Reflexiones banales con paseo por el bosque…

junio 4, 2008

Clamence de Rousseau

No sé durante cuántos segundos más permanecí mirándole pero durante muchos más de los recomendables… Mucho más allá de que comenzara a notar la incómoda tensión creciente en mi estómago. Era un enfrentamiento en regla. ¿Me miras? Vale, sí, me miras pero por qué me miras. ¿Por qué hoy llevas tu uniforme y diriges el tráfico, hoy te atreves? Pues yo te miro con esta fijeza porque estás solo, ahí plantado y no tienes escapatoria. No tienes una familia para resguardarte, ni a tu grupo de amigos. Ya, nunca te habrán mirado así, ¿no? Con esta desfachatez que es casi una agresión y por eso casi obliga a la pregunta: ¿por qué me miras así? Pues te miro porque tú me estás mirando de la misma manera y porque yo sé que en el fondo, a pesar de tu uniforme y de tu deseo, eres tan cobarde que nunca me dirás nada y por eso hoy te miro así. Te miro como me da la gana, sin recato ni decoro, porque hoy estamos en igualdad de condiciones y eso es lo único que cuenta para mí. Y todo lo que no sigue ese parámetro no me interesa. No me gustan los tratados unilaterales dónde yo te respeto y tú a mí no. Y no me gusta, sobre todo, el deseo unilateral dónde yo te deseo y tú a mí no, o no lo bastante como para romper el mutismo…

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He pasado demasiados años de mi vida así, perdiendo el tiempo con mutantes o enmudecidos. Oxidándome solitaria y demostrando sólo alegría y paciente espera como si mi energía sexual fuera infinita o inagotable. Más inagotable que el petróleo, o el gas natural o la hulla. Y ayer me canso, por ejemplo, y he visto a William Enol conectado varias veces esta semana. No le había visto desde que quedamos a principios de septiembre y yo anulé, a última hora, también aquella cita; no sé por qué, porque era sólo para tomar un café; a él le apetecía y yo pensé que a mí también me apetecía pero supongo que preferí quedarme con el recuerdo del septiembre del año pasado… cuando abandoné su coche y él me dijo aquello de: ‘Adiós aventurilla’. Yo quería conocer Sangri-Lha y acabé chupándole la polla en el asiento de atrás de su coche a los veinte minutos de habernos encontrado después de seis años sin vernos… y él me dio la sensación de que se quedó con esa copla. Hay gente que no sabe trascender a nada, y yo no me puedo pasar la vida llorando como Anna porque esa gente no sabe ver la belleza encerrada en ese solitario muñón de hierro que sólo a ella podía resultarle tan indescriptible… No puedo pasarme la vida disgustándome por esa gente que en el fondo para mí tampoco vale ya nada importante: ¿qué es él, en el fondo, un recuerdo viejo de cuándo yo aún tenía la piel tersa de los dieciocho años y él era sexy, guapo y me resultaba irresistible? Sería el doble de hipócrita e imperdonable lo mío. No me aportó nada en este año que rondó por aquí, y se lo dije… Pero no fue una venganza, no; fue cansancio de turba: me llamaba princesa de puertas para afuera pero de goznes para adentro me tildaba de aventurilla… Eso me hacía resentir y yo lo sabía, y le veo otra vez conectado y me digo: ‘a ver qué quiere’. Porque si yo le veo no es por otro motivo que el de que él quiera ser visto. Así que le saludo y espero por una respuesta suya ( eso sí, como suelo esperar yo… siguiendo entretenida con lo mío) y en algún momento me responde: ‘Estaba hablando’. Bueno y yo le comento… Nos habíamos visto de lejos hacía no mucho, y entonces me pregunta que si no me importa seguir esperando a que termine de hablar y … lo cierto es que sí, que sí que me importa, y a él entonces se le ocurre sugerirme que le escriba… como si no se hubiera percatado que aquel tiempo en el que tenía tanta necesidad de hablarle murió. No, no voy a escribirte. OK. Y a continuación ni me lo pienso y elimino ese contacto como antes eliminé el de aquel ingeniero de mi ciudad. Aunque pensándolo bien su teléfono ya no estaba en la agenda de mi nuevo teléfono desde hace meses… igual que ahora borro el de la bodega de Stanislaw, y el de Alfredo (el camello), y el de Klaus, y el del ”Amo”… Todos lo mismo, pasado incinerado al que no quiero recurrir ni en el instante más débil… y algunos que dejo sencillamente para reconocer y que no se me ocurra contestar cuando me llamen y también borro ese mensaje mío del buzón de voz porque el único lugar en el que deseo dejar aparcada mi voz es en ese número de teléfono que cada vez que marco me hace vibrar… y no digo ninguna metáfora… vibrar incluso hasta la locura.

