

  9. Pedro Miguel Says:

    ALGO SOBRE LA MUERTE DEL MAYOR SABINES (1973)

    PRIMERA PARTE

    I
    Déjame reposar,
    aflojar los músculos del corazón
    y poner a dormitar el alma
    para poder hablar,
    para poder recordar estos días,
    los más largos del tiempo.

    Convalecemos de la angustia apenas
    y estamos débiles, asustadizos,
    despertando dos o tres veces de nuestro escaso sueño
    para verte en la noche y saber que respiras.
    Necesitamos despertar para estar más despiertos
    en esta pesadilla llena de gentes y de ruidos.

    Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas,
    por eso es que este hachazo nos sacude.
    Nunca frente a tu muerte nos paramos
    a pensar en la muerte,
    ni te hemos visto nunca sino como la fuerza y la
    alegría.
    No lo sabemos bien, pero de pronto llega
    un incesante aviso,
    una escapada espada de la boca de Dios
    que cae y cae y cae lentamente.
    Y he aquí que temblamos de miedo,
    que nos ahoga el llanto contenido,
    que nos aprieta la garganta el miedo.

    Nos echamos a andar y no paramos
    de andar jamás, después de medianoche,
    en ese pasillo del sanatorio silencioso
    donde hay una enfermera despierta de ángel.
    Esperar que murieras era morir despacio,
    estar goteando del tubo de la muerte,
    morir poco, a pedazos.

    No ha habido hora más larga que cuando no
    dormías,
    ni túnel más espeso de horror y de miseria
    que el que llenaban tus lamentos,
    tu pobre cuerpo herido.

    II

    Del mar, también del mar,
    de la tela del mar que nos envuelve,
    de los golpes del mar y de su boca,
    de su vagina obscura,
    de su vómito,
    de su pureza tétrica y profunda,
    vienen la muerte, Dios, el aguacero
    golpeando las persianas,
    la noche, el viento.

    De la tierra también,
    de las raíces agudas de las casas,
    del pie desnudo y sangrante de los árboles,
    de algunas rocas viejas que no pueden moverse,
    de lamentables charcos, ataúdes del agua,
    de troncos derribados en que ahora duerme el rayo,
    y de la yerba, que es la sombra de las ramas del cielo,
    viene Dios, el manco de cien manos,
    ciego de tantos ojos,
    dulcísimo, impotente.
    (Omniausente, lleno de amor,
    el viejo sordo, sin hijos,
    derrama su corazón en la copa de su vientre.)

    De los huesos también,
    de la sal más entera de la sangre,
    del ácido más fiel,
    del alma más profunda y verdadera,
    del alimento más entusiasmado,
    del hígado y del llanto,
    viene el oleaje tenso de la muerte,
    el frío sudor de la esperanza,
    y viene Dios riendo.

    Caminan los libros a la hoguera.
    Se levanta el telón: aparece el mar.

    (Yo no soy el autor del mar.)

    III

    Siete caídas sufrió el elote de mi mano
    antes de que mi hambre lo encontrara,
    siete veces mil veces he muerto
    y estoy risueño como en el primer día.
    Nadie dirá: no supo de la vida
    más que los bueyes, ni menos que las golondrinas.
    Yo siempre he sido el hombre, amigo fiel del perro,
    hijo de Dios desmemoriado,
    hermano del viento.
    ¡A la chingada las lágrimas!,dije,
    y me puse a llorar
    como se ponen a parir.
    Estoy descalzo, me gusta pisar el agua y las piedras,
    las mujeres, el tiempo,
    me gusta pisar la yerba que crecerá sobre mi tumba
    (si es que tengo una tumba algún día).
    Me gusta mi rosal de cera
    en el jardín que la noche visita.
    Me gustan mis abuelos de Totomoste
    y me gustan mis zapatos vacíos
    esperándome como el día de mañana.
    ¡A la chingada la muerte!, dije,
    sombra de mi sueño,
    perversión de los ángeles,
    y me entregué a morir
    como una piedra al río,
    como un disparo al vuelo de los pájaros.

    IV

    Vamos a hablar del Príncipe Cáncer,
    Señor de los Pulmones, Varón de la Próstata,
    que se divierte arrojando dardos
    a los ovarios tersos, a las vaginas mustias,
    a las ingles multitudinarias.

    Mi padre tiene el ganglio más hermoso del cáncer
    en la raíz del cuello, sobre la subclavia,
    tubérculo del bueno de Dios,
    ampolleta de la buena muerte,
    y yo mando a la chingada a todos los soles del mundo.
    El Señor Cáncer, El Señor Pendejo,
    es sólo un instrumento en las manos obscuras
    de los dulces personajes que hacen la vida.

    En las cuatro gavetas del archivero de madera
    guardo los nombres queridos,
    la ropa de los fantasmas familiares,
    las palabras que rondan
    y mis pieles sucesivas.

    También están los rostros de algunas mujeres
    los ojos amados y solos
    y el beso casto del coito.
    Y de las gavetas salen mis hijos.
    ¡Bien haya la sombra del árbol
    llegando a la tierra,
    porque es la luz que llega!

    V

    De las nueve de la noche en adelante,
    viendo televisión y conversando
    estoy esperando la muerte de mi padre.
    Desde hace tres meses, esperando.
    En el trabajo y en la borrachera,
    en la cama sin nadie y en el cuarto de niños,
    en su dolor tan lleno y derramado,
    su no dormir, su queja y su protesta,
    en el tanque de oxígeno y las muelas
    del día que amanece, buscando la esperanza.

