El ejercicio del enterrado vivo … (Diario de un Mago – Pablo Coelho -)

marzo 22, 2008

Acuéstese en el suelo y relájese. Cruce las manos sobre el pecho, como si fuera un muerto. Imagine todos los detalles de su entierro, como si fuese a realizarse mañana, La única diferencia es que está siendo enterrado vivo. Conforme la historia se va desarrollando —capilla, camino hacia la tumba, descenso del féretro. los gusanos en la sepultura—, usted comienza a tensar cada vez más todos los músculos, en un desesperado esfuerzo por moverse. Pero no se mueve, hasta que, cuando ya no aguante más, en un movimiento que involucre a todo su cuerpo, usted arroja a los lados las tablas del féretro, respira hondo y está libre. Este movimiento tendrá más efecto si va acompañado de un grito, un grito salido de las profundidades de su cuerpo.

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PEREGRINO DE COMPOSTELA

… hoy te vas a enfrentar a otro tipo de enemigo, un enemigo imaginario que puede destruirte o ser tu mejor
compañero: la Muerte.

“El hombre es el único ser de la naturaleza que tiene conciencia de que va a morir, por eso —y sólo por eso— tengo un profundo respeto por la raza humana, y creo que en un futuro será mucho mejor que en el presente. Aun sabiendo que sus días están contados y que todo acabará cuando menos se lo espera, hace de la vida una lucha digna de un ser eterno. Lo que las personas llaman vanidad —dejar obras, hijos, hacer que su nombre no se olvide— yo lo considero la máxima expresión de la dignidad humana.

“Sucede que, frágil criatura, el hombre siempre intenta ocultarse a sí mismo la gran certeza de la Muerte. No ve que es ella quien lo motiva a hacer las mejores cosas de su vida. Tiene miedo del paso en la oscuridad, del gran terror a lo desconocido, y su única manera de vencer este miedo es olvidando que sus días están contados. No se da cuenta de que, con la conciencia de la Muerte, sería capaz de atreverse a mucho más, de ir mucho más lejos en sus conquistas diarias, porque no tiene nada qué perder, ya que la Muerte es inevitable.

La idea de pasar la noche en Santo Domingo de La Calzada ya empezaba a parecerme algo distante. Cada vez seguía con mayor interés las palabras de Petrus. En el horizonte, exactamente frente a nosotros, el sol comenzaba a morir. Tal vez
también estuviese escuchando aquellas palabras.

—La Muerte es nuestra gran compañera, porque es quien otorga el verdadero sentido a nuestras vidas, pero, para poder ver la verdadera faz de nuestra Muerte, antes tenemos que conocer todas las ansiedades y terrores que la simple mención de su nombre es capaz de despertar en cualquier ser vivo. Petrus se sentó bajo el árbol y pidió que yo hiciese lo mismo. Dijo que momentos antes había dado algunas vueltas en torno al tronco porque recordó todo lo que había pasado cuando fue peregrino a Santiago. Después sacó de la mochila dos emparedados que compró a la hora de la comida.
—Aquí donde tú estás no existe ningún peligro —dijo entregándome los emparedados—. No hay serpientes venenosas y el perro sólo volverá a atacarte cuando olvide la derrota de hoy por la mañana. Tampoco hay asaltantes o criminales por los alrededores. Estás en un sitio completamente seguro, con una sola excepción: el peligro de tu miedo.

Petrus me dijo que hace dos días yo había experimentado una sensación tan inmensa y tan violenta como la Muerte: el Amor que Devora. Y que en ningún momento yo había titubeado o sentido miedo, porque no tenía prejuicios respecto del amor universal. No obstante, todos teníamos prejuicios respecto de la Muerte, sin damos cuenta de que ella era apenas una manifestación más de Ágape. Respondí que con todos los años de entrenamiento en la magia prácticamente había perdido el miedo a la Muerte. En realidad, sentía más pavor por la forma de morir que por la Muerte propiamente dicha.
—Pues entonces, hoy por la noche experimenta la manera más pavorosa de morir.
Y Petrus me enseñó El Ejercicio del Enterrado Vivo.