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Y de eso era de lo que quería charlar con Stanislaw el otro día. El día que bajé de aquel autobús y me detuve unos minutos a comprar una nueva almohadilla eléctrica, en la tienda de ortopedia que hace esquina justo enfrente de su bodega… La vi, me gustó y entré mientras una mujer de la edad de Alma se probaba zapatos que hicieron más soportable la hinchazón invisible de sus piernas y su marido, y el ortopeda, trataban de convencerla con diplomacia y calma de que no dejaría de estar bonita por llevarse un zapato que no tuviera tacón pero ella insistía… absurda coquetería femenina… Y por eso pasé por delante de la bodega de Stanislaw, porque sólo tuve que desviarme para ello unos diez metros, aunque no tenía previsto entrar a verle. Y no le habría visto si cuando yo lo saludo al pasar justo por delante de su puerta él no levanta la cabeza, me sonríe, y sale decidido hacia la puerta para charlar conmigo cuando yo ya me iba calle arriba. Lloviznaba y no fue timidez la decisión de no entrar. Fue lo previsible que era lo que sucedió después… Se había afeitado la barba, y existía la misma química de siempre entre nuestros cuerpos. Hay mucho sexo en nosotros pero yo quería comentarle algunas cosas que no tengo con quién discutir, ni ahora a quién preguntarle… cosas y situaciones controvertidas que no estoy siendo capaz de racionalizar a la velocidad habitual en la que suelo procesar la información por desconocida que esta sea… Hay una experiencia del sábado anterior que aún me desborda, quiero ”etiquetarla” y no lo logro. Ocurrió en uno de esos estados alterados de conciencia y me gustaría saber si existen precedentes similares… Stanislaw en ese aspecto es instruido. De hecho cuando le menciono lo otro, quién creo ”haber descubierto que soy” (o para qué sirvo), se alegra por mí y me menciona una película o un libro que no he visto. Sí, ya sé que él sabe… Escucha mucha radio, lee revistas como el QUO, y sobre todo se traga mucha televisión subliminal (la tiene conectada mientras atiende en la barra el vicio y la necesidad de sus parroquianos, casi todos de vino del malo). Es bodeguero pero es más cosas. Por ejemplo alguien al que le fascinan todos esos programas de ciencia y avances tecnológicos que yo no veo porque nunca estoy pendiente del televisor… a no ser como ayer… un rato durante una cena relajada con una Grinbergen tostada… Le pido a él que me quite esa mierda de delante del ‘Caiga quién caiga’ y me ponga un rato un documental del canal de historia, y así descubro el por qué del contrabando de la adormidera del opio, importada de la India a China, aunque me quedo sin resolver el misterio del hundimiento de aquel Clíper de Baltimore, porque comienza una peli de miedo que es lo que él quiere ver y dónde un tal clavo oxidado le arranca la mandíbula a un energúmeno impresentable. Y entonces le digo a él: ¿qué te parece si me fumo un peta para ver esta peli de miedo contigo? Pero él me responde molesto: ‘No, dijiste que ibas a hacerlo el domingo por la tarde’. Tiene miedo. Tiene miedo a qué me esté convirtiendo en una adicta a la marihuana, o peor, de nuevo a la nicotina. Y entonces se me quitan las ganas de todo, de quedarme en el salón sentada a su lado, probablemente estrechándome contra él por efecto de los sobresaltos y el suspense, o tal vez… como las noches del lunes y el martes en las que no hubo humo pero si afectividad… Y con Stanisalaw me sucede lo mismo. Le hablo del regalo inesperado que me hizo esa compañera… Es que se suponía que iba a ser él quién iba a conseguir marihuana para que la fumáramos juntos un día y para enseñarme como con gajos de naranja no te duele la garganta… y por eso le digo que ya no es necesario, que yo tengo, y sobre todo que fue muy extraño quién la puso en mis manos. Y es cuando él dice: ‘¿Ah sí? Pues tenemos que probarla’. ¿Cuándo? ¿Cuándo? -repito yo mientras su mirada oscila de mis ojos a mis labios. ‘No sé. Un día antes de que se te acabe’. ¿Y por qué no esta noche? ‘Es que luego tengo que conducir…’ Pero no fumamos mucho… sólo para probarla. Es distinta. Es maquiavélica… ‘No, hoy no va a poder ser. Otro día’ Pero yo ya no pregunto cuándo porque en ese instante comprendo que ya no quiero que exista un cuándo… Me he hartado de los miedos de los que sólo son cobardes y no son nada más que cobardes, y él no está pensando en la conducción del después. Está pensando que si me dice sí a esa noche sólo es una vez más una presa, y entonces no es mi igual. Se siente jodidamente herbívoro ante mí, en ese momento y eso duele; duele como cuando él decía no quiero que me veas sólo como carne porque yo soy algo más y yo no podía verlo nada más que como carne, porque yo sólo era un depredador. Y ahora que puedo, que soy, por fin, capaz, porque mis circunstancias han cambiado… porque tengo quién me folle todas las noches si quiero, o la mayoría, y mucho mejor que él, mucho mejor que casi cualquiera… y ahora que ya sobre todo, no le pediría amor, jamás amor, porque todo mi amor se ha vuelto amor por lo que podría suceder en el futuro, mañana mismo, en esa hambre de sensaciones y experiencias extraordinarias que sé que me esperan… Ahora él sólo sabe comportarse como un trozo desconfiado de carne atemorizada. ¡Eh! -le digo. Qué no te estoy hablando de sexo, que te estoy hablando de comunicación… ¿Acaso es distinto? Sí. Y es cuando yo misma me doy cuenta de que la última vez que estuvimos a solas, le dije lo mismo y sólo fue sexo. Para mí lo fue. Era lo que buscaba. Y da igual que pasáramos miedo juntos que no. No nos acercamos más por aquello. Porque yo no buscaba acercarme más a él. Porque ya me había sentido más cerca de alguien de lo que nunca en la vida me había sentido de nadie, y sabía que la cercanía no era aquello sólo físico, que la cercanía que yo busco es la posibilidad infinitesimal de compartir, aunque sea sólo durante unos pocos minutos, el mismo universo mental. No tengo apenas sentimientos ni los conformo con facilidad y por eso cuando ocurren… Pero puede que no sean ni siquiera sentimientos. No lo sé, ya no lo sé, y lo único que sé es que soy una adicta a las sensaciones extraordinarias. He regresado a serlo, o he regresado a poder llamarlo por su nombre con absoluta libertad.