    Mirando su cadáver en los huesos
    que es ahora mi padre,
    e introduciendo agujas en las escasas venas,
    tratando de meterle la vida, de soplarle
    en la boca el aire…

    (Me avergüenzo de mí hasta los pelos
    por tratar de escribir estas cosas.
    ¡Maldito el que crea que esto es un poema!)

    Quiero decir que no soy enfermero,
    padrote de la muerte,
    orador de panteones, alcahuete,
    pinche de Dios, sacerdote de penas.
    Quiero decir que a mí me sobre el aire…

    VI

    Te enterramos ayer.
    Ayer te enterramos.
    Te echamos tierra ayer.
    Quedaste en la tierra ayer.
    Estás rodeado de tierra
    desde ayer.
    Arriba y abajo y a los lados
    por tus pies y por tu cabeza
    está la tierra desde ayer.
    Te metimos en la tierra,
    te tapamos con tierra ayer.
    Perteneces a la tierra
    desde ayer.
    Ayer te enterramos
    en la tierra, ayer.

    VII

    Madre generosa
    de todos los muertos,
    madre tierra, madre,
    vagina del frío,
    brazos de intemperie,
    regazo del viento,
    nido de la noche,
    madre de la muerte,
    recógelo, abrígalo,
    desnúdalo, tómalo,
    guárdalo, acábalo.

    VIII

    No podrás morir.
    Debajo de la tierra
    no podrás morir.
    Sin agua y sin aire
    no podrás morir.
    Sin azúcar, sin leche,
    sin frijoles, sin carne,
    sin harina, sin higos,
    no podrás morir.
    Sin mujer y sin hijos
    no podrás morir.
    Debajo de la vida
    no podrás morir.
    En tu tanque de tierra
    no podrás morir.
    En tu caja de muerto
    no podrás morir.
    En tus venas sin sangre
    no podrás morir.
    En tu pecho vacío
    no podrás morir.
    En tu boca sin fuego
    no podrás morir.
    En tus ojos sin nadie
    no podrás morir.
    En tu carne sin llanto
    no podrás morir.
    No podrás morir.
    No podrás morir.
    No podrás morir.
    Enterramos tu traje,
    tus zapatos, el cáncer;
    no podrás morir.
    Tu silencio enterramos.
    Tu cuerpo con candados.
    Tus canas finas,
    tu dolor clausurado.
    No podrás morir.

    IX

    Te fuiste no sé a dónde.
    Te espera tu cuarto.
    Mi mamá, Juan y Jorge
    te estamos esperando.
    Nos han dado abrazos
    de condolencia, y recibimos
    cartas, telegramas, noticias
    de que te enterramos,
    pero tu nieta más pequeña
    te busca en el cuarto,
    y todos, sin decirlo,
    te estamos esperando.

    X

    Es un mal sueño largo,
    una tonta película de espanto,
    un túnel que no acaba
    lleno de piedras y de charcos.
    ¡Qué tiempo éste, maldito,
    que revuelve las horas y los años,
    el sueño y la conciencia,
    el ojo abierto y el morir despacio!

    XI

    Recién parido en el lecho de la muerte,
    criatura de la paz, inmóvil, tierno,
    recién niño del sol de rostro negro,
    arrullado en la cuna del silencio,
    mamando obscuridad, boca vacía,
    ojo apagado, corazón desierto.

    Pulmón sin aire, niño mío, viejo,
    cielo enterrado y manantial aéreo
    voy a volverme un llanto subterráneo
    para echarte mis ojos en tu pecho.

    XII

    Morir es retirarse, hacerse a un lado,
    ocultarse un momento, estarse quieto,
    pasar el aire de una orilla a nado
    y estar en todas partes en secreto.

    Morir es olvidar, ser olvidado,
    refugiarse desnudo en el discreto
    calor de Dios, y en su cerrado
    puño, crecer igual que un feto.

    Morir es encenderse bocabajo
    hacia el humo y el hueso y la caliza
    y hacerse tierra y tierra con trabajo.

    Apagarse es morir, lento y aprisa
    tomar la eternidad como a destajo
    y repartir el alma en la ceniza.

    XIII

    Padre mío, señor mío, hermano mío,
    amigo de mi alma, tierno y fuerte,
    saca tu cuerpo viejo, viejo mío,
    saca tu cuerpo de la muerte.

    Saca tu corazón igual que un río,
    tu frente limpia en que aprendí a quererte,
    tu brazo como un árbol en el frío
    saca todo tu cuerpo de la muerte.

    Amo tus canas, tu mentón austero,
    tu boca firme y tu mirada abierta,
    tu pecho vasto y sólido y certero.

    Estoy llamando, tirándote la puerta.
    Parece que yo soy el que me muero:
    ¡padre mío, despierta!

    XIV

    No se ha roto ese vaso en que bebiste,
    ni la taza, ni el tubo, ni tu plato.
    Ni se quemó la cama en que moriste,
    ni sacrificamos un gato.

    Te sobrevive todo. Todo existe
    a pesar de tu muerte y de mi flato.
    Parece que la vida nos embiste
    igual que el cáncer sobre tu omoplato.

    Te enterramos, te lloramos, te morimos,
    te estás bien muerto y bien jodido y yermo
    mientras pensamos en lo que no hicimos

    y queremos tenerte aunque sea enfermo.
    Nada de lo que fuiste, fuiste y fuimos
    a no ser habitantes de tu infierno.