—Sólo debes hacerle una vez —dijo, mientras que yo me acordaba de un ejercicio de teatro muy parecido—. Es preciso que despiertes toda la verdad, todo el miedo necesario para que el ejercicio pueda surgir de las raíces del alma y dejar caer la máscara de horror que cubre el gentil rostro de tu Muerte. Petrus se levantó y vi su silueta recortarse contra el cielo incendiado por la puesta de sol. Como yo permanecía sentado, lo veía como una figura imponente, gigantesca.
—Petrus, todavía tengo una pregunta.
—¿Cuál?
—Hoy por la mañana estabas callado y extraño. ¿Presentiste antes que yo la llegada del perro? ¿Cómo es posible?
—Cuando experimentamos juntos el Amor que Devora, compartimos el Absoluto. El Absoluto muestra a todos los hombres lo que realmente son: un inmenso entramado de Causas y efectos, donde cada pequeño gesto de uno se refleja en la vida del otro. Hoy por la mañana esta pequeña porción de Absoluto aún estaba muy viva en mi alma. Yo estaba sintiéndote no sólo a ti, sino todo lo que hay en el mundo, sin límite de espacio o tiempo. Ahora el efecto ha disminuído y sólo volverá la próxima vez que haga el ejercicio del Amor que Devora.

Recordé el mal humor de Petrus aquella mañana. Si era verdad lo que decía, el mundo estaba pasando por un momento
muy difícil.
—Te estaré esperando en el Parador —dijo mientras se alejaba—. Dejaré tu nombre en la recepción.

Lo acompañé con la mirada mientras pude. En los campos a mi izquierda, los labradores habían acabado su jornada y volvían a casa. Decidí hacer el ejercicio en cuanto la noche cayera por completo.

Estaba tranquilo. Era la primera vez que me quedaba completamente solo desde que comencé a recorrer el Extraño Camino de Santiago. Me levanté y di un paseo por las inmediaciones, pero la noche estaba cayendo rápido y decidí regresar al árbol, por miedo a perderme. Antes de que la oscuridad cayera por completo, marqué mentalmente la distancia del árbol hasta el Camino. Como no había ni una luz que estorbase mi vista, sería perfectamente capaz de ver el sendero y llegar hasta Santo Domingo de La Calzada tan sólo con el brillo de la fina luna nueva que comenzaba a mostrarse en el cielo.

Hasta ese momento no tenía ningún miedo y creí que se requeriría mucha imaginación para despertar en mí los temores de una muerte horrible, pero no importa cuántos años viva uno; cuando la noche llega, trae consigo temores escondidos en nuestra alma desde la infancia. Mientras más oscurecía, más incómodo me iba sintiendo. Estaba allí, solo en el campo y, si gritara, nadie me escucharía. Recordé que pude haber sufrido un colapso esa mañana. En toda mi vida, nunca había sentido mi corazón tan descontrolado. ¿Y si hubiese muerto? La vida se habría acabado y era la conclusión más lógica. Durante mi camino en la Tradición había conversado ya con muchos espíritus. Tenía absoluta certeza de la vida después de la Muerte, pero nunca se me había ocurrido preguntar cómo se daba esa transición. Pasar de una dimensión a otra, por más preparado que uno esté, debe ser terrible. Si hubiese muerto esa mañana, por ejemplo, no tendría el menor sentido el Camino de Santiago, los años de estudio, la nostalgia por la familia, el dinero escondido en mi cinto. Me acordé de una planta que tenía sobre mi mesa de trabajo, en Brasil. La planta continuaría, como continuarían las otras plantas, los camiones, el verdulero de la esquina que siempre cobraba más caro, la telefonista que me informaba sobre los números no incluidos en el directorio. Todas esas pequeñas cosas —que podían desaparecer si hubiese tenido un colapso esa mañana cobraron de repente una enorme importancia para mí. Eran ellas, y no las estrellas o la sabiduría, las que me decían que estaba vivo.

Ahora la noche estaba muy oscura y en el horizonte podía distinguir el débil brillo de la ciudad. Me acosté en el suelo y me quedé mirando las ramas del árbol sobre mi cabeza. Empecé a oír ruidos extraños, ruidos de toda clase. Eran los animales nocturnos que salían a cazar. Petrus no podía saberlo todo, si era tan humano como yo. ¿Qué garantía podría tener de que realmente no había serpientes venenosas? Y los lobos, los eternos lobos europeos, ¿no podrían haber decidido pasear aquella noche por allí al sentir mi olor? Un ruido más fuerte, semejante al de una rama quebrándose, me asustó y mi corazón se aceleró de nuevo.

