UN PRIMER ARTÍCULO DEL SALÓN DE LAS MÚSICAS PERDIDAS

abril 1, 2007

Esto que ves aquí fue escrito en marzo del 2005, en la bitácora ANDROGEN y en su momento él lo tituló:

 SALON DE MÚSICA

MITOS ANTIGUOS ~ PIELES ACTUALES

  

La mitología griega adoraba el número tres. Consideraba que el equilibrio, la explicación de todas las cosas, sólo podía concebirse como conjunción de tres fuerzas: la que arrastrara en un sentido, la que arrastrara en el sentido contrario y la que establecía el equilibrio.
Así nacieron las triadas, evolucionadas de las egipcias, heredadas por romanos y cristianos.

Yo también he tenido mi tríada. De las mujeres que han pasado por mi vida, tres son las que más me han influido. Al igual que la antigua triada femenina lunar (la diosa de tres aspectos, las tres Parcas, los tres aspectos que los griegos definían en la vida de una mujer) yo también puedo identificarlas en igual manera.

Primero estuvo Roma, la Doncella, el Amanecer, la Luna nueva. Ella me abrió el mundo al amor verdadero, me hizo descubrir lo que es amar y sufrir verdaderamente por primera vez. Por ella, como buen adolescente, sentí que se me hundía y alzaba el mundo sucesivamente. A ella envié un día este fragmento de la novela “La hija del caníbal” de Rosa Montero, porque este fragmento definió nuestra relación:

“Procedíamos de galaxias distintas, como dos cometas que se cruzan efimeramente en el espacio. El venía de la niñez y no había tenido nunca una pareja estable; quería vivirme hasta agotarme, que montáramos una casa juntos, que soñáramos un futuro, que nos llenáramos de compromisos de eternidad hasta las orejas. Yo provenía de la fatigosa travesía de la edad madura y sabía que la eternidad siempre se acaba, y cuanto más eterna, más temprano. Así es que le escatimé, le negué, le aparté de mí. Cuanto más me exigía él, más me asfixiaba yo; y cuanto más le cicateaba yo, más ansiosamente quería él atraparme. Ahora bien, si él se retiraba, yo avanzaba, y entonces le perseguía y le exigía: porque el amor es un juego perverso de vasos comunicantes.
Adrián empezó a tener celos, a mostrarse alternativamente violento o sentimental. Enloquecíamos los dos, si entendemos por locura el total descontrol de tus acciones, la turbulencia de tus emociones, la incomprensión de tus propias palabras, el descubrirte de pie cuando creías estar sentada, o viceversa. Llorábamos mucho, a veces el uno contra el otro, en ocasiones juntos: acabamos haciéndonos daño mutuamente, aunque creo que ninguno de los dos deseó herir. Convertimos nuestra vida en un melodrama, y en medio de ese tango sacamos a pasear nuestros fantasmas.”

Un buen resumen, sí. Salvo que nunca tuvimos el contacto físico que me haya hecho recordarla como una relación plena, completa ,que empezó y que va finalizando día tras días, año tras año a pesar de las promesas que me hice de eternidad.

Charlotte fue la Madre, la Madurez, la Luna creciente y menguante, la Doncella Cazadora Artemisa. Me abrió los ojos al mundo, me hizo despojarme de los restos de mi hipócrita herencia educativa cristiana y moral cerrada. Me enseñó como es el mundo, me hizo desear vivirlo, vivirla a ella. Me dió fuerzas para empezar la evolución, me mató con su ausencia, me dañó con sus narraciones descarnadas de lo que otros tenían con ella y yo no podía tener. Me succionó en la distancia y creo que me deseó, no tanto como yo la deseé a ella. Me abrió las puertas a su Parada de los Monstruos sin Alma, sus amigas, familiares, los cuchillos con los que mi alma se desbrozó y con que hicieron jirones mi vida inocente y adolescente.

La hecho de menos cada día de mi vida.

Y finalmente La Estrella. La Anciana, la Vejez, La Luna Nueva, Atropos cortando el hilo de la vida. Quise vivirla y no me dejó. Quise amarla y no me dejó. La amé y no me correspondió. Y finalmente levantó muros hasta a la amistad, al contacto, a la contemplación. Durante año y medio fue mi amiga, mi confesora, mi sostén y mi apoyo. Me dejó hacer bailar mis dedos en su piel durante horas, pero no desperté en ella el deseo o la pasión. Como me ha pasado muy a menudo. No consigo hacerme desear por quien quiero que me desee. Así ha sido siempre y así sigue siendo. Menos con Charlotte, pero eso tampoco puedo saberlo, ya que creo que si me hubiera deseado me hubiera tenido. Y nunca hizo nada por acercarse, mientras que yo si lo intentaba. Ahora nunca lo sabré.

Con La Estrella me estoy sintiendo viejo de repente, como si el reloj corriera deprisa. Como si siempre terminara perdiendo a las amigas y posibles amantes, como si yo fuera una diversión momentanea que pierde gas al poco y hay que dejar cuando molesta. Como si mi entrega y feroz lealtad fueran repugnantes o molestas.

Yo no se ser más que como soy. Y podría cambiar, pero entonces sería algo que no quiero ni en lo que creo y por eso creo que no termino de mutar. Yo mismo, inconscientemente, estoy impidiéndomelo. Pero hace daño estar siempre solo, siempre quedar a medias, nunca llegar a nada.

Y más que dolorido, estoy cansado de recibir heridas.

2 Responses to “UN PRIMER ARTÍCULO DEL SALÓN DE LAS MÚSICAS PERDIDAS”

  1. lasalamandra Says:

    Y si esto hoy está aquí es porque esta lectura en su momento y hoy mismo nos cautivó y creemos que todos podemos aprender mucho de ella y de este muchachito que él fue.

  2. Androgen Says:

    :)

    Y muchachito que sigue siendo en algunas cosas… cuando ya no toca ser “muchachito” sino persona.
    Deja una sensación tan rara leerlo a día de hoy ver que tan pocas han cambiado…

    Un abrazo fuerte fuerte.

    __________________________
    ___________________

    Un abrazo fuerte Fer :)

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