    XV

    Papá por treinta o por cuarenta años,
    amigo de mi vida todo el tiempo,
    protector de mi miedo, brazo mío,
    palabra clara, corazón resuelto,

    te has muerto cuando menos falta hacías,
    cuando más falta me haces, padre, abuelo,
    hijo y hermano mío, esponja de mi sangre,
    pañuelo de mis ojos, almohada de mi sueño.

    Te has muerto y me has matado un poco.
    Porque no estás, ya no estaremos nunca
    completos, en un sitio, de algún modo.

    Algo le falta al mundo, y tú te has puesto
    a empobrecerlo más, y a hacer a solas
    tus gentes tristes y tu Dios contento.

    XVI

    (Noviembre 27)

    ¿Será posible que abras los ojos y nos veas
    ahora?
    ¿Podrás oírnos?
    ¿Podrás sacar tus manos un momento?

    Estamos a tu lado. Es nuestra fiesta,
    tu cumpleaños, viejo.
    Tu mujer y tus hijos, tus nueras y tus nietos
    venimos a abrazarte, todos, viejo.
    ¡Tienes que estar oyendo!
    No vayas a llorar como nosotros
    porque tu muerte no es sino un pretexto
    para llorar por todos,
    por los que están viviendo.
    Una pared caída nos separa,
    sólo el cuerpo de Dios, sólo su cuerpo.

    XVII

    Me acostumbré a guardarte, a llevarte lo mismo
    que lleva uno su brazo, su cuerpo, su cabeza.
    No eras distinto a mí, ni eras lo mismo.
    Eras, cuando estoy triste, mi tristeza.

    Eras, cuando caía, eras mi abismo,
    cuando me levantaba, mi fortaleza.
    Eras brisa y sudor y cataclismo,
    y eras el pan caliente sobre la mesa.

    Amputado de ti, a medias hecho
    hombre o sombra de ti, sólo tu hijo,
    desmantelada el alma, abierto el pecho,

    Ofrezco a tu dolor un crucifijo:
    te doy un palo, una piedra, un helecho,
    mis hijos y mis días, y me aflijo.

    SEGUNDA PARTE

    I
    Mientras los niños crecen, tú, con todos los muertos,
    poco a poco te acabas.
    Yo te he ido mirando a través de las noches
    por encima del mármol, en tu pequeña casa.
    Un día ya sin ojos, sin nariz, sin orejas,
    otro día sin garganta,
    la piel sobre tu frente agrietándose, hundiéndose,
    tronchando obscuramente el trigal de tus canas.
    Todo tú sumergido en humedad y gases
    haciendo tus desechos, tu desorden, tu alma,
    cada vez más igual tu carne que tu traje,
    más madera tus huesos y más huesos las tablas.
    Tierra mojada donde había tu boca,
    aire podrido, luz aniquilada,
    el silencio tendido a todo tu tamaño
    germinando burbujas bajo las hojas de agua.
    (Flores dominicales a dos metros arriba
    te quieren pasar besos y no te pasan nada.)

    II

    Mientras los niños crecen y las horas nos hablan
    tú, subterráneamente, lentamente, te apagas.
    Lumbre enterrada y sola, pabilo de la sombra,
    veta de horror para el que te escarba.

    ¡Es tan fácil decirte “padre mío”
    y es tan difícil encontrarte, larva
    de Dios, semilla de esperanza!

    Quiero llorar a veces, y no quiero
    llorar porque me pasas
    como un derrumbe, porque pasas
    como un viento tremendo, como un escalofrío
    debajo de las sábanas,
    como un gusano lento a lo largo del alma.

    ¡Si sólo se pudiera decir: “papá, cebolla,
    polvo, cansancio, nada, nada, nada”
    !Si con un trago te tragara!
    ¡Si con este dolor te apuñalara!
    ¡Si con este desvelo de memorias
    -herida abierta, vómito de sangre-
    te agarrara la cara!

    Yo sé que tú ni yo,
    ni un par de valvas,
    ni un becerro de cobre, ni unas alas

    sosteniendo la muerte, ni la espuma
    en que naufraga el mar, ni -no- las playas,
    la arena, la sumisa piedra con viento y agua,
    ni el árbol que es abuelo de su sombra,
    ni nuestro sol, hijastro de sus ramas,
    ni la fruta madura, incandescente,
    ni la raíz de perlas y de escamas,
    ni tío, ni tu chozno, ni tu hipo,
    ni mi locura, y ni tus espaldas,
    sabrán del tiempo obscuro que nos corre
    desde las venas tibias a las canas.

    (Tiempo vacío, ampolla de vinagre,
    caracol recordando la resaca.)

    He aquí que todo viene, todo pasa,
    todo, todo se acaba.
    ¿Pero tú? ¿pero yo? ¿pero nosotros?
    ¿para qué levantamos la palabra?
    ¿de qué sirvió el amor?
    ¿cuál era la muralla
    que detenía la muerte? ¿dónde estaba
    el niño negro de tu guarda?

    Ángeles degollados puse al pie de tu caja,
    y te eché encima tierra, piedras, lágrimas,
    para que ya no salgas, para que no salgas.

    III

    Sigue el mundo su paso, rueda el tiempo
    y van y vienen máscaras.
    Amanece el dolor un día tras otro,
    nos rodeamos de amigos y fantasmas,
    parece a veces que un alambre estira
    la sangre, que una flor estalla,
    que el corazón da frutas, y el cansancio
    canta.

