El ”regalo” del perturbado admirador…

julio 3, 2008

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Al mediodía intuí que había hecho lo correcto faltando a su clase el día anterior. Desde lejos, dónde me quedé en la verja, sentí que ya no estaba tan enfadado. Me estuve allí unos veinte minutos. Ni siquiera quería oírle. Escuchaba música y observaba como su mirada se volvía a buscarme y el cansancio acumulado en su cuerpo por la falta de descanso. Había vivido una noche inquieta, quizás una noche insomne. ¿Pero peco de andar imaginando deseos y de querer convertirlos en certidumbres?

Stephen ‘el lobo’ le dice a Contradicción que él tiene los pies bien puestos sobre la tierra pero que nosotras no figuramos en los anales de la realidad, que nos alimentamos de fantasías. Eso fue lo que me contó ella luego por teléfono. ‘Es ridículo’, dijo pero yo no descarto que él tenga su parte de razón. Aprendimos a sobrevivir así, al menos yo: inventando desde aquella infancia imperfecta un día en el que todo sería muy distinto. No habría golpes, no habría miedo, no habría sufrimiento emocional pero era mentira, y sin embargo a la tarde él bosteza. Es, creo, la primera vez que yo recuerde que le veo bostezar con ganas de meterse en la cama pero quizás sólo quiero creer. Aún así, él mientras patino a sus espaldas se gira de golpe, mira que le miro y me saca la lengua como quien se la saca a una niña. La tormenta ha pasado y ‘el infierno’ se aleja.

¿Pero cómo fue mi cita? Porque sí, yo ayer tenía una especie de cita. Al menos así la rotuló Contradicción. Dijo: ‘vuestra primera cita’. Yo no lo quería ver de esa manera. Pienso que ya he perdido mucho de esa capacidad de ilusionarme con lo que aún no ha sucedido. Esperaría… porque la experiencia me ha enseñado que en todo lo relacionado con el doctor Malasaña es mejor esperar por lo imprevisto.

Así que no me extrañó que a las seis y cuarto nadie se hubiera presentado. El tipo preocupante, eso sí, se mantenía fiel al lugar que nos ocupa (por no decir que ocupamos que sería lo más correcto) pero se había retraído hasta una mesa del bar de la esquina. Aunque continuaba en sus trece, eso era evidente; allí me era menos molesto pero yo no las tenía todas conmigo y comencé a sufrir una especie de ansiedad a medida que avanzaban los minutos. Entonces presentí que aquel adolescente que había cruzado el parterre en línea recta con mi banco se dirigía hacia mí. Le miré. Era un muchacho como de unos catorce años, alto, moreno, franco; un chico obediente y cariñoso para con sus padres

– Aquel hombre – sin volverse del todo señaló hacia la mesa que ocupaba el detestable individuo- me ha pedido que le de esto.

Llevaba sus libros bajo el brazo izquierdo y con la mano derecha me tendía un paquete alargado envuelto en una bolsa oscura a una distancia de unos tres o cuatro metros. El jovencito, mejor que el adulto, debió advertir mi crispación o la señal de ‘no quiero que te acerques a mí’ y no se atrevió a dar un paso más. Me dio un poco de pena tener que hablarle como le hablé

– No quiero nada. No quiero absolutamente nada de ese hombre y dile que como no me deje en paz voy a llamar a la policía. ¿Me escuchaste? Avísale en serio, de que voy a llamar a la policía.

Estaba realmente furiosa (o agobiada) y en otro momento seguro que me hubiese ido, lo cual no tengo yo muy claro que fuera lo más indicado pero mi compromiso con Candela no me permitía obrar así. Cuando pasaron diez minutos más, vi salir a Pésimo Malasaña del bar de siempre y venir hacia mí. Eso ya estaba más en su línea. Lo sorprendente había sido lo del día anterior. Así que no me extrañó cuando me dijo:

– ¿Estás esperando por Candela?

– Sí, claro.

– Es que verás, yo tuve que asistir de improviso a un funeral y ha ido a buscarla su madre a la salida de clase particular. La he llamado pero no han llegado a casa.

– No te preocupes.

Era una excusa cualquiera pero no importaba (no emocionalmente). No puede importar aquello que has previsto de antemano sobre el comportamiento de otro. Además le estaba agradeciendo mucho que se estuviese allí hablando conmigo en el centro del parque mientras aquel tipo nos veía. ‘Idiota, ¿no lo ves? Es por él por quien me has encontrado sola aquí desde el primer día’.

No se trataba de eso, de que yo no me preocupara o él no se preocupase. Me explicó que iba acercarse hasta casa porque Candela seguro que tenía lo de los patines en la cabeza y me pidió que le diera diez minutos para llegar y diez para regresar.

– Si pasado ese tiempo no estamos aquí. Eres libre de irte y hacer tu vida.

– Bien, pero de todas formas hay más días. Si no puede ser hoy, ya será…

Yo estaba tan nerviosa por el incidente del ‘presente’ que él quiso quitarle lumbre al hecho de que el tipo quisiera hacerme un regalo.

– Es un souvenir. Míralo así, mujer.

– ¿Qué lo mire así? Ese tipo es un psicópata.

– Bueno, eso de psicópata es algo grave. Él sólo quiso hacerte un regalo.

– ¡Oye!, si alguien quiere algo contigo y tú no quieres nada, eso hay que aceptarlo, joder.

– ¡Joder! ¡Hostias!. Sí, sí. Ya, ya.

Esas palabras eran las que me había escuchado su hija y quizás por las que yo nunca sería una buena compañía para ella. Eso saqué en conclusión. Pero cuando Pésimo Malasaña se fue, observé como al pasar por delante de la terraza miraba hacia ‘mi perturbado admirador’ durante todo el recorrido. ¿Salía en mi defensa? El caso es que no regresó y yo terminé por patinar sola y Guernika si se encontraba allí.

Luego Contradicción me llamó para decirme que le había visto con Candela Malasaña atravesando la ciudad a las siete y cuarto. Yo les esperé hasta las siete y cinco. Ella les vio muy contentos, especialmente contentos y parecía que venían de compras pero al no ver la bolsa de los patines… Contradicción piensa que Pésimo me dijo la verdad.

– Su mujer le reventó el plan -dice

Pero mi madre está de acuerdo conmigo en qué ese es su juego: el del gato y el ratón, el de siempre. Yo no tengo ninguna duda de que es así, aunque no me siento enfadada. Había un juego, ¿no es cierto? Pero lo que no adivino, es ya lo que él pretende…

One Response to “El ”regalo” del perturbado admirador…”


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