… del amor … (para María)

junio 8, 2008

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Chris De Burgh Lady In Red

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Voy por la calle. Llevo puesta una especie de chaqueta fina de punto, domina el rojo, y una camiseta de tirantes también roja. Gafas de sol de mala calidad pero de diseño muy moderno, y vaqueros. No quería ponérmelos (él siempre me ve con vaqueros) pero es lo más adecuado que tengo para acompañar a esa parte de arriba. Aunque como llevo tiempo de sobra, quizá por eso entro en una tienda de ropa. Ha sido como un impulso. Entonces camino hasta el fondo y veo lo que deseo. Son unos pantalones rojos. Sólo hay unos pero son mi talla y me los pruebo y son perfectos. Ahora si que parece que voy conjuntada. Salgo del probador y le pregunto a la empleada si se matan los tonos pero ella me dice que no, claro, porque es perfecto. ¿Me cortas la etiqueta? Me los voy a llevar puestos. Por supuesto pero tienes que dármelos antes para que puede quitarles el mecanismo de seguridad. Me meto en el probador y salgo con ellos en la mano andando unos metros en tanga por la tienda. Hace un siglo que no me compro unos pantalones por seis euros. De puta madre, para una vez o a lo sumo dos que me los pondré. Voy al banco y luego recojo a mi abuela. Tengo los pies destrozados. Ahora también han comenzado a dolerme los tobillos pero si me desprendo de las zapatillas de cuña o no me enfundo en las botas camperas no sé con qué demonios voy a calzarme para salir a la calle. Detesto los tacones pero no puedo ir con los zuecos deportivos a todas partes. Además los he metido en la lavadora y están secándose. Mis pies son un desastre.
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Siempre se me agita el músculo cardiaco cuando cruzo las puertas de centro . Y hasta ‘el amo’ , lo recuerda el otro día y me pregunta por él: ¿Qué tal con el médico? Bueno, aquello se complicó y de alguna manera tuvimos una relación bastante cercana. ¡Qué morro! Digo que se complicó pero no que fui sólo yo quién lo complicó todo y quién se entrometió en su vida privada. Y de ahí parte mi relación con Candela, su hija de nueve años (hoy once). María que ha llegado hace poco hasta aquí, aún no lo sabe. No sabe que yo albergué el amor más absurdo y demente por un hombre. Desconoce, por ejemplo, como empapelé mi ciudad por él; con fanzines que contaban nuestra historia, como si se tratase de estos post que hoy colgamos aquí. Que me levantaba a las cinco de la mañana y me pateaba las mismas calles un día y otro incluso bajo los vendavales, y así aprendía a vencer el miedo. Porque ahora ya ninguno de los míos lo recuerda pero yo antes era muy cobarde y no me atrevía casi ni a salir de casa por las tardes cuando se avecinaba el anochecer. Fue esa locura de enamorarme y que viví lo que me hizo intrépida y desarrollo mi inteligencia. Lo he leído. Por más inteligencia potencial que tenga un individuo, no la desarrollará si no hay ninguna razón para ello. Y la razón casi siempre procede de los afectos.

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El factor humano

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Lo explica genial Luis Muiño en ‘El factor humano’. Pues bien mis inteligencias interpersonal, intrapersonal, y lingüística, fue así como se desarrollaron. Yo no me parecía en nada a esta mujer que soy antes de amar, y el enamorarme fue eso que convirtió en fascinante (para mí) mi vida. Antes era aburrida y previsible como la de casi todos pero luego se inventaba a cada amanecer. Yo deseaba inventármela. Y eso es la magia, aunque a veces me contagie de la estética moderna y se me olvide que así fue como elegí vivir. No me subía a los tejados como Mary Popins pero atrapaba espacios en ventanas que no me correspondían. No debía estar allí pero lo estaba. Casi siempre con uno de mis chales, uno de mis recogidos y mi abanico en mano; disfrazada de mujer intempestiva tratando de domesticar un zorro cuando ni siquiera había leído a ‘el principito’ pero también sin aires de deshollinador, a mirarle… Y un día llegué a delirar. Yo suelo llamarlo experiencia cumbre pero fue un delirio. Me creí que aquello era la plenitud y me invadió un amor azul indescriptible pero sin necesidad de marihuana… sólo de la mano de la convicción de que él por fin había descubierto que me amaba y de algún modo de entre todas las mujeres que le rodeaban me había Elegido… Patético, sobre todo porque fue mentira. Pero a mi gata no la engañé. Ella sí parecía ver en mí algo distinto y ronroneaba siguiéndome fija con la vista el movimiento que parecía ocurrir en los contornos de mi cabeza mientras yo la sostenía en mi regazo. Mi gata veía algo que los demás no veían (yo sí lo percibía, si percibía sensaciones extrañas en mí) y eso era un fenómeno observable. Por eso supe que si estuve en algún lugar o en alguna otra dimensión, algo había arrastrado conmigo, o bien las puertas se quedaron abiertas…. Luego, con el paso del tiempo, o bien aprendí a vivir con ello hasta que me acostumbré y dejé de percibirlo, o bien las sensaciones se desprendieron de mí y terminaron por irse.