    Embrocados, bebiendo en la mujer y el trago,
    apostando a crecer como las plantas,
    fijos, inmóviles, girando
    en la invisible llama.
    Y mientras tú, el fuerte, el generoso,
    el limpio de mentiras y de infamias,
    guerrero de la paz, juez de victorias
    -cedro del Líbano, robledal de Chiapas-
    te ocultas en la tierra, te remontas
    a tu raíz obscura y desolada.

    IV

    Un año o dos o tres,
    te da lo mismo.
    ¿Cuál reloj en la muerte?, ¿qué campana
    incesante, silenciosa, llama y llama?
    ¿qué subterránea voz no pronunciada?
    ¿qué grito hundido, hundiéndose, infinito
    de los dientes atrás, en la garganta
    aérea, flotante, pare escamas?

    ¿Para esto vivir? ¿para sentir prestados
    los brazos y las piernas y la cara,
    arrendados al hoyo, entretenidos
    los jugos en la cáscara?
    ¿para exprimir los ojos noche
    a noche en el temblor obscuro de la cama,
    remolino de quietas transparencias,
    descendimiento de la náusea?

    ¿Para esto morir?
    ¿para inventar el alma,
    el vestido de Dios, la eternidad, el agua
    del aguacero de la muerte, la esperanza?
    ¿morir para pescar?
    ¿para atrapar con su red a la araña?

    Estás sobre la playa de algodones
    y tu marca de sombras sube y baja.

    V

    Mi madre sola, en su vejez hundida,
    sin dolor y sin lástima,
    herida de tu muerte y de tu vida.

    Esto dejaste. Su pasión enhiesta,
    su celo firme, su labor sombría.
    Árbol frutal a un paso de la leña,
    su curvo sueño que te resucita.
    Esto dejaste. Esto dejaste y no querías.

    Pasó el viento. Quedaron de la casa
    el pozo abierto y la raíz en ruinas.
    Y es en vano llorar. Y si golpeas
    las paredes de Dios, y si te arrancas
    el pelo o la camisa,
    nadie te oye jamás, nadie te mira.
    No vuelve nadie, nada. No retorna
    el polvo de oro de la vida.

    Jaime Sabines (1926-1999)

  10. lalibelulaimaginaria Says:

    :)

    No l_ conozco y _hor_ mismo no podri_ disfru_rl_
    Cu_ndo me regresen el _udio…. l_ leeré p_r_ est_ post.
    Por tu det_lle

    gr_ci_s, siempre es un pequeño pl_cer, cont_r con tus _port_ciones.
    besos.

  11. Pedro Miguel Says:

    No entiendo -ni pretendo entender- nada, pero simpatizo con tu delirio, Libe. Has hecho una hermosa colección de poemas tristísimos. A ver de cuál otro me acuerdo y, ya que no te molestan mis intromisiones, lo pongo.

    Beso.

    ————————————–

    Toda aportación humana (de lo humano) me resulta interesante.
    Mi delirio…. mi delirio …. :)
    Me estoy trayendo aqui mi deambular de los ultimos siete años….
    He sido muy nomada.
    Primero no escribia en la red, si no en cuadernos…. 17 cuadernos…. he comenzado desde ahi.
    Es mi herencia. Lo que hubo.

    un beso

  12. Pedro Miguel Says:

    CANTO DE GUERRA DE LAS COSAS
    Cuando lleguéis a viejos, respetaréis la piedra,
    si es que llegáis a viejos,
    si es que entonces quedó alguna piedra.
    Vuestros hijos amarán al viejo cobre,
    al hierro fiel.
    Recibiréis a los antiguos metales en el seno de vuestras familias,
    trataréis al noble plomo con la decencia que corresponde a su carácter dulce;
    os reconciliaréis con el zinc dándole un suave nombre;
    con el bronce considerándolo como hermano del oro,
    porque el oro no fue a la guerra por vosotros,
    el oro se quedó, por vosotros, haciendo el papel de niño mimado,
    vestido de terciopelo, arropado, protegido por el resentido acero…
    Cuando lleguéis a viejos, respetaréis al oro,
    si es que llegáis a viejos,
    si es que entonces quedó algún oro.

    El agua es la única eternidad de la sangre.
    Su fuerza, hecha sangre. Su inquietud, hecha sangre.
    Su violento anhelo de viento y cielo,
    hecho sangre.
    Mañana dirán que la sangre se hizo polvo,
    mañana estará seca la sangre.
    Ni sudor, ni lágrimas, ni orina
    podrán llenar el hueco del corazón vacío.
    Mañana envidiarán la bomba hidráulica de un inodoro palpitante,
    la constancia viva de un grifo,
    el grueso líquido.
    El río se encargará de los riñones destrozados
    y en medio del desierto los huesos en cruz pedirán en vano
    que regrese el agua a los cuerpos de los hombres.

