2004.02.10 / Igdir

abril 6, 2008

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Decía que todos tenemos un tiempo. Un tiempo para nacer y un tiempo para respirar, un tiempo para sufrir y un tiempo para amar. Y que más allá sólo estaba el desierto. Eso es lo que repetía aquel campesino de Igdir que nos dió refugio contra la tormenta. Me parece como si hubiera sucedido ayer mismo. Todavía puedo ver los surcos de su cara a la luz del fuego del hogar de barro, aquellas marcas profundas que cruzaban su rostro como caminos polvorientos, desde las sienes hasta el cuello pasando al lado de la boca como si ésta fuera un oasis; aquella mirada alumbrándolo todo, como una linterna en la oscuridad de la noche; aquellas manos duras que se adivinaban capaces de abarcar el mundo entero en un puñado, aquellas manos de color de tierra. La linterna de sus ojos en la oscuridad mientras afuera la tormenta reclamaba con ira nuestro regreso.

Recuerdo el calor de la hoguera y el extraño bienestar por la pérdida de las referencias aprendidas durante la preparación del viaje, como si de repente nos hubiéramos trasladado de galaxia después de un cataclismo y nada ni nadie hubiera quedado detrás de aquel instante preciso. Tú estabas en cuclillas contra la pared de adobe, la cabeza apoyada sobre las rodillas como queriéndo esconderte de algo inevitable. Una leve sombra abría la línea de tu pupila apenas visible, mientras el murmullo ronco de sus palabras iba llenando al compás del humo toda la estancia… que todos tenemos un tiempo… que todos tenemos un tiempo… que todos tenemos un tiempo…

El brillo de la sospecha de una lágrima fue un relámpago en el centro de mi pecho, un hachazo que partió en dos la cuerda que nos mantenía unidos, creíamos que para siempre. Un tiempo… un tiempo… un tiempo… !dios mío! …un tiempo…

Mientras el hombre removía el fuego, aprovechaste para intentar escapar y dijiste:

– Pero no podemos vivir pensando que tenemos un tiempo…

El hombre me miró entre el humo y movió la cabeza lentamente.

– Ese es el error, un gran error. El tiempo nos es dado para nuestro bien, no es malo en sí mismo. Ustedes lo rompen en pedazos y entonces ya no sirve, no se puede arreglar el tiempo que se ha roto.

– Pero es terrible… –insististe, con una tristeza infinita–

Sólo se oía el crispear de los matorrales consumiéndose bajo las llamas cuando el campesino extendió el brazo para darnos el cuenco con la comida caliente; te quedaste como ausente, ensimismado en tu caida a un vacío inaccesible para mí. Al percibir con tanta nitidez la distancia que nos separaba, me sentí invadida por tu propia tristeza hasta apoderarse por completo de mi misma. La misma distancia que nos había unido.

– Es terrible… –me sorprendí a mí misma apoyando tus últimas palabras–

Fuera, la tormenta de arena seguía gritando desaforadamente. Llamándonos, …a nosotros que ya no estábamos allí.

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Xan_Aintza


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