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Y el viernes no es ninguna excepción. Y Alma me hace la pregunta de rigor cuando cogemos el ascensor. Te dará igual ya, ¿no? No, le respondo molesta. Es que lo hace por desquiciarme. Sabe de sobra que él nunca dejara de importarme. ¿Es que todavía no le olvidaste? No y déjame en paz. Porque no le pienso olvidar nunca. Ocurre que ella prefería a ese otro… Era más su tipo de hombre. Hablo sólo del físico. Guernika y Pésimo pertenecen a la misma época pero Alma es muy frívola. Para ella la estética prima. Bueno, sólo hay que fijarse en lo que me dice la penúltima vez que estuvimos allí. Coincidió que en un silla cercana se encontraba el que fue su amor secreto, un amor callado que duró toda la vida, ella ya estaba casada cuando le conoció, y que desde ayer comparo con ‘Yerma’, y no va y me dice: ‘Mira qué pinta. Está viejo. Decrépito. No vale nada’. ¿Viejo? Pero qué dices. Tú sí que estás hecha una cacatúa que no puede ni caminar. Y me río mientras ella protesta. Tiene razón Kundera, en algún parte nuestra nos sentimos inmortales y dejamos de sentir que tenemos edad. Y sin embargo a él se le sigue notando que ella le importa. Se le van los ojos tras ella cuando desaparece tras la puerta de la doctora Casiopea y se percibe como un pequeño sobresalto en su pecho cuando la puerta vuelve a abrirse y Alma reaparece. Y luego algunos decimos que el corazón sólo es un músculo cardíaco. Vale sí pero es un músculo traidor. Y en esa diástole delatora descubro que ese hombre la amó, y puedo imaginármelos a los dos hace cuarenta o cincuenta años… cuando él era casi diez años más joven que Alma y uno de los mejores mozos de la Villa y ella se asomaba a la ventana de la casa de su suegra, a tender la ropa que previamente había ido a lavar al lavadero… Jajá, Alma me mataría si descubriera que esta noche te hablo de su historia y te la planto con una fotografía. ‘Nunca me sacas guapa’. Pero güelita si tú para mí siempre estás bien…

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Abandonamos el ascensor y la acompaño hasta los bancos de la esquina frente a la puerta de su doctora. Hay asientos libres y a ella le gusta sentarse allí pero yo me dirijo hacia la balaustrada, sólo que en vez de mirar de frente a la puerta de él, me coloco de espaldas y él como mucho al salir me reconoce si acaso por el pelo. La puerta se abre pero sale silencioso. Casi se me habría pasado desapercibido sino sube el tono. Alma dice que primero no me ve o no me espera pero que luego hace un gesto y se agacha para situarse mejor. La ventaja del espacio que ocupa Alma es que ella puede observarlo sin que él se sienta observado. Y cuando la puerta vuelve a cerrarse me hace un gesto. Él ha tenido algún tipo de reacción pero hoy todo va muy rápido y la llaman. No está su doctora y por eso consulto con ella, para evitar en lo posible que le mienta a la sustituta. No es que Alma sea mentirosa pero digamos que tampoco experimenta ninguna propensión a declarar la verdad. Sobre todo ante los médicos y cuando hay algún cambio ella aprovecha para salirse con la suya. No sé, pedirles que le cambien algún medicamento que no le gusta, saltarse algún control de análisis, ese tipo de cosas que ella siempre ha tenido. Para eso siempre ha sido muy niña, y son dos minutos, así que salimos y va a coincidir que no voy a verle porque o sale en ese instante o nosotras nos vamos pero cuando pasamos por delante del baño, una enfermera llama a su puerta y entra y al segundo él sale con ella y nos miramos. Entonces le permito a Alma que vaya al baño. Le decía que se esperase cinco minutos y mejor iba al de la cafetería en la que pensábamos tomarnos un café… Pero, él me mira y entonces yo le doy permiso para ir al baño, dónde Alma suele entretenerse unos cinco minutos pero ella termina y él no regresa y hasta el ascensor son cinco pasos. Lo llamo y en ese momento él abre la puerta de la consulta tras la que desaparece con esa enfermera y yo no necesito darme la vuelta para saber que es él cuando la puerta vuelve a abrirse. Pero girando un poco la cabeza compruebo que he acertado y que parece dirigirse hacia nosotras, y no tiene por qué hacerlo. No es necesario que lo haga para regresar a su consulta. Para que tú lo entiendas, estaría dando un rodeo descarado. Y es cuando Alma dice: ‘Ahí viene’, y él tiene que habérselo notado, entonces yo no puedo evitar girarme hacia él y mirarle. Tiemblo en ese instante y él empuja la manija de una puerta que dice en letras bien grandes PRIVADO y por supuesto esta no se abre, aunque la que sí lo hace es la del ascensor, y es cuando dejo de verle. Y cuando ésta se cierre Alma dice: ‘Es increíble. Tampoco él puede pasar sin verte’. Pero el doctor Malasaña es como Alma. Le importa la estética. Es más, creo que podría haberse dado el rodeo con el único motivo de fijarse en lo que traía puesto. Creo que nunca me había visto vestida de rojo. Lo cierto es que hace un siglo que no vestía de rojo.

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DAMA SOMBRÍA de ENSOR

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P.S: La modelo del cuadro se llama Miche, ‘Dama sombría(1881) y es la hermana del pintor James Ensor. De quién tal vez os cuente algo estos próximos días porque ahora es su turno. ¿Cómo puede ser alguien cómo persona si como pintor se define a si mismo como inclasificable?

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