    Dadme un motor más fuerte que un corazón de hombre.
    Dadme un cerebro de máquina que pueda ser agujereado sin dolor.
    Dadme por fuera un cuerpo de metal y por dentro otro cuerpo de metal
    igual al del soldado de plomo que no muere,
    que no te pide, Señor, la gracia de no ser humillado por tus obras,
    como el soldado de carne blanducha, nuestro débil orgullo,
    que por tu día ofrecerá la luz de sus ojos,
    que por tu metal admitirá una bala en su pecho,
    que por tu agua devolverá su sangre.
    Y que quiere ser como un cuchillo, al que no puede herir otro cuchillo.
    Esta cal de mi sangre incorporada a mi vida
    será la cal de mi tumba incorporada a mi muerte,
    porque aquí está el futuro envuelto en papel de estaño,
    aquí está la ración humana en forma de pequeños ataúdes,
    y la ametralladora sigue ardiendo de deseos
    y a través de los siglos sigue fiel el amor del cuchillo a la carne.

    Y luego, decid si no ha sido abundante la cosecha de balas,
    si los campos no están sembrados de bayonetas,
    si no han reventado a su tiempo las granadas…
    Decid si hay algún pozo, un hueco, un escondrijo
    que no sea un fecundo nido de bombas robustas;
    decid si este diluvio de fuego líquido
    no es más hermoso y más terrible que el de Noé,
    ¡sin que haya un arca de acero que resista
    ni un avión que regrese con la rama de olivo!

    Vosotros, dominadores del cristal, he ahí vuestros vidrios fundidos.
    Vuestras casas de porcelana, vuestros trenes de mica,
    vuestras lágrimas envueltas en celofán, vuestros corazones de bakelita,
    vuestros risibles y hediondos pies de hule,
    todo se funde y corre al llamado de guerra de las cosas,
    como se funde y se escapa con rencor el acero que ha sostenido una estatua.

    Los marineros están un poco excitados. Algo les turba su viaje.
    Se asoman a la borda y escudriñan el agua,
    se asoman a la torre y escudriñan el aire.
    Pero no hay nada.
    No hay peces, ni olas, ni estrellas, ni pájaros.
    Señor capitán, ¿a dónde vamos?
    Lo sabremos más tarde.
    Cuando hayamos llegado.
    Los marineros quieren lanzar el ancla,
    los marineros quieren saber qué pasa.
    Pero no es nada. Están un poco excitados.
    El agua del mar tiene un sabor más amargo,
    el viento del mar es demasiado pesado.
    Y no camina el barco. Se quedó quieto en medio del viaje.
    Los marineros se preguntan ¿qué pasa? con las manos,
    han perdido el habla.
    No ha pasado nada. Están un poco excitados.
    Nunca volverá a pasar nada. Nunca lanzarán el ancla.

    No había que buscarla en las cartas del naipe ni en los juegos de la cábala.
    En todas las cartas estaba, hasta en las de amor y en las de navegar.
    Todas los signos llevaban su signo.
    Izaba su bandera sin color, fantasmas de bandera para ser pintada con colores de sangre de fantasma,
    bandera que cuando flotaba al viento parecía que flotaba el viento.
    Iba y venía, iba en el venir, venía en el yendo, como que si fuera viniendo.
    Subía, y luego bajaba hasta en medio de la multitud y besaba a cada hombre.
    Acariciaba cada cosa con sus dedos suaves de sobadora de marfil.
    Cuando pasaba un tranvía, ella pasaba en el tranvía;
    cuando pasaba una locomotora, ella iba sentada en la trompa.
    Pasaba ante el vidrio de todas las vitrinas,
    Sobre el río de todos los puentes,
    por el cielo de todas las ventanas.
    Era la misma vida que flota ciega en las calles como una niebla borracha.
    Estaba de pie junto a todas las paredes como un ejército de mendigos,
    era un diluvio en el aire.
    Era tenaz, y también dulce, como el tiempo.

    Con la opaca voz de un destrozado amor sin remedio,
    con el hueco de un corazón fugitivo,
    con la sombra del cuerpo
    con la sombra del alma, apenas sombra de vidrio,
    con el espacio vacío de una mano sin dueño,
    con los labios heridos
    con los párpados sin sueño,
    con el pedazo de pecho donde está sembrado el musgo del resentimiento
    y el narciso,
    con el hombro izquierdo
    con el hombro que carga las flores y el vino,
    con las uñas que aún están adentro
    y no han salido,
    con el porvenir sin premio con el pasado sin castigo,
    con el aliento,
    con el silbido,
    con el último bocado de tiempo, con el último sorbo de líquido
    con el último verso del último libro.
    Y con lo que será ajeno. Y con lo que fue mío.

    Somos la orquídea de acero,
    florecimos en la trinchera como el moho sobre el filo de la espada,
    somos una vegetación de sangre,
    somos flores de carne que chorrean sangre,
    somos la muerte recién podada
    que florecerá muertes y más muertes hasta hacer un inmenso jardín de muertes.

    Como la enredadera púrpura de filosa raíz,
    que corta el corazón y se siembra en la fangosa sangre
    y sube y baja según su peligrosa marea.
    Así hemos inundado el pecho de los vivos,
    somos la selva que avanza.
    Somos la tierra presente. Vegetal y podrida.
    Pantano corrompido que burbujea mariposas y arco-iris.
    Donde tu cáscara se levanta están nuestros huesos llorosos,
    nuestro dolor brillante en carne viva,
    oh santa y hedionda tierra nuestra,
    humus humanos.

    Desde mi gris sube mi ávida mirada,
    mi ojo viejo y tardo, ya encanecido,
    desde el fondo de un vértigo lamoso
    sin negro y sin color completamente ciego.
    Asciendo como topo hacia el aire
    que huele mi vista,
    el ojo de mi olfato, y el murciélago
    todo hecho de sonido.
    Aqui la piedra es piedra, pero ni el tacto sordo
    puede imaginar si vamos o venimos,
    pero venimos, sí, desde mi fondo espeso,
    pero vamos, ya lo sentimos, en los dedos podridos
    y en esta cruel mudez que quiere cantar.

