Yesterday de Beatles y del Museo de los Despojos… Papini

febrero 23, 2008

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Candela Arias sale a la calle. Gotas de lluvia amenazan con llover. Va enfundada en un chal. Escucha unas grabaciones. Algo aturdida. A Candela Arias le encanta la sensación de ir aturdida por la calle aunque pocas veces se lo puede permitir. Va oyendo eso del dictado de la bestia… La bestia que no es demonio, la bestia que es el ancestro… El cuerpo que pertenece a la bestia, al instinto de la bestia…

Se plega a caminar por la acera en esa calle descendente que sólo es peatonal para no ser atropellada por algún coche. Cuando ya se aproxima a la iglesia donde fue bautizada vuelve al camino principal de viandantes. Va confundida, escucha hablar del apego… alguna idea está cambiando la perspectiva de cierto esquema mental equivocado. Entonces levanta los ojos del suelo un instante, un hombre la mira. Vuelve a bajarlos pero le recuerda. Los alza de nuevo: El hombre la mira como si mirara a la bestia pero como si la bestia no fuera el ancestro, como si la bestia fuera el demonio. No se saludan. Ella no le conoce. Sólo de aquella tarde. Sólo de aquel poema…

Entra en el estanco, compra su marca de tabaco para si misma, y una cajetilla mentolada para un amigo. Piensa en llamarlo ahí pero no lo hace. En el último momento decide acercarse a la bodega por si el amigo ha ido allí a buscarla. Utilizan el blog de las criaturas para comunicarse. Se dejan mensajes a veces inservibles…

Cuando atraviesa las puertas verde buggati el hombre que miraba a la televisión la mira y de repente su rostro se tiñe de púrpura. Ella llega a su lado, ¿por qué estás tan colorado? Ni siquiera espera la respuesta se encierra en el baño como si fuera el de su casa. Una pregunta a sus espaldas, y tú qué tal. Yo genial. Mejor que nunca -contesta. Pero el teléfono que comienza a sonar: YaDiMaHari. Es el amigo. Se citan en otra parte.

Sale del baño y le dice al hombre: me tomo un café de los tuyos y vuelo. Acaban de llamarme. Él hace dos meses que no la ve. Ella intuye que él quisiera verla más. ¿Cuándo me invitas a comer? Cuando quieras responde el hombre: hace dieciséis semanas que estoy aquí durante 14 horas. ¿Y qué libro me dejas? No sé qué libro te voy a dejar. Ella pregunta por uno del que hablaron, algo acerca del Camino de Santiago, pero del camino histórico… Él promete traerlo. Ella promete pasarse un día de esta semana a comer. Él se dirige a la estantería y le pregunta si ya ha leído ese que le muestra. Ella le dice: ¿Cómo sabías que buscaba ‘El libro negro’ de Papini? Él no lo sabía. Pero entonces los dos recuerdan algo que comienza en esa esquina, hace meses. Él día que ella…

El café de O’Toño es dulcísimo y puro. Y esas pingaratas de orujo hacen que sus parroquianos se vuelvan adictos a él. Apurarlo es lo inevitable. La amistad también. Hay un cliente en la barra a su lado. Ella sabe que se ha sentido atraído por ella; de repente el hombre suelta una carcajada. Sí, por qué no, ha dicho Candela Arias… un travestí detrás de la barra, aquí, sería algo puntero, innovador… Candela Arias se imagina a todos esos brutos consumados desplegando sus encantos babosos con el personaje. La entrevista, el cortejo, el morbo, el conocimiento de la mente masculina… El rostro del hombre ha vuelto a ponerse del color de la granada. Ella dice que el secreto estaría en la seducción: sí, sí, le asegura, tú lo sabrías hacer muy bien. Luego vuela. Pero antes hablan un minuto de la mente, de la inducción de recuerdos. No están de acuerdo. Ella le ha dado un abrazo al hombre y se ha ido. Entonces a la bodega regresa la normalidad, el vino, las bocas que repiten apuestas y cementerios… hasta que uno de otro de esos personajes extraños que la frecuentan asome por la puerta y se desarrolle otro guión. La posada de los peregrinos.

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el libro negro

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El Museo de los despojos

Estambul, 8 de marzo.

Un estimado sacerdote maronita, al que conocí pocos días antes y me demuestra sincero aprecio, me dijo esta mañana:

– Ya ha visto todas las maravillas que es obligado ver en Constantinopla, desde Santa Sofía al Gran Bazar. Pero no ha visto aún la curiosidad más curiosa de esta sorprendente Bizancio: el Museo de los Despojos.

– Jamás oí hablar de él.

– ¿Esta libre? Podemos ir en seguida. El propietario del museo, Muzafer, es amigo mío.

– Vayamos.

Ya en una de las más viejas y tortuosas calles del sector imperial, el buen maronita me hizo entrar por una puertecita que conducía a un hermoso patio, en el que una fuente cantarina ponía una nota de alegría. Pocos momentos después bajó el dueño de la casa, un turco venerable, vestido al estilo antiguo, corpulento y obsequioso, que en seguida nos acompañó para visitar su pequeño y singular museo.

