De cómo se pierden los papeles cuando tratas con un misógino…

julio 3, 2008

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– ¿Qué haces? -me preguntó

– Escribía sobre ti.

– ¿Nos vemos?

– Lo siento. Hoy no puede ser, ¿qué te parece mañana?

– No sé si mañana podré yo. No siempre se puede. Si eso ya te llamo y te lo digo. Bueno anda…

– ¿Oye?. Espera no te marches aún.

– ¿Qué…?

– Que es una pena que no me avisases ayer pero que me gustó mucho que me llamaras.

‘Idiota’. ¿Por qué hiciste eso?. ¿Tú no habías escrito la noche anterior?:

Quiero vivir con lo puesto,
con la realidad cotidiana del día a día sea ésta cual sea.
Inventándola a cada minuto,
modelándola como si de barro se tratase.

‘Idiota’. Me enfadé. ¿No acabas de escribir?

Quizás en otro momento me hubiera sentido fastidiada por la situación pero con esta nueva manera de afrontar los hechos trato de ver y aprovecharme del lado positivo de cada circunstancia.

Entonces, ¿dónde encaja en todo ello rechazarle sólo por capricho?. ‘Eres una falacia. Eres como todo el mundo: presumes de lo que careces, de la conciencia del momento’. ¿Pero tú deseas estar con él? Pregúntatelo. Pensé en mi sexo. Me concentré en averiguar sin tocarme el estado de humedad entre sus labios. Se había mojado durante los segundos que duró la conversación y yo no me había ni percatado por culpa de mi idea preconcebida de lo que quería hacer. Había un plan a ejecutar: ‘Era más importante demostrarle que no estaba a su disposición siempre que él quisiera, que ser feliz’. Aunque quizás para lo último deba existir el requisito fundamental de lo primero pero formulado bajo la premisa correcta. También acababa de escribir:

‘… el último día que estuvimos juntos en el Faro, mientras teníamos sexo me dijo:

– Si sigues portándote así follaremos más veces. Quiero que te portes bien en la Vida y que en el sexo hagas lo que te apetezca.

Ya, se pensará, que cómo consiento que me hable así… Bueno, el contexto importa. Primero no era un instante cualquiera: él era ‘Mi hombre’ en ese momento, y yo su Mujer. Un día cualquiera profundizo más en estos conceptos tan… voy a llamarlos ‘personales’.

Hace años cuando me habló de ella, de aquella mujer que quiso tanto y me dijo: ‘La modelé. La hice a mí y ya me había acostumbrado a ella cuando se fue…’, yo no era capaz de comprender como alguien podía estar diciéndome algo así en serio pero le convencí por instinto de que era lo mismo que había hecho conmigo:

– Y a mí. Tú me lo has enseñado todo.

La única disculpa que se me ocurre para justificar mi reacción es que no es sencillo actuar bajo la premisa adecuada, ‘no-emocional’, meditada, fruto de una elección, cuando se está realizando un análisis interno de esas características.

¿Cuánto tardé en volver a llamarle para decirle que cambiaba de planes, que postergaba yo lo previsto para el día siguiente y corría a él? No más de un par de minutos. ¿Y qué sucedió?. Que cuando contestó al teléfono no habló, no dijo nada, me dejó hablar sola. Y se cortó. Volví a intentarlo. La segunda llamada fue una repetición de la primera. ¿Se encontraría en un lugar con pobre cobertura? Me levanté de la silla y fui a la cocina engañada. Quizás si me pusiese en movimiento mejoraría la recepción pero él ya había desconectado el teléfono y saltó el contestador. No dije nada. No dejé ningún mensaje. Inmediatamente se produjo un cataclismo en mí. No exagero. Esa y no ninguna otra era la palabra que continuaba la secuencia.

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