    Como un súbito amanecer que la sangre dibuja
    irrumpe el violento deseo de sufrir,
    y luego el llanto fluyendo como la uña de la carne
    y el rabioso corazón ladrando en la puerta.
    Y en la puerta un cubo que se palpa
    y un camino verde bajo los pies hasta el pozo,
    hasta más hondo aún, hasta el agua,
    y en el agua una palabra samaritana
    hasta más hondo aún, hasta el beso,
    Del mar opaco que me empuja
    llevo en mi sangre el hueco de su ola,
    el hueco de su huida,
    un precipicio de sal aposentada.
    Si algo traigo para decir, dispensadme,
    en el bello camino lo he olvidado.
    Por un descuido me comí la espuma,
    perdonadme, que vengo enamorado.

    Detrás de ti quedan ahora cosas despreocupadas, dulces.
    Pájaros muertos, árboles sin riego.
    Una hiedra marchita. Un olor de recuerdo.
    No hay nada exacto, no hay nada malo ni bueno,
    y parece que la vida se ha marchado hacia el país del trueno.
    Tú, que vista en un jarrón de flores el golpe de esta fuerza,
    tú, la invitada al viento en fiesta.
    tu, la dueña de una cotorra y un coche de ágiles ruedas, sobre la verja
    tú que miraste a un caballo del tiovivo
    y quedar sobre la grama como esperando que lo montasen los niños de la escuela,
    asiste ahora, con ojos pálidos, a esta naturaleza muerta.

    Los frutos no maduran en este aire dormido
    sino lentamente, de tal suerte que parecen marchitos,
    y hasta los insectos se equivocan en esta primavera sonámbula, sin sentido.
    La naturaleza tiene ausente a su marido.
    No tienen ni fuerzas suficientes para morir las semillas del cultivo
    y su muerte se oye como el hilito de sangre que sale de la boca del hombre herido.
    Rosas solteronas, flores que parecen usadas en la fiesta del olvido,
    débil olor de tumbas, de hierbas que mueren sobre mármoles inscritos.
    Ni un solo grito. Ni siquiera la voz de un pájaro o de un niño
    o el ruido de un bravo asesino con su cuchillo.
    ¡Qué dieras hoy por tener manchado de sangre el vestido!
    ¡Qué dieras por encontrar habitado algún nido!
    ¡Qué dieras porque sembraran en tu carne un hijo!

    Por fin, Señor de los Ejércitos, he aquí el dolor supremo.
    He aquí, sin lástimas, sin subterfugios, sin versos,
    el dolor verdadero.
    Por fin, Señor, he aquí frente a nosotros el dolor parado en seco.

    No es un dolor por los heridos ni por los muertos,
    ni por la sangre derramada ni por la tierra llena de lamentos
    ni por las ciudades vacías de casas ni por los campos llenos de huérfanos.
    Es el dolor entero.

    No pueden haber lágrims ni duelo
    ni palabras ni recuerdos,
    pues nada cabe ya dentro del pecho.
    Todos los ruidos del mundo forman un gran silencio.
    Todos los hombres del mundo forman un solo espectro.
    En medio de este dolor, ¡soldado!, queda tu puesto
    vacío o lleno.
    Las vidas de los que quedan están con huecos,
    tienen vacíos completos,
    como si se hubieran sacado bocados de carne de sus cuerpos.
    Asómate a este boquete, a éste que tengo en el pecho,
    para ver cielos e infiernos.
    Mira mi cabeza hendida por millares de agujeros:
    a través brilla un sol blanco, a través un astro negro.
    Toca mi mano, esta mano que ayer sostuvo un acero:
    ¡puedes pasar en el aire, a través de ella, tus dedos!
    He aquí la ausencia del hombre, fuga de carne, de miedo,
    días, cosas, almas, fuego.
    Todo se quedó en el tiempo. Todo se quemó allá lejos.

    Joaquín Pasos
    (Granada, 1914 – Managua, 1947)

    ________________________________________
    ________________________________________

    ¡qué maravilla!
    Nuevamente gracias :)
    (digo yo que en algún momento recuperaré mi tiempo para disfrutar de esto sin stress)
    besos

  13. Pedro Miguel Says:

    El autor
    Y bajo el titulo de
    Amen de mariposas
    A LA EMBAJADORA NORTEAMERICANA
    EN MÉXICO, EL AÑO DE 1914
    Porque, durante la ocupación de Veracruz por
    Tropas de su propio país, exclama:
    “- ¡Esta es la danza de la muerte
    y creo que nosotros tocamos el violín!”
    y por lo que en sus palabras suena de
    admonitorio, de desgarrador y quien sabe si
    hasta de maternal,
    dedica
    este poema
    cincuenta años después,
    cuando es mas alegre el gatillo del violín,
    cuando más tumultoso el delirio de la danza.

    Mariposa:
    Caricatura de aeroplano.
    Pulso de abismo,
    Erudita de pétalos.
    Antes que las manos
    En la pared te mataron
    …os ojos de los niños…

    PEDRO Ma. CRUZ, Raíces iluminadas

    —–

    PRIMER TIEMPO

    Cuando supe que habían caído las tres hermanas
    Mirabal
    me dije:
    la sociedad establecida ha muerto.