– El amigo Muzafer -dijo el buen sacerdote- ha querido reunir aquí aquellos complementos de la vida que los hombres, habitualmente, descartan o desdeñan.

En la primera sala se veían expuestos, en cajas o estuches de buen gusto, lentes de todas formas y colores, viejos espejuelos con aros de hierro o de cuerno, algunos empañados, polvorientos, estriados de trizaduras.

Junto a las lentes se veían ojos de vidrio, celestes y castaños, que mostraban una mirada inmóvil y siniestra.

Luego se veía una rica colección de dentaduras y dientes, con agarraderas de oro viejo y paladares de gutapercha que parecían arrancados a calaveras de mandíbulas rechinantes.

Venían luego las pelucas, de hombre y de mujer, negras como cepillos de lustrar, rubias como sobrantes de panojas, blancas, con una blancura sucia y amarillenta, semejantes a colas recortadas de cabellos decrépitos, casi todas carcomidas y escoriadas, míseros trofeos de difuntas coqueterías.

En otra sala se exhibían hileras de senos de goma, de ventreras elásticas, de cintos para herniados, untuosos y descortezados. En una vitrina grande estaban alineadas muletas de todas las formas y tamaños, manos artificiales, brazos mecánicos, piernas ortopédicas, costillas de cuero y de metal para paralíticos. En una tercera salita vimos un casquete de plata que había formado parte de un cráneo, también un riñón postizo, un canuto que había servido de tráquea, narices de cera y un phallos muy bien imitado.

Muzafer nos acompañaba, pero sin decir una palabra. Se contentaba con extender su carnosa mano hacia los objetos que le parecían más notables. Pero todos aquellos despojos me parecían más repugnantes que curiosos.

Finalmente salimos de allí. El sacerdote maronita había notado mi desilusión, y me habló así:

– Si el Museo de los despojos no le ha satisfecho, la culpa es suya. Usted está acostumbrado a la meditación cristiana acerca de la caducidad de la vida y la victoria de la muerte.

Esos pobres restos, testimonios de imperfecciones y desventuras humanas, pueden inspirar pensamientos saludables parecidos a los que los antiguos eremitas lograban en la contemplación de una calavera, y tal vez hasta más profundos, puesto que más dolorosos, ya que la calavera es siempre una obra arquitectónica y divina, mientras que los adminículos recién vistos son sucedáneos desmañados y tristes que fabrica el ser humano para atenuar sus miserias corporales, y sin lograr siempre ese objetivo. Por mi parte, voy frecuentemente al museo de mi amigo Muzafer, y me sirve como escenario de ejercicios espirituales, me enseña humildad y resignación, me recuerda lo que mentaba un poeta italiano: ”La infinita vanidad de todo.”

‘El libro negro’

Giovani Papini

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4 Responses to “Yesterday de Beatles y del Museo de los Despojos… Papini”

  1. candelaarias Says:

    Esta obra del ilustre escritor italiano tiene un antecedente ilustre. En la década de 1930 se publicó un libro che despertó los más apasionados y contradictorios comentarios. El autor: Giovanni Papini; el título: Gog. Gog es un multimillonario que, después de vivirlo, conocerlo y gustarlo todo, se interna en una casa de salud con el único pasatiempo de recordar sus desorbitadas y a veces pasmosas extravangancias. Su enorme fortuna le ha permitido comprar entrevistas con los personajes más destacados de la vida política, artística y literaria o hacer las colecciones más excepcionales que puedan imaginarse. Y cuando Papini reviviò esas reminiscencias en el libro citado, dejó un comentario agudo y amargo de esa época desquiciada que ya adivinaba en el horizonte el advenimineto de la Segunda Guerra, de los campos de concentración, del desequilibrio social, sicológico y emotivo que hoy padecemos. Giovanni Papini trae de nuevo a las páginas de un libro de este LIBRO NEGRO, las reflexiones, las extravagancias audaces de ese Gog que es casi un símbolo de nuestra época. Ahora son las entrevistas con los personjes que apenas vivieron ayer o que viven todavía, que han plasmado nuestro presente y determinan el rumbo de nuestro porvenir. Quien tome en sus manos esta obra leerá algunas de las páginas más clarividentes y audaces que se hayan escrito en la literatura universal.

    http://www.giovannipapini.it/Gianfalco/PapiniInSpagnolo.htm

  2. nandara Says:

    Con sólo abrir los ojos puedes observar de todo, maravillas y despojos, tranqulidad e incertidumbre, armonía y desasosiego, amor y desamor, paz y negra, de todo… vida.
    :)

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    Sí, los ojos ayudan mucho :)

  3. nandara Says:

    ¿negra? ¿Será una señal? :)

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    No lo sé. Pero de ella tuve noticias antes…
    El día anterior.

  4. nandara Says:

    ¿Las señales son complicaciones en la tranquilidad de la costumbre? :)

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    Llamados de la atención que irrumpen en nuestra monotonía. No son tan fáciles de advertir. Hay que acostumbrarse. No perder la capacidad de asombro. En eso ser como niños…

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