Me estaba poniendo muy tenso, lo mejor era hacer pronto el ejercicio e ir al hotel. Comencé a relajarme y crucé las manos sobre el pecho, en posición de muerto. Algo a mi lado se movió; di un salto y de inmediato me puse en pie.

No era nada. La noche había invadido todo y había traído consigo los terrores del hombre. Me volví a acostar, esta vez decidido a transformar cualquier miedo en un estímulo para el ejercicio. Noté que, a pesar de que la temperatura había bajado bastante, estaba sudando.

Imaginé que estaban cerrando el féretro y que los tomillos eran colocados en su sitio. Estaba inmóvil, pero vivo, y tenía ganas de decirle a mi familia que estaba viéndolo todo, que los amaba, pero ningún sonido salía de mi boca. Mi padre, mi madre llorando, los amigos en torno mío, ¡y yo estaba solo! Con tanta gente querida allí, nadie era capaz de darse cuenta que yo estaba vivo, que aún no había hecho todo lo que deseaba hacer en este mundo. Intentaba desesperadamente abrir los ojos, hacer alguna seña, dar un empujón a la tapa del féretro, pero nada en mi cuerpo se movía.

Sentí que el féretro se movía, estaban llevándome hacia la tumba. Podía oír el ruido de argollas rozando las agarraderas de fierro, los pasos de las personas atrás, una que otra voz conversando. Alguien dijo que tenía una cena más tarde, otro comentó que yo había muerto tempranamente. El olor de las flores alrededor de mi cabeza comenzó a sofocarme. Recordé que había dejado de cortejar a dos o tres mujeres, por temor a ser rechazado. Recordé también que hubo ocasiones en que dejé de hacer lo que quería, creyendo que podría hacerlo más tarde. Sentí una enorme pena por mí, no sólo porque estaba siendo enterrado vivo, sino porque había tenido miedo de vivir. ¿Cuál era el miedo de toparse con un “no”, de dejar algo para después, si lo más importante de todo era gozar plenamente la vida? Allí estaba yo, encerrado en un ataúd, y ya era demasiado tarde para volver atrás y mostrar el valor que necesitaba haber tenido.

Allí estaba yo, que había sido mi propio Judas traicionándome a mí mismo. Allí estaba sin poder mover un músculo, gritando mentalmente, pidiendo socorro y las personas allá afuera, inmersas en la vida, preocupadas con lo que harían por la noche, mirando las estatuas y edificios que yo nunca más volvería a ver. Un sentimiento de gran injusticia me invadió por
haber sido enterrado mientras los otros continuaban viviendo.

Mejor habría sido una gran catástrofe y todos juntos en el mismo barco, con dirección al mismo punto negro hacia el cual me
transportaban ahora. ¡Socorro! Estoy vivo, no morí, mi cabeza continúa funcionando! Colocaron mi féretro en la orilla de la sepultura. ¡Van a enterrarme! ¡Mi mujer me olvidará, se casará con otro y va a gastar el dinero que durante todos estos años luchamos por juntar!
¿Pero qué importa todo eso? ¡Quiero estar con ella ahora porque estoy vivo! Escucho llantos, siento como si de mis ojos también rodaran dos lágrimas. Si ellos abrieran el ataúd ahora, verían y me salvarían. Pero todo lo que siento es el féretro bajando en la tumba. De repente todo se queda a oscuras. Antes entraba un hilillo de luz por la orilla de la caja, pero ahora la oscuridad es total. Las palas de los enterradores están sellando la tumba, ¡y yo estoy vivo! ¡Enterrado vivo! Siento el aire pesado, el olor de las flores es insoportable y oigo los pasos de las personas que se van. El terror es absoluto. No logro moverme, y si se van ahora en poco tiempo será de noche y ¡nadie me va a escuchar golpeando en la tumba!