    (lapislázuli A cuento de todo emblema ruidos
    mentís en A referida un imperio en agonía
    y cuanto ha sido conocido desde entonces
    me dije
    y cuanto ha sido comprendido desde entonces
    me dije
    es que la sociedad establecida ha muerto)

    Comprendí
    que muchas unidades navales alrededor del mundo
    inician su naufragio
    en medio de la espuma
    pensadora
    y que grandes ejércitos reconocidos en el planeta
    comienzan a derramarse
    en el regazo de la duda
    pesarosa.
    Es que
    hay columnas de mármol impetuoso no rendidas al
    tiempo
    y pirámides absolutas erigidas sobre las civilizaciones
    que no pueden resistir la muerte de ciertas mariposas.

    Cuando supe que tres de los espejos de la sociedad
    tres respetos del brazo orgulloso de los hombres
    tres y entonces madres
    y comienza del
    día
    habían caído
    asesinadas

    oh asesinadas

    a pesar de sus telares en sonrisa
    a pesar de sus abriles en riachuelos
    a pesar de sus neblinas en reposo

    (y todo el día lleno de grandes ojos abiertos)

    roto el cráneo
    despedazado el vientre
    partida la plegaria

    oh asesinadas

    comprendí que el asesinato como bestias incendiada
    por la cola

    no se detendría ya

    ante ninguna puerta de concordia
    ante ninguna persiana de ternura
    ante ningún dintel ni balaustrada

    ni ante paredes
    ni ante rendijas
    ni ante el paroxismo
    de los progenitores iniciales

    porque a partir de entonces el plomo perdió su rumbo
    y el sentido su rango
    y solo quedaba en pie
    la Humanidad
    emplazada a durar sobre este punto
    escandaloso
    de la inmensidad
    del Universo.

    Supe entonces que el asesinato ocupaba el lugar
    del pensamiento
    que en luz de la casa
    comenzaba a aclimatarse
    el puerco cimarrón
    y la araña peluda
    que la lechuza se instalaba en la escuela
    que en los parques infantiles
    se aposentaba el hurón
    el tiburón en las fuentes
    y engranaje y puñal
    y muñón y muleta
    en los copos de la cuna
    o que empezaba entonces la época rotunda
    del bien y del mal
    desnudos
    frente a frente
    conminados a una sola
    implacable definitiva
    decidida victoria
    muerte a muerte.

    Oh asesinadas

    No era una vez
    porque no puedo contar la historia de los hombres
    que cayeron en Maimón
    y Entero Hondo
    a unos pocos disparos de Constanza
    en el mismo corazón del ano de 1959
    puesto que todo el mundo sabe que somos el silencio
    aun en horas de infortunio

    No era un vez porque no puedo contar la historia
    de este viejo país del que broto la América Latina
    puesto que todo el mundo sabe que broto de sus
    vértebras
    en una noche metálica denominada
    silencio

    de una vértebra llamada Esclavitud
    de otra vértebra llamada Encomienda
    de otra vértebra llamada Ingenio

    y que de una gran vértebra dorsal le descendió
    completa
    la Doctrina de Monroe.

    No contare esta historia porque era una vez no la
    primera
    que los hombres caían como caen los hombres con un
    gesto de fecundidad
    para dotar de Purísima sangre los músculos de la tierra.

    La espada tiene una espina
    la espina tiene una espera
    la espera tiene una sangre
    que invade a la verdadera

    que invade al cañaveral
    litoral y cordillera
    y a todos se nos parece
    de perfil en la bandera

    la espiga tiene una espada
    la espada una calavera.

    Pero un día se supo que tres veces el crepúsculo
    tres veces el equilibrio de la maternidad
    tres la continuación de nuestro territorio
    sobre la superficie de los niños adyacentes
    reconocidas las tres en la movida fiebre
    de los regazos y los biberones
    protegidas las tres por la andadura
    que su maternidad navegadora
    navegable
    por el espejo de su matrimonio
    por la certeza de su vecindario
    por la armonía de su crecimiento
    y su triple escuela de amparo
    había caído en un mismo silencio asesinadas
    y eran las tres hermanas Mirabal

    Oh asesinadas

    entonces se supo que ya no quedaba más
    que dentro de los cañones había pavor
    que pólvora tenia miedo
    que el estampido sudaba espanto
    y el polvo lividez
    y que entrábamos de lleno en la agonía de una edad
    que esto era el desenlace de la Era
    Cristiana

    Oh dormidas
    oh delicadas
    que injuria de meditar.

    El mes de noviembre descendía sobre los hombros
    como los árboles aun debajo de la noche y aun
    dando
    sombra

    Oh eternas

    El péndulo palpitaba las horas del municipio
    y el pequeño reloj destilaba en silencio gota a gota
    veinticinco visiones de un día llamado de noviembre.

    Pero aun no era el fin
    oh dormidas
    aun no era el fin
    no era el fin.

