Hacerse con el control tras el secuestro emocional…

julio 3, 2008

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Y lo siguiente fue pensar en Lemprier. Lemprier era un orfebre de almas aunque sus palabras, a menudo, sólo evidenciaran su lado más vil y humano. ¿Qué me había dicho aquella noche? Ya recuerdo, algo como esto:

<< La llamaré y si no está dispuesta a verme hoy no volveré a llamarla en semanas. Tampoco responderé a sus llamadas. La próxima vez que la llame se apresurará a decirme que Sí a todo lo que yo le proponga porque habrá aprendido lo que supone decirme a mí que no>>

Y por dentro todo ardía. Se había desatado un incendio en el bosque. Bajé la cabeza y contemplé con horror mi cuerpo. No tenía pechos, ni estómago, ni vientre. Había sólo árboles siendo devorados por las llamas, las copas crepitaban y la tierra aún temblaba. ¿Cómo era posible perder la serenidad y la sangre fría y entrar en ese estado incomprensible de secuestro emocional por un motivo tan incongruente como que él se hubiera obstinado absurdamente en castigarme, en hacerme saber que yo me lo había perdido? Cierto, lo hubiéramos pasado bien. Siempre nos lo pasábamos. El cuerpo no había hecho más que reaccionar al deseo frustrado y se calcinaba como en la obra alquímica. Pero me lo merecía, ¿castigarle (aleccionarle) no había sido lo que intenté hacer yo primero? Fue el efecto de mi indebida pretensión (porque quién soy yo para eso) la que me había provocado el dolor. Bueno, pues ahí estaba la devastación. Él, posiblemente por intuición, adivinó cual había sido mi propósito y comportándose como un infante pirómano, con la rabia que cursa la injusticia, había prendido con una cerilla la hierba del claro del bosque. Una loba encerrada en el alambique del laboratorio de un alquimista, eso era. Y esa comprensión inminente de los hechos me tranquilizó lo suficiente como para pensar de nuevo con claridad.

Regresé al ordenador e imprimí el texto que estaba escribiendo justo en el momento de la llamada; entonces me pareció vital que Guernika lo leyera y luego me metí temblando aún en la ducha pero con el teléfono a mano por si él, aunque fuera muy improbable, cambiaba de opinión y decidía llamarme.

Medía hora más tarde había recuperado por completo el control y mientras me maquillaba me repetía una y otra vez la misma frase:

‘Y aprendo.
Ya no huyo del dolor. Me enfrento a él y lo afronto’

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