Los pasos se alejan, nadie oye los gritos que da mi pensamiento, estoy solo en la oscuridad, el aire sofocado, el olor de las flores empieza a enloquecerme. De repente oigo un ruido. Son los gusanos, los gusanos acercándose a devorarme vivo. Intento con todas mis fuerzas mover alguna parte de mi cuerpo, pero todo permanece inerte. Los gusanos comienzan a subir por mi cuerpo. Son grasientos y fríos. Se pasean por mi rostro, entran por mis pantalones. Uno de ellos penetra en mi ano, otro comienza a desaparecer por una fosa de mi nariz. ¡Socorro! Estoy siendo devorado vivo y nadie me escucha, nadie me dice nada. El gusano que entró por mi nariz desciende por mi garganta. Siento otro entrando por mi oído. ¡Necesito salir de aquí! ¿Dónde está Dios, que no responde? Comenzaron a devorar mi garganta ¡y ya no voy a poder gritar nunca más! Están entrando por todas partes, por el oído, por las comisuras de la boca, por el orificio del pene. Siento aquellas cosas babosas y grasientas dentro de mí, ¡tengo que gritar, tengo que liberarme! Estoy encerrado en esta tumba oscura y fría, solo, ¡siendo devorado vivo! ¡Está faltando el aire y los gusanos me están comiendo! Tengo que moverme, ¡tengo que reventar este ataúd! Dios mío, ¡junta todas mis fuerzas porque me tengo que mover! TENGO QUE SALIR DE AQUÍ; TENGO… ¡VOY A MOVERME! ¡VOY A MOVERME! ¡LO LOGRÉ!
Las tablas del féretro salieron volando hacia cada lado, la tumba desapareció y yo llené mi pecho con aire puro del Camino de Santiago. Mi cuerpo temblaba de pies a cabeza, empapado de sudor. Me moví un poco y noté que mis esfínteres se
habían soltado
, pero ya nada de esto tenía importancia: estaba vivo.
La temblorina continuaba y no hice el menor esfuerzo por controlarlo. Me invadió una inmensa sensación de calma interior y sentí una especie de presencia a mi lado. Miré y vi el rostro de mi Muerte. No era la Muerte que había experimentado
minutos antes, la Muerte creada por mis terrores y por mi imaginación, sino mi verdadera Muerte, amiga y consejera, que
jamás me dejaría ser cobarde un solo día de mi vida. A partir de ahora, ella me ayudaría más que la mano y los consejos de
Petrus. No permitiría que yo dejara para después todo lo que podía vivir ahora, no me dejaría huir de las luchas de la vida y me ayudaría a librar el Buen Combate. Nunca más, en ningún momento, me sentiría ridículo al hacer cualquier cosa, porque
allí estaba ella, diciendo que cuando me tomara de las manos para que viajáramos hasta otros mundos, yo no debía llevar
conmigo el mayor de todos los pecados: el Arrepentimiento.

Con la certeza de su presencia, mirando su amable rostro, tuve la seguridad de que bebería con avidez de la fuente de agua viva que es esta existencia. La noche no tenía más secretos ni terrores. Era una noche feliz, una noche de Paz. Cuando el temblor cesó, me levanté y caminé con dirección a las bombas de agua de los labradores. Lavé las bermudas y me puse las otras que traía en la mochila.

Después, volví al árbol y me comí los dos emparedados que Petrus había dejado para mí. Era el alimento más delicioso del
mundo, porque estaba vivo y la Muerte ya no me espantaba. Decidí dormir allí mismo. Finalmente, la oscuridad nunca
había sido tan tranquila.

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Link: – El peregrino de Compostela –

4 Responses to “El ejercicio del enterrado vivo … (Diario de un Mago – Pablo Coelho -)”

  1. candelaarias Says:

    Yo había oído ya hablar de este ejercicio. Un amigo psicólogo me contó que su maestro les hacía practicarlo. Estuvimos a punto de probarlo nosotros. Ellos lo hacían en una especie de conferencias espirituales… curioso.

    Mi amigo el psicólogo dijo que era un ejercicio maravilloso. Si se realiza correctamente.


  2. […] -Pues entonces, hoy por la noche experimenta la manera más pavorosa de morir. Y Petrus me enseñó El Ejercicío del Enterrado Vivo. -Sólo debes hacerlo una vez -dijo, mientras que yo me acordaba de un ejercicio de teatro muy […]


  3. […] de Coelho pero no confesaba sus fuentes, y siempre existía algún incauto que no había leído su Diario de un Mago, y por eso <<aún se le podía impresionar>>. En este caso con el ejercicio de la […]


  4. […] El ejercicio del enterrado vivo … (Diario de un Mago – Pablo Coelho -) […]

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