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Así que me despido allí de él, en aquella puerta que es del mismo verde que el buggati que montaba Tamara Lempicka y que jamás tuvo un buggati verde… y cuando minutos después cruzo el parque en Otoño, a esa hora del atardecer en que la noche promete confundirse con el día, creo que he tomado la decisión de que pasará mucho tiempo antes de que vuelva a ver a ese hombre. Y desde luego no será antes de que termine mi aprovisionamiento de hierba. No fumaré mi maquiavélica hierba con él. No la fumaré con nadie que padezca ese miedo. No vaya a ser que el miedo sea como una corriente de aire y termine cogiendo frío y enfermándome…

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Y justo ahora acaba de llegarme ese documento que Fernando me prometió y del que hablamos el otro día frente a aquellas copas de vino rosado. ¿Por qué me he escalofriado cuando lo he abierto y he leído sus dos primeras líneas?

Para los druidas

Sabéis quiénes sois

Y he seguido leyendo... yo también tengo el cabello bronce oscuro y siempre he sido diferente.

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La imagen es otra pintura de 1886 de Henry Rousseau, ‘El aduanero’. Ésta llamada ‘Paseo por el bosque’, y en ella el pintor retrató a su primera esposa Clémence, que murió en 1988 de tuberculosis.

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3 Responses to “Reflexiones banales con paseo por el bosque…”

  1. nandara Says:

    “…que la cercanía que yo busco es la posibilidad infinitesimal de compartir, aunque sea sólo durante unos pocos minutos, el mismo universo mental.”
    ———————
    Me encanta esa frase, la siento mía, como una declaración de intenciones. Y mientras, soledad asumida con intermedios más que saludables. :)

  2. candelaarias Says:

    Pues sí, supongo que sí :))


  3. […] os dijeron cómo y hasta dónde debíais sentir curiosidad? Recomiendo, una película que se llama <<El Bosque>>. Una película que enseña mucho sobre la creación de miedos y los tabues con los que se rodean. O […]

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