    SEGUNDO TIEMPO

    Cuando supe que una pequeña infamación del suelo
    en el Cementerio de Airlington
    se cubría de flores y manojos de lagrimas
    con insistencia de pabellones y caballos nocturnos
    alrededor de un toque de afligida trompeta
    cuando todo periódico se abría en esas paginas
    cuando se hicieron rojas todas las rosas amarillas
    en Dallas
    Texas
    me dije
    como era presidencial
    el nuevo mes de noviembre

    ya millones de seres tocaron lo imposible
    ya millones de seres ya millones de estatuas ya
    millones
    de muros de columnas y de maquinas
    comprendieron de súbito
    que el asesinato
    no ha sido

    ni un fragmento de minuto

    calculado solamente para las cabezas semicoloniales
    y sustantivas
    de las tres hermanas Mirabal
    sino

    que este inédito estilo de la muerte
    producto de las manos de los hombres
    de manos de hermanos
    (por todo el siglo)
    muerte sana y artesana
    (por todo el mundo)
    provista de catálogos
    (por todo el tiempo)
    de numero de serie o serial number
    y venida de fuera a made in usa

    fría inalterable desdeñosa desde arriba desde
    entonces
    esta muerte

    esta muerte

    esta muerte
    asume contenido universal
    forzosamente adscrita a la condición

    del ser humano
    en cuyo espectro solar figura todas las formulas
    personales

    y todas las instancias puras

    del individuo

    tal

    como va por la calle
    como habitante de la ciudad con todo su derecho
    como

    continuador esencial del índice de población o séase
    representante manufacturero indiferente agente de
    seguro repartidor de leche asalariado guarda
    campestre administrador o sabio o poeta o portador
    de una botella de entusiasmo estilo donde están
    convocadas todas las palabras

    ciclamen platabanda metempsicosis
    canícula claudia clavicémbalo
    cartulario venático vejiga
    trepa caterva mequetrefe
    primicia verdulera postulante
    palabra todas sustitutivas
    palabras pronunciables
    en lugar de presuntas actitudes
    y todas las maldiciones y protestas
    y las posiciones geométricas igual
    que la rotura del sentido igual
    que la rotura de una biela igual
    que el desgarrón de la barriga igual
    mente todo desquiciado y rom
    pido todo maligno y amargo
    todo reducido a sombra
    y nadidad y oscuridad
    y estadidad
    palabra mentirosas llenas
    de contenido impronunciable
    y desechos del organismo
    de cualquier muchacha igual
    que de cualquier cochero igual
    que el choque de la portezuela
    del catafalco igual
    fue esta universal investidura de la que no estaba
    exento
    nadie nadie
    ni yo
    ni tu
    ni nosotros ni ellos ni nadie
    podridamente nadie
    nadie
    desde el mismo momento en que fueron golpeadas
    ciertamente
    profesionalmente
    maquinalmente

    tres de las hermanas Mirabal

    hasta llegar
    en punto
    exactamente
    al
    fin fin fin
    de la Era
    Cristiana

    (Oigamos
    oigamos
    esto retumba en el
    más
    absoluto silencio muchas unidades navales en todos los océanos
    inician
    su hundimiento después
    de deglutir los archipiélagos
    de miel envenenada
    grandes ejércitos destacados en la entrada del
    mundo
    comienzo a reintegrarse
    a sus viejos orígenes
    de sudor y clamor
    en el seno de las masas
    populares
    en el mas
    en el mas categórico y el mas
    absoluto
    silencios)

    Porque

    hay columnas de mármol impetuoso no rendida al
    tiempo
    y pirámides absoluta erigida sobre las
    civilizaciones
    que no pueden resistir la muerte de ciertas
    mariposas

    y calles enteras de urbes imperiales llenas de
    transeúntes
    sostenidas desde la base por tirantes y cuerdas de
    armonía
    de padres a jija de joven a jovenzuela de escultor a
    modelo

    y artilleros atormentados por la duda bajo el cráneo
    cuyas mirandas vuelan millares de lenguas sobre el
    horizonte
    para alcanzar un rostro flotante mas allá de los
    mares

    y camioneros rubios de grandes ojos azules
    obviamente veloces
    que son los que dibujan o trazan las grandes
    carreteras
    y transportan las grasa que engendra las bombas
    nucleares

    y portaviones nuevos de planchas adineradas
    invisibles
    insospechablemente unidos al rumbo del acero y del
    petróleo
    y gigantes de miedo y fronteras de radar y divisiones
    aéreas
    y artefactos electrónicos y maquinas infernales
    dirigidas
    de la tierra hacia el mar y del cielo a la tierra y
    viceversa
    que no pueden
    resistir
    la muerte
    de ciertas
    mariposas

    porque la vida entera se sostiene sobre un eje de
    sangre
    y hay pirámides muertas sobre el suelo que
    humillaron
    porque el asesinato tiene que respetar si quiere ser
    respetado
    y los grandes imperios deben medir sus pasos
    respetuosos
    porque lo necesariamente débil es lo necesariamente
    fuerte
    cuando hay una hora en los relojes antiguos y los
    modernos
    que anuncia que los mas grandes imperios del
    planeta
    no pueden resistir la muerte muerte

    de ciertas ciertas
    debilidades amen
    de mariposas.

    PEDRO MIR (San Pedro de Macorís, 1913 – Santo Domingo, 2000)

    ______________________________
    _____________________________

    Gracias Mil Pedro Miguel :)
    Estoy pensando que necesito otro sistema para grabar audio y no contando con la red… tú sabes de algún servidor de confianza en donde pudiera colgar mis archivos de sonido… ¿?
    Ahora estoy leyendo en el parque. Siete años atrás pero voy muy atrasada. Pero sé que llegará el día en que (si no estoy muy enferma) pueda dedicarme a leer y a disfrutar de toda la poesía y sobre todo la que tú estás compartiendo tan amablemente conmigo y yo no conocía :)
    Un beso

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